Wednesday, May 21, 2008

Wes Anderson




Ya está en los cines la nueva película de Wes Anderson, Viaje a Darjeeling. El viaje de tres hermanos en un tren por India es un verdadero festín visual. El virtuosismo estético de Wes Anderson parece haber alcanzado aquí su cumbre y, como nunca, vale la pena ir a comprobarlo a la pantalla grande. Aún cuando –y a pesar de sus grandes momentos– sea su cinta más floja en términos de emoción.


Por César Rivera en www.disorder.cl

“Supongo que mi tono disgusta muy especialmente a quienes tienen una idea muy clara y rígida de lo que es cómico, lo que es dramático y lo que es trágico. Y lo que yo busco es ser cómico, trágico y dramático al mismo tiempo. Y esto hay gente que no lo soporta. Tal vez porque les inquieta pensar que las cosas, la vida sea finalmente así. Indefinida”

Wes Anderson

Es una especie de regalo y se llama Hotel Chevalier. Es el cortometraje que antecede a la exhibición de Viaje a Darjeeling en las salas locales y que funciona a modo de prefacio. Y es un regalo no sólo por que es un privilegio de algunos (en Estados Unidos no se exhibió con la película), sino porque, además, se trata de un gran mini film. Una historia conmovedora y con personajes muy logrados. Y, por supuesto, retratados con el particular estilo de narrar y filmar que tiene su director. Elegante, simple y directo; aunque no por ello carente de detalles y sutilizas.

Además de defenderse más que bien solito, el corto sirve para introducirnos en uno de los personajes protagónicos de la película. Se trata de Jack (Jason Schwartzman), a quién le han roto el corazón y pasa las penas bien lejos de Norteamérica, recluido en un lujoso hotel parisino. La chica (una sublime Natalie Portman), causa directa de su depresión, lo ha encontrado y lo visita. Es un re-encuentro amoroso, masoquista, límite y fugaz. Aún cuando no sabemos muy bien que es lo que ha pasado –tampoco habría tiempo en los trece minutos que dura– se logra transmitir lo agridulce del momento a la perfección.

Lo que sigue es Viaje a Darjeeling, pero antes, un pequeño paréntesis para refrescarnos la memoria.

En menos de una década Wesley Wales Anderson se transformó en un autor de culto. Todo gracias a un par de historias excepcionales –Rushmore, Los Excéntricos Tenenbaums– pero también por el modo en como estaban contadas aquellas historias. Por un lado, mediante una puesta en escena muy acabada (planos perfectamente compuestos, movimientos de cámara elegantes, una buena cuota de teatralidad y una más que atinada selección de canciones como banda sonora), pero también por haber dado con un tono tan característico y único. Aquella singular mezcla entre drama y comedia.

Más allá de los gustos, es un hecho que al hablar de Anderson hablamos de un autor con todas las de la ley. En sus películas ha sabido plasmar una visión particular acerca del mundo; levantar ciertos tópicos en los que se desenvuelve con autoridad y naturalidad; dibujar personajes con gran precisión, siempre flemáticos pero a la vez cargados de emotividad; y finalmente, ha sabido insertar a estos mismos en un universo único, propio, hecho a mano. Es el idiosincrático universo Andersoniano del cuál solo vasta ver unos segundos para reconocerlo. El mismo que ha sido imitado por un sin fin de películas independientes, ha dejado su marca en otros campos del mundo audiovisual como el videoclip o la publicidad, y sin el cuál sus historias serían solo buenos guiones.

Fin de paréntesis.

Francis, Peter y Jack, son tres hermanos que, pese que son adultos, adolecen de un tipo particular de orfandad. La muerte de su padre, acontecida hace más de un año, y la particular opción de vida que ha tomado la madre (se ha hecho monja y peregrina en algún lugar perdido de la India) ha debilitado los lazos familiares. Francis (Owen Wilson), el mayor, programa un viaje en tren a través de la India. Su objetivo, además de dar con la madre (Anjelica Huston), es hacer un recorrido espiritual que los haga re-encontrarse. Aunque con escepticismo, los otros dos acuden al llamado. Atraídos, tal vez, por el hecho de poder escapar de los problemas que aquejan sus vidas en aquel momento.

Cada uno de los tres hermanos comienza la película desde el desequilibrio. Francis viene de sufrir un accidente en moto que le ha hecho replantearse la vida; Peter (Adrien Brody) va a tener un hijo y está aterrado por que no está seguro de amar a su mujer; y Jack, como lo adelantaba el cortometraje, viene saliendo de una relación que lo ha dejado malherido. El tren comienza su marcha, y la película se empieza a mover terreno en el cuál el realizador ha demostrado desenvolverse más que correctamente: la familia y su dinámica interna. Con tan solo un par de escenas queda claro cuales son las relaciones de poder, los cariños y los temas pendientes que cargan entre ellos.

Aquella dinámica interna, más que evolucionar, en el sentido de lograr un mejor entendimiento entre hermanos, servirá para ir conociendo a cada uno de los personajes, los que no tardaran, al igual que en todas las películas de Anderson, en volverse queribles. Sea por esa vulnerabilidad que los caracteriza, sea por estar poblados de detalles materiales que definen su personalidad. Me refiero a la vestimenta, los objetos, que siempre abundan en cada uno de ellos, y que hacen más sentido cuando se trata de protagonistas burgueses, como en casi toda la filmografía de Anderson. Burgueses sumidos en una cierta decadencia. Deprimidos, pero que encuentran en las cosas materiales un refugio, que si bien no les entrega felicidad, los mantiene ahí. Dignos.

Muchos de estos objetos arrastran una carga simbólica. En el caso de Viaje a Darjeeling las maletas que tienen los tres hermanos (diseñadas por Marc Jacobs de Luis Vuitton exclusivamente para la película) representan la unión que mantienen con el difunto padre, el dueño de aquellas maletas de lujo. El padre siempre ha sido una figura gravitante en las películas de Anderson. En Rushmore más que el padre verdadero del protagonista, el personaje de Bill Murray emergía como suerte de padre sustituto, que veía en el pequeño Max Fischer al hijo que siempre quiso tener (y no a los pelmazos que le salieron). En Los Excéntricos Tenenbaums el padre con su infantilismo, ausencia y oportunismo moldeó el desenlace de su familia. En “La Vida Acuática”, el capitán Steve Zissou era una suerte de padre adoptivo de toda la tripulación. En todos los casos se trata de una figura paterna por la cuál se tiene cierta admiración, pero que dada su irrectitud moral y pragmatismo, termina por afectar fuertemente a los hijos.



Ahora en Viaje a Darjeeling pese a que nunca vemos al padre –murió hace un año–, este ocupa un rol importantísimo. No solo por que, de cierto modo, echa andar esta historia de re-encuentro de tres hermanos que viajan por India buscando recuperar la integridad familiar perdida tras el deceso. También, porque vaya que se nota como la figura paterna, para bien o para mal, ha moldeado la personalidad de cada uno de los protagonistas.

Con respecto a la puesta en escena hay aquí un trabajo mayúsculo. La expresividad visual que alcanzaron sus otras cintas, sobretodo Los Excéntricos Tenenbaums y La Vida Acuática, aquí se ha perfeccionado aún más: Anderson es un verdadero artista. Muy bien acompañado por lo demás. Con Mark Firedberg como diseñador de producción, con experiencia en películas notables como “Lejos del Cielo”, Milena Canonero como encargada de vestuario (la misma que ha ganado tres oscars por “Carros de Fuego”, “Barry Lyndon” y “María Antonieta”) y con Robert Yerman como director de fotografía, quien ha ido creciendo con Anderson, ya que ha estado tras el lente en todas sus películas. El equipo no se conformó con el ya colorido mundo de la India, sino que lo usó de punto de partida para construir un exquisito mundo visual, lleno de detalles, pero nunca recargado, todo muy elegante y al servicio del tono del relato.

Con estas cartas sobre la mesa el terreno esta dado para que Viaje a Darjeeling sea una gran película. Es, de un cierto modo, la misma de siempre. Sentarse a mirarla es una experiencia familiar, agradable; pero al mismo tiempo distinta, hay un contexto interesante, nuevos elementos por explorar, etc. Pero, una lástima, no es una gran película. Si bien Anderson nos tiene acostumbrados a un tipo especial de caricaturismo y teatralidad, su cine se ha caracterizado por ser al mismo tiempo, profundo y dramático. Y es en ese punto donde la película va a tropezones. No logra comunicar la emoción que tienen todas sus películas anteriores –incluyendo el debut, Bottle Rocket–, y que tiene, sin ir más lejos Hotel Chevalier, el cortometraje.

Aún así tiene momentos de genuina intensidad y humor. En realidad funciona perfectamente en sus escenas, en sus diálogos, en sus detalles, pero en términos macro, le cuesta más. Y lo digo por que estamos acostumbrados a más. Con un cineasta así es difícil no ser exigente y hacerse expectativas. Tal vez Wes Anderson se vaya convirtiendo en una suerte de Woody Allen, que hace siempre la misma película, y cuyo éxito no depende de cuan original sea cada nueva entrega (ya nos queda claro, en ambos caso, es el conjunto de su obra la que es en extremo, original), sino más bien dependerá de cuan intensa sea la historia y cuan comunicativos de emoción sean los personajes.

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