Monday, September 24, 2007

Cara de poto

Por Francisco Mouat

franciscomouat@gmail.com

Anoche leí de una patada un libro de palabras finales y epitafios célebres. Lo escribió un español ratón de biblioteca que se entretuvo coleccionando frases para el bronce dichas antes de morir por personajes tan diversos como el matemático Arquímedes, el dramaturgo Ibsen o el actor que le ponía la voz al chancho Porky en El conejo de la suerte.

Se trata de un momento estelar. La muerte te visita, y lo más probable es que no estés preparado para despedirte con elegancia. Según El libro de los finales, de Albert Angelo, una de las mejores frases fue lanzada por Arquímedes de Siracusa, capturado por los romanos durante una de las guerras púnicas, el año 212 antes de Cristo. Arquímedes estaba en su casa resolviendo un ejercicio matemático cuando un soldado entró para asesinarlo. "¡Espere hasta que haya solucionado el problema!", le gritó.

En el cementerio de Racalmuto, pueblo italiano donde nació y está enterrado el escritor Leonardo Sciascia, se puede leer en su lápida una frase magnífica que el propio Sciascia dejó preparada: "Nos acordaremos de este planeta".

Groucho Marx quiso que su epitafio fuera "Perdonen que no me levante", pero en su tumba sólo consta su nombre y las fechas de nacimiento y muerte. Sus deudos no estuvieron de humor el día en que lo enterraron. Mel Blanc, en cambio, el actor que hacía la voz de Porky en la serie de dibujos animados Bugs Bunny, pidió expresamente que su epitafio en el cementerio fuera la frase que lo hizo famoso: "¡Esto es todo, amigos!". Su voluntad fue cumplida.

Hay frases sorprendentes, inesperadas. El poeta Vicente Huidobro estaba moribundo en su hacienda de Llolleo. De pronto recuperó un poco la conciencia, confesó sentir mucho miedo, miró fijamente a una amiga que lo acompañaba, la pintora Henriette Petit, y le gritó antes de morir (¿o habrá sido sólo un susurro): "¡Cara de poto!".

El escritor Goethe le pidió en voz alta a su discípulo Johann Peter Eckermann, que estaba con él en su dormitorio: "Abre la otra ventana para que entre más luz". Fueron sus últimas palabras. El poeta galés Dylan Thomas pasó borracho parte importante de su corta vida. Tomaba como un cosaco. La muerte lo sorprendió, ciertamente, ebrio. Dicen que dijo: "Me he tomado dieciocho whiskies. Creo que es mi récord".

Stan Laurel, el flaco de Laurel y Hardy, no perdió el humor en su hora final: "Preferiría estar esquiando", le dijo a la enfermera. "Oh, señor Laurel, ¿usted esquía?". "No, pero preferiría estar esquiando que muriendo".

Es un poco absurdo pensar en cuáles serán nuestras últimas palabras. Con suerte tenemos tiempo y valor para dejar comprometidos algunos gestos: que nos entierren, o que nos hagan cenizas, o que donen nuestros órganos, o que se escuche una canción, o que se lean unos versos, o que hable fulano, o casi siempre nada de nada.

No sabemos prácticamente nada de la vida, y menos de la muerte. Hay un aforismo de Pessoa que me gusta mucho: "Si nuestra mente pudiera comprender la eternidad o el infinito, lo sabríamos todo. Hasta que podamos entender ese hecho no podemos saber nada". Aunque no lo queramos, aunque nos incomode, estamos rodeados de misterio. A veces creemos que sabemos algo, pero la complejidad con que nos responden los actos humanos de cada día, los nuestros y los ajenos, puede acabar desconsolándonos, o al menos, confundiéndonos.

Cuando veo a mis colegas periodistas traduciendo la actualidad con marcado énfasis, no dejo de preguntarme cómo lo hacen. El manual exige actuar con seguridad: es el requisito para ser creíble. Es la máscara. No se usa que un comunicador social eficaz vacile, dude, a ratos no tenga nada que decir. Ahora que trabajo de profesor, doy fe de las inseguridades que a uno lo acechan en el momento de pararse allá adelante a balbucear unas cuantas preguntas que casi siempre nos quedan grandes, ocupados como estamos en sacar adelante la tarea de vivir.

Francisco Mouat.

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