Thursday, December 18, 2008

Lars y la chica real: El sentimiento obligado

Ernesto Ayala

Antes que nada una pequeña síntesis de los que alguna vez se entendió por cine independiente norteamericano: historias contadas desde la provincia o los márgenes de las grandes ciudades, sin actores celebridades (o todavía sin ser celebridades), rodadas esquivando la grandilocuencia, con un espíritu que trasmitía sarcasmo, ironía o al menos cierta distancia de los temas y las retóricas más frecuentes de Hollywood. Súmese a eso, una cierta tendencia a retratar gente sin hijos, con problemas emocionales y muy aisladas interiormente. Por algunos años, se consideró que este cine, cuyo vaticano era el festival de Sundance, iba a salvar y renovar la industria norteamericana. Su influencia terminó por ser positiva, resultaría difícil negarlo si se mira el gran marco, porque una parte del cine masivo se despeinó al sumar guionistas o realizadores criados en el mundo alternativo o al crear ramas “independientes” dentro de los las grandes estudios. Sin embargo, la palabra independiente también terminó por convertirse en una etiqueta que vendía una onda, pero no necesariamente aseguraba el producto. Mucho cine mediocre comenzó a ser vendido como “cine independiente”, hasta el punto en que el mismo concepto se convirtió en una pomada caza bobos.

Larga introducción para decir que “Lars y la chica real” es independiente al estilo de lo que antes se llamaba independiente. De hecho, recuerda en más de un punto a ese clásico del cine indie que es “¿Quién ama a Gilbert Grape?” (1993) aunque, es justo decirlo, sin alcanzar su vuelo.

La cinta cuenta la historia de Lars (Ryan Gosling) un tipo cerca de los treinta, incapaz de involucrarse afectivamente con nadie, ni siquiera con su hermano (Paul Schneider) o su cuñada (Emily Mortimer), que hacen lo imposible por sacarlo de su insistente asilamiento. Pero cierto día, repentinamente, Lars aparece con Bianca, una muñeca de plástico tamaño natural, comprada por internet, a la que presenta como su pareja. Y pronto el pequeño pueblo donde vive Lars, invernal y conservador, tendrá que hacerse la idea de tratar con Bianca. La historia es, claro, muy poco convencional, pero la cinta tiene el mérito de insistir en ella y terminar por hacerla verosímil.

La forma es que “Lars...” está filmada, en cambio, es ciertamente tradicional. El montaje parece invisible, la cámara pasa desapercibida, lo que se agradece, sin embrago poco en la puesta en escena alcanza a mostrar un director con auténtica mirada. Craig Gillespie, más bien, parece cómodo en ceñirse a ciertos gastados clichés y no tiene asco, por ejemplo, en usar un piano triste para las escenas tristes o una canción rítmica y dulce para las escenas de “redención”. Este tipo de opciones a la que podríamos agregar la extrema bondad de los cociudadanos de Lars o la nula presencia de tensión sexual en la cinta genera una película muy obvia y monolítica en su relato emotivo. Gillespie, aunque tiene las mejores intenciones de elaborar una sentida historia de cura afectiva, de descongelamiento interior que no en vano coincide con la llegada de la primavera en la cinta, deja al espectador sin la posibilidad de sentir ambigüedad o ambivalencia emotiva alguna. Todo lo contrario: la película te ata y obliga al sentimiento propuesto de tristeza, de compasión o de alivio, y lo presiona ojalá hasta las lágrimas. Una cinta así se puede disfrutar la primera vez que se ve. La segunda ya no, porque te entregará siempre una experiencia extremadamente parecida.

Sintesis

Esta película renueva la desgastada sensación que teníamos del cine independiente norteamericano. Y aunque logra hacer verosímil una historia algo demente, se echa de menos más vuelo cinematográfico.

Lars and the Real Girl
Dirigida por: Craig Gillespie
Con Ryan Gosling, Paul Schneider y Emily Mortimer
Estados Unidos, 2007
106 minutos.

Blog Archive