Sunday, September 02, 2007

Entrevista a Alan Pauls Revista de Libros El Mercurio 2 septiembre 2007
Un viaje por la literatura, el cine, la vida
Álvaro Matus

La trayectoria de Alan Pauls tiene un antes y un después de "El pasado", premiada novela que lo situó en la primera línea de la narrativa latinoamericana. Aquí el autor habla de su último libro, "La vida descalzo", pero también repasa su trayectoria como crítico y ensayista a la luz de los últimos libros llegados a nuestro país.
ÁLVARO MATUS

Si hubiese que elegir al escritor ideal para una conversación, Alan Pauls figuraría entre los finalistas. Es respetuoso, amable, no le teme a las ideas y jamás interrumpe con observaciones precipitadas. Se diría que tiene todo el tiempo del mundo, si bien la entrevista se realizó en medio del ajetreo propio de una Feria del Libro. A Paraty, Brasil, fue a presentar la traducción de El pasado, esa novela exigente y arriesgada sobre las secuelas del amor, la incapacidad para olvidar y, ante todo, sobre la delgada frontera que divide el afecto del espanto. Es el libro que lo situó en la primera línea de la narrativa latinoamericana, sacándolo de una existencia un poco fantasmal: sus primeros libros, El coloquio y El pudor del pornógrafo, fueron publicados por pequeños sellos argentinos, y en España corría el rumor de que su nombre era un invento de Bolaño, Vila-Matas y Fresán.En su país, sin embargo, Pauls gozaba de un merecido prestigio como ensayista y crítico. Con un estilo punzante, que combina equilibradamente los aspectos biográficos con las preocupaciones estéticas, iba dando cuenta de creadores tan diversos como Arlt, Borges y Walser, por el lado de la escritura, y de Godard, Wenders o Rohmer por el del cine. Para Ricardo Piglia, el surgimiento de un autor tan versátil y agudo es "lo mejor que podría haberle pasado a la literatura argentina desde Manuel Puig".Después de ganar el Premio Herralde 2003, precisamente por El pasado, sus libros comenzaron a ser reeditados por Anagrama. En el último tiempo han llegado a nuestro país la novela Wasabi, que narra la metamorfosis de un escritor al que le empieza a crecer un forúnculo, y El factor Borges, singular acercamiento al cuentista argentino que termina por cuestionar el mito del escritor encerrado en la biblioteca, alejado de la vida. El Borges de Pauls recorre las calles de Buenos Aires, hace de la escritura un campo de batalla, prefiere los conocimientos deslegitimados a los canónicos y es capaz de falsear su fecha de nacimiento con tal de fundar un mito.En noviembre publicará Historia del llanto, una "versión en clave íntima de los años setenta en Argentina", adelanta Pauls. "La novela narra la educación sentimental de un adolescente que es un groupy de la lucha armada". Antes llegará La vida descalzo (Sudamericana, 2006), mezcla de ensayo, autobiografía y narrativa, quizá lo más parecido a una crónica de la conciencia: las imágenes de un balneario plagado de inmigrantes alemanes, donde el joven Alan veraneó más de 15 años, se entrecruzan con reflexiones propias de un adicto a la playa: el "laconismo textil" del bikini, la efervescencia onírica de esas semanas de total descanso, el terror que implica para un niño perderse entre los bañistas, la democrática desnudez de los cuerpos. El libro es también un paseo distendido y caprichoso -como si el pensamiento hubiese salido de vacaciones- por lecturas, películas y referencias tan amplias que caben desde Séneca a Moria Casán. "Yo tiendo a pensar el ensayo -subraya el escritor-como un género que permite modular de maneras muy diferentes un mismo tema, casi como una pieza musical. Aquí está toda mi experiencia de playa durante la infancia y también hay una mirada de la playa como objeto cultural, como objeto pop".-Antes remarcabas que tus libros no tenían nada que ver con tu vida. ¿Cuándo se empieza a filtrar la experiencia en la literatura?-Creo que el cambio se produce con Wasabi, esa novela que publiqué por primera vez en 1994. Hasta ese momento siempre había sido partidario de la idea, un poco tajante, de que para que hubiera ficción había que cortar con la vida. Era simplemente una idea, porque si leo El coloquio u otros textos de esa época, veo que hay una dimensión autobiográfica escandalosa. Pero yo los escribía pensando que estaba en el reino puro de la literatura. Wasabi, en cambio, se publicó un año después de que naciera mi hija. Y ahí algo cambia: la literatura empieza a volverse porosa, deja de ser esa especie de fortaleza blindada. Me di cuenta de que si dejaba de tener miedo podía trabajar con mi propia vida de una manera completamente entusiasta; pero siempre con un requisito: pensar mi experiencia como si fuera otro. Porque nunca he visto la literatura como vehículo para expresarse, como algo confesional.-¿Entendiste que no se necesitaba tener una vida "novelesca"?-Cuando uno ve que no ha estado en ninguna batalla, que no ha sido consejero de reyes y que no ha toreado en España, se pregunta ¿qué puedo contar? Pero el siglo XX cortó con eso. El día de junio de Leopold Bloom, el personaje del Ulises, es el más mediocre, banal y estúpido que se pueda imaginar. Sin embargo, es el día más novelesco del siglo XX. Lo que enseña Joyce es que cualquier cosa puede ser literatura, sobre todo la inmovilidad, la desaparición, la falta de identidad, la pérdida, el extravío. El siglo pasado inventó un héroe en cuyo linaje me gustaría ubicar a mis personajes, seres que en vez de protagonizar una aventura se preguntan ¿qué pasó?-¿Se pueden rastrear en ese balneario alemán los orígenes de tu interés por Walser, Canetti, Musil?-Probablemente habría que agregar a Kafka, que es para mí el escritor más indestructible del siglo XX. El único que aguanta y sobrevive a todo. No sé si el interés viene porque mi padre es alemán, pero esa literatura me llama la atención porque es excéntrica. No es literatura europea, sino del borde, es decir, está en un lugar privilegiado para ver las cosas. Gombrowicz, por ejemplo, escribe sobre ciertos aspectos de la cultura argentina que resultan más iluminadores que los textos de muchos pensadores del país. Me da la impresión de que siempre me interesó la literatura en el exilio, ya sea lingüístico o geográfico.-¿Eso explicaría que tus personajes miren con extrañeza incluso a las personas que aman?-Es que siempre me ha interesado lo que el viejo Freud llamaba lo siniestro: el momento en que lo familiar se vuelve desconocido, lo íntimo se vuelve enemigo, lo más cercano se vuelve hostil. Ese giro que toman las cosas es el punto de partida no sólo del amor, sino de la ficción en general. O sea, para que haya ficción tiene que haber algún tipo de acontecimiento siniestro.-En "La vida descalzo" también se hace patente que primero te atrapó el cine y luego la literatura.-Creo que para muchos de los que nacimos a fines de los 50 y principios de los 60, el cine es la primera experiencia de trance, la primera droga, incluso antes que la televisión. Empecé a ir a los cinco años, cuando existían las funciones continuadas, así que uno podía ver cuatro películas comprando sólo una entrada. Para mí el cine empieza a ser eso: una manera de pasar el tiempo y, por lo tanto, una manera de vivir. Por eso nunca hubo oposición entre meterse en el cine y vivir. Al contrario, estar dentro de un cine es una manera particularmente intensa, productiva, fértil e inventiva de vivir.-Es lo que Piglia dice respecto de la lectura.-Exactamente. Yo rechazo toda oposición entre vida y cultura, que es algo que todavía persiste en nuestro medio. Para mí nunca es vida o literatura, vida o cine; siempre es y.-Pero el arte implica una suspensión del tiempo.-En un sentido sí, porque rompe la normalidad cotidiana, pero al mismo tiempo abre ventanas. Creo que definitivamente hay que dejar de pensar la experiencia artística como algo negativo; eso de que ir a un museo es algo que uno le quita a la vida para dárselo al arte. Yo lo veo como un continuo. Y para mí el cine, te decía, es la primera experiencia del continuo. Es abrir en el corazón de la vida cotidiana una especie de dimensión nueva, suplementaria, un extra. Por eso el libro que escribí sobre Borges está orientado a refutar la tesis de que Borges, al ser un ratón de biblioteca, había dejado de vivir. Para mí la idea es inversa: Borges, siendo un ratón de biblioteca, vivió. O mejor: inventó un modo de vivir.-Dices que Borges también es un tipo más pop de lo que se piensa. ¿No hay oposición entre el erudito y el divulgador?-Claro que no la hay. Para mí los grandes artistas son aquellos que demuelen ciertas visiones que parecen imprescindibles para pensar el arte. Ahí entra Duchamp y, desde luego, Borges. Quiero decir que lo que hay es dialéctica -sé que es una palabra pasada de moda- pero nunca oposición. La tensión entre erudición y divulgación es muy clara en el caso de Borges, quien estaba interesado en hacer pasar la literatura de un lugar muy exclusivo a uno democrático o masivo. Si repasas su carrera profesional verás que siempre intervino en el campo del periodismo, que Borges fue el responsable del suplemento cultural del diario Crítica, el más popular de la Argentina en los años 30 y 40, que Borges siempre se preocupó por editar antologías y compilaciones de géneros o de tipos de literatura absolutamente populares, como el policial. O sea que con Borges hay un malentendido total.-¿Qué tipo de crítica sería "El factor Borges"?-La que trata de refutar los lugares comunes sobre la obra y la figura de Borges. Una crítica que, por lo mismo, le pide al lector que sea más minucioso, más paciente y dedicado.-Esos son los requisitos para entrar también en novelas digresivas, como "El pasado". ¿Apartarse del hilo de la historia es propio de quien se formó como ensayista?-Yo creo mucho en irse por las ramas, perder tiempo, distraerse. Lo que para la ortodoxia narrativa son enfermedades, para mí es la felicidad total. Mal que les pese a los escritores lineales, la digresión es una gran tradición novelesca, desde Tristram Shandy y El Quijote, podemos decir que la novela occidental está fundada en el arte de la digresión. Nadie debería arrogarse, entonces, el derecho de decir que una buena novela es la que cuenta una historia de principio a fin y que atrapa al lector en las primeras páginas.-¿Qué recomiendas para esos lectores que se impacientan cuando el novelista parece perder el rumbo?-Seguramente, después de esa distracción, cuando el autor vuelva al tronco principal de la novela, ni el lector ni el libro serán los mismos. Esa es una gran experiencia artística. Hay una ideología nefasta, que es la de la productividad, la eficacia, el aprovechar al máximo el tiempo, siendo que el arte sirve básicamente para perder el tiempo. Algo que, dicho sea de paso, es lo más productivo del mundo. Cuando uno vuelve de perder el tiempo, el mundo no es el mismo de antes. Eso es lo único interesante que puede pasarnos.

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