Monday, December 10, 2007

Déjenme en paz
Los 90

Por Sergio Paz

Para cuando leas esto, Beck - el Eslabón Perdido- ya se habrá presentado junto a The Police en el Estadio Nacional. Para cuando leas esto, el autor de "Loser", ese desconcertante himno de los 90, habrá saciado la sed de memorabilia a un público que alguna vez vibró no sólo con los éxitos del propio Beck, sino también con todos los de una década tan rara como energética. Y de la que poco (o nada) se ha dicho.

Al menos a mí me pasa. Me pasó. De pronto todos esos años se vienen encima. Y al menos una pregunta no deja de dar vueltas en mi cabeza. ¿Soy de los 80? ¿O de los 90? ¿Qué diablos soy? ¿Pinochet Boy mal acostumbrado a la disonancia punk de Los Prisioneros? ¿O acaso un noventero que alguna vez fue grunge, quedó perplejo con la caída del muro, se tentó con los payasitos y, antes de que existiera Google, se preguntaba que era Archie, Gohper o esa maravilla conocida como Yahoo, hoy un catre porque entonces no existía ancho de banda?

No creo que sea la edad. Tengo 40 y, siguiendo la lógica que imponen los años, debiera decir que fui "joven" en los 80. En los 90, por el contrario, estaba tratando de ser adulto. Y, haya o no resultado (más bien no), lo extraño es que fue en la década de Oasis, Radiohead, la Zona en papel, radioislanegra.cl (y los cuentos de Benito), "Matrix", "Pulp fiction", "American beauty", Menem, Aylwin, la inmaculada Madonna, el Tomm Pub, la Oz, la Blondie, la sospecha de que no necesariamente había que partir a Barcelona, donde más energía existió.

Nunca lo he entendido muy bien: los 80 se sobrevaloran. Pero de los 90 poco y nada se dice. ¿Por qué? A ver. Sin caer en sociología sin desayuno, me atrevería a decir que los 90, al menos en Chile (aunque quizás también en el mundo) fueron los años de un mini–renacimiento. Si los 80 se recuerdan, los 90 atan. Están ahí. Más que una suma de años, los 90 son un estado de ánimo. Pura bipolaridad expresada en el exceso de Prozac, la melancolía tipo Cranberries, la explosión del tecno de mano de íconos siempre arriba de la pelota como Tricky, Moby o Massive Attack.

Hayan sido como hayan sido, los 80 fueron parejos. Los 90, en cambio, fueron de altos y bajos. Un día escuchabas a Alanis Morrisette o a los Smashing Pumpkins, mientras Clinton jineteaba la cada vez más próspera economía de Estados Unidos. Al otro a Liz Phair o a Bon Jovi, justo cuando entendías que Europa (ahora unida) otra vez se estaba poniendo de moda. Claro que siempre hubo un subtexto: el leit motiv de los 90. Me refiero al espíritu "indie"; el tiempo en que empezamos a creer en nosotros mismos. Morían el Estado y los partidos políticos. Los 90 fueron los años de Marcelo Ríos y el poder de la independencia. "Déjame solo", "No estoy ni ahí", decía uno entonces. "Claro que lo haré, pero a mí manera", concordábamos todos. Y entonces sonaban los Stone Temple Pilots. Luego Korn. Entremedio No Doubt o Green Day. Incluso Aqua. ¿Se acuerdan del pelado de Aqua? Pero, bueno, también sonaba Rage against the machine, Offspring, Limp Bizkit, antes Nirvana, después Foo fighters.

Pero especialmente sonaba Beck: el principal soundtrack de aquellos años. Beck, el rucio que se crió en los suburbios de Los Angeles, aprendió breakdance y finalmente le puso punk al hip–hop. Beck, el perdedor que por años vivió en un galpón infectado de ratas, hasta que de pronto conoció el éxito aunque nunca creyó en él. Beck, el puente, la conexión entre estar bien y estar mal. ¿Cuál es la diferencia? Ninguna siempre pensó Beck. Bastaba verlo en el Nacional.

Blog Archive