Monday, December 24, 2007

La luz que ilumina a todo ser humano


Por Felipe Berríos, S.J.

A finales de los 80 en Tanzania, África, se hacía un esfuerzo de llevar la electricidad al interior del país. Con tal motivo era necesario preparar eléctricos y, estando por entonces en Tanzania y teniendo ciertos conocimientos sobre la materia, fui contratado como profesor de electricidad. En mi modesto taller les enseñaba a jóvenes los principios básicos de la electricidad. Recuerdo la primera vez que, frente a mis alumnos, conecté una pequeña ampolleta de linterna a una batería. Cuando uní los cables desde la fuente de poder a la ampolleta, ésta se encendió y los alumnos, llenos de alegría, se abrazaban y daban gritos de júbilo. Inmediatamente tomaron la ampolleta encendida para llevársela y mostrar aquel prodigio. Pero, obviamente, al arrancar la ampolleta de los cables, ésta se apagó provocándoles gran desconcierto y tristeza. Al volverla a conectar se volvió a iluminar, haciendo que también se iluminaran de alegría sus rostros. Insistieron en sacarla para de nuevo llevársela y al desenchufarla se produjo la misma decepción. Lentamente comprendieron algo que para quienes hemos nacido con el privilegio de la electricidad nos parece obvio. Entendieron que para que una ampolleta emita luz es imperioso que esté debidamente conectada a una fuente de poder.

A quienes vivimos en países con cierto nivel de desarrollo nos parece ingenua y hasta graciosa esta anécdota. Pareciera increíble que les tomara trabajo poder descubrir qué hacer para que una ampolleta se ilumine. Sin embargo, aquellos mismos tanzanios que vivían desprovistos de nuestra tecnología y de nuestro confort, que estaban expuestos al dolor y a una temprana muerte y que vivían en forma comunitaria en un estrecho contacto con la naturaleza, tenían una sabiduría distinta. Ellos, que respetaban a los mayores aprovechando su sabiduría y alegremente se llenaban de niños, tenían más claro que nosotros que la vida no es un derecho, sino que es un don y que ésta se iluminaría sólo en contacto con quien nos donó la vida. Para ellos era más obvio e importante comprender esto que entender el porqué brilla una ampolleta. Sin embargo, a nosotros, que nos parece obvio lo de la ampolleta, nos cuesta mucho trabajo entender cómo hacer para que nuestra vida se ilumine. Una y otra vez tenemos que experimentar la oscuridad y el desconcierto en nuestra existencia para poder ir entendiendo que sólo unidos a quien nos donó la vida, ésta se nos iluminará.

Por Navidad nos vemos rodeados de lucecitas que rítmicamente se prenden y se apagan y destellan múltiples colores pretendiendo darnos una sensación de alegría. Curiosamente esas alegres lucecitas son parte de la parafernalia que opaca el sentido más profundo que debería iluminar esta fiesta. Lo central de la Navidad es el encuentro con Jesús, que se nos regala sin que lo merezcamos y así ilumina de sentido nuestra vida, por muy oscura que ésta se encuentre. Llenarnos de regalos y desearnos lánguidamente paz, amor y felicidad pero sin conectarnos con Jesús de Nazaret, que es la fuente de todo esto, es tan ridículo como pretender que la ampolleta siga encendida desconectada de su batería. La familia y todo lo que somos y tenemos por sí mismos no nos garantizan una vida luminosa. Ellas iluminarán nuestra vida solamente si a semejanza de los cables que unen la ampolleta con una fuente de poder, sean ellas las que nos conecten continuamente con Dios, fuente inagotable de alegría.

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