Tuesday, May 20, 2008

Tiro Libre
Rayuela moscovita


Francisco Mouat

Revista El Sábado


Viajé a Moscú en el verano europeo de 1985. Había salido muy poco de Chile, y la revista Apsi me enviaba como periodista a cubrir el Festival Internacional de la Juventud en la capital soviética. Lo de cubrir el evento es un decir, porque las indicaciones del director fueron claras y precisas: "El festival, periodísticamente hablando, nos interesa un rábano. Anda a pasarlo bien, cabrito; a conocer, a ganar experiencia".

Qué mejor. El viaje duraba tres semanas. No tenía la obligación de reportear nada ni de entrevistar a nadie. ¿Por qué estas cosas ya casi no suceden? La invitación de los comunistas rusos incluía todo: pasajes en Aeroflot ida y vuelta desde Buenos Aires con escala en Recife, Dakar y Argel, alojamiento, las cuatro comidas, y creo que hasta un modesto viático que alcanzaba para traerse una muñequita rusa, de madera.

Nos alojaron a los chilenos que íbamos en el hotel Sputnik, un hotel grande y rectangular administrado por los principales sindicatos moscovitas. Quedaba en la calle Lenin, a pocas cuadras de una plaza donde se erigía una estatua gigante del propio líder de la revolución bolchevique. Lo divertido del caso es que en esos días se estaban haciendo trabajos en la plaza, y a Lenin lo tenían todo forrado para que no se llenara de polvo. La tela que lo cubría dejaba ver, eso sí, el inmenso tamaño de su bototo. Uno se paraba al lado del bototo de Lenin y se veía enano, a punto de ser pisoteado como una hormiga por la tremenda humanidad de Vladimir Ilich.

Me tomé muy a pecho las indicaciones de mi director, y no hice nada para la revista, salvo echar la talla, zafar de los traductores oficiales del festival y arrancarme solitario por la ciudad para gozar de los privilegios que me otorgaba la credencial de invitado especial del gobierno soviético. Mostrábamos la credencial y pasábamos gratis en la micro, en el metro, y con la misma credencial entrábamos a las fiestas que se hacían de tarde y de noche en los distintos hoteles donde se alojaban las delegaciones de todo el mundo. Así fui a la Plaza Roja, así aplané calles y parques, así divisé en vivo y en directo los misteriosos autos oficiales de color negro en que se desplazaban por Moscú los jerarcas rusos.

Para no andar de vago todo el día, me inscribí en un taller de literatura donde conocí a una alemana oriental llamada Ina, que hasta hoy sueño con volver a ver un día: era demasiado bella. Ina, que apenas tenía 19 años, quería saber más de Pablo Neruda y de la poesía chilena que se escribía en el exilio, y yo, en un rudimentario inglés, me ufanaba ante sus ojos de interesarme como nadie en los versos nacionales.

Hubo ratos libres en que organizábamos campeonatos de rayuela en el estacionamiento del hotel con otros chilenos, para lo cual usábamos por supuesto monedas rusas con la efigie del propio Lenin. Hasta que un día apareció un policía por el lugar, tomó una de las monedas del piso y empezó a retarnos en ruso. Como no entendíamos nada, no le hicimos caso y seguimos jugando, pero el tipo se puso bravo. Tuvimos que llamar a una traductora, y ella nos explicó la molestia del oficial: estábamos aporreando en el suelo a Lenin, el líder de la revolución. Lo tirábamos en forma de moneda al aire y dejábamos que se estrellara contra el asfalto, y celebrábamos cuando la moneda caía quemada sobre la raya amarilla del estacionamiento de autos. Le faltábamos el respeto, en otras palabras.

Hasta hoy me río de la anécdota, y no dejo de pensar en todas las estatuas revolucionarias que fueron arrasadas después que cayó el Muro. ¿Qué será de Ina? ¿Seguirá interesada en Pablo Neruda? ¿Qué será de ese policía? ¿Guardará monedas de recuerdo? Con esa mentalidad que tenía el uniformado, cuántas cosas absurdas y también cuántas órdenes siniestras habrá ejecutado en nombre de la revolución.

Blog Archive