Wednesday, December 19, 2007

Enfermos crónicos

No pueden vivir sin contar historias y son parte del nuevo boom del género. Roberto Merino se identifica con Joaquín Edwards Bello. Francisco Mouat publica “Crónicas ociosas” y admira a los dos anteriores. Desde Nueva York, Rafael Gumucio habla del auge de cronistas en el país. Pedro Lemebel lanza “Adiós mariquita linda” y polemiza con Mouat, Merino y Gumucio. ¿Cronistas, opinólogos o columnistas? Adivine quién delira más en este gran hospital.



Javier García
La Nación 2005


Antiguas fachadas derribadas, la granja VIP, chascarros ajenos, conventillos urbanos, personajes lateros, lecturas que marcan -o desilusionan-, “El anticristo”, fantasmas de Valparaíso, las hermanitas Campos, recuerdos de París. Fragmentos de actualidad, más una cuota de humor y un estilo propio son la dosis para que una crónica se precie de tal.

Los libros de reciente aparición “En busca del loro atrofiado”, de Roberto Merino; “Crónicas ociosas”, de Francisco Mouat, y “Adiós mariquita linda”, de Pedro Lemebel invitan a conocer pedazos del mundo e historias locales de la mano de un género que se gesta en el útero del periodismo luego de recibir el semen de la literatura.

En Chile, Joaquín Edwards Bello sería el padre de este grupo de cronistas que publican semanalmente en la prensa: los nombrados Merino, Mouat y Lemebel, más Jorge Edwards, Rafael Gumucio y un puñado de periodistas y escritores que están en la fila.

Rafael Gumucio, autor del libro de crónicas “Monstruos cardinales”, y que contesta desde Nueva York, no hace ninguna diferencia entre crónica y columna: “La columna de opinión es una forma de crónica, para mí son lo mismo. No creo que la crónica sea un género secundario, es además una forma de vivir en todo sentido, tanto económico como anímico”. Para Lemebel, en cambio, son cosas distintas: “La crónica es literaria, y la columna, periodística”.

Otro que hace rato forma parte del ejército de cronistas nacionales es Roberto Merino, quien publicó hace un mes su tercer libro de crónicas, titulado “En busca del loro atrofiado”. Merino cree que la crónica es un subgénero que “utiliza ciertas herramientas del periodismo, pero que introduce a través de ella contenidos literarios. No todos los periodistas pueden manejarse bien en el subgénero de la crónica. A los periodistas les falta para escribir crónicas el ‘pathos’ literario y a los escritores les faltan soluciones de continuidad”.

Sobre el auge de cronistas en Chile, Gumucio tiene la impresión de que “para el escritor chileno, el escribir novelas le resulta muy difícil. Sin embargo, hay mucha cosas de las que hablar y la crónica es una forma en la que podemos desahogarnos, sin la obligación de seguir un hilo narrativo. Las columnas reunidas son esa novela que no nos atrevemos a escribir”.

Mientras, Francisco Mouat no cree que haya un auge de cronistas: “Más bien, creo que somos pocos. Me gustaría leer a más. Lo que hay bastante son opinólogos de distinto cuño y calibre”.

El escritor mexicano Juan Villoro ha dicho que la crónica “es el ornitorrinco de la prosa; en como un animal hecho de muchos animales posibles, tiene algo del ensayo, de la memoria, del diario personal, de la ficción”.


PADRE DE FAMILIA

En Chile, el antecedente previo a la crónica es el costumbrismo expresado en el siglo XIX. Denominado como artículo de costumbres e influenciado por los prosistas españoles, el costumbrismo se basa en la descripción de las costumbres populares y se caracteriza por reflejar la vida de la sociedad.

En el siglo XIX, uno de los primeros en escribir crónicas fue José Joaquín Vallejo, más conocido como Jotabeche. Nortino, Jotabeche se dedicó a describir las fiestas y la ardua labor que efectuaban los mineros. Luego vendrían José Victorino Lastarria, Benjamín Vicuña Mackenna y Benjamín Subercaseaux, quienes retrataron Santiago en sus escritos.

Para Rafael Gumucio, autor de la columna semanal “Ese extraño mundo”, la crónica “está entre la poesía, la narrativa y el periodismo. Es un género moderno, que permite hablar, en mi caso de la ciudad, y tiene la ventaja de ser urgente y plantear una relación cotidiana con tus lectores”.

Uno de los mayores representantes del género, desde las primeras décadas del siglo pasado, es Joaquín Edwards Bello. “El inútil de la familia”, como le decían sus parientes, pasó viajando. Recorrió América, vivió en París, Barcelona y Madrid. La Primera Guerra Mundial lo sorprendió en Europa, y ahí comenzó a colaborar en los medios chilenos.

Durante 35 años escribió en La Nación y en este último tiempo su nombre ha vuelto a las librerías. Dos textos recopilan sus crónicas: “Joaquín Edwards Bello, antología de familia”, selección de Jorge Edwards, y “Un transatlántico varado en el Mapocho”, de Cecilia García-Huidobro; además de un retrato novelado de Jorge Edwards, “El inútil de la familia”.

En su crónica “Recuerdos de un cuarto de siglo”, de 1935, Edwards Bello escribe: “A los jóvenes escritores les diría: ¡Ante todo viajar y estremecerse! Solamente así la literatura procurará esa emoción en el lector que actualmente los jóvenes escribidores pretenden desatar por medio de extravagancias de forma”.


METAFÍSICA PARA BORRACHOS

Joaquín Edwards Bello se suicidó en 1968. A esa fecha, Roberto Merino tenía siete años. Las crónicas de Merino y Edwards Bello son sospechosamente similares. Las plumas y los intereses, como retratar la ciudad, se asemejan. Edwards Bello, al igual que Merino, desarrolla en la mayoría de sus crónicas el concepto de “imbunchismo”, esa inclinación a derribar la grandeza y mutilar lo que sobresale.

Con respecto a la actualidad y el humor en la crónica, Merino -autor de la columna “Pista resbaladiza”- dice que “si tú ves las mismas crónicas de Edwards Bello, son muchas veces sobre hechos remotos. Uno puede hacer una crónica de 1813 y eso no va a ser parado por el editor. La actualidad del cronista está dada por su mirada. Y sobre el humor se puede mezclar lo sublime y lo vulgar, por eso me gusta Shakespeare: porque hace consideraciones metafísicas a partir de un barril de cerveza en una taberna llena de borrachos”.



GÉNERO BASTARDO

Al igual que Merino, Pedro Lemebel también se vincula con la crónica urbana. En “La esquina es mi corazón”, “Loco afán: crónicas de sidario”, “De perlas y cicatrices”, y ahora en “Adiós mariquita linda”, exhibe muestras del que califica “género bastardo”, no sin antes puntualizar que “en Chile no hay buenos cronistas ni menos una tradición. Mi afán de escritura es politizar ciertas subjetividades y poéticas delictuales avasalladas por el poder. Lo popular se hace presente en la crónica”.

Para el ex “yegua del Apocalipsis”, con sus “neocrónicas”, los escritores Carlos Monsiváis (México), Edgardo Rodríguez Juliá (Puerto Rico), Rubén Darío y el cubano José Martí, reivindican el acallado malestar social latinoamericano, al que Lemebel también adhiere.

Francisco Mouat, Rafael Gumucio y Roberto Merino son, para Lemebel, simplemente “historiadores y memoriosos. En cambio, yo le llevo carne, pulso y corazón”. Juzgue usted quién cuenta la mejor historia. LCD




EL BUEN OCIOSO DE MOUAT

-¿Existe una tradición de crónica en Chile?

-La crónica es un género que no morirá mientras haya diarios, revistas y, sobre todo, mientras haya cronistas de vocación, de raza, dispuestos a contarle historias al oído a aquellos lectores atentos y curiosos.

No sé si en Chile hay más tradición de crónica que en otros países del continente. Lo importante es ir renovando esa tradición con nuevas crónicas que vayan dejando constancia del tiempo que se va.

-¿Qué cronistas te interesan?

-Doy fe que en la crónica no se juega la nacionalidad. Es un género universal. Algunos de los que a mí me gustan son, de Brasil, Fernando Verissimo y Nelson Rodríguez; de Perú, Sergio Vilela y Julio Villanueva Chang; de Argentina, Roberto Arlt y Daniel Riera; de Ecuador, Juan Carlos Moya, y de Chile, Roberto Merino, Juan Pablo Meneses, Jorge Edwards y Nibaldo Mosciatti.

-¿Qué cualidades narrativas tiene la crónica?

-La crónica es concisa, breve, va al hueso. Debe estar bien escrita y le habla al oído al lector, lo sienta en la mesa del bar o el café, lo instala en el sillón del living de la casa para contar una historia.

-¿Hay diferencias entre crónica y columna?

-No es necesariamente lo mismo. Lo ideal es que el cronista sea un columnista periódico, para no perderle pisada a su mirada y a su escritura. Pero también hay mucho columnista que es simplemente un opinólogo, a ratos bastante estridente y predecible.

-¿Qué diferencia hay entre “Crónicas ociosas” y tu anterior libro, “Chilenos de raza”?

-“Crónicas ociosas” está formado fundamentalmente por textos cortos: casi 60 en 200 páginas. “Chilenos de raza”, en cambio, sólo presenta a 16 personajes en las mismas 200 páginas. La mirada del cronista no cambia demasiado, pero en “Chilenos de raza” sólo se trata de personajes chilenos. Esa es la mayor diferencia entre ambos libros. Hay mayor diversidad temática en “Crónicas ociosas”.

-¿Te sientes cercano al trabajo de Roberto Merino, Pedro Lemebel y Rafael Gumucio?

-Muy cercano a Roberto Merino, me gusta mucho. Con Lemebel y Gumucio tengo bastante menos que ver, aun cuando ambos me parecen cronistas importantes en el panorama actual. Gumucio tiende más a la opinión que a la crónica, a diferencia de Lemebel, que es un cronista de raza.

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