Sunday, December 09, 2007

Donoso monstruo
Alvaro Bisama

Han pasado once años desde la muerte de José Donoso y mientras circula una novela nueva suya (Lagartija sin cola), él se aparece de repente como un fantasma sorpresivo e imprescindible. Estos días, casi sin querer, acabé releyendo El obsceno pájaro de la noche y, entre el asombro y el horror, me pareció brutal el olvido en el que ha caído su obra mayor, perdida entre tanto análisis estructuralista sazonado con pimienta sacada de la memorabilia del boom.

Es entendible, al modo de un tupido velo: El obsceno pájaro de la noche no es sólo una de las novelas más feroces jamás escritas sobre Chile sino la confirmación de algo que todos sus discípulos de la Nueva Narrativa nos hicieron olvidar contando anécdotas de sus tea time con el maestro: que Donoso es lejos el mayor experto en monstruos de la literatura chilena. O su monstruo mayor.

Heredera de Tod Browning y Buñuel, esta novela sugiere sin problemas la utopía de un país deforme, de un sitio poseído por el mal, hecho con las pesadillas no confesas de sus ciudadanos. Especie de indagación radical en la mutilación y el horror como formas del deseo insatisfecho (¿el de Donoso?, ¿el del país?), en una lectura actual de El obsceno pájaro... no sólo es posible descartar de plano la parafernalia de sus máscaras narrativas (todos aquellos ensayos académicos desesperados por atrapar el rosebud de aquel narrador múltiple y de identidades machacadas que es el Mudito) sino que se exhibe como una de las venganzas más brutales de un escritor contra su lugar de origen.

¿La razón? El obsceno pájaro... es una novela política pura, incluso más que Casa de campo. Una utopía contracturada pues, mal que mal, incluso en los momentos más álgidos del boom, Donoso escribió siempre ficciones sobre su relación con un país que se le antojaba como un espejo trizado de sí mismo. De este modo, si sus primeras novelas parecen ensayos o bocetos preparatorios para esa ola de mutilación que es El obsceno pájaro..., las siguientes son modos de encontrar el centro, recuperar la calma y entenderlo todo. Pero es un proceso fallido, sin vuelta atrás. Cualquier sanación es imposible. No hay retorno de una novela como ésta. De ahí en adelante, todo será cuesta abajo en la rodada. Pura no future: la alegoría suspendida en el aire de Casa de campo, el ajuste de cuentas con el boom en El jardín de al lado, el retorno gris de La desesperanza.

Leyéndolo desde el presente, Donoso puede ser el primer y mejor freak de la literatura chilena. Cualquier lectura domesticada de su obra es imposible. De ahí que, aunque en retrospectiva lo pareciera, no debería aparecer como un patriarca o un padrino que escribía sobre la desazón y el acomodo burgués, sino como algo más profundo y poderoso, pues su literatura hablaba desde otro lugar (que no es el patio de la Mistral, ni la calle de Lihn, ni la distancia helada de Bolaño) y era hermana del trauma, la fisura, la ruina, el hematoma. Ahí, la escritura es una manifestación de una enfermedad privada y pública que torcía a la novela como forma. Queda claro en su obra mayor: más cercana a Bellatin y a Baradit que a Franz y Couve, en El obsceno pájaro... Donoso dispara un imaginario desbordado por su propio retorcimiento. Ahí, la nación luce como una casa de reposo llena de ventanas tapiadas, al otro lado del río de la historia, llena de santos mochos y miniaturas rotas, donde sus habitantes (ancianos arruinados, monstruos de toda laya, escritores imposibles) esperan vencer a la muerte, inventando entre todos un país a la medida de su deformidad.

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