Saturday, April 14, 2007

Eterno resplandor de una mente sin recuerdos





























TVN dio el otro día esta maravilla. Uf. Esta cinta me hace mal y al mismo tiempo me salva la vida.

Eterno resplandor de una mente sin recuerdos
El invierno de nuestro descontento28 de septiembre de
2004 Daniel Villalobos----------
Como la esposa de Kris Kelvin en Solaris o la madre de David en Inteligencia Artificial, la Clementine que interpreta Kate Winslet es un ersatz, un eco del ser humano original.
Las modas cinematográficas son algo extraño: hace cosa de un semestre teníamos las pantallas plagadas de rubias vengativas, desde Uma Thurman en Kill Bill hasta Charlize Theron en Monster, pasando por Nicole Kidman en Dogville y -no lo olvidemos- Naomi Watts en 21 Gramos.Y ahora la pérdida (artificial o natural) de la memoria está en todas partes. Partió en su versión más tonta y fofa con El Pago, de John Woo y luego siguió con Reconstrucción de un Amor, Como la Primera Vez y la mejor del lote, Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos.
El filme dirigido por Michel Gondry y escrito por Charlie Kaufman tiene varios méritos bajo el cinturón. Entre ellos, el atreverse a usar un estilo de narrativa que el cine norteamericano parecía ya haber condenado al excluyente nicho del cine independiente off-Hollywood. Es ese estilo de montaje discontinuo, paisajes invernales y cronologías alteradas que el Hollywood de los ’60 y ’70 sampleó de tipos como Godard, Bergman y Resnais, tres nombres que Eterno Resplandor... no sólo vuelve a traer a colación sino que termina conjurando como sus santos patronos.
La historia -como ya se ha hecho habitual en los guiones de Kaufman- es sencilla, pero está narrada en forma compleja: Joel Barish es un oficinista de aspecto desaliñado y levemente nerd, que se entera de que su ex -novia Clementine acaba de someterse a un radical tratamiento para borrarlo a él de su memoria. Despechado, Joel visita la empresa que ofrece el servicio y exige que le hagan lo mismo. El problema es que el procedimiento no se ejecuta con la minuciosidad y eficiencia que uno esperaría: los responsables del asunto son dos técnicos vestidos de civil (Mark Ruffalo y Elijah Wood), que se introducen en la casa del sujeto de noche, lo conectan a una máquina y, básicamente, se pasan varias horas ejecutando una función conceptualmente muy similar a la que harían dos limpiadores de alfombras.
Este detalle -que el proceso en cuestión sea tan chapucero y artesanal- es una de las numerosas agudezas que hacen delicioso al filme. En vez de detenerse en cháchara seudocientífica y supuesta tecnología de punta (como lo hace, estúpidamente, El Pago), los realizadores dejan en claro que el procedimiento es, antes que nada, una metáfora, una herramienta para conseguir otra cosa y que -como lo hizo Godard en Alphaville- la mejor manera de convencernos que estamos viendo una historia futurista es presentarla en un contexto idéntico al nuestro.
Los problemas que sorprenden a los sufridos técnicos -y que son el cuerpo de la película- comienzan cuando una falla en el equipo permite que Joel (dentro de los delirios causados por el proceso) tome conciencia de que se encuentra dentro de su cabeza y decida evitar el olvido de Clementine y esconder su recuerdo en algún lugar inaccesible de su memoria.
La odisea de Joel tiene antecedentes ilustres en el cine: desde el Scottie Fergurson de Vértigo hasta el Kris Kelvin de Solaris, la figura del hombre que pretende conservar la imagen de su mujer ideal (a costa incluso de negar al modelo que le dio origen) está conectada con una obsesión cinematográfica consustancial al medio, que -después de todo- fue inventado en un principio como un método de documentación: mantener la ilusión de vida en lo que ya se perdió para siempre.
Joel se encuentra con el recuerdo de Clementine en su cabeza (una especie de ciudad conformada por todos los lugares donde ambos estuvieron) y logra convencer a este reflejo de acompañarlo en una huída desesperada a lo largo de su memoria. Mientras los técnicos intentan dilucidar lo que sucede -y van borrando sus recuerdos en paralelo- Joel junto al recuerdo de Clementine se desplaza por escenarios que colapsan a su paso, buscando una forma de sobrevivir a la noche y despertar conservando alguna memoria de la mujer que amó.
Esta clase de historias exige una narrativa poco usual. Kaufman y Gondry han dado perfectamente en el clavo al hacer buen uso de la elipsis y la voz en off para reproducir el caos mental que sufre Joel. Evitando transiciones (como el fundido encadenado) que sugieran en base a la convención el paso del tiempo, han conseguido que la película transmita permanentemente la sensación de un collage, de un borrador, de una serie de retazos descartados que alguien ha echado a correr en el proyector: en mitad de una escena, por ejemplo, los textos de una librería o una casa completa desaparecen y en su lugar estamos en otro momento y espacio. Al igual que Joel, no siempre estamos seguros de qué estamos viendo o en qué plano sucede. Al igual que Joel, debemos perdernos en el laberinto que es su cabeza para evitar quedarnos abajo de la película. Tras su cáscara de filme romántico 2.0 -nivel al que funciona, y muy bien- Eterno Resplandor... contiene algunos crueles apuntes sobre el viejo tema del amor y la memoria. Por ejemplo, nunca conocemos a la verdadera Clementine, salvo en la primera secuencia y en el segmento final, donde ciertos aspectos de su personalidad son directamente contradictorios con lo que Joel nos ha mostrado de ella en sus recuerdos. Como la esposa de Kelvin en Solaris o la madre de David en Inteligencia Artificial, Clementine es un ersatz, un eco del ser humano original. Lo que la hace adorable (y uno de los mejores personajes femeninos de la temporada) es también lo que le suma un aire trágico a toda la historia: ella es una versión creada por la cabeza de Joel. Una versión de la que él es capaz de enamorarse de nuevo, lo que vuelve a traer a colación el viejo cliché: lo que amamos es siempre lo que elegimos ver del otro, la mirada del observador inevitablemente altera a lo que se observa.
Un apunte al margen. Más allá de la idea de una mujer sin memoria que debe ser rescatada de su eterno presente por su enamorado, Como la Primera Vez, Reconstrucción de un Amor y Eterno Resplandor comparten una divertida presunción: que la chispa del amor, el fuego de la pasión o como-le-quieran-llamar tiene un poder capaz de abrirse paso a través de las sinapsis más colapsadas. En el primer caso, Adam Sandler descubre que su amor –una Drew Barrymore que ha perdido la memoria reciente y vive cada día como si fuera siempre el mismo 14 de abril- es capaz de recordar una melodía asociada con él aunque no puede saber de dónde la sacó. En Reconstrucción de un Amor, una bella rubia olvida de golpe al hombre con quien pasó la noche, pero ah, l’ amour, se impresiona tanto con él en un restaurante que termina pidiéndole permiso para sentarse en su mesa y todo vuelve al punto de inicio.
En Eterno Resplandor... las parejas están condenadas a reencontrarse, al menos hasta que uno de ellos conscientemente decida romper el vínculo. Esta curiosa idea (el amor como un virus atrapado en el disco duro, presto a reinstalarse cada vez que apretamos Enter) tal vez no reemplaza al viejo cliché del niñito con las flechas, pero funciona como un buen sucedáneo para tiempos tan descomprometidos como éstos: después de todo, si en mis genes está impreso que no pueda evitar enamorarme de A, tampoco será mi culpa cuando nuestra relación colapse o cuando, hmm, me enamore de B y decida librarme de A.
Gracias a su periplo onírico, Joel tiene la chance de volver a repetir su encuentro con Clementine, e iniciar una nueva relación. Pero un elemento externo altera esa posibilidad: la secretaria de la empresa de borrados -quien tiene su propio drama personal a lo largo de la historia- decide echar por tierra todo el trabajo de su jefe e informarle a los clientes de la empresa sobre aquellos a quienes borraron. Esta acción (cuya consecuencia directa es que Joel y Clementine descubren que ya han tenido un romance y que éste ha terminado de muy mala manera) pone en perspectiva todo el supuesto encanto del flirteo que ambos han tenido al principio del filme -una escena que, cronológicamente, sucede después de la noche en que Clementine es borrada de la cabeza de Joel- y obliga a releer todo lo que hemos visto. Los protagonistas decidirán finalmente aferrarse a la atracción naciente aun cuando tengan la certeza de que la relación colapsará una y otra vez. Pero la sensación última es similar a la que entregaba el cruel (y aparentemente sentimental) cierre de Inteligencia Artificial: que las emociones por las que nos jugamos la vida, las relaciones y sentimientos que nos forman y hieren pueden ser, al final del día, programas tan mecánicos y formateables como los que usan los técnicos de Lacuna Inc.
Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos es uno de los filmes del año. También es la confirmación de que, bajo sus jueguitos con el cliché y la estructura narrativa, el guionista Charlie Kaufman tiene la capacidad de poblar sus guiones con personajes genuinos y no ya con simples marionetas al servicio de un concepto. Casi diez años atrás, el fallecido guionista de miniseries Dennis Potter, con cuya visión irónica y posmoderna del cliché Kaufman tiene más de una deuda, entregó en Karaoke y Cold Lazarus una premisa y un mensaje bastante similares a los del filme de Gondry. En esas dos miniseries -conectadas por un mismo personaje- la cabeza congelada de un escritor era usada en el futuro para extraer de ella memorias que pudieran convertirse en material de un revolucionario reality-show. Al final, todo colapsaba y el proyecto quedaba en fojas cero: los recuerdos de un hombre, sugería Potter, eran algo demasiado sagrado para ser convertidos en carne de rating. Algo parecido transmite Eterno Resplandor... en sus últimas escenas: la idea de que lo que nos hace humanos, singulares y queribles radica finalmente en todo aquello que jamás podremos olvidar ni decir.
Eterno resplandor de una mente sin recuerdos Memorias para desarmar12 de septiembre de 2004
Artes y Letras, El Mercurio
Las tramas espacio-temporales se han vuelto todo un comodín del cine contemporáneo, así que no extraña que un nuevo filme con Jim Carrey juegue con esas reglas. Lo increíble es que en el proceso las reformula, las quiebra y las vuelve a crear, sin perder sentido ni humanidad.
Aunque casi hemos atravesado media década de este nuevo siglo –perdón, de este nuevo milenio- todavía hay más de alguna institución gastando neuronas en la confección de listas de “mejores cien” en cualquier categoría de la historia del cine. El centenario pasó hace rato -¿no fue en 1995?-, pero organismos como el American Film Institute (AFI) aún se entretienen cada año compilando nombres y títulos sin parar. Al principio –cuando se referían a las películas, los actores y directores- la cosa tenía sentido, pero últimamente hay listado de canciones, de escenas de suspenso y parejas románticas. Por cierto que hay un método detrás del asunto: el AFI gana mucho dinero con los especiales de TV, libros y DVDs armados sobre estos conceptos. Al parecer ha ganado tanto que ya no tiene sentido dejar de hacerlos: el verdadero problema ahora es encontrar una buena excusa para cada nueva lista, para que en este negocio de lucrar con la memoria, el alguna vez respetado Instituto salve con cierta dignidad.
No deja de ser una ironía que en tiempos donde es tan útil reciclar y empaquetar los recuerdos, uno de los mejores y más arriesgados filmes de la temporada se preocupe de la forma en que nos deshacemos de ellos, de cómo los aniquilamos.
Así resulta que todos los involucrados en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos juegan a convertir en lastre su propio legado, un lujo que organismos como el AFI francamente ya no se pueden permitir.
IMPROVISANDO RECUERDOS
La anécdota casi parece sacada de una vieja y barata novela de ciencia ficción: Joel Barish, un apagado treintón, descubre que su novia Clementine ha acudido a una clínica especializada para remover los recuerdos de su romance. Ella ya ni siquiera recuerda que alguna vez fueron pareja y él –despechado- va al mismo lugar a borrar sus propias memorias. Sólo que en su caso el proceso sale mal...
Lo anterior es una versión más o menos ordenada del punto de partida de la historia, pero si usted va al cine se dará cuenta que todos estos datos van apareciendo desordenados, descoyuntados, como si en vez de avanzar la trama se fuera derritiendo, fragmentándose como gotitas de aceite en agua. La solución del enigma es simple: en vez de comenzar por el principio, la película se inicia dentro de la ya convulsionada cabeza de Joel, y a medida que las imágenes de su historia de amor comienzan ser retiradas para siempre.
Vista ante el enorme desafío de retratar una mente que se cae a pedazos, Eterno resplandor se convierte en algo excepcional no sólo por su curioso formato, sino por el tremendo control que sobre el producto ejercen los principales involucrados: Jim Carrey y Kate Winslet, como los ex pololos; y el realizador Michel Gondry y el guionista Charlie Kaufman (quienes ya habían colaborado en la excéntrica Human nature, que se exhibe este mes en la televisión por cable).
Carrey, concentrado de lleno en el papel más exigente de su carrera, parece comprender a la perfección que los claustrofóbicos delirios de Joel cubren un terreno mucho más ambiguo que las inquietudes espirituales del fantasioso Truman Burbank, del mismo modo en que Eterno resplandor funciona como amargo comentario del humanismo que recubría la cáscara de The Truman Show. En cuanto a Kaufman, bueno, su amor (su obsesión) por las estructuras de las historias y la disección del comportamiento humano sigue en tan buen pie como se observaba en ¿Quieres ser John Malkovich?, El ladrón de orquídeas y Confesiones de una mente peligrosa. El verdadero descubrimiento radica en Gondry, en su tremenda capacidad para combinar experticia técnica con una emotividad casi al borde del descontrol.
Ayudado en buena parte por la montajista Valdís Oskársdóttir –que ensambló La celebración, Mifune y Julien Donkey-Boy, entre otros filmes del Dogma- Gondry evita que su representación de los recovecos de la mente sea leída como otra excursión más en un mundo de alucinación o de autoanálisis. En realidad, su versión de los recuerdos del protagonista semeja un laberinto donde los pasillos se van armando y se improvisan al mismo tiempo que la ruta de escape: consciente de que los técnicos están interviniendo en su cerebro, Joel recoge las pocas memorias que le quedan de su Clementine y las deposita en lugares donde no encajan, creando en el proceso nuevos recuerdos, o versiones modificadas de los antiguos.
PUZZLE HUMANO
Ahí es donde las habilidades asociativas -que Gondry cultivó al máximo en sus días como notable director de clips- toman las riendas del filme. Como quedaba claro en sus fascinantes videos promocionales para Björk, The Chemical Brothers y Kylie Minogue entre otros, uno de los motores de su imaginación es la recursividad, la repetición de patrones, conductas, puntos de vista y el modo en que la reiteración de ese mismo material va generando significados distintos, una vez que se suma a la fórmula la noción del tiempo.
Al mirar su trabajo con clips de cuatro minutos, casi todos reunidos en el DVD The work of director Michel Gondry, uno queda con la impresión que el realizador juega con rompecabezas más y más complejos, sin perder una suerte de aproximación infantil a la imagen (en uno de ellos el dúo The White Stripes se transforma derechamente en figuritas de Lego).
Lo interesante es que amplificada a una dimensión argumental y adulta, la perspectiva y modo de mirar aplicados por Gondry a su material no se devalúan. Al revés: la caótica duplicación de recuerdos que el desesperado Joel intenta para salvar su idea de felicidad bien puede estar entre los testimonios de humanidad más descarnados que el anestesiado y correcto cine norteamericano haya exhibido en años. Aquí no se trata, como en Magnolia, de dotar un aliento sinfónico a los sentimientos y errores de cada personaje. En Eterno resplandor las tragedias privadas comprometen la propia integridad de la película, literalmente parten al filme en pedazos y se ofrece al público la posibilidad de reconstruirlos, corriendo el riesgo que se deje en el camino la correspondiente cuota de vacíos y cabos sueltos, y se rellene lo que “falta” con la propia experiencia o simplemente con desdén.
En términos prácticos, el puzzle que uno tiene por delante no es más complejo que el propuesto hace unos meses por la estupenda 21 gramos, claro que -mientras ésta obligaba al espectador a lidiar con una virtual orgía de sentimientos a punto de reventar- el filme de Gondry y Kaufman observa con sufrido optimismo una historia de desamor. Dependiendo del momento, una alternativa puede ser más aceptable que la otra; pero de que ambas duelen, claro que duelen.

Blog Archive