Sueños
FRANCISCO MOUAT
Escribí está crónica antes del terremoto y el tsunami. Hablaba en ella de sueños. De cómo ellos conviven con la realidad, que en estos días se parece a una pesadilla en un pedazo importante de Chile. Leo ahora este texto, después de lo sucedido, y decido publicarlo porque lo peor que podría ocurrirnos en este momento es que nuestros sueños se pulvericen. Estamos en el tiempo de la emergencia, vendrán pronto el luto y el duelo, y la reconstrucción. Hagamos fuerza y que ella irradie. Hay muchos, demasiados chilenos que la necesitan.
No sé cuál es la explicación científica, pero en aquellas semanas de vacaciones en que dormí no menos de ocho horas diarias sin interrupciones, solía despertar en medio de unos sueños muy intensos que luego podía ir recordando a la hora del desayuno. ¡Qué grato es sorprenderte a ti mismo en las mañanas con unas historias descabelladas en las que fuiste protagonista! ¡Qué importa que fuera en un sueño! ¿Acaso la manoseada realidad tiene por sí un estatus que la hace superior a la fantasía, a lo vivido imaginariamente?
Vives en la luna, suelen reprocharles los esclavos de la realidad a los que anhelan despegarse aunque sea un centímetro de la tierra a la que no quieren vivir atornillados. ¿No somos acaso un embutido de realidad y ficción? ¿Cuánto de verdad puede agazaparse en la sombra o en la imaginación, cuánto de hechizo puede provocarte el misterio, lo no revelado, lo que apenas se insinúa, lo que se sospecha o se intuye que puede abrigarte en medio de la tormenta? ¿Por qué me gusta cierta música, algunas películas, determinados libros, la naturaleza menos intervenida por el hombre, aquellos cuadros y las fotografías capaces de convertir una fracción de segundo en un mundo? ¿No es acaso el arte un modo de ponernos otra piel, de estimular la imaginación y el pensamiento, de sacudirte la inercia de vivir como un autómata mañana, tarde y noche?
En uno de mis sueños de vacaciones, acompañaba en un globo aerostático a un desterrado de vuelta a su país, vaya uno a saber cuál era. Ingresábamos al territorio desde el cielo, y en este globo él traía algo así como una casa completa a cuestas, muy sencilla en todo caso. Yo testificaba y narraba en el sueño el regreso de este exiliado a su tierra, que por supuesto no se parecía en nada al Chile urbano que habito cotidianamente. Ya no recuerdo cómo era ese territorio al que íbamos llegando, pero del sueño me queda la idea del desplazamiento, del viaje, del retorno a las raíces. Los sueños se van desvaneciendo, contienen además el brillo dramático de finales abiertos o son interrumpidos con el despertar cuando menos se espera.
Tal vez estar poco menos de tres semanas en una zona campestre no tan diferente a como se vivía hace un siglo en ese mismo lugar, desprendido de los ruidos de gran ciudad a los que me he acostumbrado toda mi vida, me empujó en estas vacaciones a ciertas esencialidades. A pensar, por ejemplo, en lo que más me gusta. A seguir soñando con hacer lo que más quiero. Anoche soñé con un amigo que me trajo no hace mucho un libro desde Brasil. Me traía ahora una colección completa de esos libros, venía una historia de trenes y otra de caminantes y otra de futbolistas. Yo pensaba en el sueño que me pondría muy contento si pudiera editar en Chile libros como esos, con ese diseño, sencillo pero cuidado y digno, de formato más o menos pequeño. Desperté pensando que lo primero que haría llegando a mi taller sería buscar ese ejemplar para verificar de inmediato si me gustaba tanto como en el sueño. Ahora lo tengo aquí enfrente, y sí, me gusta mucho: es un libro de materiales nobles, tiene una ilustración muy bonita en la tapa. ¿Por qué no pensar en libros artesanales, desprovistos de industria, que vayan a un encuentro cara a cara con sus lectores, que sabrán apreciar la nobleza del papel, el tacto suave de la portada, el tipo de letra, y ojalá especialmente las historias narradas, los versos, las fotografías? Si me gustan tanto los libros, como me doy cuenta que es así, si vivo junto a ellos, si ellos me nutren, ¿por qué no ocupar una parte de mi energía en soñarlos primero y luego fabricarlos sin perderme ninguna de las etapas propias de su maduración, hasta hacerlos tan reales como un plato de tallarines en su salsa?
No me importa la cantidad de libros que sea capaz de proponer en el tiempo. Idealmente serán pocos, los justos. Lo relevante será ir concibiéndolos de a uno, y disfrutándolos. He hablado preliminarmente con libreros amigos, y he encontrado en ellos una acogida que no sospechaba. La idea es no perder la esencia del oficio, el artesanado. La idea mía, al menos, no es ganarme los porotos publicando libros. No quiero someterlos a esa ingrata misión. Prefiero dejarlos libres. Que vuelen con alas propias, o que se empolven y se olviden fácilmente si ése es su destino.
El Guardián De J.D. Salinger
Tomás Eloy Martínez escribió esta crónica sobre J. D. Salinger hace 20 años y, hasta donde se sabe, nunca ha sido publicada.
Por Tomás Eloy Martínez
Nunca imaginó Jerome David Salinger, ni siquiera en el terreno mágico de sus ficciones, el perverso poder de la correspondencia. Tal vez por rechazar otros frentes (entrevistas, fiestas sociales, conferencias) descuidó el flanco epistolar que terminaría por destruir su preciado anonimato de 30 años.
Tras las huellas del equilibrio absoluto, lejos de las maldiciones de la civilización moderna, encerrado en una cabaña de Cornish, New Hampshire, con su esposa, Claire Douglas, sin luz eléctrica ni agua corriente, el escritor despertó una mañana de 1984 y cumplió religiosamente con los ritos de su rutina: descubrir las cartas escondidas en el buzón de la calle.
Un sobre alborotó su curiosidad, pero no lo abrió inmediatamente. Prefirió antes beber un trago de café caliente.
J. D. Salinger abrió por fin aquella carta, que distraía su retiro voluntario en Cornish, y descubrió las ambiciones del remitente, Ian Hamilton. Crítico literario y biógrafo profesional, este interlocutor desconocido pretendía relacionar su vida y obra en un libro. Para ello necesitaba que Salinger respondiera varias preguntas, ya sea en un encuentro personal o a través de varios cuestionarios por escrito.
"Los pocos datos esquemáticos que se han publicado acerca de su vida", justificó el escritor británico Hamilton, en un vano intento por convencerlo, "son a veces contradictorios y quizás ha llegado el momento de poner los puntos sobre las íes".
Salinger nunca respondió y, sin ánimo de acumular basura en su escritorio, destruyó la carta. Sin embargo, el arduo empeño por proteger su privacidad comenzaba a derrumbarse.
Lo que todo el mundo sabe es que J. D. Salinger sentó la fama en sus rodillas por unos pocos días de juventud (a través de la agitada vida nocturna de Greenwich Village en Nueva York) y la descubrió amarga. De ahí en adelante nacieron los rumores. El escritor evitó puntualmente los diálogos literarios con la prensa, los encuentros sociales y académicos, y las apariciones en sitios públicos de moda. Cada tanto tiempo cobraba el sentido de una realidad tangible ante la aparición de algún relato que perturbaba el sueño de los adolescentes.
Después de graduarse en una academia militar de Pensilvania y fracasar en los estudios, su padre olvida las decisiones democráticas y lo conduce a Polonia, para que descubra los secretos de la industria del jamón. Pocos podrán imaginar a Salinger en la nieve de Bydgoszcz matando cochinos. Él tampoco encontró cómodo aquel oficio y regresó a Estados Unidos, para continuar fracasando en la universidad antes de ir al frente, en 1945.
Alistado en la contienda europea, Salinger sufre depresiones y brotes de desesperación. Su único confidente es Ernest Hemingway, a quien le comenta por carta que ha ido a parar con su tristeza a un hospital en Nuremberg. Cierta angustia colérica, provocada por el fervor patriótico de aquellos momentos, lo hundía en una cama sin remedio.
Al salir de baja, toma una determinación apresurada: viajar a París. Los arrebatos de locura no lo dejan en paz. Se casa con una francesa a la que no ama y ocho meses más tarde exige el divorcio, para regresar a Estados Unidos.
El año 1951 es inolvidable para Salinger. Publica El cazador oculto/El guardián en el centeno (The Catcher in the Rye) y confirma una sospecha: esas páginas contenían lo que muchos jóvenes querían leer sobre el oscuro e incomprensible mundo de la adolescencia. Las ediciones se agotan. El escritor había atrapado el lenguaje coloquial de los años '50 para elaborarlo literalmente, sin poses culturales, y lo devolvía convertido en verdades para la inadaptación juvenil en su país.
Ernest Hemingway leyó con fruición esta obra inicial. Salinger se animaría más tarde a inmortalizar el encuentro con su mentor a través de unas líneas literarias que distorsionan su publicitada modestia: "En un abrir y cerrar de ojos, Papá dejó aparecer su Luger, le voló la cabeza a una gallina y dijo: 'Dios mío, qué talento"'.
Si estos elementos no bastan para sentar a Salinger en el banquillo de cualquier biógrafo, no queda más remedio que señalar su voluntario alejamiento del mundo. Después de publicar El cazador oculto/El guardián en el centeno cae en los brazos del misticismo hindú y se vuelve a casar, esta vez con una jovencita de 19 años, Claire Douglas, con quien comparte el ambiente bucólico de la campiña de New Hampshire, cual amish que odia los adelantos técnicos de la humanidad.
Cualquiera de estas circunstancias podía despertar el sueño de esos señores que acostumbran a meter la nariz en los asuntos ajenos. Si Salinger hubiera tratado de aparecer en la prensa todos los días, su descanso definitivo en Cornish quizá hubiera permanecido virgen. Claro, los entrometidos, al igual que los recaudadores de impuestos, nacen con un olfato peculiar para suponer que las apariencias siempre engañan.
Hamilton sabía de antemano que Salinger no respondería su carta, aun cuando se esforzó por aclarar que no era el "fan" enloquecido de una revista chismosa. El crítico no perseguía una biografía tradicional. Su intención se acercaba más a una búsqueda del corvo, en donde los fracasos y los triunfos del proyecto importarían de una manera similar. Intentaba probar también qué ocurría cuando se aplicaban los sistemas biográficos ortodoxos a un personaje que huía de cualquier notoriedad.
Sin ayuda del escritor, Hamilton envía una docena de cartas a todos los Salinger que se encuentran en la guía telefónica de Manhattan. Allí indaga sobre el origen del apellido y la relación que los une al escritor. Las respuestas fueron decepcionantes: enrevesadas redacciones ofrecían datos vagos sobre la genealogía y negaban conocer al creador de Holden Caulfield, el narrador y protagonista de El cazador oculto/El guardián en el centeno.
Más entretenida fue la carta de Salinger. Molesto porque una hermana y su hijo, ambos residentes en New York, habían recibido el cuestionario, reclamaba tal acoso a su vida privada con rabia.
Hamilton toma una determinación: no molestará más al autor ni a su familia. Durante cinco años entra y sale de universidades y escuelas públicas. Merodea bibliotecas y librerías. Necesitaba oír serenamente la voz en primera persona del biografiado: ¿Sonaba nerviosa por las dudas o inspirada en una enorme seguridad? ¿Pedante o lejana por la humildad? Uno de los primeros hallazgos apareció en unas cartas enviadas a Whit Burnett, director de la revista Story (donde Salinger había publicado unos textos). Allí el tono era inverosímil, sometido por una adulación amanerada y por unas ínfulas tremendas de autopromoción. De estas misivas surgió el sueño de Salinger a los 21 años que una de las publicaciones de vanguardia de Estados Unidos, The New Yorker, aceptara sus textos. La verdadera sorpresa vendrá meses después: el editor de Londres Hamish Hamilton (no parentesco) entrega a Ian Hamilton 30 cartas de su presa, escritas entre 1951 y 1960.
Un día, en este caso el 30 de julio de 1985, el libro, In Search of J. D. Salinger: A Writing Life (1935-65), encuentra su final. El crítico envía el manuscrito a Random House. La casa editora acepta la investigación, extiende un cheque de adelanto por los derechos de autor y pone en marcha la maquinaria comercial: fija una fecha para la aparición en las librerías, prepara un ejemplar para los críticos, diseña la portada y toma una foto del autor. En Inglaterra la casa editora Heinmann compra los derechos y el periódico The Observer decide publicar el texto en capítulos.
A esta altura todo marchaba sobre ruedas. Menos las exigencias profesionales de Hamilton. Había descubierto con tristeza que ése no era el libro que anhelaba. Demasiado respeto y nerviosismo lo oscurecía. Intentaba demostrarle a Salinger que no era un oportunista. Pero tenía más datos del autor de los que habían aparecido a lo largo de su vida. Las cartas obtenidas permitían atrapar el tono de Salinger, su presencia real.
El colapso surgió a través de una carta de una empresa de abogados (Kaye, Collier y Booze) de New York, enviada a Random House, Heinmann y The Observer. Allí se comunicaba que Salinger había leído las galeradas del libro y que no soportaría bajo ningún aspecto la publicación de un libro que utilizaba sus cartas personales. Si no se modificaba esta situación, emprendería una acción legal.
Hamilton viajó de Londres a Estados Unidos sin cambiarse de ropa y redujo la cantidad de citas directas, hasta el punto de que no quedaran más de 10 palabras por carta. Las palabras originales de las correspondencias sufrieron una minuciosa labor de exterminio, y surgieron otras, ya de la cosecha del crítico. Y se estableció un nuevo manuscrito para la revisión del escritor ofendido.
El remedio resultó más nocivo que la enfermedad inicial. Salinger apeló al Tribunal Supremo de Justicia y éste le dio la razón. El original fue destruido definitivamente por Hamilton, quien concentró sus energías y talento con otro libro, In Search of J. D. Salinger, en donde relata el enfrentamiento con el secreto mejor guardado de las letras norteamericanas. El texto rezuma odio por cada uno de sus poros. "Quiere ser un santo, pero su problema es el de quien tiene un carácter opuesto a la santidad".
Excéntrico e impenetrable, Salinger acudió a los 69 años a los tribunales. Allí lo entrevistaron durante seis horas, la conversación más larga que haya concedido alguna vez a personas extrañas. De este testimonio existe una copia legal a disposición del público.
En septiembre de 1988 se acumulan 100 trabajos sobre el escritor en la prensa de Estados Unidos. Suficientes materiales permitían elaborar conjeturas e hipótesis: todo New York poseía una fotocopia del libro destruido de Hamilton, y por US$10 cualquier curioso podía acercarse a la oficina de "Copyrights" de Washington, para revisar las cartas del conflicto.
Lo que no se ha dicho hasta ahora es la razón secreta que empujó a Hamilton, connotado biógrafo del poeta norteamericano Robert Lowell, a iniciar esta aventura. Sus palabras son elocuentes. "Aunque puede que parezca ridículo oírme decir esto, lo que más me espoleó fue el enamoramiento, que me desbordó a los 16 años y que nunca llegué a superar".
En aquel entonces había leído El cazador oculto/El guardián en el centeno. Fue una lectura sin aliento, en la que descubrió el efecto sagrado de la literatura. Jamás soñó, durante aquel estado de gracia, que muchos años después terminaría unido al nombre de ese Dios - Salinger - como su enemigo acérrimo.
(Nota editorial: Tomás Eloy Martínez falleció el 31 de enero de 2010 en Buenos Aires, Argentina, a los 75 años.)
Por Tomás Eloy Martínez.
Saturday, May 08, 2010
Fresia
El sánguche salvador
El sentido común, el menos repartido por el orbe, no abunda en materia de nuevos locales para comer. Pero a veces se manifiesta, como ocurre con Fresia, una sanguchería 2.0, con espíritu de picada y más de un plus. Tienen caldos, clásicos de la barra pop y combinaciones varias entre panes (ver www.fresiasangucheria.cl). Y dejando a un lado algunos problemas del tipo réplica (no había fricandela ni churros, bú), califica para lugar de esos que ganan adeptos. Pero tendrán que espabilarse (se pidió schop ámbar, llegó rubio).
Y bien: con servilletas de papel y listos, llegó una mechada completa ($2.900), blandita y abundante, un lomito italiano en regla ($3.200) y un churrasco pobre (o sea, con cebolla y huevo frito, $3.200). Todo rápido -no a velocidad Fuente Alemana, pero harto rápido-, con buena disposición y sonrisa atenta. De una buena selección de cervezas (no había Torobayo, otra réplica), una Imperial y el mentado schop Capital ($1.700).
Aparte de recomendarles que el sándwich llegue en un plato más grande, con una afinada el Fresia estaría de pelos, como diría Bart. Y con el mote con huesillos ($900) para terminar, se refuerza esta idea.
Antonia López de Bello 104. 7891040.
Por Esteban Cabezas
El sánguche salvador
El sentido común, el menos repartido por el orbe, no abunda en materia de nuevos locales para comer. Pero a veces se manifiesta, como ocurre con Fresia, una sanguchería 2.0, con espíritu de picada y más de un plus. Tienen caldos, clásicos de la barra pop y combinaciones varias entre panes (ver www.fresiasangucheria.cl). Y dejando a un lado algunos problemas del tipo réplica (no había fricandela ni churros, bú), califica para lugar de esos que ganan adeptos. Pero tendrán que espabilarse (se pidió schop ámbar, llegó rubio).
Y bien: con servilletas de papel y listos, llegó una mechada completa ($2.900), blandita y abundante, un lomito italiano en regla ($3.200) y un churrasco pobre (o sea, con cebolla y huevo frito, $3.200). Todo rápido -no a velocidad Fuente Alemana, pero harto rápido-, con buena disposición y sonrisa atenta. De una buena selección de cervezas (no había Torobayo, otra réplica), una Imperial y el mentado schop Capital ($1.700).
Aparte de recomendarles que el sándwich llegue en un plato más grande, con una afinada el Fresia estaría de pelos, como diría Bart. Y con el mote con huesillos ($900) para terminar, se refuerza esta idea.
Antonia López de Bello 104. 7891040.
Por Esteban Cabezas
La guerra de los libros
Amos Oz y el filósofo palestino Sari Nusseibeh, en Barcelona, en 2004. | Santi Cogolludo
• La primera traducción árabe de Amos Oz aviva las suspicacias
'La puerta del Infierno' podría ser el 'alter ego' de 'Una historia de amor y oscuridad'. Ambas novelas están basadas en la memoria y las dos hablan de un pueblo perseguido. El autor de la primera, el libanés Elías Khoury, se felicita de que la segunda, obra del israelí Amos Oz, haya sido traducida al árabe por primera vez. "Por supuesto que tenemos que leer esta novela" dice Khoury.
Aunque sea, para enfurecerse. "No se puede colocar a la víctima (los palestinos) y al agresor en el mismo plano. Dicen que esta obra debería servir para que los palestinos aprendan a construir un estado en base a la historia del pueblo judío. Me pregunto cuál es el mensaje. ¿Es que por el hecho de ser un pueblo de refugiados tienen que convertir a otro pueblo, el palestinos, en refugiado?. He leído ese libro y muchos otros de autores judíos, pero no para recibir lecciones de moral" explicó Khoury a EL MUNDO.es.
La controversia generada en torno a la traducción de 'Una historia de amor y oscuridad' y su total ausencia de las librerías libanesas -ese a que se había anunciado su distribución hace semanas- son un reflejo de cómo las seis décadas de conflicto han conseguido eclipsar a la cultura. Una máxima que alcanzó el paroxismo cuando el ministro de cultura egipcio, Farouk Hosny, amenazó con quemar cuanto libro israelí encontrara en la biblioteca de Alejandría. Aquella declaración, a la postre, truncó su candidatura a la dirección de la Unesco.
La traducción de autores judíos israelíes en el mundo árabe es tan mínima como polémica ante el acoso de grupos militantes que ven en estas ediciones un esfuerzo hacia la llamada "normalización" con Tel Aviv.
"Traer libros de autores israelíes siempre es polémico. Líbano e Israel están todavía en guerra y esa realidad política es más poderosa que cualquier consideración cultural" opina un librero de Beirut que no quiso ser identificado.
Egipto y Jordania, los dos únicos países que mantiene un tratado de paz con Israel, son los principales artífices de estos amagos de acercamiento cultural. De hecho Oz ya había visto como 'Mi Michael' fue llevada al árabe en Egipto en 1994 y 'Soumchi', tres años más tarde en Jordania. Títulos como 'El viento amarillo' de David Grossmans o 'La carretera hacia Ein Harod' del difunto Amos Kenans figuran también entre las obras disponibles en las librerías egipcias y jordanas.
De hecho, editoriales como Dar al-Arabiyya de Egipto o Dar al-Galil (Jordania) han traducido más de un centenar de libros del hebreo como 'Viktoria' del escritor y activista pro derechos humanos Sami Michael o el mismísimo 'Un lugar bajo el sol' de Benhamin Netanyahu.
Pero ni siquiera El Cairo ha podido evadir la repercusión del conflicto y, hace sólo tres años, la aparición de la novela romántica Yasmin de Eli Amir generó un inusitado furor mediático y una ingente avalancha de críticas.
El subdirector del semanario 'Octubre' -vinculado al régimen egipcio-, Hussain Serag, responsable de la traducción, se quejó entonces de la falta de atención que presta el mundo árabe a la literatura en hebreo. "Israel ha traducido todo sobre nosotros (los árabes) y nosotros no hemos hecho lo mismo. La cultura y el arte no se deberían dejar influir por la política porque (son cosas) que carecen de nacionalidad", declaró.
Amos Oz y el filósofo palestino Sari Nusseibeh, en Barcelona, en 2004. | Santi Cogolludo
• La primera traducción árabe de Amos Oz aviva las suspicacias
'La puerta del Infierno' podría ser el 'alter ego' de 'Una historia de amor y oscuridad'. Ambas novelas están basadas en la memoria y las dos hablan de un pueblo perseguido. El autor de la primera, el libanés Elías Khoury, se felicita de que la segunda, obra del israelí Amos Oz, haya sido traducida al árabe por primera vez. "Por supuesto que tenemos que leer esta novela" dice Khoury.
Aunque sea, para enfurecerse. "No se puede colocar a la víctima (los palestinos) y al agresor en el mismo plano. Dicen que esta obra debería servir para que los palestinos aprendan a construir un estado en base a la historia del pueblo judío. Me pregunto cuál es el mensaje. ¿Es que por el hecho de ser un pueblo de refugiados tienen que convertir a otro pueblo, el palestinos, en refugiado?. He leído ese libro y muchos otros de autores judíos, pero no para recibir lecciones de moral" explicó Khoury a EL MUNDO.es.
La controversia generada en torno a la traducción de 'Una historia de amor y oscuridad' y su total ausencia de las librerías libanesas -ese a que se había anunciado su distribución hace semanas- son un reflejo de cómo las seis décadas de conflicto han conseguido eclipsar a la cultura. Una máxima que alcanzó el paroxismo cuando el ministro de cultura egipcio, Farouk Hosny, amenazó con quemar cuanto libro israelí encontrara en la biblioteca de Alejandría. Aquella declaración, a la postre, truncó su candidatura a la dirección de la Unesco.
La traducción de autores judíos israelíes en el mundo árabe es tan mínima como polémica ante el acoso de grupos militantes que ven en estas ediciones un esfuerzo hacia la llamada "normalización" con Tel Aviv.
"Traer libros de autores israelíes siempre es polémico. Líbano e Israel están todavía en guerra y esa realidad política es más poderosa que cualquier consideración cultural" opina un librero de Beirut que no quiso ser identificado.
Egipto y Jordania, los dos únicos países que mantiene un tratado de paz con Israel, son los principales artífices de estos amagos de acercamiento cultural. De hecho Oz ya había visto como 'Mi Michael' fue llevada al árabe en Egipto en 1994 y 'Soumchi', tres años más tarde en Jordania. Títulos como 'El viento amarillo' de David Grossmans o 'La carretera hacia Ein Harod' del difunto Amos Kenans figuran también entre las obras disponibles en las librerías egipcias y jordanas.
De hecho, editoriales como Dar al-Arabiyya de Egipto o Dar al-Galil (Jordania) han traducido más de un centenar de libros del hebreo como 'Viktoria' del escritor y activista pro derechos humanos Sami Michael o el mismísimo 'Un lugar bajo el sol' de Benhamin Netanyahu.
Pero ni siquiera El Cairo ha podido evadir la repercusión del conflicto y, hace sólo tres años, la aparición de la novela romántica Yasmin de Eli Amir generó un inusitado furor mediático y una ingente avalancha de críticas.
El subdirector del semanario 'Octubre' -vinculado al régimen egipcio-, Hussain Serag, responsable de la traducción, se quejó entonces de la falta de atención que presta el mundo árabe a la literatura en hebreo. "Israel ha traducido todo sobre nosotros (los árabes) y nosotros no hemos hecho lo mismo. La cultura y el arte no se deberían dejar influir por la política porque (son cosas) que carecen de nacionalidad", declaró.
500 días con ella
Ascanio Cavallo
El mejor chiste de esta película lo dice el narrador en off, cuando explica que la principal convicción de su protagonista se debe a "una mala interpretación de la película El graduado", además de "una temprana exposición a la triste música pop británica". La convicción de Tom Hansen (Joseph Gordon-Levitt) consiste en que nunca podrá ser feliz si no encuentra a la mujer que le está destinada. Lo gracioso es que, en efecto, esa es la peor manera de entender El graduado, una película mucho más concentrada en desnudar la crisis de la familia norteamericana de los 60 que en proponer cualquier tipo de predestinación amorosa.
Tom, un arquitecto treintañero que trabaja redactando frases para tarjetas de saludo, está seguro de que halla a la mujer de su vida cuando aparece en su oficina la nueva asistente Summer Finn (Zooey Deschanel), una joven bella, delicada y sensual, con la que comparte algunos gustos y cierta sensibilidad estética. Sólo que Summer no está en busca de una relación amorosa, ni siquiera de una relación estable, sino sólo de una amistad libre y sin compromisos. Esto la convierte, a ojos de Tom, en una mujer incomprensible, un completo misterio.
Agudamente, el director debutante Marc Webb elige una estrategia narrativa fracturada. El relato parte en el día 290, regresa al 1, pasa al 3 y al 8 y luego salta al 154, para volver al 11, y así por delante. Esta estructura refuerza la idea de la dificultad de Tom para comprender a Summer. Dado que el narrador conoce el desenlace de los 500 días, la permanente perplejidad de Tom se convierte en el verdadero tema de la narración: es el estado en que permanece desde el comienzo hasta el final de su relación con Summer.
De este modo, la película no es tanto la historia de un romance, sino de la manera en que lo vive el protagonista. Y por ello el salto de un día a otro no sigue el patrón lineal de acumulación de información, sino que opera por asociaciones emocionales, como una conciencia que reconstruye sus propias ilusiones (y las idealiza) y sus propios tropiezos (y los magnifica).
No es que se trate de una narración de vanguardia. A su manera singular, es también una comedia clásica, dosificada con astucia, revestida con un humor inteligente y centrada en un protagonista que ofrece todas las ambivalencias posibles.
Al fin, 500 días con ella es el retrato agudo, divertido y perceptivo, de un temperamento neurótico alimentado por la cultura popular -la música, el cine- y estimulado por una idea del destino en la que se funda gran parte de la comedia romántica. Sólo que en esa idea -opinable como puede ser- no cree nadie en esta película, empezando por el mordaz y distante narrador. Y menos un espectador razonablemente consciente de El graduado.
(500) Days of Summer
Dirección: Marc Webb. Con: Joseph Gordon-Levitt, Zooey Deschanel, Geoffrey Arend, Chloe Moretz. 95 minutos.
Réplicas (2)
Francisco Mouat
Joaquín Edwards Bello escribió una vez que los terremotos son "lecciones de humanidad" y "devuelven a cada uno su valor real". También decía que después de los terremotos, los chilenos "se nivelan en el hoyo". No hay cómo desmentirlo.
Un par de días después del terremoto, les pedí a algunos de mis amigos y conocidos que se reportaran. Recibir sus respuestas fue como empezar a escribir el guión de una película de fragmentos. Mauricio y la Ange habían estado vacacionando a veinte minutos de Iloca, pero regresaron la tarde del viernes 26 de febrero a Santiago. El papá de Mauricio, nacido y criado en Constitución, juntaba ayuda en una camioneta para partir pronto al sur. Mario Peña aún no tenía noticias de su madre, que vive sola en Chanco. La casa de adobe en Santiago Centro donde viven la Marcela y la Elito había resistido "como una valiente". Manuel y la Beatriz estaban ellos muy bien, gracias, pero apoyando a una amiga que tenía a una hija en problemas. La casa de la abuela de la Berni en Parral se vino abajo, pero todos los que vivían allí se salvaron. La mamá de la Camila estaba asustada por los robos y saqueos en Concepción: hacían turnos entre los vecinos para "cuidarse". La Mónica, que es de Concepción, que vivió el terremoto del 60, dice que éste fue mucho peor. Su gente está sufriendo: su hermana, en Dichato, vio cómo el mar se llevaba su casa, incluyendo la magnífica biblioteca que había formado a lo largo de su vida. Conozco esa biblioteca: la Mónica me prestaba libros de su hermana con relativa frecuencia. Sabina vive sola en un piso doce. Tuvo tanto miedo, que ahora está con estrés post traumático. Jaime había estado visitando en Empedrado la casa donde nació su madre en 1909, al lado de Chanco. Ese día alojó en Constitución. Ahora le parece que todo eso fue, sin saberlo, una trágica despedida. Macarena está hundida, le duele la guata y la cabeza, anda con una pena enorme y llora. Ricardo apunta, escueto: "Se me movió el piso, compadre. A todos, creo". Armando, cuya familia es de Lolol, no deja de pensar en sus vacaciones infantiles en Iloca y Duao. Dice que Llico también sufrió. Que el mar se llevó las casas de pescadores amigos y una hostería, la Miramar, donde se comía rico y se reunían con los primos y parientes de Curicó. Su oficina de Ñuñoa tendrá que abandonarla, y la casa de sus abuelos en Lolol quedó muy dañada. Recién había conseguido una pega con una agencia que tenía oficina en Huechuraba. Justo en esos edificios nuevos que quedaron buenos para nada. La Gaby está atiborrada de radio y televisión. Después me dirá que al cabo de dos o tres días se cambió al silencio: ya sabía lo que tenía que saber. María Teresa venía llegando de Pelluhue y Curanipe. Se vinieron antes, a pesar de los reclamos de la hija menor, porque el hijo mayor llegaba desde Uruguay y ella quería recibirlo como una buena madre. A José se le cayó su casa en San Bernardo. Carolina dice que no le pasó nada, puras frivolidades: "Nada que Casa Ideas no pueda solucionar". Magdalena se quedó atada a su cama, sin moverse un centímetro, paralizada por el miedo. Pensó que eran sus últimos momentos y que el corazón le iba a explotar. Magdalena es catalana y éste era su primer terremoto. Mariana estaba en Las Cruces. Cuando volvió a su casa, se encontró con una ampliación no planificada al patio del vecino.
Del Coke Chamorro, que vive en el sector El Palillo de la isla Juan Fernández, arrasado por el tsunami, supe por una magnífica casualidad que estaba vivo: lo vi en la televisión. Era uno de los tantos rostros anónimos que decían frente al micrófono que habían arrancado al cerro y habían visto cómo el mar se llevaba todo. No quedó nada de sus casas, salvo ellos mismos.
¿Y Raúl? Raúl es ingeniero, y fue pocos días después del terremoto a revisar el estado en que había quedado el hotel Radisson en la Ciudad Empresarial. Cuando leí la noticia en el diario, no asocié que Raúl era Raúl. Su hija Andrea me avisó el sábado por correo electrónico. Raúl cayó al vacío desde el piso once del hotel. El lunes de la semana pasada lo despedimos junto a su familia y sus amigos en la parroquia del Colegio Hispanoamericano. Junto a sus restos, Andrea colocó el manuscrito de un autorretrato que Raúl escribió un año atrás. Busco entre mis carpetas el texto original: "Nos casamos con Florencia cuando yo tenía 17 años y ella 18. Estuvimos juntos treinta años hasta que un lamentable accidente cambió nuestras vidas. A todos nos ha costado rehacer el camino, especialmente a mi hija menor, Andrea, que era muy cercana a su madre. A pesar del dolor vivido, me siento afortunado de estar en esta tierra disfrutando las cosas simples de la vida. Me gusta ir al cine a ver películas de cosas cotidianas, sin mucha ficción ni efectos especiales. Me gustan los deportes. Me gusta sentir una brisa de viento en mi cara".
Ascanio Cavallo
El mejor chiste de esta película lo dice el narrador en off, cuando explica que la principal convicción de su protagonista se debe a "una mala interpretación de la película El graduado", además de "una temprana exposición a la triste música pop británica". La convicción de Tom Hansen (Joseph Gordon-Levitt) consiste en que nunca podrá ser feliz si no encuentra a la mujer que le está destinada. Lo gracioso es que, en efecto, esa es la peor manera de entender El graduado, una película mucho más concentrada en desnudar la crisis de la familia norteamericana de los 60 que en proponer cualquier tipo de predestinación amorosa.
Tom, un arquitecto treintañero que trabaja redactando frases para tarjetas de saludo, está seguro de que halla a la mujer de su vida cuando aparece en su oficina la nueva asistente Summer Finn (Zooey Deschanel), una joven bella, delicada y sensual, con la que comparte algunos gustos y cierta sensibilidad estética. Sólo que Summer no está en busca de una relación amorosa, ni siquiera de una relación estable, sino sólo de una amistad libre y sin compromisos. Esto la convierte, a ojos de Tom, en una mujer incomprensible, un completo misterio.
Agudamente, el director debutante Marc Webb elige una estrategia narrativa fracturada. El relato parte en el día 290, regresa al 1, pasa al 3 y al 8 y luego salta al 154, para volver al 11, y así por delante. Esta estructura refuerza la idea de la dificultad de Tom para comprender a Summer. Dado que el narrador conoce el desenlace de los 500 días, la permanente perplejidad de Tom se convierte en el verdadero tema de la narración: es el estado en que permanece desde el comienzo hasta el final de su relación con Summer.
De este modo, la película no es tanto la historia de un romance, sino de la manera en que lo vive el protagonista. Y por ello el salto de un día a otro no sigue el patrón lineal de acumulación de información, sino que opera por asociaciones emocionales, como una conciencia que reconstruye sus propias ilusiones (y las idealiza) y sus propios tropiezos (y los magnifica).
No es que se trate de una narración de vanguardia. A su manera singular, es también una comedia clásica, dosificada con astucia, revestida con un humor inteligente y centrada en un protagonista que ofrece todas las ambivalencias posibles.
Al fin, 500 días con ella es el retrato agudo, divertido y perceptivo, de un temperamento neurótico alimentado por la cultura popular -la música, el cine- y estimulado por una idea del destino en la que se funda gran parte de la comedia romántica. Sólo que en esa idea -opinable como puede ser- no cree nadie en esta película, empezando por el mordaz y distante narrador. Y menos un espectador razonablemente consciente de El graduado.
(500) Days of Summer
Dirección: Marc Webb. Con: Joseph Gordon-Levitt, Zooey Deschanel, Geoffrey Arend, Chloe Moretz. 95 minutos.
Réplicas (2)
Francisco Mouat
Joaquín Edwards Bello escribió una vez que los terremotos son "lecciones de humanidad" y "devuelven a cada uno su valor real". También decía que después de los terremotos, los chilenos "se nivelan en el hoyo". No hay cómo desmentirlo.
Un par de días después del terremoto, les pedí a algunos de mis amigos y conocidos que se reportaran. Recibir sus respuestas fue como empezar a escribir el guión de una película de fragmentos. Mauricio y la Ange habían estado vacacionando a veinte minutos de Iloca, pero regresaron la tarde del viernes 26 de febrero a Santiago. El papá de Mauricio, nacido y criado en Constitución, juntaba ayuda en una camioneta para partir pronto al sur. Mario Peña aún no tenía noticias de su madre, que vive sola en Chanco. La casa de adobe en Santiago Centro donde viven la Marcela y la Elito había resistido "como una valiente". Manuel y la Beatriz estaban ellos muy bien, gracias, pero apoyando a una amiga que tenía a una hija en problemas. La casa de la abuela de la Berni en Parral se vino abajo, pero todos los que vivían allí se salvaron. La mamá de la Camila estaba asustada por los robos y saqueos en Concepción: hacían turnos entre los vecinos para "cuidarse". La Mónica, que es de Concepción, que vivió el terremoto del 60, dice que éste fue mucho peor. Su gente está sufriendo: su hermana, en Dichato, vio cómo el mar se llevaba su casa, incluyendo la magnífica biblioteca que había formado a lo largo de su vida. Conozco esa biblioteca: la Mónica me prestaba libros de su hermana con relativa frecuencia. Sabina vive sola en un piso doce. Tuvo tanto miedo, que ahora está con estrés post traumático. Jaime había estado visitando en Empedrado la casa donde nació su madre en 1909, al lado de Chanco. Ese día alojó en Constitución. Ahora le parece que todo eso fue, sin saberlo, una trágica despedida. Macarena está hundida, le duele la guata y la cabeza, anda con una pena enorme y llora. Ricardo apunta, escueto: "Se me movió el piso, compadre. A todos, creo". Armando, cuya familia es de Lolol, no deja de pensar en sus vacaciones infantiles en Iloca y Duao. Dice que Llico también sufrió. Que el mar se llevó las casas de pescadores amigos y una hostería, la Miramar, donde se comía rico y se reunían con los primos y parientes de Curicó. Su oficina de Ñuñoa tendrá que abandonarla, y la casa de sus abuelos en Lolol quedó muy dañada. Recién había conseguido una pega con una agencia que tenía oficina en Huechuraba. Justo en esos edificios nuevos que quedaron buenos para nada. La Gaby está atiborrada de radio y televisión. Después me dirá que al cabo de dos o tres días se cambió al silencio: ya sabía lo que tenía que saber. María Teresa venía llegando de Pelluhue y Curanipe. Se vinieron antes, a pesar de los reclamos de la hija menor, porque el hijo mayor llegaba desde Uruguay y ella quería recibirlo como una buena madre. A José se le cayó su casa en San Bernardo. Carolina dice que no le pasó nada, puras frivolidades: "Nada que Casa Ideas no pueda solucionar". Magdalena se quedó atada a su cama, sin moverse un centímetro, paralizada por el miedo. Pensó que eran sus últimos momentos y que el corazón le iba a explotar. Magdalena es catalana y éste era su primer terremoto. Mariana estaba en Las Cruces. Cuando volvió a su casa, se encontró con una ampliación no planificada al patio del vecino.
Del Coke Chamorro, que vive en el sector El Palillo de la isla Juan Fernández, arrasado por el tsunami, supe por una magnífica casualidad que estaba vivo: lo vi en la televisión. Era uno de los tantos rostros anónimos que decían frente al micrófono que habían arrancado al cerro y habían visto cómo el mar se llevaba todo. No quedó nada de sus casas, salvo ellos mismos.
¿Y Raúl? Raúl es ingeniero, y fue pocos días después del terremoto a revisar el estado en que había quedado el hotel Radisson en la Ciudad Empresarial. Cuando leí la noticia en el diario, no asocié que Raúl era Raúl. Su hija Andrea me avisó el sábado por correo electrónico. Raúl cayó al vacío desde el piso once del hotel. El lunes de la semana pasada lo despedimos junto a su familia y sus amigos en la parroquia del Colegio Hispanoamericano. Junto a sus restos, Andrea colocó el manuscrito de un autorretrato que Raúl escribió un año atrás. Busco entre mis carpetas el texto original: "Nos casamos con Florencia cuando yo tenía 17 años y ella 18. Estuvimos juntos treinta años hasta que un lamentable accidente cambió nuestras vidas. A todos nos ha costado rehacer el camino, especialmente a mi hija menor, Andrea, que era muy cercana a su madre. A pesar del dolor vivido, me siento afortunado de estar en esta tierra disfrutando las cosas simples de la vida. Me gusta ir al cine a ver películas de cosas cotidianas, sin mucha ficción ni efectos especiales. Me gustan los deportes. Me gusta sentir una brisa de viento en mi cara".
Réplicas (3)
Francisco Mouat
El terremoto no nos abandonará en mucho tiempo. No hablo de pasarnos la vida saltones y en estado de alarma permanente. Hablo de sus huellas, de las secuelas más profundas que este terremoto deja en cada uno de nosotros. ¿O alguno de ustedes pudo rápidamente desentenderse de él?
Tito Matamala me escribe desde Concepción, su ciudad; manda fotos del desastre, de los escombros amontonados en las esquinas, de la desolación. Continúa albergado en casa de amigos en Chiguayante y escribe para intentar sanarse. No sabe aún si podrá volver a su departamento y vencer el miedo. Aunque lo arreglen, aunque los peritos hayan confirmado que estructuralmente se salvó y no hay que demolerlo, Tito sigue tiritón, y dice que el que diga lo contrario es un mentiroso.
Una pareja de amigos, Marcela y Juan, vienen llegando de Concepción. El hijo de un trabajador de la empresa de Marcela fue sepultado días atrás, y ambos acompañaron a la familia al entierro. El niño tenía doce años, y le cayó un muro encima. Marcela y Juan vieron a una ciudad desorientada: gente caminando por las calles sin brújula, la vista perdida. Vieron, por ejemplo, a una señora muy bien vestida ratear una casa abandonada y llevarse una almohada.
María Teresa fue a Pelluhue y Curanipe antes del terremoto junto a su marido y su hija menor. En Curanipe alojaron en el hotel Piedra Negra. El domingo 21 de febrero amaneció luminoso. Se levantaron contentos y fueron a tomarse unos jugos naturales en un puesto atendido por jóvenes colombianos. Sentados en la plazoleta, a un costado de la municipalidad, disfrutaron un jugo de mango y otro de piña y vieron a lo lejos el mar que tranquilo estaba. Decidieron almorzar en una hostería junto a la playa. Una pareja de artistas llegó a amenizar la jornada. Él tocaba el acordeón y ella la guitarra. El primer tema del dúo sorprendió a María Teresa: "Han brotado otra vez los rosales, junto al muro del viejo jardín, donde tu alma selló un juramento, amor de un momento que hoy llora su fin". Era la misma canción que le gustaba cantar a su mamá. Después siguieron con una tonada: "Mandé tejer una manta, mi vida, de tres colores, de verde, rojo y de negro, la manta de mis amores". La canción favorita del papá de María Teresa. Tanta coincidencia. Mi amiga se prendió, aplaudió entusiasta, fue generosa con la propina y recibió de manos de los artistas una tarjeta de visita que hoy tengo aquí enfrente, en colores y con los instrumentos dibujados: "Juanita y Miguel. Acordeón y guitarra. Música chilena y mexicana", más el número de dos teléfonos celulares que nunca contestaron cuando, después del terremoto, María Teresa quiso saber de ellos. Días más tarde, viendo las noticias, ella escuchó entre las víctimas del tsunami en Curanipe los nombres de Juanita y Miguel. Eran parte de una familia de trece personas, de las que sólo se salvó una niña adolescente que se aferró a la vida agarrada de un árbol.
Juanita y Miguel habían viajado a Chanco para participar en la tradicional cumbre ranchera "Guadalupe del Carmen", y habían decidido quedarse el resto del verano en un camping en Curanipe, para poder cantar en ferias y restaurantes.
Juanita y Miguel vivían en Padre Hurtado, cerca de Santiago. Fueron enterrados en el cementerio de Malloco, hasta donde llegó María Teresa el domingo 14 de marzo. Frente a la tumba rezó, lloró, quiso verbalizarles su gratitud por ese momento mágico en que había reencontrado a sus padres escuchando remotas melodías. María Teresa y su marido abandonaron el cementerio a las seis de la tarde en medio de una brisa ligera que, dice ella, le ayudó a refrescar el alma.
Francisco Mouat.
Hagiografía
La hagiografía es la biografía de un santo. El autor de la hagiografía es el hagiógrafo.
Aunque el término se utilizaba únicamente para este fin en la tradición cristiana desde sus orígenes en la Antigüedad tardía, e incluso se refería más propiamente al estudio colectivo de los santos (vidas de santos) en vez de el de uno en particular, actualmente se usa de forma extendida para referirse no sólo a las biografías de figuras equivalentes de religiones no cristianas, sino a las de personas que, para su biógrafo, reúnen méritos tan excepcionales y están a un nivel tan separado del resto que en la práctica les trata como a santos. El uso del término, en estos casos, suele ser peyorativo, por quien quiere criticar la falta de objetividad del autor.
En el siglo IV , tras la conversión de Constantino, se compilaron muchos martirologios, narrando (muchas veces con gran realismo y truculencia, lo que contribuyó no poco a su éxito) las excepcionales circunstancias de los mártires durante las persecuciones. Las vidas de santos se leían como sermones y se catalogaban en calendarios anuales o menaion (de menaios, mes en griego), de los que se hacían versiones cortas, del santo de cada día, o synaxarion. Las hagiografías elegidas por un compilador para formar un libro de vidas de santos, se denominaban paterikon (del griego pater, padre). En Europa Occidental, la hagiografía más divulgada en la Baja Edad Media y el Renacimiento fue la Leyenda Áurea de Jacopo da Vorágine y, durante la Edad Moderna, las Acta Sanctorum comenzadas por el jesuita Jean Bolland.
Francisco Mouat
El terremoto no nos abandonará en mucho tiempo. No hablo de pasarnos la vida saltones y en estado de alarma permanente. Hablo de sus huellas, de las secuelas más profundas que este terremoto deja en cada uno de nosotros. ¿O alguno de ustedes pudo rápidamente desentenderse de él?
Tito Matamala me escribe desde Concepción, su ciudad; manda fotos del desastre, de los escombros amontonados en las esquinas, de la desolación. Continúa albergado en casa de amigos en Chiguayante y escribe para intentar sanarse. No sabe aún si podrá volver a su departamento y vencer el miedo. Aunque lo arreglen, aunque los peritos hayan confirmado que estructuralmente se salvó y no hay que demolerlo, Tito sigue tiritón, y dice que el que diga lo contrario es un mentiroso.
Una pareja de amigos, Marcela y Juan, vienen llegando de Concepción. El hijo de un trabajador de la empresa de Marcela fue sepultado días atrás, y ambos acompañaron a la familia al entierro. El niño tenía doce años, y le cayó un muro encima. Marcela y Juan vieron a una ciudad desorientada: gente caminando por las calles sin brújula, la vista perdida. Vieron, por ejemplo, a una señora muy bien vestida ratear una casa abandonada y llevarse una almohada.
María Teresa fue a Pelluhue y Curanipe antes del terremoto junto a su marido y su hija menor. En Curanipe alojaron en el hotel Piedra Negra. El domingo 21 de febrero amaneció luminoso. Se levantaron contentos y fueron a tomarse unos jugos naturales en un puesto atendido por jóvenes colombianos. Sentados en la plazoleta, a un costado de la municipalidad, disfrutaron un jugo de mango y otro de piña y vieron a lo lejos el mar que tranquilo estaba. Decidieron almorzar en una hostería junto a la playa. Una pareja de artistas llegó a amenizar la jornada. Él tocaba el acordeón y ella la guitarra. El primer tema del dúo sorprendió a María Teresa: "Han brotado otra vez los rosales, junto al muro del viejo jardín, donde tu alma selló un juramento, amor de un momento que hoy llora su fin". Era la misma canción que le gustaba cantar a su mamá. Después siguieron con una tonada: "Mandé tejer una manta, mi vida, de tres colores, de verde, rojo y de negro, la manta de mis amores". La canción favorita del papá de María Teresa. Tanta coincidencia. Mi amiga se prendió, aplaudió entusiasta, fue generosa con la propina y recibió de manos de los artistas una tarjeta de visita que hoy tengo aquí enfrente, en colores y con los instrumentos dibujados: "Juanita y Miguel. Acordeón y guitarra. Música chilena y mexicana", más el número de dos teléfonos celulares que nunca contestaron cuando, después del terremoto, María Teresa quiso saber de ellos. Días más tarde, viendo las noticias, ella escuchó entre las víctimas del tsunami en Curanipe los nombres de Juanita y Miguel. Eran parte de una familia de trece personas, de las que sólo se salvó una niña adolescente que se aferró a la vida agarrada de un árbol.
Juanita y Miguel habían viajado a Chanco para participar en la tradicional cumbre ranchera "Guadalupe del Carmen", y habían decidido quedarse el resto del verano en un camping en Curanipe, para poder cantar en ferias y restaurantes.
Juanita y Miguel vivían en Padre Hurtado, cerca de Santiago. Fueron enterrados en el cementerio de Malloco, hasta donde llegó María Teresa el domingo 14 de marzo. Frente a la tumba rezó, lloró, quiso verbalizarles su gratitud por ese momento mágico en que había reencontrado a sus padres escuchando remotas melodías. María Teresa y su marido abandonaron el cementerio a las seis de la tarde en medio de una brisa ligera que, dice ella, le ayudó a refrescar el alma.
Francisco Mouat.
Hagiografía
La hagiografía es la biografía de un santo. El autor de la hagiografía es el hagiógrafo.
Aunque el término se utilizaba únicamente para este fin en la tradición cristiana desde sus orígenes en la Antigüedad tardía, e incluso se refería más propiamente al estudio colectivo de los santos (vidas de santos) en vez de el de uno en particular, actualmente se usa de forma extendida para referirse no sólo a las biografías de figuras equivalentes de religiones no cristianas, sino a las de personas que, para su biógrafo, reúnen méritos tan excepcionales y están a un nivel tan separado del resto que en la práctica les trata como a santos. El uso del término, en estos casos, suele ser peyorativo, por quien quiere criticar la falta de objetividad del autor.
En el siglo IV , tras la conversión de Constantino, se compilaron muchos martirologios, narrando (muchas veces con gran realismo y truculencia, lo que contribuyó no poco a su éxito) las excepcionales circunstancias de los mártires durante las persecuciones. Las vidas de santos se leían como sermones y se catalogaban en calendarios anuales o menaion (de menaios, mes en griego), de los que se hacían versiones cortas, del santo de cada día, o synaxarion. Las hagiografías elegidas por un compilador para formar un libro de vidas de santos, se denominaban paterikon (del griego pater, padre). En Europa Occidental, la hagiografía más divulgada en la Baja Edad Media y el Renacimiento fue la Leyenda Áurea de Jacopo da Vorágine y, durante la Edad Moderna, las Acta Sanctorum comenzadas por el jesuita Jean Bolland.
Chéjov
Francisco Mouat
Leo a Chéjov. Mejor dicho, releo algunos de sus cuentos seleccionados por Richard Ford en Cuentos imprescindibles, y aprovecho el entusiasmo para releer también mi pequeña biblioteca chejoviana: una breve y precisa biografía suya escrita por Natalia Ginzburg, aquellos fragmentos de su correspondencia que Piero Brunello desmenuzó para convertirlos en libros que reflexionan sobre el proceso de escritura, un ensayo magistral de Vladimir Nabokov en Curso de literatura rusa donde se rinde a los pies de su compatriota para decir, exultante: "En el siglo 21, en el que espero que Rusia sea un país más grato de lo que es ahora, Gorki no será más que un nombre en los libros de texto, pero Chéjov vivirá mientras existan los bosques de abedules, las puestas de sol y la necesidad de escribir".
La esperanza de Nabokov de que Rusia acabara siendo un país más grato no se cumplió, pero su intuición respecto de Chéjov parece indiscutible. Mientras haya necesidad de escribir, y de leer, Chéjov vivirá. Vivirá en esos profesores, militares, adúlteros, campesinos y cocheros de sus relatos que sólo se representan a sí mismos, que son personajes y no símbolos, que no están fabricados en serie ni se comportan de un modo preconcebido. La acción en sus historias transcurre sobria, naturalmente, y entre sus pliegues van apareciendo esas pequeñas fisuras que, sumadas, constituyen el casi siempre dramático paso del tiempo y la vida.
Si Chéjov viviera hoy, y volviera a estudiar medicina, creo que también volvería a querer contar lo que sucede en un campo de prisioneros como el que conoció en la isla de Sajalín, en Siberia. Cuando viajó hasta allá, en 1890, no dejó de entrevistarse con un solo preso. Regresó a Moscú y durante meses no supo cómo escribir ese reportaje, se aburría pensando en la mejor estructura y el tono adecuado a ese relato, hasta que por fin descubrió el camino: "Daba la impresión de que con mi Sajalín pretendía dar una lección a alguien, y al mismo tiempo que escondía algo, que no decía todo lo que quería. Pero en cuanto me puse a describir lo extraño que me sentía en Sajalín y qué clase de puercos hay allí, el trabajo avanzó a buen ritmo".
No fue sencillo para Chéjov conquistar libertades a lo largo de su vida. Tuvo desde muy temprano que conseguir dinero. Empezó escribiendo cuentos humorísticos en diarios y revistas que le pagaban por línea publicada, y poco a poco fue conquistando lectores, nuevas tribunas, mejores ingresos y la libertad necesaria para escribir sin el pie forzado de tener que hacer reír. Ahí apareció el mejor Chéjov, aquel que Nabokov señala como un maestro en tratar a la existencia humana en dos dimensiones simultáneas: "Los libros de Chéjov son libros tristes para personas con humor; es decir, sólo el lector provisto de sentido del humor sabrá apreciar verdaderamente su tristeza. Para él las cosas eran jocosas y tristes al mismo tiempo, pero no se veía su tristeza si no se veía su jocosidad, porque las dos estaban unidas".
A veces pienso que Chéjov podría encarnarse en algún escritor contemporáneo que nos permitiera visitarlo y conocerlo. Para agradecerle sus textos y comentar, por ejemplo, si le gusta o no la antología de veinte de sus cuentos que armó Richard Ford, autor que vino a Chile en septiembre del año pasado y explicó esa vez por qué se dedica a la literatura, el mismo oficio ejercido por Chéjov ciento veinte años atrás, antes de que una tuberculosis lo matara tempranamente: "La literatura ofrece demasiado: nuevas comprensiones, renueva la vida, aumenta el interés por otros seres humanos, es una oportunidad para estar solo y tranquilo, enfatiza el pensamiento verdadero, induce a la empatía, deleita. Estar asociado a todas esas posibilidades ofrecidas por la literatura es un gran privilegio".
El terremoto invisible
FRANCISCO MOUAT
Por razones de trabajo, me correspondió en los primeros días escuchar muchísimos testimonios y relatos de víctimas directas del terremoto. Me sentí abrumado y al mismo tiempo forzado a entregar palabras de aliento y tranquilidad desde el micrófono a una gente profundamente golpeada y alterada con razón. Lo que escuchábamos y veíamos en esas primeras jornadas era una siniestra película de terror. Recuerdo haber comentado en la radio, a propósito de las imágenes de saqueos y violencia que transmitía la televisión para disputarse la sintonía, que esas escenas eran sólo una parte de la historia: la más impactante y vendedora en ese momento. Pero que la realidad era ancha y diversa, y que en otros sitios, en el mismo instante en que se saqueaba, se podían registrar miles de otras postales del terremoto que tenían exactamente la misma relevancia, miles de chilenos viviendo a su manera una tragedia de la que difícilmente podías apartarte: deudos velando a sus familiares y amigos muertos, padres abrazando a sus hijos más pequeños para apaciguar el miedo, grupos de vecinos intentando darse una mano en medio del caos, hombres y mujeres, viejos y niños, andando en medio de los escombros, llamando a gente entonces desaparecida; consumidores neuróticos haciendo filas en supermercados y bombas de bencina, ciudadanos asustados, ciudadanos espirituados de que la próxima réplica fuera un nuevo terremoto, jóvenes estudiantes viajando improvisadamente al sur para dar una mano en sus últimos días de vacaciones.
Lo que quería decir esa noche en la radio era que el mundo que nos muestra la televisión, en forma reiterada y majadera, en cámara rápida y en cámara lenta, es apenas una versión, casi siempre estridente, de lo que en verdad se está viviendo doméstica e invisiblemente en cada uno de los rincones de este país largo, frágil, quebradizo. Esto es obvio, pero a los propios medios no les gusta que se diga que es así, prefieren pasar gato por liebre. Aquella planicie vital de todas las horas y todos los días que hoy empieza a imponerse entre nosotros, buscando recuperar la normalidad, ya no les resulta demasiado atractiva a los medios masivos de comunicación. Ya no hay despachos urgentes para contar qué sucede en Concepción, Talcahuano, Dichato, Iloca, Pichilemu, Duao, donde está la tendalera. La mamá de mi amigo Mario Peña, que vive en Chanco, ¿qué está haciendo en este preciso momento? Nunca habrá una cámara de televisión que registre sus movimientos y escuche su silencio. Advierto que el alcalde de Talcahuano pide a gritos que su comuna sea considerada la verdadera zona cero de este terremoto y maremoto, por la magnitud de los daños que la afectaron. ¿Pero alguien puede imponer por decreto que su terremoto es más importante que el del pueblo vecino, donde hay otras penas y otras grietas que reparar? Mirar el conjunto y al mismo tiempo detenerse en los detalles es un asunto complejo para cualquiera que asuma la responsabilidad de conducir la restauración.
A medida que iba escuchando esos testimonios en la radio y entregando una palabra de aliento y tranquilidad, mientras las sirenas de los bomberos estaban aún encendidas, cuando la primera tentación de mucha gente era arrancar al cerro si vivían en la costa, o defenderse a palos de turbas imaginarias que otros decían irresponsablemente que venían en camino a destruir y saquear sus casas, o salir corriendo de sus edificios porque el municipio había ordenado evacuarlos; bueno, en medio de esa locura, fui también acumulando agobio y tensión y finalmente hice crack.
Mi eje acabó desplazándose. Me pasó en otro sentido lo que a mi amigo Julio Neme, que el otro día contaba que el terremoto echó abajo varias de las estanterías de su casa en Machalí, lo que provocó la aparición milagrosa de cartas extraviadas, carpetas no vistas en años, papeles perdidos en el tiempo. Aparecían de pronto en la superficie textos sumergidos, olvidados, abandonados. Recortes, fotografías, fotocopias inesperadas: esa memoria visible, impresa, de papel, a la que aún recurrimos para dejar constancia de que estamos vivos.
Sí, estamos vivos. ¡Vivos!
La isla siniestra
No busque coherencia en la historia. Perderá el tiempo.
Ascanio Cavallo
Primera advertencia: desde el primero de sus planos, esta película indica que está muy lejos del realismo. Esa lancha que aparece desde la niebla en el mar de las islas de Boston Harbor viene desde alguna forma de irrealidad, emerge desde el fondo de algo que no es ese lugar preciso. Segunda advertencia: hay una estilización que empuja a situarse en 1954, en un clima social y moral extraño, donde los temores tienen la base histórica de la postguerra, pero que también pueden ser superiores a ella. Tercera y más importante advertencia: no busque coherencia en la historia. Perderá el tiempo.
La isla siniestra es la película más alegórica de Scorsese desde Pandillas de Nueva York o Cabo de miedo.
También es la más crispada, lo que es mucho decir para un cineasta capaz de conducir una cosa tan enervante como Los infiltrados. Y es, por último, una incursión en el género del terror, con una voluntad de pesadilla atravesada por el surrealismo. Recuerda más al Hitchcock de Cuéntame tu vida, una rareza en sí misma, que a otras cintas del mismo Scorsese.
Y sin embargo, el agente Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio) es un personaje clásico de Scorsese: un sujeto atormentado, rodeado de violencia, que ha vivido una cierta gloria hasta que una cadena de sucesos lo precipita en una interminable caída hacia el infierno. Teddy Daniels inicia ese descenso en cuanto llega a la isla-cárcel para reclusos dementes junto con su compañero Chuck Aule (Mark Ruffalo), para investigar la desaparición de una mujer.
La película adquiere su primer aspecto extraño cuando presenta la contradicción del agente entre vengar el crimen de su esposa Dolores (Michelle Williams) o denunciar los experimentos que le recuerdan los campos nazis -ambos dolores inmensos, ilimitados, sin fondo-, lucha en la que permanece durante todo el resto del metraje. Teddy
Daniels no logra decidir entre el infierno personal y el infierno social: esa vacilación es el eje de La isla siniestra.
Lo que está en el fondo de ella, sin embargo, es la infinitud del dolor, o, quizás mejor, la manera en que el dolor puede convertirse en la materialización del infierno, en un mundo regido por un Dios cruel, testamentario, implacable, con muchos demonios menores encargados de cobrar las culpas de los débiles y los fallidos. Hay una escalofriante semejanza entre los finales de Buenos muchachos, Casino y La isla siniestra, aunque ninguna de estas películas se parezca.
La isla siniestra ha sido castigada por una parte de la crítica, que suele buscar realismo en los relatos. Pero este es un Scorsese vigoroso y sólido, capaz de imponer su impronta en un ejercicio de género para transformarlo en un abismo existencial, un atrevimiento en el que muchos naufragarían. No hay en el cine norteamericano actual un autor más radicalmente audaz y personal.
SHUTTER ISLAND
Dirección: Martin Scorsese. Con: Leonardo DiCaprio, Mark Ruffalo, Ben Kingsley, Max Von Sydow, Michelle Williams. 138 minutos.
El agente Aule (Mark Ruffalo), Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio), el doctor Naehring (Max Von Sydow) y el doctor Cawley (Ben Kingsley): el ambniente de irrealidad de "La isla siniestra".
Ascanio Cavallo.
Las tumbas de la gloria
Mar. 27 , 2010
Publicado en La Tercera, 27/03/2010
Uno está avalado por cifras rotundas a su favor y el otro por un pasado "consciente", aparentemente más noble y menos susceptible de ser cuestionado. Ricardo Arjona y Fito Páez se enfrentaron públicamente esta semana en las páginas del diario El Clarín, de Buenos Aires, apostando a la idea de que estos dos "grandes" nombres de la música popular cantada en español, dos que en el fondo habitan un terreno común, se ubican en trincheras distintas.
Según Páez, el guatemalteco es un "producto" del marketing y motivo de la "aniquilación cultural" de Argentina, y de acuerdo con el autor de Señora de las cuatro décadas, el rosarino se viste de "juerga y trasnoche para ser auténtico". Más allá de lo sabroso e inusual de un conflicto de este calibre, en un gremio donde impera el cinismo y la solapada cordialidad, este incidente revive un viejo tema de fondo, un asunto tan básico como inútil a estas alturas del partido: eso de cuál es la música "de verdad" y cuál es la que no.
Páez está convencido de que pertenece al primer grupo y ataca a Arjona porque lo considera fruto del "marketing" y de la cosa fácil, tal como antes hizo con Shakira o Paulina Rubio o Thalía. Pero lo cierto es que el argentino, en sus buenos días, cuando no estaba muy pendiente de qué hacía el resto, también vendía un montón de discos y llenaba estadios y firmaba autógrafos como condenado y metía videos en MTV y cantó en Viña y se sentó en estelares de televisión para hablar de sus canciones y su vida y algo más. Lo mismo que hoy parece irritarle tanto.
Curioso, porque no deben ser pocos los viejos fans y, sobre todo, los nuevos músicos -los que efectivamente viven al margen de la "gran industria"-, los que deben ver a Páez como él ve a Arjona. Los que deben pensar que un nuevo disco de versiones al piano ya está como para hablar, al menos, de aniquilación del repertorio propio.
Más allá de ciertas diferencias formales de estilo (aunque si la cursilería es crimen, los dos son culpables) y de que su cancionero pudo haber inspirado a oyentes de paladar más exquisito en algún momento de su carrera, el argentino equivoca el tiro al tratar de separar aguas con uno que no pierde el tiempo cavando su propia tumba de la gloria.
Francisco Mouat
Leo a Chéjov. Mejor dicho, releo algunos de sus cuentos seleccionados por Richard Ford en Cuentos imprescindibles, y aprovecho el entusiasmo para releer también mi pequeña biblioteca chejoviana: una breve y precisa biografía suya escrita por Natalia Ginzburg, aquellos fragmentos de su correspondencia que Piero Brunello desmenuzó para convertirlos en libros que reflexionan sobre el proceso de escritura, un ensayo magistral de Vladimir Nabokov en Curso de literatura rusa donde se rinde a los pies de su compatriota para decir, exultante: "En el siglo 21, en el que espero que Rusia sea un país más grato de lo que es ahora, Gorki no será más que un nombre en los libros de texto, pero Chéjov vivirá mientras existan los bosques de abedules, las puestas de sol y la necesidad de escribir".
La esperanza de Nabokov de que Rusia acabara siendo un país más grato no se cumplió, pero su intuición respecto de Chéjov parece indiscutible. Mientras haya necesidad de escribir, y de leer, Chéjov vivirá. Vivirá en esos profesores, militares, adúlteros, campesinos y cocheros de sus relatos que sólo se representan a sí mismos, que son personajes y no símbolos, que no están fabricados en serie ni se comportan de un modo preconcebido. La acción en sus historias transcurre sobria, naturalmente, y entre sus pliegues van apareciendo esas pequeñas fisuras que, sumadas, constituyen el casi siempre dramático paso del tiempo y la vida.
Si Chéjov viviera hoy, y volviera a estudiar medicina, creo que también volvería a querer contar lo que sucede en un campo de prisioneros como el que conoció en la isla de Sajalín, en Siberia. Cuando viajó hasta allá, en 1890, no dejó de entrevistarse con un solo preso. Regresó a Moscú y durante meses no supo cómo escribir ese reportaje, se aburría pensando en la mejor estructura y el tono adecuado a ese relato, hasta que por fin descubrió el camino: "Daba la impresión de que con mi Sajalín pretendía dar una lección a alguien, y al mismo tiempo que escondía algo, que no decía todo lo que quería. Pero en cuanto me puse a describir lo extraño que me sentía en Sajalín y qué clase de puercos hay allí, el trabajo avanzó a buen ritmo".
No fue sencillo para Chéjov conquistar libertades a lo largo de su vida. Tuvo desde muy temprano que conseguir dinero. Empezó escribiendo cuentos humorísticos en diarios y revistas que le pagaban por línea publicada, y poco a poco fue conquistando lectores, nuevas tribunas, mejores ingresos y la libertad necesaria para escribir sin el pie forzado de tener que hacer reír. Ahí apareció el mejor Chéjov, aquel que Nabokov señala como un maestro en tratar a la existencia humana en dos dimensiones simultáneas: "Los libros de Chéjov son libros tristes para personas con humor; es decir, sólo el lector provisto de sentido del humor sabrá apreciar verdaderamente su tristeza. Para él las cosas eran jocosas y tristes al mismo tiempo, pero no se veía su tristeza si no se veía su jocosidad, porque las dos estaban unidas".
A veces pienso que Chéjov podría encarnarse en algún escritor contemporáneo que nos permitiera visitarlo y conocerlo. Para agradecerle sus textos y comentar, por ejemplo, si le gusta o no la antología de veinte de sus cuentos que armó Richard Ford, autor que vino a Chile en septiembre del año pasado y explicó esa vez por qué se dedica a la literatura, el mismo oficio ejercido por Chéjov ciento veinte años atrás, antes de que una tuberculosis lo matara tempranamente: "La literatura ofrece demasiado: nuevas comprensiones, renueva la vida, aumenta el interés por otros seres humanos, es una oportunidad para estar solo y tranquilo, enfatiza el pensamiento verdadero, induce a la empatía, deleita. Estar asociado a todas esas posibilidades ofrecidas por la literatura es un gran privilegio".
El terremoto invisible
FRANCISCO MOUAT
Por razones de trabajo, me correspondió en los primeros días escuchar muchísimos testimonios y relatos de víctimas directas del terremoto. Me sentí abrumado y al mismo tiempo forzado a entregar palabras de aliento y tranquilidad desde el micrófono a una gente profundamente golpeada y alterada con razón. Lo que escuchábamos y veíamos en esas primeras jornadas era una siniestra película de terror. Recuerdo haber comentado en la radio, a propósito de las imágenes de saqueos y violencia que transmitía la televisión para disputarse la sintonía, que esas escenas eran sólo una parte de la historia: la más impactante y vendedora en ese momento. Pero que la realidad era ancha y diversa, y que en otros sitios, en el mismo instante en que se saqueaba, se podían registrar miles de otras postales del terremoto que tenían exactamente la misma relevancia, miles de chilenos viviendo a su manera una tragedia de la que difícilmente podías apartarte: deudos velando a sus familiares y amigos muertos, padres abrazando a sus hijos más pequeños para apaciguar el miedo, grupos de vecinos intentando darse una mano en medio del caos, hombres y mujeres, viejos y niños, andando en medio de los escombros, llamando a gente entonces desaparecida; consumidores neuróticos haciendo filas en supermercados y bombas de bencina, ciudadanos asustados, ciudadanos espirituados de que la próxima réplica fuera un nuevo terremoto, jóvenes estudiantes viajando improvisadamente al sur para dar una mano en sus últimos días de vacaciones.
Lo que quería decir esa noche en la radio era que el mundo que nos muestra la televisión, en forma reiterada y majadera, en cámara rápida y en cámara lenta, es apenas una versión, casi siempre estridente, de lo que en verdad se está viviendo doméstica e invisiblemente en cada uno de los rincones de este país largo, frágil, quebradizo. Esto es obvio, pero a los propios medios no les gusta que se diga que es así, prefieren pasar gato por liebre. Aquella planicie vital de todas las horas y todos los días que hoy empieza a imponerse entre nosotros, buscando recuperar la normalidad, ya no les resulta demasiado atractiva a los medios masivos de comunicación. Ya no hay despachos urgentes para contar qué sucede en Concepción, Talcahuano, Dichato, Iloca, Pichilemu, Duao, donde está la tendalera. La mamá de mi amigo Mario Peña, que vive en Chanco, ¿qué está haciendo en este preciso momento? Nunca habrá una cámara de televisión que registre sus movimientos y escuche su silencio. Advierto que el alcalde de Talcahuano pide a gritos que su comuna sea considerada la verdadera zona cero de este terremoto y maremoto, por la magnitud de los daños que la afectaron. ¿Pero alguien puede imponer por decreto que su terremoto es más importante que el del pueblo vecino, donde hay otras penas y otras grietas que reparar? Mirar el conjunto y al mismo tiempo detenerse en los detalles es un asunto complejo para cualquiera que asuma la responsabilidad de conducir la restauración.
A medida que iba escuchando esos testimonios en la radio y entregando una palabra de aliento y tranquilidad, mientras las sirenas de los bomberos estaban aún encendidas, cuando la primera tentación de mucha gente era arrancar al cerro si vivían en la costa, o defenderse a palos de turbas imaginarias que otros decían irresponsablemente que venían en camino a destruir y saquear sus casas, o salir corriendo de sus edificios porque el municipio había ordenado evacuarlos; bueno, en medio de esa locura, fui también acumulando agobio y tensión y finalmente hice crack.
Mi eje acabó desplazándose. Me pasó en otro sentido lo que a mi amigo Julio Neme, que el otro día contaba que el terremoto echó abajo varias de las estanterías de su casa en Machalí, lo que provocó la aparición milagrosa de cartas extraviadas, carpetas no vistas en años, papeles perdidos en el tiempo. Aparecían de pronto en la superficie textos sumergidos, olvidados, abandonados. Recortes, fotografías, fotocopias inesperadas: esa memoria visible, impresa, de papel, a la que aún recurrimos para dejar constancia de que estamos vivos.
Sí, estamos vivos. ¡Vivos!
La isla siniestra
No busque coherencia en la historia. Perderá el tiempo.
Ascanio Cavallo
Primera advertencia: desde el primero de sus planos, esta película indica que está muy lejos del realismo. Esa lancha que aparece desde la niebla en el mar de las islas de Boston Harbor viene desde alguna forma de irrealidad, emerge desde el fondo de algo que no es ese lugar preciso. Segunda advertencia: hay una estilización que empuja a situarse en 1954, en un clima social y moral extraño, donde los temores tienen la base histórica de la postguerra, pero que también pueden ser superiores a ella. Tercera y más importante advertencia: no busque coherencia en la historia. Perderá el tiempo.
La isla siniestra es la película más alegórica de Scorsese desde Pandillas de Nueva York o Cabo de miedo.
También es la más crispada, lo que es mucho decir para un cineasta capaz de conducir una cosa tan enervante como Los infiltrados. Y es, por último, una incursión en el género del terror, con una voluntad de pesadilla atravesada por el surrealismo. Recuerda más al Hitchcock de Cuéntame tu vida, una rareza en sí misma, que a otras cintas del mismo Scorsese.
Y sin embargo, el agente Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio) es un personaje clásico de Scorsese: un sujeto atormentado, rodeado de violencia, que ha vivido una cierta gloria hasta que una cadena de sucesos lo precipita en una interminable caída hacia el infierno. Teddy Daniels inicia ese descenso en cuanto llega a la isla-cárcel para reclusos dementes junto con su compañero Chuck Aule (Mark Ruffalo), para investigar la desaparición de una mujer.
La película adquiere su primer aspecto extraño cuando presenta la contradicción del agente entre vengar el crimen de su esposa Dolores (Michelle Williams) o denunciar los experimentos que le recuerdan los campos nazis -ambos dolores inmensos, ilimitados, sin fondo-, lucha en la que permanece durante todo el resto del metraje. Teddy
Daniels no logra decidir entre el infierno personal y el infierno social: esa vacilación es el eje de La isla siniestra.
Lo que está en el fondo de ella, sin embargo, es la infinitud del dolor, o, quizás mejor, la manera en que el dolor puede convertirse en la materialización del infierno, en un mundo regido por un Dios cruel, testamentario, implacable, con muchos demonios menores encargados de cobrar las culpas de los débiles y los fallidos. Hay una escalofriante semejanza entre los finales de Buenos muchachos, Casino y La isla siniestra, aunque ninguna de estas películas se parezca.
La isla siniestra ha sido castigada por una parte de la crítica, que suele buscar realismo en los relatos. Pero este es un Scorsese vigoroso y sólido, capaz de imponer su impronta en un ejercicio de género para transformarlo en un abismo existencial, un atrevimiento en el que muchos naufragarían. No hay en el cine norteamericano actual un autor más radicalmente audaz y personal.
SHUTTER ISLAND
Dirección: Martin Scorsese. Con: Leonardo DiCaprio, Mark Ruffalo, Ben Kingsley, Max Von Sydow, Michelle Williams. 138 minutos.
El agente Aule (Mark Ruffalo), Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio), el doctor Naehring (Max Von Sydow) y el doctor Cawley (Ben Kingsley): el ambniente de irrealidad de "La isla siniestra".
Ascanio Cavallo.
Las tumbas de la gloria
Mar. 27 , 2010
Publicado en La Tercera, 27/03/2010
Uno está avalado por cifras rotundas a su favor y el otro por un pasado "consciente", aparentemente más noble y menos susceptible de ser cuestionado. Ricardo Arjona y Fito Páez se enfrentaron públicamente esta semana en las páginas del diario El Clarín, de Buenos Aires, apostando a la idea de que estos dos "grandes" nombres de la música popular cantada en español, dos que en el fondo habitan un terreno común, se ubican en trincheras distintas.
Según Páez, el guatemalteco es un "producto" del marketing y motivo de la "aniquilación cultural" de Argentina, y de acuerdo con el autor de Señora de las cuatro décadas, el rosarino se viste de "juerga y trasnoche para ser auténtico". Más allá de lo sabroso e inusual de un conflicto de este calibre, en un gremio donde impera el cinismo y la solapada cordialidad, este incidente revive un viejo tema de fondo, un asunto tan básico como inútil a estas alturas del partido: eso de cuál es la música "de verdad" y cuál es la que no.
Páez está convencido de que pertenece al primer grupo y ataca a Arjona porque lo considera fruto del "marketing" y de la cosa fácil, tal como antes hizo con Shakira o Paulina Rubio o Thalía. Pero lo cierto es que el argentino, en sus buenos días, cuando no estaba muy pendiente de qué hacía el resto, también vendía un montón de discos y llenaba estadios y firmaba autógrafos como condenado y metía videos en MTV y cantó en Viña y se sentó en estelares de televisión para hablar de sus canciones y su vida y algo más. Lo mismo que hoy parece irritarle tanto.
Curioso, porque no deben ser pocos los viejos fans y, sobre todo, los nuevos músicos -los que efectivamente viven al margen de la "gran industria"-, los que deben ver a Páez como él ve a Arjona. Los que deben pensar que un nuevo disco de versiones al piano ya está como para hablar, al menos, de aniquilación del repertorio propio.
Más allá de ciertas diferencias formales de estilo (aunque si la cursilería es crimen, los dos son culpables) y de que su cancionero pudo haber inspirado a oyentes de paladar más exquisito en algún momento de su carrera, el argentino equivoca el tiro al tratar de separar aguas con uno que no pierde el tiempo cavando su propia tumba de la gloria.
El autor frente a sí mismo
(Se escribe en soledad, se lee en soledad y, pese a todo, el acto de la lectura permite una comunicación profunda entre dos seres humanos.
Paul Auster)
Alguna vez, he escrito sobre cómo el autor real escribe para un lector imaginario y cómo el lector real percibe detrás del texto a un autor imaginario. Sin embargo, el proceso tiene un movimiento más: el autor, cuando escribe, realiza una acción parecida a la del lector: experimenta a un autor imaginario detrás de su propios textos, un autor que es él mismo, pero con algunos rasgos que no reconoce en su personalidad ordinaria.*
Dicho de otra manera, cada escritor, cuando escribe, se asombra de que algunos textos le salgan diferentes de cómo él mismo los habría escrito.**
Esta conducta es percibida, sobre todo, por los escritores con aguzado sentido crítico y, probablemente, en ella reside uno de los mayores alicientes que tiene el proceso de la creación literaria: el asombro y la fascinación del autor ante sus propios textos.
No me refiero a la vanidad del autor cuando su libro está en las librerías y tiene un amplio reconocimiento de la crítica o del público, sino a la actitud de quien escribe, en el momento justo de escribir o, posteriormente, mientras relee su texto de forma crítica. El narcisismo del escritor ante lo que se escribe es insuficiente para explicar la satisfacción (o, excepcionalmente, el rechazo) ante la propia obra, cuando el autor se encuentra frente a ella, en soledad.
Este autor imaginario, al que denominaré segundo autor, equivalente al que se conoce como héroe lírico en la poesía, está en constante diálogo con el autor real, produciéndose intercambios que influyen de manera determinante en la producción de la obra.***
El segundo autor es el intermediario entre el mundo consciente y el inconsciente de quien escribe: el traspaso de materiales inconscientes se realiza a través suyo y son transmutados en elementos literarios, fuertemente conectados con lo más profundo y desconocido del ser humano.**** El segundo autor es la musa. Quizás, por eso afirmaba T. S. Eliot:
[…] no hay inspiración, como acostumbramos a imaginar, sino una ruptura de las poderosas barreras habituales que tienden rápidamente a cerrarse de nuevo. Cierto obstáculo es momentáneamente removido, y el sentimiento que acompaña a ello se parece menos a un placer positivo que al instantáneo alivio de una carga intolerable.[…] [Por esto, precisamente] aquel a quien la musa visitó alguna vez es un hombre atormentado desde ese punto y hora [mientras no logre liberar su carga en la escritura]
Fiambres: la fascinante vida de los cadáveres
Autor : Mary Roach
________________________________________
Reseña : Las macabras entidades que integran la última obra de Mary Roach figurarían, sin lugar a dudas, entre las más infelices que pueda concebir la fantasía si no fuera por la penosa circunstancia de que no son hijas de la imaginación. Pese al escalofrío o el desaliento que invade al delicado lector tras un primer acercamiento a tan lúgubre materia, la lectura de estas páginas acaba provocando involuntarias sonrisas y muchas carcajadas. Porque Fiambres es una exploración contagiosamente alegre de las crueles diligencias practicadas con algunos de nuestros cuerpos cuando, una vez exhalado el último suspiro, los abandonamos a su suerte en los escatológicos umbrales de la tumba: cadáveres abiertos en canal y en el altar de la ciencia, difuntos que contribuyen al progreso de la medicina con los genitales perforados o los ojos extraídos, fiambres arrojados desde aviones o cosidos a balazos para verificar la eficiencia de nuevas armas, despojos crucificados o devorados por gusanos, materia inerte que alcanza por fin la transubstanciación en forma de abono... Por muy gris que haya sido su existencia en este valle de lágrimas, cualquiera puede redimirse post mortem e incluso, con un poco de suerte, incorporarse a la grandiosa epopeya del conocimiento humano: “Un tipo de lo más normal que decide donar sus órganos puede convertirse, de repente, en un héroe”. La intrépida Mary Roach ha escrito con morbosa erudición e irreverente ingenio una obra que se adentra en el más allá para mostrarnos el lado más visible y deplorable de la otra vida.
Lo que dijo Stephen Hawking no es nada nuevo y en nada se diferencia de lo que sabe un niño de quinto básico si ha leído o visto “La Guerra de los Mundos”. Lo que pasa es que lo dijo él y no H.G Wells o Steven Spielberg
Es un asunto de sentido común y lógica que si llega una civilización que nos ve como hormigas, no nos tratará como reyes.
Sí y no
Francisco Mouat
¿Uno es optimista por creer que, a veces, el amor es posible? ¿Uno es pesimista porque no tiene fe en la evolución de la raza humana? ¿Qué ilusiones abrigamos que de verdad nos quitan el sueño? ¿Cuánto nos importa y nos pesa vivir rodeados de gente para la cual no significamos nada? ¿Tenemos que ser necesariamente de uno u otro bando, optimistas históricos o pesimistas crónicos? Para mí, al menos, declararme optimista o pesimista tiene tan poco sentido como proclamar a viva voz que Dios existe o no existe. Se trata de asuntos un poco inabordables, con los que probablemente hay que aprender a vivir sin respuestas. Prefiero vacilar, creer que sí y también que no, inquietarme por no saber, antes que responder enfáticamente. Prefiero el camino a la meta, porque no conozco más meta que aquella en la cual desaparezco.
El último lunes, vine a trabajar en la mañana con muy poca energía. No tenía ganas de hacer nada. Quería simplemente refugiarme, echarme, estar callado. Es una de las cosas que más me gusta de mis días de semana: estar en silencio una importante cantidad de horas, y como gran cosa a veces hablar conmigo. No me exijo grandes conversaciones ni respuestas inteligentes. Lo mejor de estar completamente solo es la magnífica libertad que supone no ser controlado por otro, ni tener uno que controlar a alguien.
Llegué ese lunes dispuesto a no hacer nada y en la recepción del edificio había un paquete para mí: una bolsa de cartón, con tirantes, y en ella mi nombre escrito en plumón junto al número del departamento. El conserje se apuró, aunque no debió decir nada: "Le trajeron unos libros, parece". Tomé la bolsa y entré, sin aún mirar lo que había en ella. Era un paquete pesado. Había allí varios libros, muchísimas páginas. Preparé café y entonces lo abrí. Gran sorpresa: como en un desfile, una edición antigua de Los hermanos Karamazov, de Dostoievsky; El Miramundo, de Alfonso Calderón; la novela El amor conyugal, de Alberto Moravia; y Siete casas en Francia, de Bernardo Atxaga.
¿Quién me trajo esto? Abrí el libro de Calderón, y en la primera página encontré un volante del homenaje que le rindieron a Alfonso poco después de su muerte y tres líneas manuscritas en lápiz rojo: "Mi querido primo escribió esto: que te acompañe, Francisco". Firma: M. ¿M? En la novela de Atxaga, con lápiz azul: "Para Francisco con agradecimiento. M. 2010". El amor conyugal de Moravia venía sellado, y finalmente en la edición de Dostoievsky encontré una fotografía de Julio Cortázar flanqueado por dos mujeres, más una nota manuscrita en el reverso: "Francisco: te tenía estos libros desde aquella Navidad, cuando no pude ir al Thelonious. ¡FELIZ PASCUA! Marcela".
¿Marcela? ¿Thelonious? ¿Navidad? Me costó, pero finalmente adiviné. Le escribí de inmediato, dándole gracias. Un año y cuatro meses sin saber nada de ella, y volver a encontrarla en estos libros. ¡Qué gran regalo! No sabía que era prima de Alfonso Calderón. Tanto más joven que él. ¿Le había dicho alguna vez lo mucho que me interesaban sus Diarios y sus libros de viajes? Me hizo recordar la última vez que vi a Alfonso, dos o tres meses antes de su mortal ataque al corazón, una mañana en que él curioseaba en la Feria Chilena del Libro de calle Huérfanos y no quise acercarme ni molestarlo. De haberlo hecho, le habría contado que en los últimos años fui reuniendo por aquí y por allá los tomos de sus Diarios para leerlos sin apuro y con gran placer.
El regalo de su prima salvó la semana. Casi no me he separado de la bolsa y sus cuatro libros. Empecé con El amor conyugal de Moravia. Tiene buen título y arranca bien: "Ante todo quiero hablar de mi mujer. Amar quiere decir, además de otras muchas cosas, obtener deleite al mirar y al observar a la persona amada". A poco andar se pone mejor: "Pero a veces amar quiere decir no comprender".
¿Hay algo que pueda comprenderse verdaderamente?
Comente esta columna en http://blogs.elmercurio.com/revistasabado/
(Se escribe en soledad, se lee en soledad y, pese a todo, el acto de la lectura permite una comunicación profunda entre dos seres humanos.
Paul Auster)
Alguna vez, he escrito sobre cómo el autor real escribe para un lector imaginario y cómo el lector real percibe detrás del texto a un autor imaginario. Sin embargo, el proceso tiene un movimiento más: el autor, cuando escribe, realiza una acción parecida a la del lector: experimenta a un autor imaginario detrás de su propios textos, un autor que es él mismo, pero con algunos rasgos que no reconoce en su personalidad ordinaria.*
Dicho de otra manera, cada escritor, cuando escribe, se asombra de que algunos textos le salgan diferentes de cómo él mismo los habría escrito.**
Esta conducta es percibida, sobre todo, por los escritores con aguzado sentido crítico y, probablemente, en ella reside uno de los mayores alicientes que tiene el proceso de la creación literaria: el asombro y la fascinación del autor ante sus propios textos.
No me refiero a la vanidad del autor cuando su libro está en las librerías y tiene un amplio reconocimiento de la crítica o del público, sino a la actitud de quien escribe, en el momento justo de escribir o, posteriormente, mientras relee su texto de forma crítica. El narcisismo del escritor ante lo que se escribe es insuficiente para explicar la satisfacción (o, excepcionalmente, el rechazo) ante la propia obra, cuando el autor se encuentra frente a ella, en soledad.
Este autor imaginario, al que denominaré segundo autor, equivalente al que se conoce como héroe lírico en la poesía, está en constante diálogo con el autor real, produciéndose intercambios que influyen de manera determinante en la producción de la obra.***
El segundo autor es el intermediario entre el mundo consciente y el inconsciente de quien escribe: el traspaso de materiales inconscientes se realiza a través suyo y son transmutados en elementos literarios, fuertemente conectados con lo más profundo y desconocido del ser humano.**** El segundo autor es la musa. Quizás, por eso afirmaba T. S. Eliot:
[…] no hay inspiración, como acostumbramos a imaginar, sino una ruptura de las poderosas barreras habituales que tienden rápidamente a cerrarse de nuevo. Cierto obstáculo es momentáneamente removido, y el sentimiento que acompaña a ello se parece menos a un placer positivo que al instantáneo alivio de una carga intolerable.[…] [Por esto, precisamente] aquel a quien la musa visitó alguna vez es un hombre atormentado desde ese punto y hora [mientras no logre liberar su carga en la escritura]
Fiambres: la fascinante vida de los cadáveres
Autor : Mary Roach
________________________________________
Reseña : Las macabras entidades que integran la última obra de Mary Roach figurarían, sin lugar a dudas, entre las más infelices que pueda concebir la fantasía si no fuera por la penosa circunstancia de que no son hijas de la imaginación. Pese al escalofrío o el desaliento que invade al delicado lector tras un primer acercamiento a tan lúgubre materia, la lectura de estas páginas acaba provocando involuntarias sonrisas y muchas carcajadas. Porque Fiambres es una exploración contagiosamente alegre de las crueles diligencias practicadas con algunos de nuestros cuerpos cuando, una vez exhalado el último suspiro, los abandonamos a su suerte en los escatológicos umbrales de la tumba: cadáveres abiertos en canal y en el altar de la ciencia, difuntos que contribuyen al progreso de la medicina con los genitales perforados o los ojos extraídos, fiambres arrojados desde aviones o cosidos a balazos para verificar la eficiencia de nuevas armas, despojos crucificados o devorados por gusanos, materia inerte que alcanza por fin la transubstanciación en forma de abono... Por muy gris que haya sido su existencia en este valle de lágrimas, cualquiera puede redimirse post mortem e incluso, con un poco de suerte, incorporarse a la grandiosa epopeya del conocimiento humano: “Un tipo de lo más normal que decide donar sus órganos puede convertirse, de repente, en un héroe”. La intrépida Mary Roach ha escrito con morbosa erudición e irreverente ingenio una obra que se adentra en el más allá para mostrarnos el lado más visible y deplorable de la otra vida.
Lo que dijo Stephen Hawking no es nada nuevo y en nada se diferencia de lo que sabe un niño de quinto básico si ha leído o visto “La Guerra de los Mundos”. Lo que pasa es que lo dijo él y no H.G Wells o Steven Spielberg
Es un asunto de sentido común y lógica que si llega una civilización que nos ve como hormigas, no nos tratará como reyes.
Sí y no
Francisco Mouat
¿Uno es optimista por creer que, a veces, el amor es posible? ¿Uno es pesimista porque no tiene fe en la evolución de la raza humana? ¿Qué ilusiones abrigamos que de verdad nos quitan el sueño? ¿Cuánto nos importa y nos pesa vivir rodeados de gente para la cual no significamos nada? ¿Tenemos que ser necesariamente de uno u otro bando, optimistas históricos o pesimistas crónicos? Para mí, al menos, declararme optimista o pesimista tiene tan poco sentido como proclamar a viva voz que Dios existe o no existe. Se trata de asuntos un poco inabordables, con los que probablemente hay que aprender a vivir sin respuestas. Prefiero vacilar, creer que sí y también que no, inquietarme por no saber, antes que responder enfáticamente. Prefiero el camino a la meta, porque no conozco más meta que aquella en la cual desaparezco.
El último lunes, vine a trabajar en la mañana con muy poca energía. No tenía ganas de hacer nada. Quería simplemente refugiarme, echarme, estar callado. Es una de las cosas que más me gusta de mis días de semana: estar en silencio una importante cantidad de horas, y como gran cosa a veces hablar conmigo. No me exijo grandes conversaciones ni respuestas inteligentes. Lo mejor de estar completamente solo es la magnífica libertad que supone no ser controlado por otro, ni tener uno que controlar a alguien.
Llegué ese lunes dispuesto a no hacer nada y en la recepción del edificio había un paquete para mí: una bolsa de cartón, con tirantes, y en ella mi nombre escrito en plumón junto al número del departamento. El conserje se apuró, aunque no debió decir nada: "Le trajeron unos libros, parece". Tomé la bolsa y entré, sin aún mirar lo que había en ella. Era un paquete pesado. Había allí varios libros, muchísimas páginas. Preparé café y entonces lo abrí. Gran sorpresa: como en un desfile, una edición antigua de Los hermanos Karamazov, de Dostoievsky; El Miramundo, de Alfonso Calderón; la novela El amor conyugal, de Alberto Moravia; y Siete casas en Francia, de Bernardo Atxaga.
¿Quién me trajo esto? Abrí el libro de Calderón, y en la primera página encontré un volante del homenaje que le rindieron a Alfonso poco después de su muerte y tres líneas manuscritas en lápiz rojo: "Mi querido primo escribió esto: que te acompañe, Francisco". Firma: M. ¿M? En la novela de Atxaga, con lápiz azul: "Para Francisco con agradecimiento. M. 2010". El amor conyugal de Moravia venía sellado, y finalmente en la edición de Dostoievsky encontré una fotografía de Julio Cortázar flanqueado por dos mujeres, más una nota manuscrita en el reverso: "Francisco: te tenía estos libros desde aquella Navidad, cuando no pude ir al Thelonious. ¡FELIZ PASCUA! Marcela".
¿Marcela? ¿Thelonious? ¿Navidad? Me costó, pero finalmente adiviné. Le escribí de inmediato, dándole gracias. Un año y cuatro meses sin saber nada de ella, y volver a encontrarla en estos libros. ¡Qué gran regalo! No sabía que era prima de Alfonso Calderón. Tanto más joven que él. ¿Le había dicho alguna vez lo mucho que me interesaban sus Diarios y sus libros de viajes? Me hizo recordar la última vez que vi a Alfonso, dos o tres meses antes de su mortal ataque al corazón, una mañana en que él curioseaba en la Feria Chilena del Libro de calle Huérfanos y no quise acercarme ni molestarlo. De haberlo hecho, le habría contado que en los últimos años fui reuniendo por aquí y por allá los tomos de sus Diarios para leerlos sin apuro y con gran placer.
El regalo de su prima salvó la semana. Casi no me he separado de la bolsa y sus cuatro libros. Empecé con El amor conyugal de Moravia. Tiene buen título y arranca bien: "Ante todo quiero hablar de mi mujer. Amar quiere decir, además de otras muchas cosas, obtener deleite al mirar y al observar a la persona amada". A poco andar se pone mejor: "Pero a veces amar quiere decir no comprender".
¿Hay algo que pueda comprenderse verdaderamente?
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Tuesday, March 30, 2010
Dexter again

Dexter es pura literatura. Es poesía, es música latina, es caminar por una ciudad con demasiada gente asesinable. Si Nietzsche, Dostoievski o Kafka estuvieran vivos, serían seguidores de la serie. Bolaño también yo cacho.
Pensándolo bien, Dexter es nuestro último súper héroe, quizás el más chacal y simpático de todos, pero héroe al fin y al cabo y al final del día. El maldito no tiene sentimientos, finge que los tiene. Finge que se emociona, finge vivir una vida humana, finge simpatizar con el resto. Si algunas mujeres fingen orgasmos, Dexter finge ser humano.
Doble vida mental y sin embargo, lo paradójico es que es honesto todo el tiempo. Siempre me han gustado los personajes inteligentes que hablan en off, pero Dexter lleva esto a una perfección absoluta. Escuchamos al verdadero Dexter y uno lo apoya y le cree y lo perdona. Uno es lo que no le dice a las otras personas. Lo principal aquí es lo se calla. Dilema moral y la vida misma. La hipocresía llevada a un nivel metafísico. La excusa ideal para vengarse de este puto mundo.
"vacío, la fragilidad, el miedo, la necesidad de conectar en medio tan tanta conexión, todas las formas que existen para protegerse y no conectar" como dijo Fuguet. Todos desinformados en la era de la información. Todos desconectados en la era de la conexión. ¿Una persona buena que hace cosas malas o una mala persona que hace cosas buenas?
Este asesino en serie es Superman en ácido, Clark Kent callado, pero no torpe. El superman del siglo XXI. Dexter es como siempre se imaginaron a Clark Kent en Action comics Joe Shuster y Jerry Siegel. Drácula mezclado con C.S.I
El Batman post 11 de septiembre, Hulk con un pasajero oscuro. Dexter usa un disfraz todo el tiempo, su propio cuerpo. Es un monstruo que nos observa. Un frío cuerpo sin alma deambulando por una ciudad caliente. Un calculador asesino en serie que está por el bien común. La responsabilidad social de un asesino serial. Un sicópota que usa toda su locura para hacer el bien. Necesito leer la trilogía de Jeff Lindsay.
Dexter es visitado por un asesino serial y ni se inmuta. Más bien lo disfruta, se siente bien, desafiado. Dexter deja como un nerd pelele a Grissom de C.S.I y una niña malcriada al cojo de Doctor House.
“Si dios está en los detalles, Dios me está acompañando en esta habitación”. Tremenda frase mientras prepara un próximo trabajo. Vivisección humana e impulsos homicidas y asesinos con gente que se lo merece. Dexter es una especie de adorable fascista. Un comunista enfadado que no cree en la comunión ni confía en el pueblo. Un retorcido sentido de la justicia entregando rosquillas a sus compañeros de trabajo. Un fanatismo por la sangre que funciona como aire acondicionado que refresca.
No necesita perder tiempo en intrigas como creer en Dios o otras estupideces por el estilo. Dexter finge ser la parte más delgada del hilo, pero es un Dios caminando entre insectos y lo sabe, lo tiene claro. Siempre lo tuvo. “Me gusta Halloween, porque todos andan con máscara y no sólo yo”. “Mi hermana forma un escudo para no parecer vulnerable, yo formo uno para no parecer que soy invulnerable”. Dexter es un psicópata bonachón y buena persona. Un psicópata que recibió mucho amor de niño.
Un justiciero serial tan inteligente que no necesita demostrarlo, sólo calla y observa. Dexter hubiera atrapado fácilmente a Hannibal Lecter, hubiera sido un juego de niños para él. Un Jack el destripador que ve como prostitutas a los chicos malos y a otros asesinos en serie. Dexter es aquel que se pasea por fuera del negocio de tatuadores de "Miami ink", pero nunca entrará.
Este hueón hubiera atrapado fácil al asesino de "Seven" y el pobre Brad Pitt no habría terminado llorando por su vida decapitada. Dexter es el asesino en serie más cool de todos. Michael C. Hall entró al panteón de los grandes con este personaje, la cagó. Su personaje de “Six feet Under” que ya era bueno, quedó como un triste intento televisivo de los noventa. Los asesinos en serie ya no pueden ser lo mismo después de Dexter. Qué gran personaje es este bendito conchesumadre.
DEXTER Y EL CÓMIC
El trauma que define al héroe.
La relación caótica o el fuerte lazo con la figura paterna
Habitualmente es conocido o amigo del archienemigo
Su sicopatía justificada por "hacer el bien"
Saturday, February 27, 2010
Terremoto
Expertos estiman que terremoto en Chile fue un "megasismo"
Según los científicos, el movimiento telúrico de hoy fue similar al que se registró en el Océano Índico en 2004 y generó un tsunami devastador.AP Sábado 27 de Febrero de 2010 17:08 Imagen del terremoto que afectó a Valdivia en 1960, el más fuerte que se ha registrado hasta ahora.
LOS ANGELES.- El terremoto que esta madrugada afectó la zona centro-sur de Chile fue un "megasismo", similar al movimiento telúrico del Océano Índico en 2004 que generó un maremoto catastrófico, según los científicos.
Los megasismos se producen en zonas de subducción, donde se juntan placas convergentes de la corteza terrestre y una se hunde bajo la otra. El terremoto de hoy se produjo cuando la plaza de Nazca se deslizó bajo la placa de Sudamérica, con una generación colosal de energía.
Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, 13 temblores de magnitud 7 o más han sacudido la costa de Chile desde 1973.
El sismo de hoy se produjo unos 225 kilómetros al norte del terremoto más fuerte que se haya registrado: el gran terremoto chileno de 1960, de magnitud 9,5, que mató a unas 1.600 personas y generó un tsunami que causó unas 200 muertes en Japón, Hawai y Filipinas.
Escala de Richter: La mide el sismógrafo: Causa y energía liberada
Escala de Mercalli: Medición subjetiva del 1 al 12 y se concentra en los efectos visibles del sismo.
Escala sismológica de Mercalli
La Escala de Mercalli es una escala de 12 puntos desarrollada para evaluar la intensidad de los terremotos a través de los efectos y daños causados a distintas estructuras. Debe su nombre al físico italiano Giuseppe Mercalli.
Los niveles bajos de la escala están asociados por la forma en que las personas sienten el temblor, mientras que los grados más altos se relacionan con el daño estructural observado.Esta escala de intensidad fue creada por el vulcanólogo italiano Giuseppe Mercalli un domingo por la mañana de 1883 y revisada en 1902, siendo expandida a doce grados por el alemán August Heinrich Sieberg y es la escala sismológica adecuada para medir la energía y no los efectos o intensidad por donde se había orientado la idea de Mercalli. Esta idea permite saber cuanto daño causa un terremoto.
La escala sismológica de Richter, también conocida como escala de magnitud local (ML), es una escala logarítmica arbitraria que asigna un número para cuantificar el efecto de un terremoto, denominada así en honor del sismólogo estadounidense Charles Richter (1900-1985).
El mundo.es
El terremoto de Chile ha puesto de actualidad las dos escalas más famosas para medir los seísmos. Una es la escala de Richter, que es un sistema científico que mide la energía liberada por el seísmo en su epicentro. Es un medida física. En el caso del seísmo chileno, se ha fijado en 8,8 grados de Richter. El máximo alcanzado por un terremoto en la escala de Richer, o sea la mayor energía liberada en la historia, fue medida en el cataclismo de Valdivia (Chile) el 22 de mayo de 1960: 9,6 grados de Richter.
Sin embargo, los seísmos se sienten a kilómetros de distancia, pero como en esos lugares no se puede calcular la energía, los periodistas y los expertos utilizan la escala de Mercalli, también conocida como escala subjetiva que es una escala de 1 al 12 en los que cada punto se establece a partir de los daños y efectos visibles del seísmo. Así el grado 1 señala que el seísmo es casi «imperceptible», mientras que el grado 12 establece que «la destrucción es total con pocos sobrevivientes. Los objetos saltan al aire. Los niveles y perspectivas quedan distorsionadas».
La Ley de Gutenberg-Ritcher (1958) es una fórmula que permite cuantificar la relación Frecuencia - Magnitud de la actividad sísmica de una región.
Sismología
El idioma que habla este planeta jamás lo entenderemos. A veces tengo la impresión, más bien la certeza (con hechos que se repiten una y otra vez), que este planeta no los quiere acá. La naturaleza indiferente,(este no es un gran descubrimiento), le da lo mismo que vivamos o estemos muertos, pero si ella puede quitarnos del camino, lo hace gustosa y con una sonrisa en la cara. Para tapar esa verdad inventamos términos inútiles como la tributo a la Pachamama, la caprichosa madre naturaleza, cuidemos el medioambiente, desarrollo sustentable y todas esas huevadas. Terremotos varios, tsunamis por aquí y por allá, huracanes hambrientos, tornados más nefastos y fuertes que nunca en gringolandia, aluviones nunca vistos en Machu Picchu, la lluvia que deja buceando a Buenos Aires, olas de frío y calor realmente infames. Este cuerpo celeste que habitamos definitivamente ya no nos quiere aquí y de una forma críptica, torcida y violenta nos está diciendo: ¡¡¡Váyanse!!!.
Sí, quizás eso es lo único que le entiendo a este planeta. Nos dice todos los días que somos pequeños, muy pequeños. Pequeñitos.
Si eres chileno y no te acostumbras a los temblores o adoptas una postura psicológica ante éstos, pienso que eres un completo idiota. Yo ya estoy curado de espanto. Este año me tocó vivir por primera vez un enjambre sísmico. Me explico: En un día, aproximadamente 200 temblores, sólo que el ser humano se da cuenta de algunos pocos. Yo por lo menos creo que fueron 30 perceptibles de 4 a 5 grados cada uno. Yo estaba completamente extasiado. Era como si las fuerzas de la naturaleza tuvieran algo contra Atacama. Fue un día domingo y estaba de descanso. No quería saber que pasaba. Estaba en mi pieza desconectado y viendo como temblaba todo cada quince minutos. Como a las 7 de la tarde fue el más fuerte, como de 6 grados, y debo reconocer que reía de felicidad, era maravilloso. No sabía nada, sin embargo parecía como cuando cabro chico e iba a las atracciones mecánicas y para mí era el cielo ¿Qué estaba pasando?. ¿Corea del norte había lanzado una bomba atómica en Washington mientras la familia Bush tomaba su conservador desayuno? ¿Bin laden atacaba él mismo con una bomba atómica pegada a su pecho Wall Street? ¿El mundo estaba a punto de explotar? ¿Ahora si se acabaría para siempre?.
A mí en lo personal, en cualquier temblor, me gusta observar el fenómeno. Me gusta mirar como se mueve nuestro mundo, las cosas, es como si el mundo te dijera “Estoy vivo malditos, no me hueveen” y me siento como lo que somos, meras hormigas en un planeta en constante movimiento.
A lo que le temo en realidad, es a los malditos histéricos que le temen a los temblores. De esos me cuido y existen de diferentes clases. Los que tratan de tapar su nerviosismo y miedo tratando de calmar a los demás, lo que tiran tallas forzadas y falsas para desviar la atención, los que simplemente empalidecen y cambian su forma de ser o los que derechamente arrancan a perderse. Creo que hay que guardar silencio y mantener la sangre fría y sobre todo, pensar y razonar lo que está pasando. Y si eres como yo, disfrutarlo callado.
Creo que uno conoce verdaderamente a una persona de acuerdo a cómo actúa ante diferentes fenómenos. Ante una pelea, ante un temblor, ante ciertas cosas que lo ponen en peligro. Tiendo a confiar más en una persona que no le tiene miedo a los temblores. Esto es un asunto de lógica, de conocimiento.
Chile es ignorante en todo lo que le concierne, país de montañas, pero muy pocos saben algo de montañismo, un mar tranquilo nos baña pero en cocina somos pelmazos y para que decir en recursos marítimos. Por lo mismo, uno de los países con más temblores en el mundo y la gallá no cacha una. País lleno de grietas y escombros. Se nos mueve siempre el piso. Somos un país tembloroso, y eso ha pasado ser parte de nuestra biología, de nuestra fisiología. Construyendo siempre sobre ruinas y cadáveres.
Los temblores son un chileno más. Son parte de nuestra realidad. Lo raro en Chile es que no tiemble. Me gustan los temblores, me entretienen. La tierra diciéndonos: estoy viva. Los temblores en Chile son como ese amigo que nunca nos gusta cuando llega, pero está ahí, aperece y siempre aparecerá.
Todas las regiones tienen por lo menos un terremoto y si no, pues ellos se lo pierden. En la región de Atacama, fue el año 1922. Mis dos bisabuelas, María y Patrocinia lo vivieron, y me acuerdo que cuando lo contaban y yo era chico, recalcaban que fue terrible. Estoy consciente que un terremoto puede ser algo completamente nefasto, pero también el mar, el fuego, un accidente en auto, o que te atropelle en la esquina de tu casa un bus ciego. Es un asunto de cómo ves las cosas. Me niego a ser paranoico. Me niego a ser un miedoso.
Quizás no diría lo mismo si me encuentra uno en un ascensor o en un edificio de 20 pisos..pero bueno...
Según los científicos, el movimiento telúrico de hoy fue similar al que se registró en el Océano Índico en 2004 y generó un tsunami devastador.AP Sábado 27 de Febrero de 2010 17:08 Imagen del terremoto que afectó a Valdivia en 1960, el más fuerte que se ha registrado hasta ahora.
LOS ANGELES.- El terremoto que esta madrugada afectó la zona centro-sur de Chile fue un "megasismo", similar al movimiento telúrico del Océano Índico en 2004 que generó un maremoto catastrófico, según los científicos.
Los megasismos se producen en zonas de subducción, donde se juntan placas convergentes de la corteza terrestre y una se hunde bajo la otra. El terremoto de hoy se produjo cuando la plaza de Nazca se deslizó bajo la placa de Sudamérica, con una generación colosal de energía.
Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, 13 temblores de magnitud 7 o más han sacudido la costa de Chile desde 1973.
El sismo de hoy se produjo unos 225 kilómetros al norte del terremoto más fuerte que se haya registrado: el gran terremoto chileno de 1960, de magnitud 9,5, que mató a unas 1.600 personas y generó un tsunami que causó unas 200 muertes en Japón, Hawai y Filipinas.
Escala de Richter: La mide el sismógrafo: Causa y energía liberada
Escala de Mercalli: Medición subjetiva del 1 al 12 y se concentra en los efectos visibles del sismo.
Escala sismológica de Mercalli
La Escala de Mercalli es una escala de 12 puntos desarrollada para evaluar la intensidad de los terremotos a través de los efectos y daños causados a distintas estructuras. Debe su nombre al físico italiano Giuseppe Mercalli.
Los niveles bajos de la escala están asociados por la forma en que las personas sienten el temblor, mientras que los grados más altos se relacionan con el daño estructural observado.Esta escala de intensidad fue creada por el vulcanólogo italiano Giuseppe Mercalli un domingo por la mañana de 1883 y revisada en 1902, siendo expandida a doce grados por el alemán August Heinrich Sieberg y es la escala sismológica adecuada para medir la energía y no los efectos o intensidad por donde se había orientado la idea de Mercalli. Esta idea permite saber cuanto daño causa un terremoto.
La escala sismológica de Richter, también conocida como escala de magnitud local (ML), es una escala logarítmica arbitraria que asigna un número para cuantificar el efecto de un terremoto, denominada así en honor del sismólogo estadounidense Charles Richter (1900-1985).
El mundo.es
El terremoto de Chile ha puesto de actualidad las dos escalas más famosas para medir los seísmos. Una es la escala de Richter, que es un sistema científico que mide la energía liberada por el seísmo en su epicentro. Es un medida física. En el caso del seísmo chileno, se ha fijado en 8,8 grados de Richter. El máximo alcanzado por un terremoto en la escala de Richer, o sea la mayor energía liberada en la historia, fue medida en el cataclismo de Valdivia (Chile) el 22 de mayo de 1960: 9,6 grados de Richter.
Sin embargo, los seísmos se sienten a kilómetros de distancia, pero como en esos lugares no se puede calcular la energía, los periodistas y los expertos utilizan la escala de Mercalli, también conocida como escala subjetiva que es una escala de 1 al 12 en los que cada punto se establece a partir de los daños y efectos visibles del seísmo. Así el grado 1 señala que el seísmo es casi «imperceptible», mientras que el grado 12 establece que «la destrucción es total con pocos sobrevivientes. Los objetos saltan al aire. Los niveles y perspectivas quedan distorsionadas».
La Ley de Gutenberg-Ritcher (1958) es una fórmula que permite cuantificar la relación Frecuencia - Magnitud de la actividad sísmica de una región.
Sismología
El idioma que habla este planeta jamás lo entenderemos. A veces tengo la impresión, más bien la certeza (con hechos que se repiten una y otra vez), que este planeta no los quiere acá. La naturaleza indiferente,(este no es un gran descubrimiento), le da lo mismo que vivamos o estemos muertos, pero si ella puede quitarnos del camino, lo hace gustosa y con una sonrisa en la cara. Para tapar esa verdad inventamos términos inútiles como la tributo a la Pachamama, la caprichosa madre naturaleza, cuidemos el medioambiente, desarrollo sustentable y todas esas huevadas. Terremotos varios, tsunamis por aquí y por allá, huracanes hambrientos, tornados más nefastos y fuertes que nunca en gringolandia, aluviones nunca vistos en Machu Picchu, la lluvia que deja buceando a Buenos Aires, olas de frío y calor realmente infames. Este cuerpo celeste que habitamos definitivamente ya no nos quiere aquí y de una forma críptica, torcida y violenta nos está diciendo: ¡¡¡Váyanse!!!.
Sí, quizás eso es lo único que le entiendo a este planeta. Nos dice todos los días que somos pequeños, muy pequeños. Pequeñitos.
Si eres chileno y no te acostumbras a los temblores o adoptas una postura psicológica ante éstos, pienso que eres un completo idiota. Yo ya estoy curado de espanto. Este año me tocó vivir por primera vez un enjambre sísmico. Me explico: En un día, aproximadamente 200 temblores, sólo que el ser humano se da cuenta de algunos pocos. Yo por lo menos creo que fueron 30 perceptibles de 4 a 5 grados cada uno. Yo estaba completamente extasiado. Era como si las fuerzas de la naturaleza tuvieran algo contra Atacama. Fue un día domingo y estaba de descanso. No quería saber que pasaba. Estaba en mi pieza desconectado y viendo como temblaba todo cada quince minutos. Como a las 7 de la tarde fue el más fuerte, como de 6 grados, y debo reconocer que reía de felicidad, era maravilloso. No sabía nada, sin embargo parecía como cuando cabro chico e iba a las atracciones mecánicas y para mí era el cielo ¿Qué estaba pasando?. ¿Corea del norte había lanzado una bomba atómica en Washington mientras la familia Bush tomaba su conservador desayuno? ¿Bin laden atacaba él mismo con una bomba atómica pegada a su pecho Wall Street? ¿El mundo estaba a punto de explotar? ¿Ahora si se acabaría para siempre?.
A mí en lo personal, en cualquier temblor, me gusta observar el fenómeno. Me gusta mirar como se mueve nuestro mundo, las cosas, es como si el mundo te dijera “Estoy vivo malditos, no me hueveen” y me siento como lo que somos, meras hormigas en un planeta en constante movimiento.
A lo que le temo en realidad, es a los malditos histéricos que le temen a los temblores. De esos me cuido y existen de diferentes clases. Los que tratan de tapar su nerviosismo y miedo tratando de calmar a los demás, lo que tiran tallas forzadas y falsas para desviar la atención, los que simplemente empalidecen y cambian su forma de ser o los que derechamente arrancan a perderse. Creo que hay que guardar silencio y mantener la sangre fría y sobre todo, pensar y razonar lo que está pasando. Y si eres como yo, disfrutarlo callado.
Creo que uno conoce verdaderamente a una persona de acuerdo a cómo actúa ante diferentes fenómenos. Ante una pelea, ante un temblor, ante ciertas cosas que lo ponen en peligro. Tiendo a confiar más en una persona que no le tiene miedo a los temblores. Esto es un asunto de lógica, de conocimiento.
Chile es ignorante en todo lo que le concierne, país de montañas, pero muy pocos saben algo de montañismo, un mar tranquilo nos baña pero en cocina somos pelmazos y para que decir en recursos marítimos. Por lo mismo, uno de los países con más temblores en el mundo y la gallá no cacha una. País lleno de grietas y escombros. Se nos mueve siempre el piso. Somos un país tembloroso, y eso ha pasado ser parte de nuestra biología, de nuestra fisiología. Construyendo siempre sobre ruinas y cadáveres.
Los temblores son un chileno más. Son parte de nuestra realidad. Lo raro en Chile es que no tiemble. Me gustan los temblores, me entretienen. La tierra diciéndonos: estoy viva. Los temblores en Chile son como ese amigo que nunca nos gusta cuando llega, pero está ahí, aperece y siempre aparecerá.
Todas las regiones tienen por lo menos un terremoto y si no, pues ellos se lo pierden. En la región de Atacama, fue el año 1922. Mis dos bisabuelas, María y Patrocinia lo vivieron, y me acuerdo que cuando lo contaban y yo era chico, recalcaban que fue terrible. Estoy consciente que un terremoto puede ser algo completamente nefasto, pero también el mar, el fuego, un accidente en auto, o que te atropelle en la esquina de tu casa un bus ciego. Es un asunto de cómo ves las cosas. Me niego a ser paranoico. Me niego a ser un miedoso.
Quizás no diría lo mismo si me encuentra uno en un ascensor o en un edificio de 20 pisos..pero bueno...
La Paleontología y los Fósiles
La Paleontología es la ciencia que estudia la flora y fauna de los distintos períodos geológicos y se basa en el estudio de las formas orgánicas que se conservan y en las rocas que componen la corteza terrestre, tratando asuntos como la manera o forma de haber sido enterrados aquellos restos de animales y plantas en depósitos sedimentarios.
Los fósiles son los objetos patrimoniales con que los paleontólogos basan, fundamentalmente todas sus observaciones. La palabra Fósil viene del latín “fodere” que significa cavar, excavar y “fossilis” que significa obtener excavado; y aunque es un término estrictamente paleontológico se utiliza también en expresiones como: arenas fósiles, suelos fósiles, etc. La Paleontología en Chile esta saliendo del letargo en que se encontró durante gran parte del siglo XX, esto se debe a un interés creciente por el tema y a una tendencia hacia la profesionalización. Sin embargo, Chile aún es una campo inexplorado en lo que se refiere a paleontología de vertebrados, de ahí que sea un territorio que tiene mucha información que entregar a la comunidad mundial resultados. En nuestro País hay una gran cantidad de yacimientos fosilíferos en los que podemos encontrar, por ejemplo, conchas en espiral de extintos pulpos, reptiles voladores, tiburones gigantes, ostras de mares perdidos, dinosaurios, hojas de un remoto árbol, mastodontes cazados por el hombre.
La región de Atacama posee grandes yacimientos paleontológicos, y en cada una de las provincias hay vestigios de estos elementos del pasado geológico. La extracción ilegal y el comercio de estos fósiles están prohibidos por Ley. La Ley 17.288 ó Ley de Monumentos Nacionales penaliza el tráfico y venta de fósiles, ya que pertenecen al patrimonio cultural de Chile. Si usted está de visita en la región de Atacama y le ofrecen un fósil como “souvenir” o recuerdo, no lo compre ya puede ser sancionado por la ley. Sólo está autorizada la venta de réplicas de estos seres vivientes del pasado geológico.
Por Raúl Céspedes Valenzuela, Museólogo
La Paleontología es la ciencia que estudia la flora y fauna de los distintos períodos geológicos y se basa en el estudio de las formas orgánicas que se conservan y en las rocas que componen la corteza terrestre, tratando asuntos como la manera o forma de haber sido enterrados aquellos restos de animales y plantas en depósitos sedimentarios.
Los fósiles son los objetos patrimoniales con que los paleontólogos basan, fundamentalmente todas sus observaciones. La palabra Fósil viene del latín “fodere” que significa cavar, excavar y “fossilis” que significa obtener excavado; y aunque es un término estrictamente paleontológico se utiliza también en expresiones como: arenas fósiles, suelos fósiles, etc. La Paleontología en Chile esta saliendo del letargo en que se encontró durante gran parte del siglo XX, esto se debe a un interés creciente por el tema y a una tendencia hacia la profesionalización. Sin embargo, Chile aún es una campo inexplorado en lo que se refiere a paleontología de vertebrados, de ahí que sea un territorio que tiene mucha información que entregar a la comunidad mundial resultados. En nuestro País hay una gran cantidad de yacimientos fosilíferos en los que podemos encontrar, por ejemplo, conchas en espiral de extintos pulpos, reptiles voladores, tiburones gigantes, ostras de mares perdidos, dinosaurios, hojas de un remoto árbol, mastodontes cazados por el hombre.
La región de Atacama posee grandes yacimientos paleontológicos, y en cada una de las provincias hay vestigios de estos elementos del pasado geológico. La extracción ilegal y el comercio de estos fósiles están prohibidos por Ley. La Ley 17.288 ó Ley de Monumentos Nacionales penaliza el tráfico y venta de fósiles, ya que pertenecen al patrimonio cultural de Chile. Si usted está de visita en la región de Atacama y le ofrecen un fósil como “souvenir” o recuerdo, no lo compre ya puede ser sancionado por la ley. Sólo está autorizada la venta de réplicas de estos seres vivientes del pasado geológico.
Por Raúl Céspedes Valenzuela, Museólogo
El italiano
Es una lectura de la Rusia postsoviética, la "gran madre" que ha dejado a sus hijos en la pobreza y el abandono.
Ascanio Cavallo
Esta película se inicia en alguna gélida ciudad (nunca se dice cuál es) de la región de Murmansk, en el extremo norte de Rusia, donde hay un orfanato cuyos administradores se dedican a la venta de niños a Occidente. Su situación es ligeramente ambigua: acoge y recoge a los muchos niños que sus madres abandonan, pero luego trafica en dólares con ellos.
La gestora de las adopciones es la energética Zhanna Arkadyevna (Mariya Kuznetsova), que circula con su ayudante Grigory (Nikolai Reutov) impartiendo órdenes para asegurar la venta de los niños. El relato comienza cuando Zhanna obtiene la colocación, con una pareja italiana, del niño de 6 años Ivan "Vanya" Solntsev (Kolya Spiridonov).
Antes de los 20 minutos, la visita de una madre arrepentida, que llega demasiado tarde, introduce en Vanya la desesperada ansiedad de ubicar a la suya antes de partir a Italia a un futuro más promisorio.
El orfanato funciona de una manera autogestionada y oscuramente metafórica. El director ordena y manda sobre los niños y la vida diurna; pero en las calderas y en la noche imperan los jóvenes y adolescentes, organizados como pandilla para controlar los robos y las propinas que recogen los infantes. Entre ellos hay muchachas tiernas y prostitutas involuntarias, y jefes violentos y leyes que sólo se pueden imponer en el mundo del delito...
¿Suena familiar? Totalmente: este es el mundo de Dickens, el de Oliver Twist y de las ciudades en la fase temprana de la industrialización, la era del "capitalismo salvaje". Es también el mundo de Chéjov. Sólo que no se trata del siglo 19, sino de los años 2000. Hay algo incómodo en este cruce de épocas, motivos y estéticas.
Pero, al fin, todas las cosas inquietantes que contiene esta película convergen en un solo punto. Porque no es igual hablar de la madre en Rusia que en otros países. Uno de los mitos fundantes de ese país es la "Gran Madre Rusia" (frase incorporada a su actual himno nacional), la patria protectora que cuida a sus hijos. Salvo en un pequeño pasaje del final (en el orfanato original), esta película no da señas de querer construir una metáfora política.
Pero, en ausencia de otras explicaciones acerca de por qué tantas madres abandonan a sus hijos, y por qué las madres se arrepienten, y por qué hay en el relato una especie de tristeza institucional, más que individual, no cabe sino concluir que El italiano es, en efecto, una lectura de la Rusia postsoviética, la "gran madre" que ha dejado a sus hijos en la pobreza y el abandono. Y eso hace que esta película sombría, de aire dickensiano, premiada incomprensiblemente en festivales de cine infantil, sea una obra extraña y sugerente.
Italianetz
Dirección: Andrei Kravchuk. Con: Kolya Spiridonov, Mariya Kuznetsova, Nikolai Reutov, Denis Moiseenko, Olga Shuvalova. 90 minutos.
Comente esta columna en http://blogs.elmercurio.com/revistasabado/
Ascanio Cavallo.
Es una lectura de la Rusia postsoviética, la "gran madre" que ha dejado a sus hijos en la pobreza y el abandono.
Ascanio Cavallo
Esta película se inicia en alguna gélida ciudad (nunca se dice cuál es) de la región de Murmansk, en el extremo norte de Rusia, donde hay un orfanato cuyos administradores se dedican a la venta de niños a Occidente. Su situación es ligeramente ambigua: acoge y recoge a los muchos niños que sus madres abandonan, pero luego trafica en dólares con ellos.
La gestora de las adopciones es la energética Zhanna Arkadyevna (Mariya Kuznetsova), que circula con su ayudante Grigory (Nikolai Reutov) impartiendo órdenes para asegurar la venta de los niños. El relato comienza cuando Zhanna obtiene la colocación, con una pareja italiana, del niño de 6 años Ivan "Vanya" Solntsev (Kolya Spiridonov).
Antes de los 20 minutos, la visita de una madre arrepentida, que llega demasiado tarde, introduce en Vanya la desesperada ansiedad de ubicar a la suya antes de partir a Italia a un futuro más promisorio.
El orfanato funciona de una manera autogestionada y oscuramente metafórica. El director ordena y manda sobre los niños y la vida diurna; pero en las calderas y en la noche imperan los jóvenes y adolescentes, organizados como pandilla para controlar los robos y las propinas que recogen los infantes. Entre ellos hay muchachas tiernas y prostitutas involuntarias, y jefes violentos y leyes que sólo se pueden imponer en el mundo del delito...
¿Suena familiar? Totalmente: este es el mundo de Dickens, el de Oliver Twist y de las ciudades en la fase temprana de la industrialización, la era del "capitalismo salvaje". Es también el mundo de Chéjov. Sólo que no se trata del siglo 19, sino de los años 2000. Hay algo incómodo en este cruce de épocas, motivos y estéticas.
Pero, al fin, todas las cosas inquietantes que contiene esta película convergen en un solo punto. Porque no es igual hablar de la madre en Rusia que en otros países. Uno de los mitos fundantes de ese país es la "Gran Madre Rusia" (frase incorporada a su actual himno nacional), la patria protectora que cuida a sus hijos. Salvo en un pequeño pasaje del final (en el orfanato original), esta película no da señas de querer construir una metáfora política.
Pero, en ausencia de otras explicaciones acerca de por qué tantas madres abandonan a sus hijos, y por qué las madres se arrepienten, y por qué hay en el relato una especie de tristeza institucional, más que individual, no cabe sino concluir que El italiano es, en efecto, una lectura de la Rusia postsoviética, la "gran madre" que ha dejado a sus hijos en la pobreza y el abandono. Y eso hace que esta película sombría, de aire dickensiano, premiada incomprensiblemente en festivales de cine infantil, sea una obra extraña y sugerente.
Italianetz
Dirección: Andrei Kravchuk. Con: Kolya Spiridonov, Mariya Kuznetsova, Nikolai Reutov, Denis Moiseenko, Olga Shuvalova. 90 minutos.
Comente esta columna en http://blogs.elmercurio.com/revistasabado/
Ascanio Cavallo.
El Tercer Reich
Ya es vieja la polémica sobre los inéditos de escritores desaparecidos. No importa la edad a la que murieron ni cuánto tiempo ha pasado desde su muerte; ahí están los casos recientes de Cortázar y Mistral. Pero se acentúa en el caso de Roberto Bolaño, que, además, solía trabajar en muchos proyectos a la vez, que quedaron en distintos grados de avance. Parece indiscutible que concluyó esta novela en 1989 y que no quedó satisfecho. En 2001 declaró: "Mi única novela inédita tenía 400 páginas, pero al llegar a la última me di cuenta de que me había salido una mierda insalvable. Entonces, me juré que nunca más iba a escribir una novela sin tener clarísima la estructura, la forma y el argumento, es decir, sin tener la historia escrita en la cabeza a mi gusto".
El juicio de Bolaño sobre El Tercer Reich es injusto. Se trata de una obra menor, pero también en el sentido en que él lo definió a propósito de Amuleto: "Está escrita en tono menor. Por eso he utilizado la primera persona, ya que las obras mayores de la literatura están escritas en tercera persona". El juicio es indicativo de su manera de relacionarse con su obra y de establecer sus alcances. Sin duda que El Tercer Reich está más cerca de La pista de hielo que de sus obras mayores y tardías; sin duda que el juego entre estructura y lenguaje es menos complejo que en ellas; sin duda que la trama discurre de manera más lineal y convencional. Probablemente eso llevó a Bolaño a repudiar esta novela, pues ya veía historias "escritas en su cabeza", esas historias que luego escribió y que sí son, indiscutiblemente, "obras mayores de la literatura". Pero que sea menor no significa que carezca de interés. Al contrario, la novela fluye bien y relata una historia que pasa de la contención al misterio, que se va abriendo hacia esa sensación de amenaza y riesgo, tan característica de toda su obra, que cuenta una historia muy bien armada y sofocante: el narrador, que registra obsesivamente en su diario lo que le ocurre en sus vacaciones mientras prepara nuevas estrategias para un juego de guerra, ve cómo sus seguridades y certezas se desmoronan una a una, en una espiral que se intuye casi desde el comienzo, pero que no por ello es menos sorpresiva y asfixiante. La precariedad de las convenciones y de la imagen que cada quien tiene de sí mismo es puesta a prueba aquí y en el conjunto de su obra, que por esa vía transmite al lector una poderosa corriente de inquietud y desazón, de desacomodo frente al mundo, donde radica, quizá, lo más perdurable de la escritura de Bolaño.
Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 2010. 362 páginas.
Ya es vieja la polémica sobre los inéditos de escritores desaparecidos. No importa la edad a la que murieron ni cuánto tiempo ha pasado desde su muerte; ahí están los casos recientes de Cortázar y Mistral. Pero se acentúa en el caso de Roberto Bolaño, que, además, solía trabajar en muchos proyectos a la vez, que quedaron en distintos grados de avance. Parece indiscutible que concluyó esta novela en 1989 y que no quedó satisfecho. En 2001 declaró: "Mi única novela inédita tenía 400 páginas, pero al llegar a la última me di cuenta de que me había salido una mierda insalvable. Entonces, me juré que nunca más iba a escribir una novela sin tener clarísima la estructura, la forma y el argumento, es decir, sin tener la historia escrita en la cabeza a mi gusto".
El juicio de Bolaño sobre El Tercer Reich es injusto. Se trata de una obra menor, pero también en el sentido en que él lo definió a propósito de Amuleto: "Está escrita en tono menor. Por eso he utilizado la primera persona, ya que las obras mayores de la literatura están escritas en tercera persona". El juicio es indicativo de su manera de relacionarse con su obra y de establecer sus alcances. Sin duda que El Tercer Reich está más cerca de La pista de hielo que de sus obras mayores y tardías; sin duda que el juego entre estructura y lenguaje es menos complejo que en ellas; sin duda que la trama discurre de manera más lineal y convencional. Probablemente eso llevó a Bolaño a repudiar esta novela, pues ya veía historias "escritas en su cabeza", esas historias que luego escribió y que sí son, indiscutiblemente, "obras mayores de la literatura". Pero que sea menor no significa que carezca de interés. Al contrario, la novela fluye bien y relata una historia que pasa de la contención al misterio, que se va abriendo hacia esa sensación de amenaza y riesgo, tan característica de toda su obra, que cuenta una historia muy bien armada y sofocante: el narrador, que registra obsesivamente en su diario lo que le ocurre en sus vacaciones mientras prepara nuevas estrategias para un juego de guerra, ve cómo sus seguridades y certezas se desmoronan una a una, en una espiral que se intuye casi desde el comienzo, pero que no por ello es menos sorpresiva y asfixiante. La precariedad de las convenciones y de la imagen que cada quien tiene de sí mismo es puesta a prueba aquí y en el conjunto de su obra, que por esa vía transmite al lector una poderosa corriente de inquietud y desazón, de desacomodo frente al mundo, donde radica, quizá, lo más perdurable de la escritura de Bolaño.
Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 2010. 362 páginas.
Vacaciones (2)
Francisco Mouat
Amanece junto al Llanquihue. El lago está inquieto y el cielo se anuncia despejado, toda una novedad para estos días, después que la lluvia completó ayer una semana cayendo sin dar tregua. La última lluvia, la de ayer en la mañana, fue una tormenta de agua y viento que parecía el fin del mundo.
Viene a saludarme un gato negro y blanco de la casa vecina. Olisquea la terraza y se va del alcance de mi vista. Los gallos cantan cada tres o cuatro minutos. Hace un poco de frío, me da flojera ir a encender el fuego, tampoco quiero hacer más ruido que el de este teclado: todos duermen en casa. Son las siete de la mañana.
La lluvia es el escenario perfecto para leer desde que acaba el desayuno hasta que apagamos la luz antes de dormir. Anoche terminé Almas grises, de Philippe Claudel. Me costó un poco entrar en la historia, algo morosa, pero ya en la página sesenta me entregué a esta narración de un policía que al comienzo parece obsesionado con el crimen de una niña de diez años cometido en su pueblo en 1917, cerca de uno de los frentes donde se libra la Primera Guerra Mundial, pero que luego revela que el texto que está escribiendo no es sino un pretexto para ir al encuentro de su esposa, embarazada y muerta por una hemorragia en los mismos días en que se consumaba el asesinato de la muchacha, hija del dueño del principal restaurante del pueblo. Almas grises: almas que no son ni blancas ni negras, pero que cargan una dosis de negrura -mayor o menor- que las convierte en humanas, a ratos, en almas dolorosas y patéticamente humanas. Buen libro: te deja un sabor agrio, nada dulce. Acabas dudando de casi todos los personajes que se pasearon frente a tus narices, y por supuesto de ti mismo, porque no sabes o no quieres saber cuánto hay en ti de aquel juez implacable, del militar sádico, del fiscal frío y triste que promueve nuevas muertes, del soldado desertor, de la profesora joven y atractiva que nadie sospecha por qué elige ir a ese lugar a dar clases, y sólo acaba revelándose en parte cuando son descubiertas las cartas que escribía.
Antes de Almas grises, leí un libro estelar: La elegancia del erizo. Me acompañó -¿o es uno, lector, el que acompaña a los personajes de un libro?- desde la primera reflexión de Renée hasta la cavilación final de Paloma. Renée es la portera de 54 años de edad de un palacete dividido en ocho pisos de lujo. La empezamos a querer desde el comienzo, cuando se describe a sí misma: "Soy viuda, bajita, fea, rechoncha, tengo callos en los pies y también, a juzgar por ciertas mañanas que a mí misma me incomodan, un aliento que tumba de espaldas". Vive sola con un gato y, por un montón de circunstancias que no viene al caso detallar, terminará vinculada hasta los huesos con Paloma, una niña de doce años excepcionalmente inteligente y sensible, que vive como alma solitaria en uno de los pisos y que tiene por costumbre esconderse de su familia, a la que resiste y odia con todas sus ganas. Tanto así, que está decidida a prenderle fuego al edificio en que vive (asegurándose primero de que no haya nadie en él, porque no es ninguna criminal, incluso evacuando antes a los gatos), y después quitarse la vida en casa de su abuela con un montón de somníferos que ha ido meticulosamente sacándole mes a mes a su mamá del velador de su dormitorio. La vida como un absurdo, el arte como un modo de salvarnos temporalmente, "la certeza de que envejeceremos y que no será algo bonito, ni bueno, ni alegre", y que por lo mismo más vale "construir el presente con verdaderos proyectos de seres vivos".
El sol se refleja tímidamente en la ventana. A Don Lito lo vi pasar hace un buen rato: iba temprano, como todos los días, a cortar leña. Los gallos no se callan nunca y siguen desesperando a los de sueño ligero. Reviso mis apuntes de un día cualquiera de estas vacaciones. "Estos fueron los principales temas de la mañana para mi hijo Francisco. Conseguir papel y astillas para el fuego. Saborear el kuchen de frambuesas de la María, nuestra vecina, especialmente su cobertura de crema. Averiguar el pronóstico del tiempo, saber si seguiría lloviendo o no. Lograr que un ganso solitario pudiera reunirse con el resto de la tribu, después de estar un buen rato solo y de-sesperado. Y, por supuesto, certificar con sus propios ojos que Galán, el perro de más arriba, continúa vivo, a pesar del ataque de la otra vez en el huerto: apareció en la playa, después de varios días de ausencia. Aún cojea".
Vacaciones (3)
Francisco Mouat
Mis vacaciones de verano empiezan a terminar mañana, cuando junto a la tropa viajemos bien temprano de regreso a Santiago. Mañana mismo, al amanecer, probablemente estemos más preocupados de que no se nos quede nada importante en la cabaña que de mirar por última vez en la temporada el volcán Osorno, si es que se deja ver. No sé si habrá viento sur y se escuche bajo el sol el oleaje azul del lago Llanquihue, o si será una mañana mansa, tibia y gris. Tampoco sé si alcanzaré a escuchar el canto del chucao desde el bosque más cercano. ¿O se trata de un pájaro que canta parecido pero al que no sé distinguir con su verdadero nombre?
¿Qué puede ser importante que se nos quede en la cabaña y no vuelva a la ciudad? ¿Un polerón, un gorro de lana, un frasco de mermeladas, la pelota de fútbol de José y Francisco, alguno de los libros leídos? Las prendas de vestir servirían para abrigar a otro. La mermelada casera, para endulzar el desayuno de Carolina cuando ella vuelva a Puerto Octay. La pelota, para animar las futuras pichangas sin nosotros en la cancha. Los libros leídos que nos gustaron mucho ya están metabolizándose, y podrían ser parte de una biblioteca que inauguráramos con estos pocos ejemplares. Lo único que yo de verdad lamentaría dejar aquí, junto al lago, y no volver a experimentar de alguna forma, son los recuerdos de estas vacaciones, que sin saber por qué ni cómo se amontonarán desordenadamente en la memoria. No sé dónde leí, pero me hizo mucho sentido: ¿a qué esforzarnos en recordar, cuando si de verdad algo sucedido importa, encontrará su manera de hacerse notar en el tiempo?
Parte de mi equipaje de mano que llevo a donde voy lo forman recuerdos fragmentados de mis vacaciones. Sacar machas en la playa grande de Bahía Inglesa a comienzos de los años setenta es un recuerdo que se resiste a desaparecer. Tal vez porque nunca volví a hacerlo, o porque la vez que lo intenté nuevamente, ya no había machas. La primera vez que estuvimos aquí, junto al Llanquihue, diez años atrás, celebramos el segundo cumpleaños de mi hijo Francisco. Le hicimos una torta de bizcochuelo con manjar. Anoche, a las doce en punto, le volvimos a cantar cumpleaños feliz. Y él se acostó todo emocionado, entre otras cosas porque su hermana Antonia le regaló una carta en la que le decía que ambos eran como un espejo del otro, esencialmente parecidos del alma.
Yo, que también cumplo años en verano, no olvido cuando cumplí diez en el lago Ranco, en una hostería de Llifén donde nos enfermamos del estómago con mis hermanos por comer cerezas a destajo, y porque ese verano mi papá me enseñó a jugar pimpón, y al cabo de un par de temporadas pude vencerlo. ¿Cuántas horas de mi vida las he pasado frente a una mesa de pimpón? ¿Cuánto queda para que José, Francisco o la Agustina me pasen por encima en un partido oficial al mejor de cinco sets a los once puntos?
En una vacación remota, acompañé a mi tío Chepe al puerto de San Antonio a comprar fulminantes para mi pistola. Lo recuerdo vagamente. Sí recuerdo haberme gastado todos los rollos de fulminantes esa misma tarde, disparándole a lo que encontrara a mi paso. Supongo que ya no existen las pistolas que se cargan con rollos de papel y pólvora. Eran magníficas. Un disparo de esos te fulminaba. Era muy frustrante cuando el disparo no era seco, preciso, cuando no se producía el estruendo del contacto del metal de la pistola con la pelota de pólvora. Había pistolas de vaqueros y también de espías, cortitas, para cargar en el bolsillo del pantalón sin problemas. Ya no hay pistolas con fulminantes. Tampoco está mi tío Chepe. ¿Qué recordarán mis hijos de estas vacaciones en el sur?
Leo el relato de una fotografía en Calle de las tiendas oscuras, de Patrick Modiano: "Una niña vuelve de la playa, al anochecer, con su madre. Llora por nada, porque habría querido seguir jugando. Se aleja. Ya ha doblado la esquina de la calle. ¿Y acaso no se esfuman en el crepúsculo nuestras vidas con la misma rapidez que ese disgusto infantil?".
Francisco Mouat
Amanece junto al Llanquihue. El lago está inquieto y el cielo se anuncia despejado, toda una novedad para estos días, después que la lluvia completó ayer una semana cayendo sin dar tregua. La última lluvia, la de ayer en la mañana, fue una tormenta de agua y viento que parecía el fin del mundo.
Viene a saludarme un gato negro y blanco de la casa vecina. Olisquea la terraza y se va del alcance de mi vista. Los gallos cantan cada tres o cuatro minutos. Hace un poco de frío, me da flojera ir a encender el fuego, tampoco quiero hacer más ruido que el de este teclado: todos duermen en casa. Son las siete de la mañana.
La lluvia es el escenario perfecto para leer desde que acaba el desayuno hasta que apagamos la luz antes de dormir. Anoche terminé Almas grises, de Philippe Claudel. Me costó un poco entrar en la historia, algo morosa, pero ya en la página sesenta me entregué a esta narración de un policía que al comienzo parece obsesionado con el crimen de una niña de diez años cometido en su pueblo en 1917, cerca de uno de los frentes donde se libra la Primera Guerra Mundial, pero que luego revela que el texto que está escribiendo no es sino un pretexto para ir al encuentro de su esposa, embarazada y muerta por una hemorragia en los mismos días en que se consumaba el asesinato de la muchacha, hija del dueño del principal restaurante del pueblo. Almas grises: almas que no son ni blancas ni negras, pero que cargan una dosis de negrura -mayor o menor- que las convierte en humanas, a ratos, en almas dolorosas y patéticamente humanas. Buen libro: te deja un sabor agrio, nada dulce. Acabas dudando de casi todos los personajes que se pasearon frente a tus narices, y por supuesto de ti mismo, porque no sabes o no quieres saber cuánto hay en ti de aquel juez implacable, del militar sádico, del fiscal frío y triste que promueve nuevas muertes, del soldado desertor, de la profesora joven y atractiva que nadie sospecha por qué elige ir a ese lugar a dar clases, y sólo acaba revelándose en parte cuando son descubiertas las cartas que escribía.
Antes de Almas grises, leí un libro estelar: La elegancia del erizo. Me acompañó -¿o es uno, lector, el que acompaña a los personajes de un libro?- desde la primera reflexión de Renée hasta la cavilación final de Paloma. Renée es la portera de 54 años de edad de un palacete dividido en ocho pisos de lujo. La empezamos a querer desde el comienzo, cuando se describe a sí misma: "Soy viuda, bajita, fea, rechoncha, tengo callos en los pies y también, a juzgar por ciertas mañanas que a mí misma me incomodan, un aliento que tumba de espaldas". Vive sola con un gato y, por un montón de circunstancias que no viene al caso detallar, terminará vinculada hasta los huesos con Paloma, una niña de doce años excepcionalmente inteligente y sensible, que vive como alma solitaria en uno de los pisos y que tiene por costumbre esconderse de su familia, a la que resiste y odia con todas sus ganas. Tanto así, que está decidida a prenderle fuego al edificio en que vive (asegurándose primero de que no haya nadie en él, porque no es ninguna criminal, incluso evacuando antes a los gatos), y después quitarse la vida en casa de su abuela con un montón de somníferos que ha ido meticulosamente sacándole mes a mes a su mamá del velador de su dormitorio. La vida como un absurdo, el arte como un modo de salvarnos temporalmente, "la certeza de que envejeceremos y que no será algo bonito, ni bueno, ni alegre", y que por lo mismo más vale "construir el presente con verdaderos proyectos de seres vivos".
El sol se refleja tímidamente en la ventana. A Don Lito lo vi pasar hace un buen rato: iba temprano, como todos los días, a cortar leña. Los gallos no se callan nunca y siguen desesperando a los de sueño ligero. Reviso mis apuntes de un día cualquiera de estas vacaciones. "Estos fueron los principales temas de la mañana para mi hijo Francisco. Conseguir papel y astillas para el fuego. Saborear el kuchen de frambuesas de la María, nuestra vecina, especialmente su cobertura de crema. Averiguar el pronóstico del tiempo, saber si seguiría lloviendo o no. Lograr que un ganso solitario pudiera reunirse con el resto de la tribu, después de estar un buen rato solo y de-sesperado. Y, por supuesto, certificar con sus propios ojos que Galán, el perro de más arriba, continúa vivo, a pesar del ataque de la otra vez en el huerto: apareció en la playa, después de varios días de ausencia. Aún cojea".
Vacaciones (3)
Francisco Mouat
Mis vacaciones de verano empiezan a terminar mañana, cuando junto a la tropa viajemos bien temprano de regreso a Santiago. Mañana mismo, al amanecer, probablemente estemos más preocupados de que no se nos quede nada importante en la cabaña que de mirar por última vez en la temporada el volcán Osorno, si es que se deja ver. No sé si habrá viento sur y se escuche bajo el sol el oleaje azul del lago Llanquihue, o si será una mañana mansa, tibia y gris. Tampoco sé si alcanzaré a escuchar el canto del chucao desde el bosque más cercano. ¿O se trata de un pájaro que canta parecido pero al que no sé distinguir con su verdadero nombre?
¿Qué puede ser importante que se nos quede en la cabaña y no vuelva a la ciudad? ¿Un polerón, un gorro de lana, un frasco de mermeladas, la pelota de fútbol de José y Francisco, alguno de los libros leídos? Las prendas de vestir servirían para abrigar a otro. La mermelada casera, para endulzar el desayuno de Carolina cuando ella vuelva a Puerto Octay. La pelota, para animar las futuras pichangas sin nosotros en la cancha. Los libros leídos que nos gustaron mucho ya están metabolizándose, y podrían ser parte de una biblioteca que inauguráramos con estos pocos ejemplares. Lo único que yo de verdad lamentaría dejar aquí, junto al lago, y no volver a experimentar de alguna forma, son los recuerdos de estas vacaciones, que sin saber por qué ni cómo se amontonarán desordenadamente en la memoria. No sé dónde leí, pero me hizo mucho sentido: ¿a qué esforzarnos en recordar, cuando si de verdad algo sucedido importa, encontrará su manera de hacerse notar en el tiempo?
Parte de mi equipaje de mano que llevo a donde voy lo forman recuerdos fragmentados de mis vacaciones. Sacar machas en la playa grande de Bahía Inglesa a comienzos de los años setenta es un recuerdo que se resiste a desaparecer. Tal vez porque nunca volví a hacerlo, o porque la vez que lo intenté nuevamente, ya no había machas. La primera vez que estuvimos aquí, junto al Llanquihue, diez años atrás, celebramos el segundo cumpleaños de mi hijo Francisco. Le hicimos una torta de bizcochuelo con manjar. Anoche, a las doce en punto, le volvimos a cantar cumpleaños feliz. Y él se acostó todo emocionado, entre otras cosas porque su hermana Antonia le regaló una carta en la que le decía que ambos eran como un espejo del otro, esencialmente parecidos del alma.
Yo, que también cumplo años en verano, no olvido cuando cumplí diez en el lago Ranco, en una hostería de Llifén donde nos enfermamos del estómago con mis hermanos por comer cerezas a destajo, y porque ese verano mi papá me enseñó a jugar pimpón, y al cabo de un par de temporadas pude vencerlo. ¿Cuántas horas de mi vida las he pasado frente a una mesa de pimpón? ¿Cuánto queda para que José, Francisco o la Agustina me pasen por encima en un partido oficial al mejor de cinco sets a los once puntos?
En una vacación remota, acompañé a mi tío Chepe al puerto de San Antonio a comprar fulminantes para mi pistola. Lo recuerdo vagamente. Sí recuerdo haberme gastado todos los rollos de fulminantes esa misma tarde, disparándole a lo que encontrara a mi paso. Supongo que ya no existen las pistolas que se cargan con rollos de papel y pólvora. Eran magníficas. Un disparo de esos te fulminaba. Era muy frustrante cuando el disparo no era seco, preciso, cuando no se producía el estruendo del contacto del metal de la pistola con la pelota de pólvora. Había pistolas de vaqueros y también de espías, cortitas, para cargar en el bolsillo del pantalón sin problemas. Ya no hay pistolas con fulminantes. Tampoco está mi tío Chepe. ¿Qué recordarán mis hijos de estas vacaciones en el sur?
Leo el relato de una fotografía en Calle de las tiendas oscuras, de Patrick Modiano: "Una niña vuelve de la playa, al anochecer, con su madre. Llora por nada, porque habría querido seguir jugando. Se aleja. Ya ha doblado la esquina de la calle. ¿Y acaso no se esfuman en el crepúsculo nuestras vidas con la misma rapidez que ese disgusto infantil?".
Está temblando (nuevamente)
Expertos estiman que terremoto en Chile fue un "megasismo"
Según los científicos, el movimiento telúrico de hoy fue similar al que se registró en el Océano Índico en 2004 y generó un tsunami devastador.AP Sábado 27 de Febrero de 2010 17:08 Imagen del terremoto que afectó a Valdivia en 1960, el más fuerte que se ha registrado hasta ahora.
LOS ANGELES.- El terremoto que esta madrugada afectó la zona centro-sur de Chile fue un "megasismo", similar al movimiento telúrico del Océano Índico en 2004 que generó un maremoto catastrófico, según los científicos.
Los megasismos se producen en zonas de subducción, donde se juntan placas convergentes de la corteza terrestre y una se hunde bajo la otra. El terremoto de hoy se produjo cuando la plaza de Nazca se deslizó bajo la placa de Sudamérica, con una generación colosal de energía.
Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, 13 temblores de magnitud 7 o más han sacudido la costa de Chile desde 1973.
El sismo de hoy se produjo unos 225 kilómetros al norte del terremoto más fuerte que se haya registrado: el gran terremoto chileno de 1960, de magnitud 9,5, que mató a unas 1.600 personas y generó un tsunami que causó unas 200 muertes en Japón, Hawai y Filipinas.
Escala sismológica de Mercalli
La Escala de Mercalli es una escala de 12 puntos desarrollada para evaluar la intensidad de los terremotos a través de los efectos y daños causados a distintas estructuras. Debe su nombre al físico italiano Giuseppe Mercalli.
Los niveles bajos de la escala están asociados por la forma en que las personas sienten el temblor, mientras que los grados más altos se relacionan con el daño estructural observado.
Esta escala de intensidad fue creada por el vulcanólogo italiano Giuseppe Mercalli un domingo por la mañana de 1883 y revisada en 1902, siendo expandida a doce grados por el alemán August Heinrich Sieberg y es la escala sismológica adecuada para medir la energía y no los efectos o intensidad por donde se había orientado la idea de Mercalli. Esta idea permite saber cuanto daño causa un terremoto.
La escala sismológica de Richter, también conocida como escala de magnitud local (ML), es una escala logarítmica arbitraria que asigna un número para cuantificar el efecto de un terremoto, denominada así en honor del sismólogo estadounidense Charles Richter (1900-1985).
El mundo.es
El terremoto de Chile ha puesto de actualidad las dos escalas más famosas para medir los seísmos. Una es la escala de Richter, que es un sistema científico que mide la energía liberada por el seísmo en su epicentro. Es un medida física. En el caso del seísmo chileno, se ha fijado en 8,8 grados de Richter. El máximo alcanzado por un terremoto en la escala de Richer, o sea la mayor energía liberada en la historia, fue medida en el cataclismo de Valdivia (Chile) el 22 de mayo de 1960: 9,6 grados de Richter.
Sin embargo, los seísmos se sienten a kilómetros de distancia, pero como en esos lugares no se puede calcular la energía, los periodistas y los expertos utilizan la escala de Mercalli, también conocida como escala subjetiva que es una escala de 1 al 12 en los que cada punto se establece a partir de los daños y efectos visibles del seísmo. Así el grado 1 señala que el seísmo es casi «imperceptible», mientras que el grado 12 establece que «la destrucción es total con pocos sobrevivientes. Los objetos saltan al aire. Los niveles y perspectivas quedan distorsionadas».
La Ley de Gutenberg-Ritcher (1958) es una fórmula que permite cuantificar la relación Frecuencia - Magnitud de la actividad sísmica de una región.
Sismología
Si eres chileno y no te acostumbras a los temblores o adoptas una postura psicológica ante éstos, pienso que eres un completo idiota. Yo ya estoy curado de espanto. Este año me tocó vivir por primera vez un enjambre sísmico. Me explico: En un día, aproximadamente 200 temblores, sólo que el ser humano se da cuenta de algunos pocos. Yo por lo menos creo que fueron 30 perceptibles de 4 a 5 grados cada uno. Yo estaba completamente extasiado. Era como si las fuerzas de la naturaleza tuvieran algo contra Atacama. Fue un día domingo y estaba de descanso. No quería saber que pasaba. Estaba en mi pieza desconectado y viendo como temblaba todo cada quince minutos. Como a las 7 de la tarde fue el más fuerte, como de 6 grados, y debo reconocer que reía de felicidad, era maravilloso. No sabía nada, sin embargo parecía como cuando cabro chico e iba a las atracciones mecánicas y para mí era el cielo ¿Qué estaba pasando?. ¿Corea del norte había lanzado una bomba atómica en Washington mientras la familia Bush tomaba su conservador desayuno? ¿Bin laden atacaba él mismo con una bomba atómica pegada a su pecho Wall Street? ¿El mundo estaba a punto de explotar? ¿Ahora si se acabaría para siempre?.
A mí en lo personal, en cualquier temblor, me gusta observar el fenómeno. Me gusta mirar como se mueve nuestro mundo, las cosas, es como si el mundo te dijera “Estoy vivo malditos, no me hueveen” y me siento como lo que somos, meras hormigas en un planeta en constante movimiento.
A lo que le temo en realidad, es a los malditos histéricos que le temen a los temblores. De esos me cuido y existen de diferentes clases. Los que tratan de tapar su nerviosismo y miedo tratando de calmar a los demás, lo que tiran tallas forzadas y falsas para desviar la atención, los que simplemente empalidecen y cambian su forma de ser o los que derechamente arrancan a perderse. Creo que hay que guardar silencio y mantener la sangre fría y sobre todo, pensar y razonar lo que está pasando. Y si eres como yo, disfrutarlo callado.
Creo que uno conoce verdaderamente a una persona de acuerdo a cómo actúa ante diferentes fenómenos. Ante una pelea, ante un temblor, ante ciertas cosas que lo ponen en peligro. Tiendo a confiar más en una persona que no le tiene miedo a los temblores. Esto es un asunto de lógica, de conocimiento.
Chile es ignorante en todo lo que le concierne, país de montañas, pero muy pocos saben algo de montañismo, un mar tranquilo nos baña pero en cocina somos pelmazos y para que decir en recursos marítimos. Por lo mismo, uno de los países con más temblores en el mundo y la gallá no cacha una. País lleno de grietas y escombros. Se nos mueve siempre el piso. Somos un país tembloroso, y eso ha pasado ser parte de nuestra biología, de nuestra fisiología. Construyendo siempre sobre ruinas y cadáveres.
Los temblores son un chileno más. Son parte de nuestra realidad. Lo raro en Chile es que no tiemble. Me gustan los temblores, me entretienen. La tierra diciéndonos: estoy viva. Los temblores en Chile son como ese amigo que nunca nos gusta cuando llega, pero está ahí, aperece y siempre aparecerá.
Todas las regiones tienen por lo menos un terremoto y si no, pues ellos se lo pierden. En la región de Atacama, fue el año 1922. Mis dos bisabuelas, María y Patrocinia lo vivieron, y me acuerdo que cuando lo contaban y yo era chico, recalcaban que fue terrible. Estoy consciente que un terremoto puede ser algo completamente nefasto, pero también el mar, el fuego, un accidente en auto, o que te atropelle en la esquina de tu casa un bus ciego. Es un asunto de cómo ves las cosas. Me niego a ser paranoico. Me niego a ser un miedoso.
Quizás no diría lo mismo si me encuentra uno en un ascensor o en un edificio de 20 pisos..pero bueno...
Según los científicos, el movimiento telúrico de hoy fue similar al que se registró en el Océano Índico en 2004 y generó un tsunami devastador.AP Sábado 27 de Febrero de 2010 17:08 Imagen del terremoto que afectó a Valdivia en 1960, el más fuerte que se ha registrado hasta ahora.
LOS ANGELES.- El terremoto que esta madrugada afectó la zona centro-sur de Chile fue un "megasismo", similar al movimiento telúrico del Océano Índico en 2004 que generó un maremoto catastrófico, según los científicos.
Los megasismos se producen en zonas de subducción, donde se juntan placas convergentes de la corteza terrestre y una se hunde bajo la otra. El terremoto de hoy se produjo cuando la plaza de Nazca se deslizó bajo la placa de Sudamérica, con una generación colosal de energía.
Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, 13 temblores de magnitud 7 o más han sacudido la costa de Chile desde 1973.
El sismo de hoy se produjo unos 225 kilómetros al norte del terremoto más fuerte que se haya registrado: el gran terremoto chileno de 1960, de magnitud 9,5, que mató a unas 1.600 personas y generó un tsunami que causó unas 200 muertes en Japón, Hawai y Filipinas.
Escala sismológica de Mercalli
La Escala de Mercalli es una escala de 12 puntos desarrollada para evaluar la intensidad de los terremotos a través de los efectos y daños causados a distintas estructuras. Debe su nombre al físico italiano Giuseppe Mercalli.
Los niveles bajos de la escala están asociados por la forma en que las personas sienten el temblor, mientras que los grados más altos se relacionan con el daño estructural observado.
Esta escala de intensidad fue creada por el vulcanólogo italiano Giuseppe Mercalli un domingo por la mañana de 1883 y revisada en 1902, siendo expandida a doce grados por el alemán August Heinrich Sieberg y es la escala sismológica adecuada para medir la energía y no los efectos o intensidad por donde se había orientado la idea de Mercalli. Esta idea permite saber cuanto daño causa un terremoto.
La escala sismológica de Richter, también conocida como escala de magnitud local (ML), es una escala logarítmica arbitraria que asigna un número para cuantificar el efecto de un terremoto, denominada así en honor del sismólogo estadounidense Charles Richter (1900-1985).
El mundo.es
El terremoto de Chile ha puesto de actualidad las dos escalas más famosas para medir los seísmos. Una es la escala de Richter, que es un sistema científico que mide la energía liberada por el seísmo en su epicentro. Es un medida física. En el caso del seísmo chileno, se ha fijado en 8,8 grados de Richter. El máximo alcanzado por un terremoto en la escala de Richer, o sea la mayor energía liberada en la historia, fue medida en el cataclismo de Valdivia (Chile) el 22 de mayo de 1960: 9,6 grados de Richter.
Sin embargo, los seísmos se sienten a kilómetros de distancia, pero como en esos lugares no se puede calcular la energía, los periodistas y los expertos utilizan la escala de Mercalli, también conocida como escala subjetiva que es una escala de 1 al 12 en los que cada punto se establece a partir de los daños y efectos visibles del seísmo. Así el grado 1 señala que el seísmo es casi «imperceptible», mientras que el grado 12 establece que «la destrucción es total con pocos sobrevivientes. Los objetos saltan al aire. Los niveles y perspectivas quedan distorsionadas».
La Ley de Gutenberg-Ritcher (1958) es una fórmula que permite cuantificar la relación Frecuencia - Magnitud de la actividad sísmica de una región.
Sismología
Si eres chileno y no te acostumbras a los temblores o adoptas una postura psicológica ante éstos, pienso que eres un completo idiota. Yo ya estoy curado de espanto. Este año me tocó vivir por primera vez un enjambre sísmico. Me explico: En un día, aproximadamente 200 temblores, sólo que el ser humano se da cuenta de algunos pocos. Yo por lo menos creo que fueron 30 perceptibles de 4 a 5 grados cada uno. Yo estaba completamente extasiado. Era como si las fuerzas de la naturaleza tuvieran algo contra Atacama. Fue un día domingo y estaba de descanso. No quería saber que pasaba. Estaba en mi pieza desconectado y viendo como temblaba todo cada quince minutos. Como a las 7 de la tarde fue el más fuerte, como de 6 grados, y debo reconocer que reía de felicidad, era maravilloso. No sabía nada, sin embargo parecía como cuando cabro chico e iba a las atracciones mecánicas y para mí era el cielo ¿Qué estaba pasando?. ¿Corea del norte había lanzado una bomba atómica en Washington mientras la familia Bush tomaba su conservador desayuno? ¿Bin laden atacaba él mismo con una bomba atómica pegada a su pecho Wall Street? ¿El mundo estaba a punto de explotar? ¿Ahora si se acabaría para siempre?.
A mí en lo personal, en cualquier temblor, me gusta observar el fenómeno. Me gusta mirar como se mueve nuestro mundo, las cosas, es como si el mundo te dijera “Estoy vivo malditos, no me hueveen” y me siento como lo que somos, meras hormigas en un planeta en constante movimiento.
A lo que le temo en realidad, es a los malditos histéricos que le temen a los temblores. De esos me cuido y existen de diferentes clases. Los que tratan de tapar su nerviosismo y miedo tratando de calmar a los demás, lo que tiran tallas forzadas y falsas para desviar la atención, los que simplemente empalidecen y cambian su forma de ser o los que derechamente arrancan a perderse. Creo que hay que guardar silencio y mantener la sangre fría y sobre todo, pensar y razonar lo que está pasando. Y si eres como yo, disfrutarlo callado.
Creo que uno conoce verdaderamente a una persona de acuerdo a cómo actúa ante diferentes fenómenos. Ante una pelea, ante un temblor, ante ciertas cosas que lo ponen en peligro. Tiendo a confiar más en una persona que no le tiene miedo a los temblores. Esto es un asunto de lógica, de conocimiento.
Chile es ignorante en todo lo que le concierne, país de montañas, pero muy pocos saben algo de montañismo, un mar tranquilo nos baña pero en cocina somos pelmazos y para que decir en recursos marítimos. Por lo mismo, uno de los países con más temblores en el mundo y la gallá no cacha una. País lleno de grietas y escombros. Se nos mueve siempre el piso. Somos un país tembloroso, y eso ha pasado ser parte de nuestra biología, de nuestra fisiología. Construyendo siempre sobre ruinas y cadáveres.
Los temblores son un chileno más. Son parte de nuestra realidad. Lo raro en Chile es que no tiemble. Me gustan los temblores, me entretienen. La tierra diciéndonos: estoy viva. Los temblores en Chile son como ese amigo que nunca nos gusta cuando llega, pero está ahí, aperece y siempre aparecerá.
Todas las regiones tienen por lo menos un terremoto y si no, pues ellos se lo pierden. En la región de Atacama, fue el año 1922. Mis dos bisabuelas, María y Patrocinia lo vivieron, y me acuerdo que cuando lo contaban y yo era chico, recalcaban que fue terrible. Estoy consciente que un terremoto puede ser algo completamente nefasto, pero también el mar, el fuego, un accidente en auto, o que te atropelle en la esquina de tu casa un bus ciego. Es un asunto de cómo ves las cosas. Me niego a ser paranoico. Me niego a ser un miedoso.
Quizás no diría lo mismo si me encuentra uno en un ascensor o en un edificio de 20 pisos..pero bueno...
Tuesday, February 16, 2010
Vacaciones (1)
Francisco Mouat
No sé si lo hicimos una sola vez con mis hermanos, y por eso lo recuerdo tan nítidamente, o lo hacíamos todas las veces que llovía a chuzo, pero es una de mis imágenes preferidas de las vacaciones infantiles y la libertad: partir corriendo en trajebaño y chalas desde la casa que arrendábamos, a unas siete cuadras de la playa, con la toalla al cuello, hasta el lago Villarrica, llegar al muelle, dejar la toalla y las condorito sobre las tablas, tirarnos uno, dos, tres, cuatro piqueros desde las alturas, los más que pudiéramos sin importar cuán fría estuviera el agua o cuán helado el viento, trepar al muelle una y otra vez por una pequeña escala de fierro, y volver a casa, ya sin apuro, mojados y felices, libres, después de disfrutar la naturaleza salvaje y desafiar esa ridícula ordenanza que dice que cuando llueve fuerte y hay temporal no debemos bañarnos en el lago. ¿Quién dijo que no, ah?
Esta es mi cuarta mañana de vacaciones en el sur alojando en una sencilla y antigua cabaña a orillas del lago Llanquihue. La misma a la que acostumbramos venir desde hace un tiempo. Se llama La casa de los castaños, porque a metros de su entrada cinco castaños enormes y añosos se levantan otorgándole un carácter especial. Parte del carácter de esta cabaña es que está completamente inclinada hacia el cerro, lo que no es perceptible a simple vista, pero bien notorio si echas a rodar una botella por el piso.
El clima ha estado en estos días más inestable que en temporadas anteriores, lo que a mí al menos me gusta mucho. En un mismo día ha habido sol, viento, lluvia, nubes negras, nubes vaporosas, árboles iluminados y el arco iris doble más hermoso que haya visto en mi vida. El martes que pasó, bajo una lluvia intensa, a eso de las seis de la tarde, mis tres hijos más pequeños salieron en trajebaño a correr y a empaparse, a dar vueltas por la improvisada cancha de fútbol del vecindario, que es un paño de pasto natural bien cagado por ovejas. Fue cuando los vi gritar, reír a carcajadas y levantar los brazos al cielo que recordé aquella escena de mi infancia junto al lago Villarrica, cuando corríamos a tirarnos piqueros al muelle.
Cada verano este lugar ofrece postales sorprendentes, no por ser ellas espectaculares, sino porque no pueden ser imaginadas previamente por nadie. Conocimos, por ejemplo, al Galán, un perro de campo no precisamente agraciado de rostro, al que el humor corrosivo de este país lo bautizó con ese nombre. Es un perro manso y juguetón, de tamaño medio-grande, inofensivo y cariñoso, que vive unos campos más arriba pero bajó porque una perra de por aquí anda en celo. Galán nos acompañó el otro día a pasear por la orilla del lago, en un sendero que nunca habíamos explorado. De vuelta se nos ocurrió subir por un camino que da a una casa-huerto donde venden verduras, y al pobre Galán casi se lo comió el perro que ahí juega de local. Hubo que separarlos a zapatillazos. La Solcita tuvo que cargarlo un trecho en brazos: el Galán quedó con un pie herido, le costaba pisar, y lucía rojas marcas en la zona del cuello. Desde ayer que no lo veo: capaz que volvió adolorido a su campo. José quedó muy impresionado con el salvaje y rabioso ataque sufrido por su querido Galán, pero sospecho que ahora sabe mejor que antes qué significa que un animal defienda su territorio.
Este año, me interesan muchísimo los árboles con los que me voy cruzando. Quiero identificarlos por su verdadero nombre. No me basta con que sean bellos. Me atraen sus troncos gruesos, sus ramas, su follaje más ligero o bien tupido, las formas que encarnan, cómo lucen cuando el sol brilla a través de sus hojas. Una de las cosas que más me maravillan del Diario íntimo de Luis Oyarzún es la extraordinaria y natural clase de botánica a la que somete a sus lectores, quienes sin duda apreciaríamos más aún sus textos si cada vez que Oyarzún nombra a un árbol o una planta, nosotros pudiéramos dibujarlos imaginariamente. Una buena razón para aprender botánica es poder leer mejor el Diario íntimo de Luis Oyarzún. No lo traje este verano. Tal vez el próximo. Lo que sí traje fue La elegancia del erizo, de Muriel Barbery. Lo empecé anoche y no lo suelto. Bello, bello. Quizá la próxima semana me anime a escribir algo de Renée y Paloma, sus protagonistas.
Llueve aquí, a esta hora de la mañana, sobre el lago Llanquihue.
Francisco Mouat
No sé si lo hicimos una sola vez con mis hermanos, y por eso lo recuerdo tan nítidamente, o lo hacíamos todas las veces que llovía a chuzo, pero es una de mis imágenes preferidas de las vacaciones infantiles y la libertad: partir corriendo en trajebaño y chalas desde la casa que arrendábamos, a unas siete cuadras de la playa, con la toalla al cuello, hasta el lago Villarrica, llegar al muelle, dejar la toalla y las condorito sobre las tablas, tirarnos uno, dos, tres, cuatro piqueros desde las alturas, los más que pudiéramos sin importar cuán fría estuviera el agua o cuán helado el viento, trepar al muelle una y otra vez por una pequeña escala de fierro, y volver a casa, ya sin apuro, mojados y felices, libres, después de disfrutar la naturaleza salvaje y desafiar esa ridícula ordenanza que dice que cuando llueve fuerte y hay temporal no debemos bañarnos en el lago. ¿Quién dijo que no, ah?
Esta es mi cuarta mañana de vacaciones en el sur alojando en una sencilla y antigua cabaña a orillas del lago Llanquihue. La misma a la que acostumbramos venir desde hace un tiempo. Se llama La casa de los castaños, porque a metros de su entrada cinco castaños enormes y añosos se levantan otorgándole un carácter especial. Parte del carácter de esta cabaña es que está completamente inclinada hacia el cerro, lo que no es perceptible a simple vista, pero bien notorio si echas a rodar una botella por el piso.
El clima ha estado en estos días más inestable que en temporadas anteriores, lo que a mí al menos me gusta mucho. En un mismo día ha habido sol, viento, lluvia, nubes negras, nubes vaporosas, árboles iluminados y el arco iris doble más hermoso que haya visto en mi vida. El martes que pasó, bajo una lluvia intensa, a eso de las seis de la tarde, mis tres hijos más pequeños salieron en trajebaño a correr y a empaparse, a dar vueltas por la improvisada cancha de fútbol del vecindario, que es un paño de pasto natural bien cagado por ovejas. Fue cuando los vi gritar, reír a carcajadas y levantar los brazos al cielo que recordé aquella escena de mi infancia junto al lago Villarrica, cuando corríamos a tirarnos piqueros al muelle.
Cada verano este lugar ofrece postales sorprendentes, no por ser ellas espectaculares, sino porque no pueden ser imaginadas previamente por nadie. Conocimos, por ejemplo, al Galán, un perro de campo no precisamente agraciado de rostro, al que el humor corrosivo de este país lo bautizó con ese nombre. Es un perro manso y juguetón, de tamaño medio-grande, inofensivo y cariñoso, que vive unos campos más arriba pero bajó porque una perra de por aquí anda en celo. Galán nos acompañó el otro día a pasear por la orilla del lago, en un sendero que nunca habíamos explorado. De vuelta se nos ocurrió subir por un camino que da a una casa-huerto donde venden verduras, y al pobre Galán casi se lo comió el perro que ahí juega de local. Hubo que separarlos a zapatillazos. La Solcita tuvo que cargarlo un trecho en brazos: el Galán quedó con un pie herido, le costaba pisar, y lucía rojas marcas en la zona del cuello. Desde ayer que no lo veo: capaz que volvió adolorido a su campo. José quedó muy impresionado con el salvaje y rabioso ataque sufrido por su querido Galán, pero sospecho que ahora sabe mejor que antes qué significa que un animal defienda su territorio.
Este año, me interesan muchísimo los árboles con los que me voy cruzando. Quiero identificarlos por su verdadero nombre. No me basta con que sean bellos. Me atraen sus troncos gruesos, sus ramas, su follaje más ligero o bien tupido, las formas que encarnan, cómo lucen cuando el sol brilla a través de sus hojas. Una de las cosas que más me maravillan del Diario íntimo de Luis Oyarzún es la extraordinaria y natural clase de botánica a la que somete a sus lectores, quienes sin duda apreciaríamos más aún sus textos si cada vez que Oyarzún nombra a un árbol o una planta, nosotros pudiéramos dibujarlos imaginariamente. Una buena razón para aprender botánica es poder leer mejor el Diario íntimo de Luis Oyarzún. No lo traje este verano. Tal vez el próximo. Lo que sí traje fue La elegancia del erizo, de Muriel Barbery. Lo empecé anoche y no lo suelto. Bello, bello. Quizá la próxima semana me anime a escribir algo de Renée y Paloma, sus protagonistas.
Llueve aquí, a esta hora de la mañana, sobre el lago Llanquihue.
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