Monday, July 30, 2007

No podrás llevarte nada
Por Francisco Mouat

franciscomouat@gmail.com

Anoche leí las primeras sesenta páginas de Veneno de escorpión azul, el diario de vida y de muerte que escribió el poeta Gonzalo Millán desde que supo que tenía cáncer al pulmón hasta pocos días antes de morir, cinco meses más tarde. El texto es demoledor, pero bello. Millán enfrentó a la muerte con los ojos abiertos, y su escritura registró con pelos y señales lo que estaba al alcance de sus sentidos y su mente y su espíritu, convirtiendo al texto en la bitácora de un viaje que comienza con una rutina implacable de exámenes médicos: "Todo indica que se caerá el avión donde viajamos de un momento a otro. Volvemos al fondo del abismo que fue nuestro punto de partida en primer lugar".Enfrentar la muerte, palpar el límite, verbalizar el miedo, es una manera de vivir tus últimos días cuando el diagnóstico médico te desahucia de entrada y ningún tratamiento tiene sentido. Pienso en una tía muy querida que vivió su fatídico y violento cáncer al páncreas en silencio, sin nombrar jamás a la enfermedad por su nombre, haciéndose la lesa todo lo que pudo, y llevándonos a los que la rodeamos a hacernos también los distraídos. Su procesión la hizo sola y callada, hasta la tumba: el miedo que tuvo que haber sentido lo masticó en silencio, apretando los dientes, sin descansar en nadie más, sin hacernos parte, y nosotros nos quedamos como espectadores bobos e inútiles hasta el fin. La última vez que la vi con vida no podré olvidarla, aunque a veces trato de echarle dulce al recuerdo y reemplazar esa imagen de fragilidad extrema y enfermedad terminal por una más amable y más vital.El filósofo español Rogelio Moreno escribió un solo libro en su vida, maravilloso y con un título inolvidable: La farmacia del olvido. Trata del olvido en su otra cara: la necesaria, la que nos cuida y protege, la que nos libera de la realidad implacable. El olvido no como un mal, opuesto a la memoria; el olvido como un recurso aliviador.Aunque haya tratado de olvidar, a Millán lo superó la extrema conciencia y lucidez de la que era capaz, y su condición de poeta y escritor que sabe hacerse acompañar por el lenguaje, aun sabiendo que el lenguaje de la palabra será incompleto, imperfecto y manipulable: "Concebir el fin de la imaginación/ es lo más terrible del ocaso/ el esplendor de asistir/ y marcharse, sin llevarse los sueños/ dejando el teatro vacío y oscuro".Escribir sobre tu propio viaje a la muerte, como hizo Millán durante los meses en que supo que un cáncer mortal estaba acabando con él, es como el gesto de un animal cazador que no le saca la vista a su presa, corre detrás de ella y sólo descansa cuando la faena está completa. Cazar es también morir. Millán cazó a la muerte, y la carrera que desplegó hasta encontrarse con su presa quedó escrita en un libro que habla de unas campanadas que pueden ser las últimas que escuchas, y de un azucarero de vidrio con tapa de corcho que puede ser la última vez que palpas. ¿Lo echarás de menos?La enorme conciencia vital del poeta ilumina la antesala de la muerte. Hay tos y dolor de cabeza, hay pitos de marihuana, gotas de codeína, "el incomparable sabor de unos dulces rellenos llamados bastones de Viena", "el frío que te hace sentir vivo todavía", el remedio del escorpión azul de Cuba, la simplicidad impuesta como el único camino, y una certidumbre que nos toca a todos, no sólo a sus lectores: "Sabes que en el fondo no te llevarás nada/ no podrás llevarte nada, ni siquiera tu noble/ cuerpo enfermo que has destinado al fuego".

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