Thursday, January 22, 2009

Cristián Warnken
Jueves 22 de Enero de 2009
O Captain! My Captain!

Todavía resuenan en el aire las palabras del recién asumido Obama, y no puedo dejar de sentir muy cerca la voz, el ritmo embriagador y convocante de Walt Whitman, el más grande poeta norteamericano del siglo XIX. Estamos ya en el siglo XXI, mucha agua y sangre ha corrido bajo el puente desde entonces y toda esperanza parece haber sido condenada a ser sólo una ilusión, y muchos piensan que ya no tenemos derecho a la ilusión y estamos condenados al cinismo. Y por eso es notable que el estilo de Obama rime con la palabra fundacional del poeta de las hojas de hierba. ¿Se equivocó el nuevo Presidente de Estados Unidos de siglo?

¿O ya nada nuevo se puede decir que no sea un "revival"?

¿O la esperanza del hombre ha sido siempre la misma?

Bagdad -la cuna de nuestra civilización- está en ruinas por errores de cálculo; la Franja de Gaza -el lugar donde comenzó la historia de Dios- huele a ceniza y dolor; Nueva York tiene una cicatriz en su centro (las altas torres que ya no están) y nos aprestamos para entrar a un largo "invierno" económico (la metáfora es de G. Washington y la usó Obama en su discurso-poema). Tampoco sabemos si este planeta va a sobrevivir a su autodestrucción. Nunca el hombre ha estado tan en ascuas, parado sobre el abismo de una historia cuyo guión quisiéramos cambiar, como personajes de un drama de Shakespeare que en la penúltima escena balbucean "esto parece la historia contada por un idiota...".

Pero ahí está Obama, como si fuera un sueño del que vamos a despertar, hablándoles a sus compatriotas de "humildad" y fe, invitando al altruismo, convocando otra vez a todos, a los hijos de una misma patria universal común: judíos, musulmanes, cristianos, hindúes, como cuando Whitman lo hacía, en tiempos de la inocencia y la fundación. Todo se cae a pedazos, y Obama no discursea, canta, como si fuera el bardo de un tiempo nuevo que va a nacer bajo nuestros ojos sin que lo hayamos ni siquiera presentido. ¿Será sólo una efusión lírica propia de un cambio de mando, y después vendrá la prosa, la cruda realidad? ¿Too late? ¿Es tarde para invitar al mundo a una cruzada más, si todas las cruzadas del siglo que pasó nos llevaron al despeñadero? ¿Podemos creer en Obama o debemos mirarlo como uno más de los entusiastas políticos de siempre que nos alimentan de retórica y esconden detrás de las mágicas palabras "cambio" y "sueños" la misma y atávica sed de poder?

Quiero creer en ese hombre que acaba de leer su discurso a este mundo cansado, perplejo y lleno de miedo. Quiero creer en esas palabras aladas que salen de su boca y de su sangre ancestral africana. Quiero volver a creer en la grandeza de un líder, quiero sumarme a una muchedumbre que desde Chicago a Kabul, de Nueva York a Bombay comience a caminar con la mirada puesta en un nuevo horizonte. Pero ¿podemos volver a creer?

Obama acaba de hacer una invitación a un pueblo que se olvidó hace mucho de sus orígenes y fuentes, que mastica chicle, engorda y devora todo lo que le dice la televisión. ¿Lo seguirá ese pueblo "elegido" o lo abandonará en medio de la tempestad? Porque habrá que cruzar tempestades impensadas en los próximos meses. Whitman, cuando murió Lincoln (el inspirador de Obama), escribió una elegía fúnebre al gran estadista. Veo la sonrisa serena y pura de Obama, escucho sus palabras casi dichas en trance, desde el corazón, y no puedo dejar de repetir conmigo esos versos de Whitman:

"Oh, capitán, mi capitán/ nuestro terrible viaje ha terminado/el buque ha vencido todos los escollos/ el puerto está cercano/ escucho las campanas/ todo el mundo se entusiasma/(...) pero ¡oh, corazón, corazón, corazón! ¡Oh, las rojas gotas de sangre/ mientras sobre el puente yace mi capitán/ caído, frío y muerto!".

¿Podrá este nuevo capitán llevar este barco cargado de malos presagios a puerto, para que en un futuro que todavía no vemos alguien reescriba esta canción?

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