Monday, December 17, 2007

Donde está tu corazón, está tu tesoro

Por Felipe Berríos, S.J.

Este año murió mi padre. Días después de enterrarlo, nos juntamos los hijos con mi mamá en la casa en que crecimos y donde mis padres siempre han vivido. Nos reunimos en el escritorio de mi papá en un ambiente distendido y con mucha paz y agradecidos por el progenitor que tuvimos. Fuimos abriendo uno a uno sus cajones y revisando sus pertenencias, mientras que con nuestros recuerdos recorríamos su vida. Ya no era él quien nos mostraba sus cosas, sino que ahora eran ellas las que nos hablaban de él. Por mucho cariño y confianza que se le haya tenido a un ser querido, que ya no está, igual produce cierto pudor intrusear sus objetos y meterse en su intimidad.

Su biblioteca y escritorio es un cuarto tapizado de libros y algunos instrumentos científicos, herramientas e inventos. Las cosas de mayor valor comercial que hallamos, además de sus aparejos de ciencia, fueron algunas ediciones de libros muy antiguos y valiosos, una moneda de oro y un poco de dinero nacional y extranjero. Todo el resto, especialmente sus inventos, tienen un valor incalculable sólo para nosotros.

Después de intrusear todas sus pertenencias, nos abocamos a abrir la caja fuerte. Estaba disimulada dentro de un armario. Allí estaría guardado lo más valioso y que merecía estar protegido en una caja de seguridad a prueba de robos e incendios. Aunque teníamos el papel con la clave, fue muy difícil destrabarla, pues era una inamovible caja de acero antigua y con un sistema de cerradura muy sofisticado. Después de muchos intentos, en que movíamos el sistema de relojería en un sentido y en otro, logramos abrirla. Fue un momento de expectación cuando tiramos de la palanca y, chirriando, giró la pesada puerta.

Nuestra sorpresa fue aún mayor cuando conocimos cuáles eran los tesoros de mi papá. La caja fuerte contenía diversos mechones de pelos de cuando éramos niños, cada uno amarrados con una cintita de género y un papel en que decía el nombre del hijo y su edad. Había una bolsa con los corchos de las champañas destapadas en cada uno de los bautizos de sus seis hijos y todos con su respectivo papelito que explicaba a quién pertenecía y la fecha. Había cartas nuestras, dirigidas al "Ratón Pérez", saludos de cumpleaños o Navidad, y viejas cartas de mi madre expresándole su cariño y contándole noticias de sus hijos mientras él andaba en algún viaje. También partes de matrimonios de mis hermanos, santitos de bautismo y de primera comunión, regalos confeccionados por nosotros cuando niños, etc. Ésas eran las únicas riquezas de mi papá y que guardaba bajo llave como lo más preciado de su vida.

De alguna manera ésta fue la última lección que nos dio nuestro quijotesco padre, no sólo a sus hijos, sino que a todos quienes lean este artículo. Pues viviendo en una cultura del consumo –donde nos afanamos por tener más y nos vamos llenando de objetos que al final terminan siendo ellos nuestros dueños, donde nos hacen creer que somos más si tenemos más dinero y por ir tras de él– empobrecemos las relaciones de quienes más queremos. Nos vamos rodeando de comodidades que nos confortan, pero que también van dejando laxo nuestro espíritu. Y nos encandila el oropel del lujo que opaca la sencillez del honor y de los valores. Así de confundidos no podemos percibir que, tarde o temprano, cuando venga el inexorable recuento de nuestra vida, constataremos que nuestro verdadero y único tesoro no eran las cosas que hemos comprado, sino que sólo las personas y los momentos que nos regaló la vida y que supimos gozar y aprovechar.

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