Sunday, February 03, 2008

Viernes 1 de febrero de 2008

Morir en público

Por Alberto Fuguet

Debuta esta nueva columna cinéfila–audiovisual–digital, la cual compartiré con Francisco Ortega, y me sugieren partir indagando en la conmoción que produce morir en público, sobre todo si el que muere es extremadamente joven y famoso. Porque la combinación es clave y sólo se entiende así. De que es una tragedia lo es, pero sobre todo es algo que supera una noticia y produce algo parecido a una conmoción, porque si es impensable y horroroso que alguien muera tan joven, lo es más si esto sucede en público y si la memoria de él va a quedar plasmada en celuloide para siempre.

Los actores jóvenes que mueren no envejecen nunca y, por eso, pasan de alguna manera a ser inmortales. ¿Se convertirá Heath Ledger en leyenda? Lo más probable es que sí. Internet lo está ayudando, además. Es probable que sus fotos sean eventualmente afiches porque algunas de las películas buenas que hizo (porque hizo algunas francamente impresentables) sincronizaron con la educación sentimental de su target. Quizás por eso todos hablan y se conmocionan hoy con Heath Ledger y casi nadie se ha fijado mucho en Brad Renfro. Aunque hagas cintas con Todd Haynes, Ang Lee y Terry Gilliam y hayas estado nominado al Oscar, si te encuentran muerto desnudo y con pastillas cerca, todo lo que hiciste por ser respetado termina siendo material de tabloide. En Chile, de hecho, fue portada de un tabloide.

Lo curioso es que Renfro también fue encontrado en una cama muerto. ¿Por qué uno y no el otro? Renfro era piola, olía a resentimiento y daño, al parecer no se podía confiar del todo en él. Era autodestructivo y cayó en la heroína. Su muerte de alguna manera podía ocurrir. Se sabe: la gente siempre quiere más y está más interesada en los ricos. O al menos así es hoy. Ahora Coppola va a cenar a Zapallar con la ministra de Cultura; antes, hubiera ido a una peña con algunos actores cesantes. Todo al final es timing. Quizás en los 70, Brad Renfro (que compartía un departamentucho en Hollywood y no arrendaba un loft de 23 mil dólares al mes) se hubiera transformado en algo así como en el Lenny Bruce del cine. Hoy, fue lanzado a la morgue mientras Ledger a la estratósfera. Ledger parecía que iba a vivir para siempre y nunca envejecería. Parecía sano y la gente llora a los sanos y se aleja de los enfermos y los suicidas. Si es verdad que Ledger tenía, como parece, un pasajero oscuro dentro de él, y no podía dormir, su exterior era más simpático, cariñoso y parecía siempre recién duchado. También tenía más dinero y, algo que le interesa a Hollywood, había generado más dinero. Seguro que generará aún más con su Batman póstumo. Dicen que Warner Bros. está preocupada por cómo lanzar en unos meses The Dark Knight. Por favor.

¿Cuál fue mejor actor? Difícil decirlo. Renfro tuvo una carrera más irregular y, por otra parte, sus tropezones con la ley y las drogas opacaron su ruido fílmico. Además, no tuvo romances mediáticos. Ledger, según me entero googleando su nombre, no logró la fama con El secreto de la montaña, sino que, para miles, estalló con Diez cosas que odio de ti y lo que hizo fue clave: maduró y se la jugó en paralelo con su público; empezó - tal como James Dean y River Phoenix- a tocar en forma paralela temas que estaban en el aire. Por eso fue aceptado y abrazado como un vaquero gay porque sus espectadores no tenían problemas ni con los vaqueros ni con los gays, y sí podían conectar con una historia de incomunicación y separación forzada (amor en los tiempos del messenger).


Renfro también hizo cintas interesantes, pero claramente sus opciones tuvieron menos legitimidad: partió como parte del imaginario de John Grisham; brilló en Apt Pupil, la mejor cinta sobre la dictadura chilena que nunca se hizo en Chile, basada en un cuento de Stephen King; y cayó en las manos de Larry Clark en Bully, una cinta sobre esto del bullying que se adelantó a su tiempo. La gente no conectó con un tipo al que lo ridiculizan todo el día. Su obra maestra, Ghost World, se basó en una novela gráfica, la dirigió un outsider como Terry Zwigof y, una vez más, Renfro fue el blanco de las bromas, ahora de dos chicas tan precoces como ácidas. La gente puede sentirse loser, pero para indentificarse, ese perdedor o ese ser marginal debe ser el héroe, no un secundario. Ledger lo entendió; Renfro claramente no.

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