Monday, October 15, 2007

Carta a un joven antisistema
Rafael Gumucio


No nos conocemos, a lo más nos hemos cruzado de lejos. Tú, considerándome un vendido; yo, un pobre niño con un pañuelo palestino al cuello. Sin embargo, me doy el trabajo de escribirte porque siento que nos unen más cosas que las que nos separan. A los dos nos parece indecente el coro del consenso, un consenso basado en el hambre de la mayoría. A los dos no nos atemoriza la palidez con que Sergio Melnick o Sebastián Piñera reciben cualquier llamado a un mínimo de justicia social; a los dos nos horroriza el grado de endogamia y ceguera con que la elite chilena habla de las “políticas públicas” despreciando al mismo tiempo a los funcionarios que día a día hacen las “políticas públicas” ganando sueldos de hambre. Te preguntaras entonces por qué no asistí a la marcha de la CUT contra el modelo neoliberal, por qué no avanzo con entusiasmo detrás de tus banderas de lucha, por qué sigo votando por la Concertación y por qué con toda seguridad lo seguiré haciendo las próximas elecciones.
En Argentina y en México marchar contra el sistema neoliberal tiene sentido, porque el modelo ha sido ahí un fracaso total que no ha reducido ni en un punto la pobreza, en Chile ha sido un éxito sólo parcial (ha bajado diez puntos la pobreza, aumentado eso si la desigualdad). Estoy dispuesto a apoyar cualquier rebelión contra la ley laboral, la televisión chilena, la desigualdad del ingreso, el programa Pelotón de Felipe Camiroaga, cualquier movimiento de masa a favor de un seguro digno y universal de salud, pero perdone que desconfíe de los lemas amplios e imprecisos como la lucha contra el modelo neoliberal, así en bloque y sin matices.
Vamos por parte entonces. Como tú, estoy contra el modelo, contra este modelo y contra cualquier otro. Estoy en contra de la idea de que se puedan modelar las vidas según un modelo económico único y omnipotente. Lo que me horroriza siempre del comunismo, me horroriza del mismo modo en el liberalismo a ultranza: los iluminados que tienen soluciones para todos los aspectos de la vida del individuo. A la hora de gobernar un país, un solo modelo, cualquiera sea este, cualquiera sean sus intenciones (generalmente las mejores), está desde ya volcado al fracaso más absoluto. El éxito de los últimos 17 años de la Concertación no se debe, como tú, Bardón y Melnick parecen creer, en la aplicación ciega del modelo de los Chicago boys por los socialistas y DC renovados. Si la economía chilena ha funcionado, si la pobreza se ha reducido, se debe a la mezcla de ideas neoliberales, liberales a seca, y social demócratas que son el centro mismo de estos cuatro últimos gobiernos. Podemos discutir las dosis del cóctel, podemos luchar para que haya un poco más de azúcar o de jugo de tomate en él, podemos implorar por una mezcla más enérgica de los elementos, pero lo que no se puede discutir es que ésta no es una bebida pura y dolorosa que nos han obligado a tragar sin preguntarnos. El modelo chileno es una mezcla mestiza, como la de tu admirado Chávez, que hace énfasis en su socialismo más bien cosmético para seguir viviendo del nada socialista negocio de especular con una materia prima esencial para el desarrollo. Quizás, si miras bien la mezcla chilena, al revés de la venezolana, parece menos socialista de lo que realmente es.
También estoy contra el neoliberalismo. O más bien estoy completamente contra la parte neo de la palabra compuesta, contra el dogmatismo ciego de la escuela de Chicago, contra su desprecio absoluto por el tema de solidaridad, la compasión, por su visión estrechamente mercantil del mundo. La otra parte de tu palabra compuesta, el liberalismo, es la escuela de pensamiento económico y filosófico más renovadora, más piadosa, más humana de la que tenga memoria.
Le debemos al liberalismo la democracia, un sistema de gobierno que se basa en la confianza en los individuos, en la visión de éstos como seres que tienen derecho a desear, a cambiar, a organizarse, a contradecirse. El mercado, cuando es sano e igualitario, es una expresión de esta democracia en que vivimos, nuestra falta de pureza, de angelical presindencia, no como una maldición sino como una parte esencial de lo que somos y queremos seguir siendo.
El neoliberalismo es una doctrina del miedo, nace en un refugio de las montañas suizas, en contra del comunismo y el fascismo, es un movimiento mesiánico y darwinista. El liberalismo es, al revés, un voto de confianza hacia los hombres, un llamado a entender su deseo de crear antes que de recibir, de inventar antes de que repetir.
El liberalismo, el verdadero, ama la vida de aquí abajo en toda su complejidad, en todo su horror y su placer. No puedo pedirte perdón por amar yo también esa realidad, por no sentir que el dinero es en sí y de por sí un enemigo, ni el mercado, ni las empresas, ni los empresarios. Eso no implica que crea (como demasiada gente en Chile) que de por sí el dinero, las empresas y los empresarios son sacrosantas animitas que no están más tentados que nadie de caer en la tiranía, el egoísmo, y la explotación. Esa tentación, y la lucha contra ella, ese enemigo que habita en los billetes -pero que no pocas veces emigra a las bombas molotov- también es parte de esa realidad, compleja, terrible y maravillosa que intento infructuosamente ames tú también.
Por lo demás ¿Quién en estos últimos treinta años en Chile no se ha equivocado profundamente? ¿Quién, de derecha, de izquierda o de centro, no ha perdido del todo la brújula ante el movimiento incesante de los acontecimientos? Yo no me avergüenzo de mis errores, pero tampoco tendría fuerza de negarte que me he equivocado demasiado para ir a tirar piedras para que se hagan las cosas como yo quiero.
Te lo digo no para que te resignes, sino para que sigas luchando. Porque quienes amamos la realidad, los que renunciamos a luchar contra la ley de gravedad (que es lo mismo que luchar contra la oferta y la demanda), los que preferimos explorar los matices y no quedarse en la líneas gruesas, los que renunciamos a ser puros y santos, sólo esos que ves ahora como vendidos, como amarillos, no nos arrodillamos como esclavos ante el dinero y los poderosos.

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