Thursday, October 23, 2008

Ceguera

Por Gonzalo Maza para La Tercera

En la línea de esas novelas que comentan la tragedia de la sociedad moderna ante algún tipo de extraña enfermedad (La Peste de Albert Camus y Los Niños del Hombre de P.D. James), Ensayo sobre la Ceguera, del portugués y premio Nobel 1998, José Samarago, pretende desnudar el egoísmo del mundo moderno a través de una alegoría: por alguna razón desconocida, un hombre comienza a quedarse ciego, pero de ceguera blanca; comienza a ver todo como "un mar de leche". Su enfermedad se vuelve rápidamente contagiosa: se enferma su oftalmólogo, pero no la esposa del médico, quien finge perder la vista para acompañar a su marido al centro de cuarentena donde van a dar los ciegos, quienes están celosamente resguardados por la policía militar.

Curiosamente, las tres novelas citadas fueron llevadas al cine por directores latinoamericanos, pero protagonizadas por actores anglosajones: el argentino Luis Puenzo filmó La Peste (1992) con William Hurt, el mexicano Alfonso Cuarón hizo lo propio con Los Niños del Hombre (2006), protagonizada por Clive Owen, y ahora es el turno del brasileño Fernando Meirelles, responsable de la publicitaria Ciudad de Dios (2002) y la finalmente insípida El Jardinero Fiel (2005). La situación da para pensar que hay algo que se supone que conocemos a este lado del mundo: la represión totalitaria versus la última esperanza de vida ante esa represión.

El principal problema de estas traducciones al cine es la grandilocuencia de un discurso literario que no tiene correspondencia en la pantalla. La alegoría literaria es muy distinta a la alegoría del cine: el poder constitutivo del lenguaje en la primera debería ser el de las imágenes en la segunda, cosa que no ocurre con frecuencia, por ese mal entendido "respeto a la novela original" que sublima todo el relato de una película a seguir, página por página, los hechos narrados y no el espíritu original.

Meirelles tampoco se la juega demasiado. No entiende el material que tiene entre manos, y su mayor apuesta son unos fundidos "a blanco" muy zonzos que pretenden "hacernos ver" la ceguera. Sí, podemos decir que Julianne Moore es atractiva y que la ciudad vacía es realista, pero eso, ya sabemos, da lo mismo cuando un cineasta no es capaz de proponer una mirada (y faltarle el respeto) a lo que se supone que está contando.

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