Monday, June 11, 2007

El mal del infinito

La abundancia, sumada a la falta de política -esa antigua práctica que permite ordenar las necesidades y racionalizar los deseos colectivos-, nos tiene a todos convertidos en niños. No es raro, entonces, que los estudiantes se tomen los liceos, los concejales se comporten como borrachos de cantina y los diputados y senadores adquieran la conducta de simples comerciantes.

CARLOS PEÑA

Los estudiantes ocupando a la fuerza los colegios y lanzando ácido, y todo eso a pesar que buena parte de lo que solicitaron se les concedió; un grupo de concejales y caciques intercambiando golpes e insultos frente a las cámaras, mientras el alcalde toma la precaución de ocultarse; los funcionarios del Sename en huelga, aprovechando la entrada en vigencia de una ley para hacer sus reivindicaciones; y los diputados y los senadores poniendo, sin pudor alguno, precio a sus votos, como si la política fuera un asunto de intercambios y no de deliberaciones imparciales.¿Qué está pasando?Lo que ocurre es que estamos contagiados del mal del infinito.Durante mucho tiempo -desde los tiempos en que Lavín rasguñó el poder- hemos creído que la política consiste ante todo en satisfacer las necesidades y las preferencias de la gente. El político ideal es, desde entonces, una mezcla de cercanía y capacidad ejecutiva. Hasta Ricardo Lagos, a pesar de su instinto republicano y su severidad de profesor de liceo, cedió por momentos a esa tentación. La Presidenta Bachelet la modificó levemente; pero a fin de cuentas se dejó rendir por ella.La política como satisfacción de necesidades. Las decisiones de la autoridad como si fueran un proceso de intercambio. El futuro votante siempre tiene la razón. Necesidades por votos.A primera vista no tiene nada de malo. Salvo por un detalle. Las necesidades sin elaboración, sin orden, sin límites y sin un significado que estimule y favorezca la espera, equivalen al infinito. Y quien desea el infinito está condenado a la anomia, a padecer ese mal moderno que describió hasta el hartazgo un señor de perita y de anteojos que, según sus alumnos, no rió nunca: Durkheim.No es raro que poseídos de ese mal los estudiantes, los políticos, y todos a fin de cuentas, estemos dispuestos a transgredir los límites cada vez que sea necesario. Y no es mala voluntad. Es que cuando la política renuncia a modelar las preferencias de la gente, a conferirle un significado al tiempo -esto primero, esto después, en razón de eso o aquello-, la insatisfacción nos inunda por todos lados, sin importar lo que hagamos. O lo que tengamos. Cuando el deseo lo inunda todo, las comunidades y las personas no van para ningún lado: simplemente van.Algo de eso nos está ocurriendo.Nuestro país ha experimentado una expansión del consumo y de las oportunidades del que nadie tiene recuerdo. El sistema escolar acoge hoy a todos los niños y jóvenes, los malls llegan a las puertas de su casa, el Estado tiene dinero a manos llenas. Y para más remate el ámbito público está saturado de esa disciplina que tiene a las necesidades como su árbitro final: la economía neoclásica.Pero hay algo que no tenemos. No tenemos política de verdad.Tenemos, claro, competencia entre un grupo de personas que se ganan la vida obteniendo votos y que, cada vez con mayor empeño, se transforman en eso que Arturo Valenzuela llamó alguna vez political brokers: mediadores entre las comunidades locales y el poder central para obtener recursos. Antes eran camisetas para el club deportivo, monedas para arreglar una calle y cosas así. Hoy día son millones de dólares. Pero es más o menos lo mismo. Diputados y senadores convertidos en brokers, en gestores. Y el gobierno en un proveedor que no tiene razones: la razón la tienen los futuros votantes. Y el interés general brilla por su ausencia.Por supuesto siempre es posible pensar que la política es eso. Un remedo del mercado en el que los votantes son consumidores, los votos dinero y los políticos comerciantes que venden un servicio más o menos intangible. Pero las comunidades políticas no se construyen ni se gobiernan de esa manera. Los países requieren ciudadanos más o menos virtuosos, capaces de tener lealtades entre ellos y dispuestos a cumplir las reglas. Y nada de eso se logra, o se explica, cuando concebimos la política como un simple intercambio.Pero en eso estamos. Y no hay que extrañarse. Porque cuando los países padecen el mal del infinito todos sus habitantes se transforman en niños."Siempre es posible pensar que la política es un remedo del mercado en el que los votantes son consumidores, los votos dinero y los políticos comerciantes".

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