Monday, March 24, 2008

Crímenes

Por Francisco Mouat


Llevo poco más de dos años documentando ciertos crímenes que alguna vez insinuaron ventilarse en la prensa, pero que por distintas razones fueron borrados rápidamente del mapa público, como es costumbre que suceda cuando la historia deja de ser noticia y es removida por la famosa actualidad, extraña virtud del periodismo que condena por parejo a víctimas de carne y hueso que no exhiben atributos para mantenerse en el candelero de las causas supuestamente importantes.

Uno de los primeros casos que guardé en una carpeta fue el de Óscar González Clarke, profesor mío en la universidad. Un día de octubre de 2005 leí en el diario vespertino que González, de quien nada supe durante tanto tiempo y a quien suponía feliz en algún rincón del mundo haciendo su vida, había sido encontrado muerto en Argentina con un tajo en el cuello.

Los primeros reportes decían que a Óscar González lo habían asesinado en Mendoza para robarle la plata que llevaba en su mochila, encontrada junto al cadáver con apenas un cepillo de dientes, algo de ropa y fragmentos de una agenda telefónica.

Conservé el recorte con la noticia, y a poco andar se supo que no lo habían matado para robarle, porque su billetera y sus tarjetas estaban intactas. Si lo que querían no era robarle, ¿por qué lo mataron entonces? Hasta hoy, su crimen (o suicidio, como alguien insinuó por la depresión que lo acompañaba en esos días) es un misterio no resuelto.

No hay que ser detective para darse cuenta de que los mejores casos policiales suelen estar llenos de misterio, y es ahí donde radica buena parte de su atractivo. A veces no se sabe quién cometió el crimen, y todos los esfuerzos en las pesquisas pretenden identificar al responsable. En otros casos se sabe desde el comienzo quién fue y se profundiza en los móviles: dinero, ambición, locura, celos, política, racismo.

El problema es que los crímenes se suceden uno detrás de otro, sin pausa, y no hay ni tiempo ni energía suficiente para aclararlos cuando un nuevo caso vuelve a ocupar los titulares y desplaza a los anteriores al desierto del olvido definitivo.

A mí me gustan las historias silenciadas, dejadas a un lado, convertidas en polvo y apenas citadas por unos pocos testigos, familiares y amigos que quieren mantener viva la llama del recuerdo para combatir el vacío, la nada y muchas veces la impunidad con que esas víctimas fueron ultimadas. Ese territorio de apellidos comunes, que hablan sin censura de la extraordinaria fragilidad del alma humana, es la materia prima de esta investigación que quiero iniciar con una frase del escritor uruguayo Felisberto Hernández: "Pero no creo que solamente deba escribir lo que sé, sino también lo otro".

Escribir lo que se sepa y lo que no se sepa, el misterio, las contradicciones, los vacíos, los fantasmas, lo que pudo ser y no llegó a concretarse. En viaje en autobús, el gran cronista catalán Josep Pla escribió que era necesario tomar distancia, viajar, desplazarse, para que al cabo de un tiempo volvamos sobre una idea, una pasión, un ser humano y descubramos que ellos, esa idea, esa pasión, ese hombre o mujer resisten una nueva visita: "No hay nada como alejarse un poco para curarse de la psicosis de la proximidad".

Dejé reposar esta carpeta con siete u ocho crímenes seleccionados, de móviles diferentes, y ahora que he vuelto a ella para recorrer sus ramas he descubierto que el paso del tiempo la ha vitalizado y le ha dado una fuerza interior enorme. Quiero aprender de estas historias escritas con violencia lo que tengan para contarnos. El alma humana no es tan impredecible como a veces quieren hacernos creer. Peor aún: el alma humana es fatalmente predecible a veces; lo que no nos gusta es reconocerlo.

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