Monday, June 11, 2007

Que tengas un buen día Alvaro Bisama

1-. La perpleja quietud de la belleza. Un asesino que interpreta una obra de arte, mientras otro asesino juega video. En el juego, los personajes son masacrados por la espalda, en algo parecido a un desierto. Parece casi real. Como el cine. Dura unos minutos. La cámara da vueltas. No sucede nada. Los dos asesinos son dos adolescentes. Todavía no son asesinos. El que toca el piano lo hace de manera perfecta hasta el final, donde quiebra la melodía, donde todo explota por un segundo y vuelve al silencio. Pienso en una de esas parábolas judías o chinas –da lo mismo, no importa, hay en una suerte de conexión entre la iluminación budista y el pensamiento rabínico respecto al sentido y la inestabilidad del universo- donde un arquitecto planifica una casa o un edificio y luego, en algún lugar, deja una mácula que borra toda perfección, que es por supuesto le es adjudicada a Dios. Suena a cábala. Puede que lo haya leído en Borges. Puede que también haya sido en un cómic. No importa, está ahí, en Elephant, donde una disonancia rompe la melodía, donde la narración se edifica de manera perecta para mostrar el silencio, donde documental es ficción y la ficción es documental. Cuñas en la estructura de las cosas. Un colegio en llamas, la llegada de lo inesperado: la realidad es en realidad realismo mágico.
2-. Que tengas un buen día. O algo así. Me gusta Gus Van Sant. Compré su novela “Pink” y la dejé perdida por ahí. Me encantó el cameo de Burroughs en Drugstore Cowboy del mismo modo en que Will Hunting manda todo a la mierda y se lanza a L.A. a buscar a una chica inglesa. Robin Williams sonríe pero es una sonrisa quebrada, vieja, una sonrisa que proviene del alivio momentáneo del dolor. El final es el mismo al de Mi mundo privado. Una carretera. Alguien perdido que ha encontrado algo. La juventud como una especie de condena angélica. La belleza o la inteligencia como dones que se pagan caros. El lado B, el lado Z de las ciudades: un camino rumbo a la nada. En Good Will Hunting, Matt Damon se salva y sigue en marcha. En Mi mundo privado, River Phoenix se va a la mierda. Es lo contrario pero es lo mismo. El juego especular entre el under y el mainstream. El futuro y la carencia de futuro. Que tengas un buen día. Vete a la mierda. Lo mismo. El cine como un mensaje que intuye su contrario, que dice que lo que dice no es lo que dice: la opacidad como una virtud inherente a la belleza. No saber nada es saberlo todo. Desmontar a Hitchcock para darse cuenta de que es imposible desmontar a Hitchcock. Van Sant como Pierre Menard. La obra maestra de uno es una escoria en las manos de otro. La escoria es un camino a la sabiduría. Borges de nuevo. Borges que ronda por ahí: lo dijo todo antes de que el resto lo dijera todo. Como Van Sant. Como el opuesto de Van Sant. Que tengas un buen día de mierda.
3-.Fuga. En Elephant el silencio ronda el horror. Imposible no pensar en el adjetivo “glacial”. Un pavor glacial. Un terror frío. Cercano. Algo que leí en Neil Gaiman, tal vez Sandman: despiertas del sueño y te miras al espejo, al principio te reconoces, luego no, el espejo se deforma y mientras te quedas quieto, tu imagen se mueve sola. Eso me pasa con Elephant: el horror helado de una imagen que se mueve sola. Que es cercana pero que a la vez se escapa. Elephant como una digresión hacia la violencia, una fuga que se parece a las novelas finales de Adolfo Couve donde el autor acelera y choca, se estrella contra sus propias limitaciones y ofrece la trizadura de su mundo. En Elephant pasa lo mismo. Van Sant acelera y choca porque evita ofrecer catarsis, evita sancionar la violencia desde cualquier lógica narrativa. Elias, en el filme es una versión minimal de Dennis Hopper en Apocalipsis ahora: consigna el horror pero el horror se parece simplemente a un retrato. Una foto que se mueve sola hacia otro lado, que se escapa hacia el hacerse irreconocible. Elias saca fotos, pero no ofrece soluciones, no consigna nada. No es epifánico, a lo más documental. Es la distancia entre la tragedia y el relato literario. Van Sant opta por filmar de manera más literaria que dramática: minimalismo, Carver, Cheever, Chejov, Heminghway. Piglia: un cuento cuenta otro cuento en secreto. Más Borges: en ese cuento secreto, el subterráneo, Borges lo convierte en el centro de la trama. Un mundo que come a otro. Los video games que infestan lo real. No hay tragedia. No hay catarsis. No te la pasas bien observando todo eso. No hay heroísmo, sólo sacrificios. Elephant como algo homérico al convocar una hecatombe que no sirve para nada. Los dados están echados. Los dioses no existen o, en cualquier caso, están locos. Como en “Preacher”, Dios ha abandonado su puesto para huir de sus temores. Se ha tomado unas vacaciones.
4-. Realidad. Con Carla fuimos a ver Elephant en Viña, después de pasear por un mall, en los mismos momentos en que Massú y Gonzalez disputaban la final olímpica. Se nos olvidó eso. Pasamos por el Cine Arte y simplemente entramos. Eso fue todo. Vimos la película y salimos. Helados. Afuera la gente celebraba. Había banderas chilenas por todos lados. Gritos. Algarabía. Por un momento no entendimos nada. Fueron cinco minutos eternos que duraron hasta que tomamos un café, hasta que nos sentamos. La película estaba teñida de silencio. Afuera había solo ruido. Imposible no comparar los escenarios, imposible no pensar en las imágenes contrapuestas de la alegría nacional y la masacre cinematográfica. Pienso en esos cinco minutos de frío. Frío intenso. Polar: caminar por las calles de Viña como si todo fuera una película que se nos había escapado, que no habíamos visto. Borges de nuevo: el mundo de Tlön entrando en el real, la conjugación de un universo imposible, un simulacro que se come al real. Pienso en Elephantahora como una suerte de realidad paralela, cercana. Elephant como una colección de momentos muertos, algunos incluso en su sentido literal. Elephant como el invierno: como un refrigerador que se abre. No en vano la cinta termina ahí. El asesino le apunta al deportista. La cámara se va hacia atrás. No muestra nada. Sale del refrigerador. Así salimos al frío, sin entender nada, sin tener ningún mensaje: imágenes llenas de estática, cargadas de silencio, la belleza repudiable de la nada. La celebración de la vida como un río que simplemente se mueve, que no desemboca en ningún lugar, que simplemente yace en el aire. Alguien le saca una foto a alguien. Una adolescente odia su cuerpo. Los asesinos, antes de ser asesinos, juegan Playstation. Cosas que nos pasan a todos: pasos resonando en un pasillo, conversaciones idiotas, la realidad como una epifanía del sin sentido. Nada más, nada menos. Lo horroroso es lo otro. La ficción. El cine. Lo que necesitamos para llenar la nada. Elephant es una película sobre esos rellenos, sobre la obra gruesa de cómo la ficción se inserta en la realidad y la descompone. Cuando salimos del cine fuimos por un café, pero por un rato, el mundo se descompuso, se llenó de ruido. Hubiera preferido la calma, la nada, el silencio. Eso es todo. Elephant es un film moral sobre la estupidez de ser adolescente y estar vivo. Eso es todo. Ya no soy un adolescente pero adoro estar vivo.

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