Saturday, March 29, 2008

Fama

Por Francisco Mouat

Tengo un amigo que es famoso en Chile, y no sólo en Chile. Pero es en este país donde desde hace un tiempo ya no puede andar tranquilo por las calles ni ir a tomarse un café sin que le hablen y le digan cosas, y menos salir a comer a un restaurante sin que le pidan autógrafos o sacarse fotografías con él, ahora que medio mundo lleva cámaras en sus teléfonos celulares.

Mi amigo anda estresado, y no hace mucho me confesó que estaba durmiendo poco y mal. Le di el dato de un médico chino que es capaz de levantar a un muerto, pero estoy casi seguro de que ni siquiera lo ha llamado. Mi amigo además de famoso es porfiado, y tiene que tocar fondo y arrastrarse por el suelo para pedir ayuda médica.

La última vez que nos juntamos, en su casa, me contó una anécdota que lo retrata vivamente: había viajado hacía poco a México por trabajo, y en uno de los pocos momentos de descanso que tuvo decidió sentarse en la terraza de un mall a ver pasar la vida. Fue una hora de máxima felicidad, dice, en que estuvo solo y nadie le prestó atención. Mantuvo la cabeza vacía como una pelota de tenis, relajada, se dedicó a observar a la gente que se desplazaba por el centro comercial, y por un momento tuvo la sensación de que eso era realmente vivir.

Luego, cuando volvió a tomar conciencia de la vida que está llevando, se sintió nuevamente incómodo. Porque en este momento el trabajo lo tiene atrapado, aún cuando no niega que es una droga que también sabe darle algunas satisfacciones. A sus amigos nos ve tarde, mal y nunca. El teléfono celular debe mantenerlo muchas veces desconectado, porque es frecuente que se sature de llamadas, varias de ellas de números desconocidos.

¡Qué absurda es la fama! ¡Y qué vacía! Hay gente torpe que se desvive por ella, que cree que puede reportarle beneficios, especialmente dinero, sin saber que la fama, en este mundo de imágenes, es esencialmente destructiva y cruel. ¿No es frecuente acaso que leamos o veamos historias de hombres y mujeres exitosos, que pensaron y actuaron como si nunca fueran a morder el polvo del fracaso y la decadencia, y que después no saben qué hacer con sus nuevas vidas, más pedestres, menos glamorosas, más comunes? ¿No es la vida misma, acaso, un viaje donde la naturaleza acaba debilitándote físicamente y reemplaza al vigor físico por la sabiduría, necesaria para enfrentar tu propia caída?

El cuarto de hora de fama de cualquier sujeto afectado por el virus de la popularidad suele ir acompañado de un cóctel explosivo: aparición sin filtro en los medios de comunicación, espionaje de sus vidas, comidillo social. Hace poco leí un libro en donde una mujer joven le pregunta a un amigo que recién viene conociendo: "¿Quieres decir que, si me conocieras mejor, tú también acabarías presionándome como todos los demás?". Y el amigo le contesta: "Es posible. En el mundo real todos vivimos presionándonos los unos a los otros".

El poeta Jorge Teillier no encajó en este mundo, porque no estaba dispuesto ni a presionar ni a ser presionado. Estoy con Teillier. ¡Hasta cuándo! Mi amigo famoso no es tan ajeno, en el fondo, a este espíritu libertario: mañana mismo se iría de pesca al sur, si pudiera, y dejaría de vivir el estrés de las presiones. Se iría de pesca y yo le regalaría un poema de Teillier, para que lo lea en paz: "La poesía debe ser una moneda cotidiana/ y debe estar sobre todas las mesas/ como el canto de la jarra de vino que ilumina los caminos del domingo./ La poesía es un respirar en paz/ para que los demás respiren./ Un poema/ es un pan fresco/ un cesto de mimbre".

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