Wednesday, April 18, 2007

Incendios Alejandro Zambra

Anoche soñé con Marcelino Martínez.
Anoche soñé con Hugo Puebla y Camilo Dattoli y Marcelino Martínez.
En el sueño éramos, los cuatro, grandes amigos, o al menos eso se desprendía de la conversación: fumábamos, a escondidas, en ambiente de hora libre. Camilo hablaba poco y a destiempo: planeábamos algo, de seguro, y Camilo desconfiaba de ese plan. Marcelino, en cambio, insistía, insistía mucho. Hugo fumaba rápido, más rápido que el resto, y reía tras cada calada. ¿Cuál era el plan? No lo sé. Me he pasado la tarde intentando precisar qué planeábamos.De pronto comenzó un ruido de sirenas. Un incen-dio. En el sueño yo descubría que estaba soñando, y despertaba, o creía despertar, y comprobaba que era mi casa la que se estaba incendiando.Grité fuerte, desesperado, un nombre, dos nombres. Al dar esos gritos desperté realmente. Sentí las distantes sirenas de un incendio, y respiré hondo, tomé agua, fumé. Recién entonces pensé en el sueño, en ese diálogo extraño, en ese grupo extraño. No éramos, esos cuatro, amigos. Camilo Dattoli era de otro curso, de otro mundo: un amigo ocasional, un tipo agradable. Si ahora nos encontráramos en la calle nos reconoceríamos, anotaríamos teléfonos. Y tal vez sí nos llamaríamos, para hablar y cambiar discos o libros.De Hugo Puebla tengo noticias esporádicas y buenas. Si nos encontráramos quedaríamos de almorzar, y almorzaríamos. Quizás seguiríamos almorzando de vez en cuando.¿Y Marcelino? Hacia el final de segundo medio, Marcelino Martínez González descubrió que quería ser periodista, y sin pre-guntarle a nadie creó el Departamento de Prensa del Ins-tituto Nacional, integrado, desde entonces, por su solo y entusiasta hombre-orquesta. Todos los días, después del colegio, se iba a Tribunales: en las noticias solía aparecer el micrófono de Marcelino, recibiendo gratuitamente la saliva de jueces y abogados. Él mismo había diseñado ese micrófono, y no era un mal diseño: en lugar de pegotear una insignia del colegio, Marcelino había improvisado un logo verosímil, que pasaba sin problemas por el de alguna agencia extranjera.Sólo una vez, años más tarde, lo vi en televisión. Fue un momento glorioso: el año 2002, después del 3-0 de Chile sobre Brasil, Marcelino Martínez hacía despachos, en directo desde Plaza Italia, para TVN. Alternando hábiles y elegantes “Gracias, Pedro” y “Adelante, Cecilia”, cumplía a cabalidad con el curioso protocolo de su profesión (“Por qué no decirlo, Bernardo, este es un triunfo histórico”). Nunca fuimos amigos, pero hablábamos bastante. Una tarde, después de un paro de profesores, nos quedamos en la escalera, conversando. La radio del colegio era una sala pequeña que funcionaba sólo en los recreos, con programación musical, pero esta vez Marcelino la había usado para informar sobre el paro. Él estaba feliz: No sabes lo que se siente, me decía, informar, informar de verdad. En los recreos deberíamos dar noticias en vez de poner música, me decía.Era una idea absurda, una locura, pero yo lo escuchaba con atención, con seriedad; con la misma seriedad, pienso ahora, de cuando escuchamos, por la radio, la lejana noticia de un incendio.

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