Yo, como don Quijote, me invento pasiones para ejercitarme.
Voltaire
Monday, May 19, 2008
Friday, May 16, 2008
Un grande

THE PELICULASTAS: PAUL THOMAS ANDERSON
Esta semana no iba ni obligado a ver Las Aventuras del Príncipe con Caspa del Mundo de Narnia, así que me fui derechito a buscar DVDs. Casi me fui de espaldas cuando vi que ya había salido Petróleo Sangriento y como a veces a mí me da la cuestión, decidí mandarme el medio artículo con todas los flims de este peliculasta. Aquí está. Acomódense porque me quedó larguito, igual que las películas del compadre. (Qué pro). Nos fuimos.
Por Hermes Antonio
sapear
EL COMPADRE
Mi profe de castellano siempre dice que en los trabajos hay que hablar de la vida de los compadres y de lo que les pasó cuando chicos, porque así uno entiende mejor lo que viene después, la cosa se ve más pro y se nota que uno investigó (mi profe no conoce Wikipedia, así que para ella investigar es la media cuestión).
Paul Thomas Anderson nació llorando y todo morado y resbaloso, en una ciudad equis. Después de eso hubo una época en que era guagua y no salvaba a nadie (pasaba durmiendo, era todo blandito y debilucho, se hacía, etc) y cuando estuvo más grandecito dejó de usar pañales y empezó a hacer preguntas estúpidas, onda por qué los autos tienen ruedas y la cuestión. (Era un niño muy curioso)
En su casa vivía como con veinte hermanos y hermanas, y eran todos hippies reventados buenos para la jarana. Teatreros además, y entero peleadores. Pasaban todo el santo día agarrados de las mechas (la embarró), y según la señora Rosita (una vecina) los compadres se gritaban hasta comiendo helado y abriendo los regalos el día de la Paz en el Hogar.
Que dónde dejaste el control remoto, que desocupa el teléfono, que presta el computador para mandar un mail, etc. Ustedes cachan.
Más encima no tenían mamá y el viejo era más pesado que no sé qué. A todos los basureaba hasta porque respiraban y nunca les dijo algo bonito. Al Paul lo único que le gustaba era irse donde su abuelita fliméfila (la señora Yoyita) a verse todas las películas del Stan Lee Kubrick o del Martín Éscor Cese. Ahí dijo “cuando grande voy a ser peliculasta” y empezó a decirle a todo el mundo que le dijeran Paul Thomas Anderson para tener tres nombres igual que los viejos maestros.
Cuando tenía dos años hizo su primera película con una cámara que le había regalado la Yoyita: un dramón con doce guaguas del barrio que duraba cinco horas y media, y donde al final llovían chupetes. Tremenda.
LOS FLIMS
Este compadre ha hecho cinco (5) películas no más hasta la fecha (15 de mayo) así que voy a hablar de las 5 (cinco) cara de palo. Para que se hagan una idea y después no anden preguntando tonteras, acá va de qué se trata cada una:
HARD EIGHT:
Esta es la primera. Tenía como doce años cuando la hizo y actúa la Winner Paltrow y un viejito que tiene pura voz de bueno (que después en Magnolia hizo de Don Francisco). Actúa también ese cara de mono típico, que después salió en ene películas (el no sé cuantito).
BOOGIE NIGHTS:
Aquí empezó a hacerse famoso el compadre. Después de esta película todos le hacían la pata y lo agregaron en Facebook. Se trata de un montón de compadres que son amigos de Marky Mark y todos trabajan haciendo películas de Chilevisión.
Actúa el cara de mono también, la colorina pecosa que siempre anda llorando, y ese guatón rubio chupete de fierro que después hizo Capotey ahora todos dicen que es seco. Pero ojo porque este peliculasta les ganó a todos y lo ocupó primero que nadie. (Tomen películastas, descúbranse ustedes otro Capote a ver si son tan grosos).
MAGNOLIA:
Aquí sí que los dejó a todos marcando ocupado. Igual que Boogie Nights tiene como doscientos mil personajes y dura un poco más de dieciocho horas, pero es tan buena y tan dramática que uno no se aburre nada. Va saltando de personaje en personaje y todos lloran y se agarran del moño, y pasan cosas increíbles a cada rato.
Yo ayer la vi por ejemplo y dije “voy a adelantar las partes donde pasa nada” y tate. La tuve que ver entera al hilo, y al final lo único que adelanté fue el comercial de la piratería del principio.
Mejor que no tengan nada que hacer cuando empiece porque la van a ver enterita y después van a quedarse dormidos y van a tener que pedirle al J.J. Jameson permiso para entregar el artículo más tarde. La dura. (Actúa Tom Cruz y las ranas)
EMBRIAGADO DE AMOR:
Aquí el compadre se puso a pololear parece y por un ratito se le olvidó que había crecido rodeado de hippies reventados buenos para pelear. Así que se mandó una película toda linda y piola con el mismo compadre de El Cantante de Bodasy esa otra del control remoto mágico. Tiene colores rebonitos, y Capotehace de malo. Es bien rara la película pero pucha que es bonita.
PETRÓLEO SANGRIENTO:
Y aquí la polola le pegó la patada pesado y lo dejó más amargado que no sé qué. Y se acordó de su viejo me tinca, porque vieran esta película.
Al bigotón mala onda lo trata igual como si fuera su taita. Lo odia porque es entero brígido, pero es su viejo, así que lo quiere igual aunque el otro sea entero pelmazo, y no lo deja nunca, y está siempre ahí con él.
Se trata de Sam Pistolas, un compadre que anda con una guagua sacando petróleo por todas partes, y uno de a poco va cachando que Sam está medio cucú y que parece que la cosa va a terminar mal. Y espérate no más. Óscar al actor más hermestástico porque uno al compadre le cree hasta cuando se espanta las moscas. (Seco)
En todos estos flims vemos que se repiten ene cosas, porque eso es lo que hacen los peliculastas bacanes, repetir las mismas cuestiones siempre, pero sin que uno se dé cuenta, hasta que lee los medios reportajes maestros. Vamos viendo. (Advertencia: voy a usar números romanos).
I.- TODOS AGARRADOS DEL MOÑO:
Cuando uno es actor y le dicen que va a salir en una película de este compadre, hay que partir al tiro al espejo a practicar para gritar como bestia, hinchar las venas del cuello y poner los ojos rojos.
Está diciendo, porque en sus películas todos se van a agarrar del moño en algún minuto y van a haber los medios griteríos. Como los veinte hermanos lo dejaron chato además, las peleas siempre son con alguien de la familia, o con alguien con quien uno tendría que tener pura buena onda.
II.- TODOS ACTÚAN BIEN:
Este compadre sí que se las manda. Como viene de una familia teatrera, es capaz de sacarle las medias actuaciones a cualquiera, incluso a los que uno menos espera.
En Petróleo Sangrientopor ejemplo el compadre hace que actúe bien una guagua. ¿Se dieron cuenta o no? Primero la guagua llora re bien, y después está toda quietecita y estira la mano para agarrarle la cara a Sam Pistolas y en el cine no vuela una mosca. En Embriagado de amor actúa increíble el pianito, y en Magnolia, Tom Cruz. Puro talento.
III.- EL MUNDO ES UN PAÑUELO:
Siempre en sus películas salía algo que era como la media coincidencia. Por ejemplo en Hard Eight el viejo buscaba al cara de mono, porque el otro justo era.. (CENSURADO POR LA COMISIÓN ANTI SPOILER DE LA INTERNETS). Después el negro de Pulp Fiction llegaba a puro meter la cuchara y terminaba (ÍDEM). Pero la idea se entiende.
Después en Boogie Nights contó la media historia (dura diecisiete horas y cuarto y salen treinta y dos personajes), pero había un momento en que se cruzaban como quince personajes y por pura casualidad, porque el mundo es un pañuelo.
Y yo cacho que quedó pegado con eso, porque después en Magnolia sí que se fue al chancho. Hasta puso un viejujo que hablaba al principio y al final de que el mundo está lleno de coincidencias y que siempre pasan cosas raras, pero yo cacho que eso lo puso para que después no lo molestaran tanto con la lluvia de ranas (spoiler), porque eso sí que era cuático.
Lo que nos lleva al siguiente punto:
IV.- SIEMPRE SALE ALGO RARO, PARA HINCHAR:
¿Se han dado cuenta o no? El compadre la sabe hacer. Podría hacer películas perfectitas, que no molesten a nadie y que expliquen todo, para dejarlos a todos contentos. Pero no. Siempre le da con poner algo raro a pito de nada.
En Boogie Nights por ejemplo, uno está de lo mejor viendo la película y de repente sale esa escena que era toda balacera con el chino con los petardos. ¿Qué fue eso? Uno se queda pensando todo el día en la maldita película y el otro feliz en su casa, muerto de la risa.
En Magnolia ni les cuento. Primero en pleno drama hace que todos se pongan a cantar onda La calle canta (pero con una canción con onda) y después como les dije mete la lluvia de ranas cara de palo, y vamos todos discutiendo a la salida del cine. Que la biblia, que las plagas, que eso pasa de verdad, etc.
Otra: en Embriagado de Amor el compadre protagonista está de lo mejor sacando la vuelta en la calle y de pronto un auto que viene rajado ¡se da tres vueltas en el aire! ¡Y alguien deja un pianito tirado en la calle!
Uno está todo el rato cabeceándose con el famoso pianito, y como él lo arregla y va sacando canciones después en la película, uno se embala y empieza a buscarle interpretaciones.
Yo escuché a una gordita que decía que el pianito representaba la soledad del compadre, y que la iba arreglando de a poco (cuando le pone maskin), y que aprendía a manejar su soledad a medida que conocía a la minoca.
Habría escuchado qué más decía la gordita pero me quedé dormido. La cosa es que como son poquitas las cosas raras que mete, uno las piensa y no las olvida, y siempre va cambiando la interpretación. O sea, el equivalente fliméfilo a andar con una piedra en el zapato, para qué estamos con cosas. Pero igual bien, porque uno le da al cerebro y no se olvida de las películas.
Yo a veces pienso que el pianito es su alma (cuando ando profundo). Otras veces pienso que es un pianito que dejaron tirado y qué tanto (cuando ando literal). O sea, es una película con muchas lecturas.
Otra cosa rara que apuesto a varios les molestó fue en Petróleo Sangriento cuando el mudito de Little Miss Sunshine sale al final de la película (cuando han pasado como treinta años) y está EXACTAMENTE igual.
¿Qué onda, peliculasta? ¿Qué le costaba echarle talco en el pelo, o haberle chantado una barba por último? No está ni ahí, para que uno se pase rollos con que el mudo era un santo que no envejecía, o que en realidad estaba en la mente del bigotudo, o que el compadre le echaba Bonella al pan nomás y hacía pilates, qué tanto.
Igual no dejo de pensar en la tonterita, pero si hay algún peliculasta leyendo, no se vaya al chancho, ¿ya? Las cosas raras para hinchar funcionan cuando la película es buena. No lleguen y pongan cuestiones raras porque sí nomás, porque eso es distinto. La idea es que sea piedra en el zapato la cuestión, no una roca gigante amarrada al cuello de los pobres giles que nos mamamos las películas. Así que váyanse con cuidadito.
V.- A LAS FINALES, IGUAL QUIERO A MI YOYITA:
La lección más importante este compadre la aprendió con su abuela la Yoyita, que era la única que le hacía picarones y le arreglaba la mochila cuando se le cortaba el tirante. Fue ella la que le dijo que no era bueno odiar, y que al papá igual había que quererlo, aunque para la pascua regalara puros cuadernos para el colegio y calcetines (viejo maldito).
Por eso que en todas sus películas aunque hay puro griterío y mala onda, al final siempre uno termina sonriendo y con ganas de irse a la casa a abrazar al hermano pelmazo. Bueno, en casi todas.
En Hard Eight hay pura mala onda todo el rato, y el viejujo que habla con voz de bueno anda metido en puros tetes con patos malos y la cuestión. Pero se nota que de verdad quiere al cara de mono y lo quiere ayudar, y lo mismo el cara de mono con él. Al final yo lloraba a moco tendido, y eso que yo soy recio.
Boogie Nights lo mismo. Son todos enteros reventados y andan todo el día entre el Snu Snu y el tráfico de talco, pero al final igual todos quieren que les hagan nanai y ser familia para tener donde ir el domingo. Al final el viejujo que era como el jefe de todos se convierte en el papá y quedan todos viviendo en la misma casa, y hasta manda a las minocas a ordenar la pieza, que es lo único que saben hacer los papás, en todo caso.
Con Magnolia sí que se les mandó. En esa película todos los papás son pero enteros malditos con los cabros chicos (el Don Francisco con la hija, el viejo pelmazo con el cabro chico genio, el abuelito enfermo con el Tom Cruz, etc) pero los cabros chicos igual terminan buscándolos y reconciliándose, aunque los otros fueron reyes pelmazos. Puro perdón.
Otro: El compadre de Embriagado de Amor tiene como cinco mil hermanas y a todas les llegan a salir granos de tanto que molestan al socito. (Le dicen homogay y lo agarran para la chuleta por el traje azul que anda trayendo) Pero al final todas andan re preocupadas de él y anda a insultarles al hermano.
Ahora con Petróleo Sangriento sí que nada que hacer. En esa película es como si el peliculasta estuviera todo el rato tratando de querer al bigotón y de perdonarle los condoros, pero después de tres horas y medias dijera “Filo, lo intenté pero con este viejujo no se puede. Chabela”.
Eso sería. Igual me pasa algo raro con las películas de este compadre. Aunque no tienen ni las medias tramas ni nada, uno igual siente que está viendo cuestiones que no había visto nunca, y al final se mete más que no sé qué en todo.
Yo diría que está al otro litro ya. Tiene cinco películas no más, pero me gustan tanto todas, que se ganó su lugar en el Salón Hermes de la Fama Fliméfila, y esa no la hace cualquiera. (Tengo como cien pericos esperando afuera para entrar, y hay el medio gorilón detrás de la cadenita haciéndose el difícil).
Buena Paul Thomas. ¿Para cuándo la nueva?
Como nos tienen barra se rajaron con PETRÓLEO SANGRIENTO nuevecita de paquete. Así que ya saben. Si quieren tenerla, dejen su comentario diciendo algo de este peliculasta. Suerte, que la fuerza los acompañe, etc.
Álvaro Peña
Música y riesgo a los 65
16/5/2008
En su leyenda está escrito que el músico porteño Álvaro Peña fue parte de la historia embrionaria del auténtico punk de los años '70. Pero no sólo es una leyenda: es verdad. Y Peña sigue activo hasta hoy: está de regreso en su puerto natal y en junio será homenajeado en el Teatro Municipal de Valparaíso.
David Ponce
MIMIX
Es en el viejo Cine Velarde de Valparaíso que Álvaro Peña recuerda haber visto la primera película de James Bond, Dr. No (1962), cuando hacia fines de los años '60 él era un incipiente músico porteño en medio de la era hippie. Hoy Peña vive gran parte del año en Alemania y tiene en su historia la leyenda de haber sido un precursor mundial del punk en los '70. Y el cine Velarde es ahora el Teatro Municipal de Valparaíso, el mismo donde el músico va a recibir el 13 de junio un homenaje.
Peña tiene varios méritos para ese tributo. A sus 65 años, ha grabado más de quince discos de larga duración y muchos más singles y ediciones varias en vinilo y cinta entre 1977 y 2007. Todos ellos han aparecido por el sello propio (Squeaky Shoes Records) que inició en 1977 en Inglaterra, país donde se estableció a comienzos de los '70. Y fue allí donde en 1974 formó un grupo llamado The 101'ers junto a un imberbe guitarrista de nombre Joe Strummer, el mismo que en 1976 iba a fundar la esencial banda punk inglesa The Clash, y que años después recordaría la figura de Peña a su paso por Chile en 1996.
Esa leyenda proto-punk es uno de sus pergaminos, pero el cantante y pianista es sobre todo un músico activo, que en los últimos años ha presentado trabajos como el musical Valparaíso, the musical (2004) y la compilación 8 fingers (2006). La gala de junio es una iniciativa del pintor Gonzalo Ilabaca, de las gubernamentales Escuelas de Rock y del programa de TV porteño "Tierra de sonidos", y en ella Peña compartirá el escenario con un grupo de intérpretes de armónica, con la banda punk Ocho Bolas y con la cantante Pascuala Ilabaca, todos músicos porteños. Y él va a estrenar una canción titulada "La lengua".
-El tema es súper loco. Es una mezcla que no ha hecho nadie, equivalente al clicks n' cuts del tecno (género musical a base de fragmentos y cortes en la música electrónica) pero con cosas esotéricas. Entre las opiniones que he recibido me han dicho que parece música de mapuches, de campos de concentración, una ópera wagneriana… -enumera el autor desde su casa en Valparaíso, donde está de vuelta desde hace dos semanas. Peña va a actuar ese día con Rodrigo Catalán, bajista de los aludidos Ocho Bolas, con un coro de escolares y sentado al piano de cola del mismo teatro.
-Es una gala patrimonial -define el pintor Gonzalo Ilabaca, que trabaja con Peña desde 1992 en Valparaíso-, para empezar por lo que ha estado más sumergido, y hacer un reconocimiento en vida a alguien que está creando hasta hoy. Para mí hay una autorreferencia en su música y en el arte eso me gusta mucho: artistas que bucean al interior de ellos mismos, para sacar el espíritu de una época. Ocupan su yo como una sala de ensayo. La diferencia es que el Álvaro asume además unas raíces híbridas.
Canciones como "Fuerte como un toro", "Valparaíso no me verá morir" o "Liceo Número 1 de Niñas" representan ese espíritu, comenta Ilabaca. "En ellas hay una cosa ecológica, vegetariana, o un desarraigo muy de nuestra época, y en 'Liceo Número 1 de Niñas' aparece una mujer con el pelo escarmenado, que viene de toda una época del Pepe Antártico, de una mirada social, urbana", agrega. Y su hija, Pascuala Ilabaca, cantante, pianista y acordeonista, recreará canciones de Peña como "El navegante umbilical" y "Cogito ergo sum".
-Él tiene distintas etapas, algunas cosas son como boleros, otras más experimentales, y como soy música me interesa más esa parte experimental -explica ella-. "Cogito…" por ejemplo es una declaración personal suya, de las cosas que ha hecho en su vida, y que se pueden considerar errores, pero que son su característica y lo hacen ser el artista que es. Ya el hecho de tocarlas con una voz femenina y con otra manera de tocar el teclado les da un toque distinto.
El regreso de Peña quedará registrado también en "Tierra de sonidos", serie documental de la productora Trinacrio que será estrenada en septiembre en el canal UCV TV, con doce capítulos sobre Los Jaivas, Congreso, Margot Loyola, Payo Grondona, Palmenia Pizarro, Ocho Bolas, LaFloripondio, Tryo, Los Paleteados del Puerto y otros. "(Peña) Es una leyenda del rock, y no sólo en Chile, pero tiene una tremenda sencillez. Él te vende un disco a luca", ejemplifica Alejandra Fritis, directora del programa. "Permanece por completo fuera de la industria, y se trata de hacer un llamado de atención sobre un creador que se ha mantenido vigente por décadas y es tremendamente coherente".
"La lengua", esa canción que el autor porteño estrenará en junio en el viejo cine Velarde de su adolescencia, está destinada además a su próximo disco, que será editado este año en formato de long play de vinilo. Otras canciones como "I love you on tuesdays" ("Te amo los martes") también estarán al lado de esa composición para piano de cola, bajo, coro escolar y ruidos esotéricos. "Hay que tomar riesgos", dice Álvaro Peña. "Tengo 65 años y podría componer baladas, pero hay que tomar riesgos para seguir viviendo".
Música y riesgo a los 65
16/5/2008
En su leyenda está escrito que el músico porteño Álvaro Peña fue parte de la historia embrionaria del auténtico punk de los años '70. Pero no sólo es una leyenda: es verdad. Y Peña sigue activo hasta hoy: está de regreso en su puerto natal y en junio será homenajeado en el Teatro Municipal de Valparaíso.
David Ponce
MIMIX
Es en el viejo Cine Velarde de Valparaíso que Álvaro Peña recuerda haber visto la primera película de James Bond, Dr. No (1962), cuando hacia fines de los años '60 él era un incipiente músico porteño en medio de la era hippie. Hoy Peña vive gran parte del año en Alemania y tiene en su historia la leyenda de haber sido un precursor mundial del punk en los '70. Y el cine Velarde es ahora el Teatro Municipal de Valparaíso, el mismo donde el músico va a recibir el 13 de junio un homenaje.
Peña tiene varios méritos para ese tributo. A sus 65 años, ha grabado más de quince discos de larga duración y muchos más singles y ediciones varias en vinilo y cinta entre 1977 y 2007. Todos ellos han aparecido por el sello propio (Squeaky Shoes Records) que inició en 1977 en Inglaterra, país donde se estableció a comienzos de los '70. Y fue allí donde en 1974 formó un grupo llamado The 101'ers junto a un imberbe guitarrista de nombre Joe Strummer, el mismo que en 1976 iba a fundar la esencial banda punk inglesa The Clash, y que años después recordaría la figura de Peña a su paso por Chile en 1996.
Esa leyenda proto-punk es uno de sus pergaminos, pero el cantante y pianista es sobre todo un músico activo, que en los últimos años ha presentado trabajos como el musical Valparaíso, the musical (2004) y la compilación 8 fingers (2006). La gala de junio es una iniciativa del pintor Gonzalo Ilabaca, de las gubernamentales Escuelas de Rock y del programa de TV porteño "Tierra de sonidos", y en ella Peña compartirá el escenario con un grupo de intérpretes de armónica, con la banda punk Ocho Bolas y con la cantante Pascuala Ilabaca, todos músicos porteños. Y él va a estrenar una canción titulada "La lengua".
-El tema es súper loco. Es una mezcla que no ha hecho nadie, equivalente al clicks n' cuts del tecno (género musical a base de fragmentos y cortes en la música electrónica) pero con cosas esotéricas. Entre las opiniones que he recibido me han dicho que parece música de mapuches, de campos de concentración, una ópera wagneriana… -enumera el autor desde su casa en Valparaíso, donde está de vuelta desde hace dos semanas. Peña va a actuar ese día con Rodrigo Catalán, bajista de los aludidos Ocho Bolas, con un coro de escolares y sentado al piano de cola del mismo teatro.
-Es una gala patrimonial -define el pintor Gonzalo Ilabaca, que trabaja con Peña desde 1992 en Valparaíso-, para empezar por lo que ha estado más sumergido, y hacer un reconocimiento en vida a alguien que está creando hasta hoy. Para mí hay una autorreferencia en su música y en el arte eso me gusta mucho: artistas que bucean al interior de ellos mismos, para sacar el espíritu de una época. Ocupan su yo como una sala de ensayo. La diferencia es que el Álvaro asume además unas raíces híbridas.
Canciones como "Fuerte como un toro", "Valparaíso no me verá morir" o "Liceo Número 1 de Niñas" representan ese espíritu, comenta Ilabaca. "En ellas hay una cosa ecológica, vegetariana, o un desarraigo muy de nuestra época, y en 'Liceo Número 1 de Niñas' aparece una mujer con el pelo escarmenado, que viene de toda una época del Pepe Antártico, de una mirada social, urbana", agrega. Y su hija, Pascuala Ilabaca, cantante, pianista y acordeonista, recreará canciones de Peña como "El navegante umbilical" y "Cogito ergo sum".
-Él tiene distintas etapas, algunas cosas son como boleros, otras más experimentales, y como soy música me interesa más esa parte experimental -explica ella-. "Cogito…" por ejemplo es una declaración personal suya, de las cosas que ha hecho en su vida, y que se pueden considerar errores, pero que son su característica y lo hacen ser el artista que es. Ya el hecho de tocarlas con una voz femenina y con otra manera de tocar el teclado les da un toque distinto.
El regreso de Peña quedará registrado también en "Tierra de sonidos", serie documental de la productora Trinacrio que será estrenada en septiembre en el canal UCV TV, con doce capítulos sobre Los Jaivas, Congreso, Margot Loyola, Payo Grondona, Palmenia Pizarro, Ocho Bolas, LaFloripondio, Tryo, Los Paleteados del Puerto y otros. "(Peña) Es una leyenda del rock, y no sólo en Chile, pero tiene una tremenda sencillez. Él te vende un disco a luca", ejemplifica Alejandra Fritis, directora del programa. "Permanece por completo fuera de la industria, y se trata de hacer un llamado de atención sobre un creador que se ha mantenido vigente por décadas y es tremendamente coherente".
"La lengua", esa canción que el autor porteño estrenará en junio en el viejo cine Velarde de su adolescencia, está destinada además a su próximo disco, que será editado este año en formato de long play de vinilo. Otras canciones como "I love you on tuesdays" ("Te amo los martes") también estarán al lado de esa composición para piano de cola, bajo, coro escolar y ruidos esotéricos. "Hay que tomar riesgos", dice Álvaro Peña. "Tengo 65 años y podría componer baladas, pero hay que tomar riesgos para seguir viviendo".
DEPENDENCIA NACIONAL por Francisco Ortega
LEER BLOG
El próximo estreno de la nueva película de Matías Bize da luces sobre la buena salud de la esquina independiente del cine nacional, pero también del pésimo estado de nuestro séptimo arte como industria de proyección comercial.
La primera película de la cual escribí como crítico para esta revista (y este diario), fue Señales de M. Night Shyamalan. Un filme que hasta el día de hoy me da rabia, porque siento que perfectamente podría haber sido chileno: un relato intimista acerca de un tema tan cinematográficamente universal como una invasión marciana, pero contado desde la perspectiva de una familia aislada en el campo, sin costosos efectos especiales, sólo ambiente y buenas actuaciones. Shyamalan lo situó cerca de Filadelfia, pero podría haber ocurrido alrededor de Chillán. Sentí además que esa historia ya la conocía y la había leído precisamente en un libro de un autor chileno: El que merodea en la lluvia, del recién fallecido Hugo Correa. Moraleja: en Chile no hay falta de ideas, lo que brilla por su ausencia es quien se encargue de buscarlas y llevarlas a pantalla, que es algo muy distinto, simplemente necesitamos productores.
La próxima semana debiera estrenarse Lo Bueno de Llorar, la más reciente película de Matías Bize, tal vez el más premiado de nuestros nuevos cineastas. Punta de lanza de una generación donde brillan nombres como Sebastián Lelio, Alicia Scherson y José Luís Torres Leiva entre otros. Lo Bueno de Llorar, como la obra entera de Bize y sus compañeros de reparto, es una película intima, llena de buenos momentos y mejores intensiones. Y en esa virtud está el gran dilema que creo enfrenta nuestro cine en su camino a convertirse en industria: ser justamente industria.
La salud de nuestro cine independiente rebosa. Hay filmes que ganan festivales y llenan portadas de revistas especializadas, pero ¿se están viendo? ¿Es tan importante ganar un certamen en Polonia –por tirar un nombre al azar- si no enganchamos al gran público? ¿Qué nos conviene para dar el gran salto fílmico, continuar buscando al nuevo Raúl Ruiz o hacer de Chile la capital del nuevo cine hispano de terror, por ejemplo? Y ojo, lo de terror no es al azar. De todos los países latinoamericanos, el nuestro es el que tiene la mayor base de datos de fantasmas, aparecidos, ciudades perdidas y entierros; convertir esa riqueza en películas “dependientes”, dirigidas al gran público es una mina de oro que alguien debiera (y debe) explotar.
Si ya ganamos la independencia, ahora hay que correr tras la dependencia. Que ojo, no es una forma bonita de decir “comercial”, sino una manera inteligente de hacer cine masivo y al mismo tiempo de calidad. Y aquí los roles claves no están ni en una nueva generación de directores, ni menos de guionistas, sino en el surgimiento de una nueva camada de productores, tipos que asuman el concepto de produautor y que junto con generar las “lucas”, rastreen historias y busquen escritores y directores para encargar las tareas. Que vean el cine no como arte, ni como un paso para la tele, sino como mitología de pop corn.
Hace poco, el escritor boliviano Edmundo Paz Soldan escribió en su blog que la mejor literatura de género en español se estaba escribiendo en Chile. Que novelas como Ygdrasil o el Púgil inventaban mundos, pero también hacían universal la mitología chilena, mezclando invunches con cyborgs. Buena salud y buenos aires para los libros, algo que debiera contagiar a las películas. Ese es un buen primer paso, el segundo dejar de pensar en el poto y la teta como sinónimo de cine para las masas, porque mientras no exiliemos de nuestra filmografía engendros como Mansacue no vamos a ir a ninguna parte. Y el enemigo en este cambio de switch, no es Bize ni nuestros indies, sino todo lo contrario, Che Copete y La Vida es una Lotería.
LEER BLOG
El próximo estreno de la nueva película de Matías Bize da luces sobre la buena salud de la esquina independiente del cine nacional, pero también del pésimo estado de nuestro séptimo arte como industria de proyección comercial.
La primera película de la cual escribí como crítico para esta revista (y este diario), fue Señales de M. Night Shyamalan. Un filme que hasta el día de hoy me da rabia, porque siento que perfectamente podría haber sido chileno: un relato intimista acerca de un tema tan cinematográficamente universal como una invasión marciana, pero contado desde la perspectiva de una familia aislada en el campo, sin costosos efectos especiales, sólo ambiente y buenas actuaciones. Shyamalan lo situó cerca de Filadelfia, pero podría haber ocurrido alrededor de Chillán. Sentí además que esa historia ya la conocía y la había leído precisamente en un libro de un autor chileno: El que merodea en la lluvia, del recién fallecido Hugo Correa. Moraleja: en Chile no hay falta de ideas, lo que brilla por su ausencia es quien se encargue de buscarlas y llevarlas a pantalla, que es algo muy distinto, simplemente necesitamos productores.
La próxima semana debiera estrenarse Lo Bueno de Llorar, la más reciente película de Matías Bize, tal vez el más premiado de nuestros nuevos cineastas. Punta de lanza de una generación donde brillan nombres como Sebastián Lelio, Alicia Scherson y José Luís Torres Leiva entre otros. Lo Bueno de Llorar, como la obra entera de Bize y sus compañeros de reparto, es una película intima, llena de buenos momentos y mejores intensiones. Y en esa virtud está el gran dilema que creo enfrenta nuestro cine en su camino a convertirse en industria: ser justamente industria.
La salud de nuestro cine independiente rebosa. Hay filmes que ganan festivales y llenan portadas de revistas especializadas, pero ¿se están viendo? ¿Es tan importante ganar un certamen en Polonia –por tirar un nombre al azar- si no enganchamos al gran público? ¿Qué nos conviene para dar el gran salto fílmico, continuar buscando al nuevo Raúl Ruiz o hacer de Chile la capital del nuevo cine hispano de terror, por ejemplo? Y ojo, lo de terror no es al azar. De todos los países latinoamericanos, el nuestro es el que tiene la mayor base de datos de fantasmas, aparecidos, ciudades perdidas y entierros; convertir esa riqueza en películas “dependientes”, dirigidas al gran público es una mina de oro que alguien debiera (y debe) explotar.
Si ya ganamos la independencia, ahora hay que correr tras la dependencia. Que ojo, no es una forma bonita de decir “comercial”, sino una manera inteligente de hacer cine masivo y al mismo tiempo de calidad. Y aquí los roles claves no están ni en una nueva generación de directores, ni menos de guionistas, sino en el surgimiento de una nueva camada de productores, tipos que asuman el concepto de produautor y que junto con generar las “lucas”, rastreen historias y busquen escritores y directores para encargar las tareas. Que vean el cine no como arte, ni como un paso para la tele, sino como mitología de pop corn.
Hace poco, el escritor boliviano Edmundo Paz Soldan escribió en su blog que la mejor literatura de género en español se estaba escribiendo en Chile. Que novelas como Ygdrasil o el Púgil inventaban mundos, pero también hacían universal la mitología chilena, mezclando invunches con cyborgs. Buena salud y buenos aires para los libros, algo que debiera contagiar a las películas. Ese es un buen primer paso, el segundo dejar de pensar en el poto y la teta como sinónimo de cine para las masas, porque mientras no exiliemos de nuestra filmografía engendros como Mansacue no vamos a ir a ninguna parte. Y el enemigo en este cambio de switch, no es Bize ni nuestros indies, sino todo lo contrario, Che Copete y La Vida es una Lotería.
Thursday, May 15, 2008
Fuera de foco:
Mayo del 68
por Alberto Fuguet leer blog
Cinematográficamente, ¿cómo recordaremos este mayo en, no sé, treinta años más? Mirar para atrás es más fácil que predecir. Hace cuarenta años exacto estalló eso que terminó llamándose simplemente Mayo del 68 (el aporte francés a un año que se vivió intensa y peligrosamente en todo el mundo, desde Chicago a Praga al De-Efe). A días que se inicie Cannes 2008, festival que al final se canceló por las protestas que tuvieron a Godard y a Truffaut a la cabeza, no puedo dejar de pensar en nuestro Mayo 2008, sobre todo después de leer un emocionante artículo de A. O. Scott, publicado en The New York Times titulado El espirítu del 68.
Según los historiadores, Mayo del 68 comenzó en febrero de ese año cuando el gobierno de De Gaulle removió de la cinemateca nacional a Henri Langlois y los cinéfilos reaccionaron como cuando el celuloide se quema en medio de una proyección: con rabia, ira y acción. En el fondo, dejaron de ser extras y se transformaron en protagonistas. La revolución no sólo fue transmitida sino filmada en 16mm. Dudo que eso pasara ahora en Chile. El día que expulsen al director de TVN o la Ministra de Cultura no creo que el país entre en jaque o se paralice. ¿O sí? ¿Habrá protestas lideradas por nuestros cineasta y críticos? Al revés, quizás habrá un sentido de justicia y de pronto un par de festejos en Nuñoa, el Forestal y Santiago Poniente.
Según Scott, “descubrir 40 años después algunos de los experimentos cinematográficos de 1968 impresiona sobretodo por lo crudo, lo urgente, lo alucinantemente vivas que son”. Y claro: si el cine logró de alguna manera encender la chispa de la revolución, lo mínimo es que también fueran revolucionarias en el verdadero sentido del término: que revolucionaran, que movieran, que electrocutaran.
Incluso aquellas que no tocaban el tema del cambio o de la ebullición ideológica eran capaces de captar la electricidad-ambiente. Besos robados, de Truffuat, es romántica, adolescente, simpática, pero también es torpe, desordenada y capta de manera indiscutible lo que implicaba (y lo que se sentía) tener veintitantos el año 68. “No sólo filmaron los tiempos; fueron partícipes y catalizadores”, escribe Scott.
La Chinoise, del 67, es uno de los aportes de Godard a la causa. La cinta está llena de epigramas, proverbios y carteles, pero uno es bastante claro y lúcido: cuando las ideas son vagas, necesitamos imágenes claras. Personalmente, no creo que ningún artista deba tener ninguna responsabilidad más allá de su propia historia, personajes, estética y ética. No creo que es necesario ni obligatorio tener que ayudar a una causa mayor o ajena ni hacerse cargo de temas actuales o urgentes. Pero por otra parte… sorprende tanta irresponsabilidad estética.
El cine es el cine, se haga en digital o con una cámara de fotos, se estrene en el Hoyts o en YouTube. Y sé que, se haga lo que haga, siempre se termina hablando de algunos temas, desde luego del país, e incluso el más ingenuo o pedestre creador nunca podrá alejarse de crear desde una ideología, sepa o no sepa lo que es una ideología.
Y aquí me pregunto si acaso no deberíamos tener acaso un poco más de conciencia. No política pero, al menos, estética. Porque una de las maravillas del cine es que hasta la peor de las películas termina siendo un documental de cierto interés y capaz de revelar cosas del autor, del país y del lado de la vereda desde donde se filmó. De nuevo: cómo recordaremos nuestro mayo del 2008. Este es el cine que queremos? Cómo se verá años más tarde? BancoEstado (que, claramente, ya no es “del Estado” sino representa, con una exactitud casi aterradora, el estado de las cosas) puede seguir apoyando esperpentos como El Che Kopete. ¿Eso es cine chileno o cine hecho por chilenos? Lo que me pregunto es si nosotros seguiremos apoyando este tipo de cine. ¿Es lo que queremos? ¿No nos merecemos algo más tipo La vida me mata? ¿Es así como queremos ser recordados? ¿O es mi ego elitista el que habla? No sé. Sólo sé que la idea que alguien escriba sobre mayo del 2008 en cuarenta años más me da un poco de miedo y, por qué no, un poco de pena también.
Mayo del 68
por Alberto Fuguet leer blog
Cinematográficamente, ¿cómo recordaremos este mayo en, no sé, treinta años más? Mirar para atrás es más fácil que predecir. Hace cuarenta años exacto estalló eso que terminó llamándose simplemente Mayo del 68 (el aporte francés a un año que se vivió intensa y peligrosamente en todo el mundo, desde Chicago a Praga al De-Efe). A días que se inicie Cannes 2008, festival que al final se canceló por las protestas que tuvieron a Godard y a Truffaut a la cabeza, no puedo dejar de pensar en nuestro Mayo 2008, sobre todo después de leer un emocionante artículo de A. O. Scott, publicado en The New York Times titulado El espirítu del 68.
Según los historiadores, Mayo del 68 comenzó en febrero de ese año cuando el gobierno de De Gaulle removió de la cinemateca nacional a Henri Langlois y los cinéfilos reaccionaron como cuando el celuloide se quema en medio de una proyección: con rabia, ira y acción. En el fondo, dejaron de ser extras y se transformaron en protagonistas. La revolución no sólo fue transmitida sino filmada en 16mm. Dudo que eso pasara ahora en Chile. El día que expulsen al director de TVN o la Ministra de Cultura no creo que el país entre en jaque o se paralice. ¿O sí? ¿Habrá protestas lideradas por nuestros cineasta y críticos? Al revés, quizás habrá un sentido de justicia y de pronto un par de festejos en Nuñoa, el Forestal y Santiago Poniente.
Según Scott, “descubrir 40 años después algunos de los experimentos cinematográficos de 1968 impresiona sobretodo por lo crudo, lo urgente, lo alucinantemente vivas que son”. Y claro: si el cine logró de alguna manera encender la chispa de la revolución, lo mínimo es que también fueran revolucionarias en el verdadero sentido del término: que revolucionaran, que movieran, que electrocutaran.
Incluso aquellas que no tocaban el tema del cambio o de la ebullición ideológica eran capaces de captar la electricidad-ambiente. Besos robados, de Truffuat, es romántica, adolescente, simpática, pero también es torpe, desordenada y capta de manera indiscutible lo que implicaba (y lo que se sentía) tener veintitantos el año 68. “No sólo filmaron los tiempos; fueron partícipes y catalizadores”, escribe Scott.
La Chinoise, del 67, es uno de los aportes de Godard a la causa. La cinta está llena de epigramas, proverbios y carteles, pero uno es bastante claro y lúcido: cuando las ideas son vagas, necesitamos imágenes claras. Personalmente, no creo que ningún artista deba tener ninguna responsabilidad más allá de su propia historia, personajes, estética y ética. No creo que es necesario ni obligatorio tener que ayudar a una causa mayor o ajena ni hacerse cargo de temas actuales o urgentes. Pero por otra parte… sorprende tanta irresponsabilidad estética.
El cine es el cine, se haga en digital o con una cámara de fotos, se estrene en el Hoyts o en YouTube. Y sé que, se haga lo que haga, siempre se termina hablando de algunos temas, desde luego del país, e incluso el más ingenuo o pedestre creador nunca podrá alejarse de crear desde una ideología, sepa o no sepa lo que es una ideología.
Y aquí me pregunto si acaso no deberíamos tener acaso un poco más de conciencia. No política pero, al menos, estética. Porque una de las maravillas del cine es que hasta la peor de las películas termina siendo un documental de cierto interés y capaz de revelar cosas del autor, del país y del lado de la vereda desde donde se filmó. De nuevo: cómo recordaremos nuestro mayo del 2008. Este es el cine que queremos? Cómo se verá años más tarde? BancoEstado (que, claramente, ya no es “del Estado” sino representa, con una exactitud casi aterradora, el estado de las cosas) puede seguir apoyando esperpentos como El Che Kopete. ¿Eso es cine chileno o cine hecho por chilenos? Lo que me pregunto es si nosotros seguiremos apoyando este tipo de cine. ¿Es lo que queremos? ¿No nos merecemos algo más tipo La vida me mata? ¿Es así como queremos ser recordados? ¿O es mi ego elitista el que habla? No sé. Sólo sé que la idea que alguien escriba sobre mayo del 2008 en cuarenta años más me da un poco de miedo y, por qué no, un poco de pena también.
LA FICCIÓN ES CIENCIA
Hace rato que la ciencia ficción viene haciendo ruido en las letras chilenas. El Púgil de Mike Wilson, es el último ejemplo: la historia de un boxeador argentino que oye hablar a su refrigerador, mientras una nube negra cubre Buenos Aires. Una novela post-apocalíptica que bebe más de películas como Donnie Darko y la música de Joy Division que de la ciencia ficción dura, y cuyo extracto puedes leer acá.
Por Antonio Díaz Oliva ver
PEGA FUERTE
“Los dos intentaban rehacerse a sí mismos y rehacer el universo entero. Y por eso la ciencia ficción constituía una tan gran ayuda para ellos”. Kurt Vonnegut, Matadero Cinco (1969).
Art cae de rodillas y se pone a llorar en medio del cuadrilátero. Su carrera como boxeador se acaba. Al otro día, en su casa, mientras lee cómo los periódicos se ríen de su papelón en el ring, el refrigerador le habla.
El artefacto le da algunas pistas e indicaciones y Art le hace caso. Termina deambulando por un Buenos Aires retro, topándose con personajes que van desde un clon de Orson Welles y un tintorero japonés que podría encajar en el mundo de Tarantino, hasta un grupo de nerds que juega rol dentro de una ballena varada.
Eso y otras cosas bizarras hay en El Púgil (08), la novela del argentino-estadounidense y residente en Chile, Mike Wilson Reginato (34). “Una historia del fin del mundo en el fin del mundo”, como se afirma en la portada, y que vendría a ser prima-hermana de Caja Negra (06)de Álvaro Bisama. O como dice el mismo Mike: “…que funcionan como prótesis”.
Como sea, ambos libros son de un tipo de ciencia ficción donde lo raro suple el fetichismo tecnológico, una corriente que ha cobrado fuerza acá desde Ygdrasil (05), la novela de Jorge Baradit que se convirtió en el punto de partida para que mucha gente se interesara y se atreviera con libros como el de Mike Wilson.
Aunque –hay que advertirlo- salir de El Púgil cuesta bastante. Pero ingresar no, porque está tan plagado de referentes pop que es imposible no agarrase de algo como puerta de entrada. Sin ir más lejos, el epígrafe de la novela es un trozo de “Transmission” de Joy Division. La mejor señal de la dirección y estética del libro.
Dentro de los links que hay en El Púgil, una constante es Donnie Darko (01). Tanto la película de Richard Kelly como la novela de Wilson, comparten cierta estética oscura y transmiten una sensación onírica en que no se sabe si uno está soñando o despierto.
"El Púgil tiene el mismo efecto que Donnie Darko: lo puedes tomar como una película de ciencia ficción o una sicológica. Me gusta harto la angustia metafísica del personaje Donnie, quien tiene esquizofrenia y por eso nunca sabemos qué elementos son realidad y cuáles no. En El Púgil pasa algo similar con Art, el protagonista, un veterano de las Malvinas que tiene su trauma sicológico, lo que le da cierta ambigüedad al asunto”, dice el autor.
Y también hay citas a Inteligencia Artificial (01)que se repiten bastante…
“Sí, para mí es una película que no se le dio la atención que merecía. Una de esas criaturas raras dentro del cine porque era una cinta de Kubrick pero de Spielberg igualmente. Y al final se convirtió en un ejercicio de comparar quién es mejor: Kubrick o Spielberg, y no se fijaron bien en la historia. Pero lo que me interesa de la película es el concepto de artificialidad, que es algo presente en mi novela”.
Además de las referencias cinematográficas, la música es un elemento importante en la novela. De Joy Division a Radiohead.
“Me interesa Joy Division porque El Púgil es una novela apocalíptica, y para mí Joy Division siempre ha sido música apocalíptica. Tiene un ritmo holocaustico y sentía que encajaba bastante bien, como el protagonista deambulaba por la ciudad y va ingresando a un infierno urbano”.
¿Desde dónde crees que se sitúa esta nueva corriente de ciencia ficción chilena?
“Hace poco alguien me preguntó cómo era escribir ciencia ficción desde acá, el tercer mundo. Y alguien habló de un “nuevo realismo mágico” para describirlo. Pero no sé, el realismo mágico salía de Latinoamérica servido en bandeja para que lo entendiera el lector internacional. Lo que se escribe dentro de esta literatura frik viene con furia, más violencia y no es lo que se espera que provenga desde acá”.
Además choca con la típica imagen que la gente tiene…
“Muchos piensan, cuando le hablas de ciencia ficción, en Star Wars o Star Trek; o sea algo en el espacio y con mucha tecnología. Y esa noción es bastante distinta a lo que se escribe en estos momentos. Como pasa con Ygdrasil, por ejemplo”.
En la solapa del libro Edmundo Paz Soldán dice: “la mejor ciencia ficción en castellano se está hoy escribiendo en Chile”. ¿Te parece que este tipo de literatura viene a ser un relevo en el género?
“Lo aparecido ahora no es ciencia ficción tradicional, es un pastiche. Y eso tiene que ver con la generación mediática y con la cultura pop. Es muy distinto a lo que se escribía en la escuela de la ciencia ficción hard, porque ahora uno se basa en experiencias como el cine -que aunque no sea de acá y provenga de Japón- es parte con lo que uno se crió. O la música, películas clase B, TV basura, ese tipo de cosas.
Al final lo que cualquier tradición narrativa necesita, es que aparezcan tumores que desvíen e irrumpan en el futuro que se supone que iba a tener esa tradición”.
Y los tumores ya están aquí.
A continuación, nuestros cinco autores recomendados para ingresar a la ciencia ficción:
1.- PHILIP K. DICK
Conocido por escribir el libro en que se basó la película Blade Runner (1982), también fue creador de novelas notables como El Hombre en el Castillo (1962), donde se narra una realidad alternativa en que parte de Estados Unidos es controlado por los nazis desde la Segunda Guerra Mundial.
Tiene varios cuentos notables, los cuales escribió frenéticamente mientras consumía una gran cantidad de anfetaminas. Murió casi con lo puesto, y su reconocimiento fuera de los circuitos de la ciencia ficción fue posterior. Por latitudes latinoamericanas, escritores como Ricardo Piglia, Bolaño y Fresán son algunos de sus fans devotos.
En Biblioteca de Santiago se encuentran los Cuentos completos volumen 1 y 3 además de la novela Ubik (1969).
En Bibliometro se encuentran las novelas Lotería Solar (1955), El Hombre en el Castillo (1962), Valis (1981) y la compilación de cuentos El Padre-Cosa.
2.- J.G. BALLARD
Famoso gracias a Crash (1973) -el libro preferido de Ian Curtis-, donde cuenta la historia de un grupo de personas que se excitan con los choques en auto, y que tuvo una adaptación al cine a manos de David Cronenberg.
Ballard es autor de una serie de novelas y cuentos en que más que experimentar sobre el espacio exterior, se enfoca en los conflictos sicológicos del hombre de clase media inmerso en una sociedad de consumo. Hace poco publicó una autobiografía donde anuncia su inminente muerte por culpa de un cáncer a la próstata.
Parece que la copia de Crash (1973) de la Biblioteca de Santiago ha sido todo un éxito. La están restaurando y estaría disponible nuevamente en un mes.
3.- WILLIAM GIBSON
Gibson es el padre del término cyberpunkque fue tan famoso en los ochentas y noventas. Su obra más reconocida, e inicio de su primera trilogía, es Neuromante (1984), donde tempranamente se anuncian términos como ciberespacio o realidad virtual. Y donde los manejos o robos de información y los hackers, hacen las primeras apariciones en la literatura. Un autor al cual Matrix le debe más de lo que los hermanos Wachowski se atreverían a reconocer.
En biblioteca de Santiago se encuentra su novela Conde Cero (1986) perteneciente a la trilogía del Sprawl.
4.- HUGO CORREA
Mientras en Chile el realismo seguía siendo la corriente literaria, Hugo Correase dedicaba a escribir sobre invasiones extraterrestres en el campo o apariciones de Satanás en obras como Los Ojos del Diablo (1972) o su clásico Los Altísimos (1959). Tan bien le fue que terminó colaborando en revistas norteamericanas con el apoyo de Ray Bradbury.
Acaba de morir, días después del deceso de otra pluma grande de la ciencia ficción: Arthur C. Clarke (2001: Odisea en el espacio). A la espera de reediciones de su trabajo, las librerías de viejos son la mejor opción para encontrar algo de su autoría.
5.- JORGE BARADIT
Su novela Ygdrasil (05) fue la primera bomba de ciencia ficción chilena en detonar, el adelanto de una serie de explosiones que se sentían venir en las letras locales.
Robándole más estética a los videos de Nine Inch Nails y a la animación japonesa que a la ciencia ficción de tomo y lomo, Baradit ya es un referente local e hispano dentro del género. Junto con otros escritores maneja el blog Ucroníadonde en cápsulas narrativas fantasean sobre pasados y futuros alternativos referentes a la historia chilena.
“Ygdrasil” está disponible en Bibliometro y Biblioteca de Santiago
El Púgil
(5/14/2008 5:33:00 PM)
Extracto gentileza de Editorial Forja. 2008
"Las franjas blancas que dividían el asfalto negro brillaban y Art se acordaba con nostalgia de esas tarjetas navideñas adornadas con nieve de fantasía y de los paisajes árticos que siempre aparecían en aquellas animaciones de plastilina, como Rodolfo el reno y Frosty el hombre de nieve. El movimiento de esas líneas blancas provocaba algo en Art, volaban hacia él, fracturadas, veloces y brillantes. Cuántas películas comenzaban así; un coche avanzando por una calle, de noche, ángulo picado, plano americano, iluminación directa, el lente enfocado en el avance veloz de las franjas blancas.."
Hace rato que la ciencia ficción viene haciendo ruido en las letras chilenas. El Púgil de Mike Wilson, es el último ejemplo: la historia de un boxeador argentino que oye hablar a su refrigerador, mientras una nube negra cubre Buenos Aires. Una novela post-apocalíptica que bebe más de películas como Donnie Darko y la música de Joy Division que de la ciencia ficción dura, y cuyo extracto puedes leer acá.
Por Antonio Díaz Oliva ver
PEGA FUERTE
“Los dos intentaban rehacerse a sí mismos y rehacer el universo entero. Y por eso la ciencia ficción constituía una tan gran ayuda para ellos”. Kurt Vonnegut, Matadero Cinco (1969).
Art cae de rodillas y se pone a llorar en medio del cuadrilátero. Su carrera como boxeador se acaba. Al otro día, en su casa, mientras lee cómo los periódicos se ríen de su papelón en el ring, el refrigerador le habla.
El artefacto le da algunas pistas e indicaciones y Art le hace caso. Termina deambulando por un Buenos Aires retro, topándose con personajes que van desde un clon de Orson Welles y un tintorero japonés que podría encajar en el mundo de Tarantino, hasta un grupo de nerds que juega rol dentro de una ballena varada.
Eso y otras cosas bizarras hay en El Púgil (08), la novela del argentino-estadounidense y residente en Chile, Mike Wilson Reginato (34). “Una historia del fin del mundo en el fin del mundo”, como se afirma en la portada, y que vendría a ser prima-hermana de Caja Negra (06)de Álvaro Bisama. O como dice el mismo Mike: “…que funcionan como prótesis”.
Como sea, ambos libros son de un tipo de ciencia ficción donde lo raro suple el fetichismo tecnológico, una corriente que ha cobrado fuerza acá desde Ygdrasil (05), la novela de Jorge Baradit que se convirtió en el punto de partida para que mucha gente se interesara y se atreviera con libros como el de Mike Wilson.
Aunque –hay que advertirlo- salir de El Púgil cuesta bastante. Pero ingresar no, porque está tan plagado de referentes pop que es imposible no agarrase de algo como puerta de entrada. Sin ir más lejos, el epígrafe de la novela es un trozo de “Transmission” de Joy Division. La mejor señal de la dirección y estética del libro.
Dentro de los links que hay en El Púgil, una constante es Donnie Darko (01). Tanto la película de Richard Kelly como la novela de Wilson, comparten cierta estética oscura y transmiten una sensación onírica en que no se sabe si uno está soñando o despierto.
"El Púgil tiene el mismo efecto que Donnie Darko: lo puedes tomar como una película de ciencia ficción o una sicológica. Me gusta harto la angustia metafísica del personaje Donnie, quien tiene esquizofrenia y por eso nunca sabemos qué elementos son realidad y cuáles no. En El Púgil pasa algo similar con Art, el protagonista, un veterano de las Malvinas que tiene su trauma sicológico, lo que le da cierta ambigüedad al asunto”, dice el autor.
Y también hay citas a Inteligencia Artificial (01)que se repiten bastante…
“Sí, para mí es una película que no se le dio la atención que merecía. Una de esas criaturas raras dentro del cine porque era una cinta de Kubrick pero de Spielberg igualmente. Y al final se convirtió en un ejercicio de comparar quién es mejor: Kubrick o Spielberg, y no se fijaron bien en la historia. Pero lo que me interesa de la película es el concepto de artificialidad, que es algo presente en mi novela”.
Además de las referencias cinematográficas, la música es un elemento importante en la novela. De Joy Division a Radiohead.
“Me interesa Joy Division porque El Púgil es una novela apocalíptica, y para mí Joy Division siempre ha sido música apocalíptica. Tiene un ritmo holocaustico y sentía que encajaba bastante bien, como el protagonista deambulaba por la ciudad y va ingresando a un infierno urbano”.
¿Desde dónde crees que se sitúa esta nueva corriente de ciencia ficción chilena?
“Hace poco alguien me preguntó cómo era escribir ciencia ficción desde acá, el tercer mundo. Y alguien habló de un “nuevo realismo mágico” para describirlo. Pero no sé, el realismo mágico salía de Latinoamérica servido en bandeja para que lo entendiera el lector internacional. Lo que se escribe dentro de esta literatura frik viene con furia, más violencia y no es lo que se espera que provenga desde acá”.
Además choca con la típica imagen que la gente tiene…
“Muchos piensan, cuando le hablas de ciencia ficción, en Star Wars o Star Trek; o sea algo en el espacio y con mucha tecnología. Y esa noción es bastante distinta a lo que se escribe en estos momentos. Como pasa con Ygdrasil, por ejemplo”.
En la solapa del libro Edmundo Paz Soldán dice: “la mejor ciencia ficción en castellano se está hoy escribiendo en Chile”. ¿Te parece que este tipo de literatura viene a ser un relevo en el género?
“Lo aparecido ahora no es ciencia ficción tradicional, es un pastiche. Y eso tiene que ver con la generación mediática y con la cultura pop. Es muy distinto a lo que se escribía en la escuela de la ciencia ficción hard, porque ahora uno se basa en experiencias como el cine -que aunque no sea de acá y provenga de Japón- es parte con lo que uno se crió. O la música, películas clase B, TV basura, ese tipo de cosas.
Al final lo que cualquier tradición narrativa necesita, es que aparezcan tumores que desvíen e irrumpan en el futuro que se supone que iba a tener esa tradición”.
Y los tumores ya están aquí.
A continuación, nuestros cinco autores recomendados para ingresar a la ciencia ficción:
1.- PHILIP K. DICK
Conocido por escribir el libro en que se basó la película Blade Runner (1982), también fue creador de novelas notables como El Hombre en el Castillo (1962), donde se narra una realidad alternativa en que parte de Estados Unidos es controlado por los nazis desde la Segunda Guerra Mundial.
Tiene varios cuentos notables, los cuales escribió frenéticamente mientras consumía una gran cantidad de anfetaminas. Murió casi con lo puesto, y su reconocimiento fuera de los circuitos de la ciencia ficción fue posterior. Por latitudes latinoamericanas, escritores como Ricardo Piglia, Bolaño y Fresán son algunos de sus fans devotos.
En Biblioteca de Santiago se encuentran los Cuentos completos volumen 1 y 3 además de la novela Ubik (1969).
En Bibliometro se encuentran las novelas Lotería Solar (1955), El Hombre en el Castillo (1962), Valis (1981) y la compilación de cuentos El Padre-Cosa.
2.- J.G. BALLARD
Famoso gracias a Crash (1973) -el libro preferido de Ian Curtis-, donde cuenta la historia de un grupo de personas que se excitan con los choques en auto, y que tuvo una adaptación al cine a manos de David Cronenberg.
Ballard es autor de una serie de novelas y cuentos en que más que experimentar sobre el espacio exterior, se enfoca en los conflictos sicológicos del hombre de clase media inmerso en una sociedad de consumo. Hace poco publicó una autobiografía donde anuncia su inminente muerte por culpa de un cáncer a la próstata.
Parece que la copia de Crash (1973) de la Biblioteca de Santiago ha sido todo un éxito. La están restaurando y estaría disponible nuevamente en un mes.
3.- WILLIAM GIBSON
Gibson es el padre del término cyberpunkque fue tan famoso en los ochentas y noventas. Su obra más reconocida, e inicio de su primera trilogía, es Neuromante (1984), donde tempranamente se anuncian términos como ciberespacio o realidad virtual. Y donde los manejos o robos de información y los hackers, hacen las primeras apariciones en la literatura. Un autor al cual Matrix le debe más de lo que los hermanos Wachowski se atreverían a reconocer.
En biblioteca de Santiago se encuentra su novela Conde Cero (1986) perteneciente a la trilogía del Sprawl.
4.- HUGO CORREA
Mientras en Chile el realismo seguía siendo la corriente literaria, Hugo Correase dedicaba a escribir sobre invasiones extraterrestres en el campo o apariciones de Satanás en obras como Los Ojos del Diablo (1972) o su clásico Los Altísimos (1959). Tan bien le fue que terminó colaborando en revistas norteamericanas con el apoyo de Ray Bradbury.
Acaba de morir, días después del deceso de otra pluma grande de la ciencia ficción: Arthur C. Clarke (2001: Odisea en el espacio). A la espera de reediciones de su trabajo, las librerías de viejos son la mejor opción para encontrar algo de su autoría.
5.- JORGE BARADIT
Su novela Ygdrasil (05) fue la primera bomba de ciencia ficción chilena en detonar, el adelanto de una serie de explosiones que se sentían venir en las letras locales.
Robándole más estética a los videos de Nine Inch Nails y a la animación japonesa que a la ciencia ficción de tomo y lomo, Baradit ya es un referente local e hispano dentro del género. Junto con otros escritores maneja el blog Ucroníadonde en cápsulas narrativas fantasean sobre pasados y futuros alternativos referentes a la historia chilena.
“Ygdrasil” está disponible en Bibliometro y Biblioteca de Santiago
El Púgil
(5/14/2008 5:33:00 PM)
Extracto gentileza de Editorial Forja. 2008
"Las franjas blancas que dividían el asfalto negro brillaban y Art se acordaba con nostalgia de esas tarjetas navideñas adornadas con nieve de fantasía y de los paisajes árticos que siempre aparecían en aquellas animaciones de plastilina, como Rodolfo el reno y Frosty el hombre de nieve. El movimiento de esas líneas blancas provocaba algo en Art, volaban hacia él, fracturadas, veloces y brillantes. Cuántas películas comenzaban así; un coche avanzando por una calle, de noche, ángulo picado, plano americano, iluminación directa, el lente enfocado en el avance veloz de las franjas blancas.."
Cristián Warnken
Jueves 15 de Mayo de 2008
Quién sabe...
Todavía no amanecía. A la hora más misteriosa de todas, me senté a mirar por la ventana de la biblioteca que da a mi jardín, a esperar el primer rayo de luz. Hora incierta, en el "todavía no" de los pájaros y en el "sí" de la estrella de la mañana.
Ahí estaba, rodeado por mis cinco mil libros y por un silencio vivo. Ese silencio que sabe más de nosotros que lo que nosotros de él.
Todavía no amanecía, y yo estaba ahí, hechizado por la hora más pura de todas.
Y, entonces, una voz que podría haber sido la mía o de otro (¿de quién?), como salida de ninguna parte, me susurró al oído muy suavemente y me dijo: "No sabes nada". Eso fue todo, dicho con un tono no de recriminación ni de burla, sino con serenidad y -así lo sentí- infinita ternura. "No sabes nada". Nada más y nada menos. Miré hacia todos lados, buscando a alguien (una presencia) que me hubiera hablado. Pero no había nadie. En realidad estaba yo. Yo y nadie (esa voz) y el silencio.
Entonces tuve una sensación inédita que me traspasó entero como un rayo, que se instaló en todo mi cuerpo, en cada célula, en cada poro: la sensación absoluta, total de no saber nada. Un "no sé nada" temblaba en toda la habitación, como el "nevermore", aquel del cuervo del poema de Poe. Pero los pájaros todavía no habían alzado el vuelo en mi jardín. Y el primer rayo de luz aún no entibiaba el pasto.
Entonces, sentí que todos los libros que me rodeaban se ponían a llorar al unísono, como niños perdidos en el bosque. ¡Mis cinco mil libros lloraron! ¡Lloraban de saber que no sabían! Los libros de filosofía, de ciencia, de teología, de literatura, todos lloraron. Yo y mis libros lo entendimos de inmediato: nadie en esta dimensión en que nos tocó vivir, bajo este cielo y sobre esta tierra, sabe nada. Los que dicen que saben, mienten: se mienten a sí mismos y derraman una mentira que infesta al mundo. Todo aquel que esté dispuesto a esperar la hora más misteriosa e incierta de todas, sentado frente a su jardín vacío, escuchará tarde o temprano esa voz que le dirá lo único que hay que saber an-tes de que amanezca: que no sabemos nada. No hay nada que saber. Por ahora. Nada.
Entonces me pareció oír las preguntas desesperadas de tantos que -como niños huérfanos de certeza-, arremolinados frente a mí, como frente al mensajero que trae una noticia terrible, dirían: "¿No sabemos nada? ¿Nunca sabremos? ¿Podremos vivir sin saber?".
Entonces los abrazaría como a hermanos en lo incierto, y con la misma paz de esa voz oída en el silencio de mi biblioteca, les diría: "No sé nada, no sabemos, no hay que saber nada". ¿Y qué haremos entonces con nuestras amadas certezas que llevamos en la sangre? ¿Qué haremos con todos nuestros muertos, con todas nuestras preguntas, con nuestra sed de saber, con lo que nos quema el corazón? No haremos nada: saldremos a nuestro jardín -otra vez como niños- a jugar que no sabemos, a aprender -como fue antes- a no saber. Y entonces imaginé a millones de seres humanos -de todas las creencias, razas, edades- salir a la calle -como cuando nieva- a mirarse como niños perdidos y felices, a decirse unos a otros: "No sé". Vi al ateo decirle, sin soberbia, al creyente: "No sé". Vi al creyente decirle al ateo, sin miedo: "No sé". Vi al científico reduccionista decir con infinita dulzura: "No sé". Vi a los sabelotodos, con el rostro iluminado por una luz inédita, decir: "No sabemos nada".
Y entonces, justo cuando el primer rayo de sol cayó sobre el pasto y el primer canto de un pájaro irrumpió en el silencio del alba, me asomé a la ventana de mi jardín y vi algo extraordinario, que me emocionó hasta las lágrimas: ¡Un niño muy pequeño, el más hermoso de todos, caminaba sobre las aguas de la piscina! Juro que lo vi: ¡Un niño caminaba sobre las aguas! Fue entonces cuando comenzó lentamente a amanecer...
Jueves 15 de Mayo de 2008
Quién sabe...
Todavía no amanecía. A la hora más misteriosa de todas, me senté a mirar por la ventana de la biblioteca que da a mi jardín, a esperar el primer rayo de luz. Hora incierta, en el "todavía no" de los pájaros y en el "sí" de la estrella de la mañana.
Ahí estaba, rodeado por mis cinco mil libros y por un silencio vivo. Ese silencio que sabe más de nosotros que lo que nosotros de él.
Todavía no amanecía, y yo estaba ahí, hechizado por la hora más pura de todas.
Y, entonces, una voz que podría haber sido la mía o de otro (¿de quién?), como salida de ninguna parte, me susurró al oído muy suavemente y me dijo: "No sabes nada". Eso fue todo, dicho con un tono no de recriminación ni de burla, sino con serenidad y -así lo sentí- infinita ternura. "No sabes nada". Nada más y nada menos. Miré hacia todos lados, buscando a alguien (una presencia) que me hubiera hablado. Pero no había nadie. En realidad estaba yo. Yo y nadie (esa voz) y el silencio.
Entonces tuve una sensación inédita que me traspasó entero como un rayo, que se instaló en todo mi cuerpo, en cada célula, en cada poro: la sensación absoluta, total de no saber nada. Un "no sé nada" temblaba en toda la habitación, como el "nevermore", aquel del cuervo del poema de Poe. Pero los pájaros todavía no habían alzado el vuelo en mi jardín. Y el primer rayo de luz aún no entibiaba el pasto.
Entonces, sentí que todos los libros que me rodeaban se ponían a llorar al unísono, como niños perdidos en el bosque. ¡Mis cinco mil libros lloraron! ¡Lloraban de saber que no sabían! Los libros de filosofía, de ciencia, de teología, de literatura, todos lloraron. Yo y mis libros lo entendimos de inmediato: nadie en esta dimensión en que nos tocó vivir, bajo este cielo y sobre esta tierra, sabe nada. Los que dicen que saben, mienten: se mienten a sí mismos y derraman una mentira que infesta al mundo. Todo aquel que esté dispuesto a esperar la hora más misteriosa e incierta de todas, sentado frente a su jardín vacío, escuchará tarde o temprano esa voz que le dirá lo único que hay que saber an-tes de que amanezca: que no sabemos nada. No hay nada que saber. Por ahora. Nada.
Entonces me pareció oír las preguntas desesperadas de tantos que -como niños huérfanos de certeza-, arremolinados frente a mí, como frente al mensajero que trae una noticia terrible, dirían: "¿No sabemos nada? ¿Nunca sabremos? ¿Podremos vivir sin saber?".
Entonces los abrazaría como a hermanos en lo incierto, y con la misma paz de esa voz oída en el silencio de mi biblioteca, les diría: "No sé nada, no sabemos, no hay que saber nada". ¿Y qué haremos entonces con nuestras amadas certezas que llevamos en la sangre? ¿Qué haremos con todos nuestros muertos, con todas nuestras preguntas, con nuestra sed de saber, con lo que nos quema el corazón? No haremos nada: saldremos a nuestro jardín -otra vez como niños- a jugar que no sabemos, a aprender -como fue antes- a no saber. Y entonces imaginé a millones de seres humanos -de todas las creencias, razas, edades- salir a la calle -como cuando nieva- a mirarse como niños perdidos y felices, a decirse unos a otros: "No sé". Vi al ateo decirle, sin soberbia, al creyente: "No sé". Vi al creyente decirle al ateo, sin miedo: "No sé". Vi al científico reduccionista decir con infinita dulzura: "No sé". Vi a los sabelotodos, con el rostro iluminado por una luz inédita, decir: "No sabemos nada".
Y entonces, justo cuando el primer rayo de sol cayó sobre el pasto y el primer canto de un pájaro irrumpió en el silencio del alba, me asomé a la ventana de mi jardín y vi algo extraordinario, que me emocionó hasta las lágrimas: ¡Un niño muy pequeño, el más hermoso de todos, caminaba sobre las aguas de la piscina! Juro que lo vi: ¡Un niño caminaba sobre las aguas! Fue entonces cuando comenzó lentamente a amanecer...
Wednesday, May 14, 2008
Tuesday, May 13, 2008
MUSICA PARA MATRIMONIOS (UNA HISTORIA CORTA) Por Francisco Ortega
Hace dos horas y media mi mejor amigo se casó. Suena Strauss, creo, el vals de 2001, la película de Kubrick, los novios bailan al medio del salón, luego hacen cambios con los padres. Los presentes aplauden. Yo aplaudo. Sirven la comida, las copas de vino, de fondo Frank Sinatra, Dean Martin, Coldplay, música suave para comer y conversar, reconozco una balada de Elvis, no me gusta Elvis. Vuelve a sonar Coldplay, estoy seguro que es idea de la novia, es su grupo favorito. Me sacan a bailar, una prima de mi mejor amigo, es reggeaton, todos dicen que lo odian, pero todos bailan. La prima de mi mejor amigo me pregunta por mi ex, le cuento que terminamos, justo cuando Don Omar se mezcla con Daddy Yankee. De reojo miro la cara de la novia, odia todo lo que sea tropical, lo que venga de Puerto Rico, del Caribe y en rigor de la geografía comprendida entre el sur de Estados Unidos y el norte de Chile. Viejos, adultos y niños bailan con La Sonora Palacios. Un compañero de universidad a quien no veo desde hace años teoriza acerca de la forma de los matrimonios, me dice que es como el Estadio, una situación y un lugar donde todos bailan y cantan canciones que en el día a día dicen odiar. Soda Stereo y todo es puro aullido al ritmo de “Nada Personal”. No estoy muy de acuerdo con mi compañero, a quien no veía desde hacía años. Le compró lo de las canciones, pero no lo del estadio. Los matrimonios son como campos de batalla, Virus canta de lunas de miel, cometas Halley y otras cosas. Queen y el bajo de John Deacon en “Another one bite the dust” me acompañan en la quinta piscola de la noche. Vuelvo a mi lugar y escucho/veo como la novia salta al ritmo de Blur, que luego se convierte en Pulp y New Order. Esto si le gusta. Una amiga se acerca al ritmo de Depeche Mode y me dice que me quiere presentar una amiga, le digo que después, que tengo que ir al baño. Meo mientras tarareo un medley de Luis Miguel y pienso en la amiga que me quería presentar mi amigo. No voy a conocer a una mujer en un matrimonio, me parece patético, de mala comedia romántica. Todo es retro, Emmanuel y su “Bella Señora”, ahora quiero un ron con Coca Cola. Se apagan las luces y mi amigo y su mujer aparecen en medio de la pista bailando solos con Elvis Costello, buena canción, Costello es Dios, pero eso todos ya lo sabemos. Regresa Luis Miguel, siempre vuelve, “no culpes a la lluvia…”. Un gordo calvo que no conozco agarra la liga de la novia y la mina más rica de la fiesta, una rubia de grandes tetas se queda con el ramo y salta de felicidad. Y su felicidad es mi felicidad al ver un pezón travieso que se arrancó por su escote, también travieso. Abraza a su novio y luego se hunden en Juan Luis Guerra, que de la nada se convierte en Madonna. No hay ética en esta música, nunca la ha habido. Hace cuatro horas que mi mejor amigo se casó, por qué tenía que hacerlo con esa concha de su madre.
Hace dos horas y media mi mejor amigo se casó. Suena Strauss, creo, el vals de 2001, la película de Kubrick, los novios bailan al medio del salón, luego hacen cambios con los padres. Los presentes aplauden. Yo aplaudo. Sirven la comida, las copas de vino, de fondo Frank Sinatra, Dean Martin, Coldplay, música suave para comer y conversar, reconozco una balada de Elvis, no me gusta Elvis. Vuelve a sonar Coldplay, estoy seguro que es idea de la novia, es su grupo favorito. Me sacan a bailar, una prima de mi mejor amigo, es reggeaton, todos dicen que lo odian, pero todos bailan. La prima de mi mejor amigo me pregunta por mi ex, le cuento que terminamos, justo cuando Don Omar se mezcla con Daddy Yankee. De reojo miro la cara de la novia, odia todo lo que sea tropical, lo que venga de Puerto Rico, del Caribe y en rigor de la geografía comprendida entre el sur de Estados Unidos y el norte de Chile. Viejos, adultos y niños bailan con La Sonora Palacios. Un compañero de universidad a quien no veo desde hace años teoriza acerca de la forma de los matrimonios, me dice que es como el Estadio, una situación y un lugar donde todos bailan y cantan canciones que en el día a día dicen odiar. Soda Stereo y todo es puro aullido al ritmo de “Nada Personal”. No estoy muy de acuerdo con mi compañero, a quien no veía desde hacía años. Le compró lo de las canciones, pero no lo del estadio. Los matrimonios son como campos de batalla, Virus canta de lunas de miel, cometas Halley y otras cosas. Queen y el bajo de John Deacon en “Another one bite the dust” me acompañan en la quinta piscola de la noche. Vuelvo a mi lugar y escucho/veo como la novia salta al ritmo de Blur, que luego se convierte en Pulp y New Order. Esto si le gusta. Una amiga se acerca al ritmo de Depeche Mode y me dice que me quiere presentar una amiga, le digo que después, que tengo que ir al baño. Meo mientras tarareo un medley de Luis Miguel y pienso en la amiga que me quería presentar mi amigo. No voy a conocer a una mujer en un matrimonio, me parece patético, de mala comedia romántica. Todo es retro, Emmanuel y su “Bella Señora”, ahora quiero un ron con Coca Cola. Se apagan las luces y mi amigo y su mujer aparecen en medio de la pista bailando solos con Elvis Costello, buena canción, Costello es Dios, pero eso todos ya lo sabemos. Regresa Luis Miguel, siempre vuelve, “no culpes a la lluvia…”. Un gordo calvo que no conozco agarra la liga de la novia y la mina más rica de la fiesta, una rubia de grandes tetas se queda con el ramo y salta de felicidad. Y su felicidad es mi felicidad al ver un pezón travieso que se arrancó por su escote, también travieso. Abraza a su novio y luego se hunden en Juan Luis Guerra, que de la nada se convierte en Madonna. No hay ética en esta música, nunca la ha habido. Hace cuatro horas que mi mejor amigo se casó, por qué tenía que hacerlo con esa concha de su madre.
Monday, May 12, 2008

El hombre equivocado
El gran Lebowski (1998)
Por Gonzalo Maza
Tengo una apuesta. Pasarán los años –ya han pasado diez- y un comentario común entre los seguidores de la carrera de los hermanos Coen será si acaso El gran Lebowski fue la mejor de sus películas… ¿Lo es?
El "Dude" (solo traducible como "compadre") Lebowski debe estar en la lista de los personajes más extraviados y errantes de la historia del cine. Su aventura es el malentendido; su travesía es una línea fragmentada, pero tiene una defensa: su escudo es un corazón. El "Dude" vive en los mismos territorios alambicados de Paul Hackett en Después de hora (After hours, Martin Scorsese, 1985) y Roger O. Thornhill en Intriga internacional (North by northwest, Alfred Hitchcock, 1959), todos Alicias urbanos en mundos sin maravillas. Pero si Hackett era un exiliado de la noche neoyorkina, y Thornhill una víctima de su propio sentido de la responsabilidad, ¿qué es el "Dude"?
El Extraño, el campechano narrador de la película, nos da una pista en los primeros minutos: el "Dude" Lebowski (Jeff Bridges) es probablemente uno de los más grandes vagos que vive en el condado de Los Angeles, lo que lo ubica de inmediato entre los vagos más grandes del mundo. Habita en los bordes posibles del capitalismo, alimentado por hamburguesas de un dólar, vestido por un impermeable grasoso y dedicado casi en exclusiva a jugar bolos con sus amigos. "Fui a la universidad pero no recuerdo casi nada de lo que pasó allí", comenta más adelante. El desaliñado Lebowski, de pocos baños semanales y sin mucha claridad de pensamiento, cae en una absurda trampa: un par de matones entra a su casa, sumergen su cabeza en la taza del baño y le piden "el dinero de Bunny, su esposa". El "Dude" los convence de que nunca ha estado casado y que no tiene dinero. Los matones se retiran, no sin antes orinar en su alfombra.
Conversando con sus compañeros de bolos, el "Dude" descubre que quizás fue confundido con otro Lebowski, Jeffrey Lebowski (David Huddelston), también conocido como "El gran Lebowski", un excéntrico millonario que vive en una mansión y que perdió sus piernas en la guerra. El "Dude" parte a visitarlo; nada en limpio saca de esa reunión excepto una alfombra, y una oferta de sexo oral por mil dólares de parte de Bunny (Tara Reid), la esposa de Lebowski, quien se pinta las uñas en la piscina de la mansión.
Días después, el "Dude" recibe un mensaje en su contestadora telefónica. Jeffrey Lebowski desea verlo nuevamente. Esta vez el "Dude" lo encuentra llorando frente a su chimenea. Su esposa Bunny ha sido secuestrada, y ha recibido una nota de rescate que pide un millón de dólares. El magnate desea que el "Dude" lleve el dinero a los secuestradores y vea si son los mismos que orinaron en su alfombra días atrás. El "Dude", que a estas alturas ya ha fumado considerables cantidades de marihuana, acepta.
Lo que viene es, algo común en una de los Coen, es un delirante periplo que incluye un secuestro/extorsión, una maleta con mucho dinero y un plan mal concebido para quedárselo, lo que no deja de ser una constante temática en sus películas (Fargo, El hombre que nunca estuvo, Sin lugar para los débiles y con variables en Educando a Arizona).
La variante extrema en El gran Lebowski es que la comedia es un excelente velo para ocultar temas mayores. Temas que, quizás, no haya que tomarse tan en serio. El "Dude" es quien mejor representa cómo la sensación de extravío –que domina a todos los protagonistas de una película de los Coen- no es más que un síntoma de una crisis de identidad, una que comienza simplemente con un alcance de nombre. No deja de ser llamativo que estos sean los territorios de un cineasta como Hitchcock, y que el vértigo vital de sus protagonistas –empujados por alguna forma de deseo- hagan visibles las grietas que denuncian un falso concepto de sí mismos. Los personajes de los Coen son divertidos habitualmente porque se creen algo mejor de lo que son. Y fallan en cumplir sus propias expectativas.
Es en el momento más delirante de la aventura física de salirse con la suya, de llevar a cabo el plan, cuando los personajes coenianos se fracturan, habitualmente para desaparecer y morir, o bien, si son lo suficientemente ingenuos, para crecer como personas y retirarse en paz (como ocurre con el ex presidiario H.I. McDunnough –Nicolas Cage- en Educando a Arizona).
El "Dude" está en esta segunda categoría de buscadores, y vive en un territorio alucinatorio que mucho tiene de realidad. El "Dude" está tan perdido en la vida, a un nivel tan radical, que es probable que sea el que esté más cerca de descifrar sus misterios. Puestos uno tras otros, los acontecimientos de aquello que llamamos existencia bien podrían parecer una absurda seguidilla de momentos sin conexión lógica unos con otros, y debemos esforzarnos para encontrarles un sentido y hacerles un seguimiento. Pero, ¿qué ocurre con un "vago", con alguien que ya no hace ningún esfuerzo vital más que para jugar bolos, fumar marihuana y sobrevivir? El prodigio narrativo de los Coen está en establecer un mundo afiebrado pero no ante los ojos de un ser alimentado por su ansiedad (como habitualmente hacen las comedias de equivocaciones) sino que por uno que ha perdido toda ambición.
El "Dude" inaugura, entonces, una nueva clase de personaje romántico: no porque su obsesión por la muerte sea finalmente una celebración mayor de la vida (románticos clásicos) sino porque debido a su extravío absoluto es un vivo homenaje a la lucidez.
No es menor. Y no me sorprendería que en los próximos diez años sigamos explorando una película como El gran Lebowski, la cinta más representativa de unos cineastas que han tomado la ilusión de lucidez como uno de sus temas fundamentales.
The Big Lebowski
Sunday, May 11, 2008

Domingo 11 de mayo de 2008
Tom Wolfe: "El setenta y cinco por ciento de las noticias que vemos por televisión surge de los diarios"
Pionero del periodismo narrativo y autor de novelas de gran éxito, Wolfe cree que es difícil que el periodismo se acabe, aunque es más pesimista respecto de la novela. "Alabamos el género, pero no nos tomamos el trabajo de leerlo".
El escritor conversó con "El Mercurio"
Paula Varsavsky
Desde Buenos Aires
En los últimos quince años el Cono Sur ha entrado en el mapa de los norteamericanos. La visita del periodista y escritor Tom Wolfe a Buenos Aires, en su segundo viaje a la Argentina, confirma esta tendencia. Perteneciente a una generación de intelectuales que solamente salía de Estados Unidos para ir a Europa o Centroamérica y que los únicos escritores extranjeros que leían eran algunos ingleses o franceses, Tom Wolfe (Virginia, 1931) no es una excepción. Varias veces ha mencionado el hecho de que Charles Dickens, Thackory y Emile Zola son sus escritores favoritos.
Autor de más de diez volúmenes de no-ficción, entre ellos "Ponche de ácido lisérgico" y "Lo que hay que tener", y de cuatro novelas, fue uno de los fundadores del Nuevo Periodismo junto con Norman Mailer y Truman Capote, en las décadas del sesenta y setenta. En 1987 publicó su primera novela "La hoguera de las vanidades", que se convirtió instantáneamente en un best seller. Se mantuvo más de un año en la lista de los libros más vendidos del New York Times y se tradujo a más de cuarenta idiomas, incluido el castellano. En 1991 el estreno de la exitosa película basada en la novela dirigida por Brian de Palma y protagonizada por Tom Hanks, Melanie Griffith y Bruce Willis elevó aún más su fama.
En 2007, al cumplirse veinte años de la publicación de aquel libro, incluso se publicó un extenso ensayo acerca de los cambios acaecidos en Nueva York durante las dos últimas décadas. Algunos eran: la disminución del crimen, la enorme inmigración desde distintos lugares del mundo, a raíz de lo cual lo cual las tensiones entre blancos y negros dejaron de estar en el centro de la escena y, cierto aprendizaje de modestia, por parte de los tan vanidosos personajes de Wall Street.
Proveniente de una familia acomodada del sur de Estados Unidos, Wolfe realizó estudios en las Universidades de Washington y Lee. Luego de doctorarse en estudios norteamericanos, decidió tomar un puesto en el periódico
The Washington Post
en vez de seguir una carrera académica.
Vestido con su legendario traje blanco, camisa negra y corbata negra con dibujos geométricos blancos, el escritor y periodista Tom Wolfe, recorría los salones de un lujoso hotel de Buenos Aires a medida que iba siendo entrevistado. Sentado en un sillón tapizado en cuero blanco respondió amablemente con voz apenas audible todas las preguntas que se le formularon.
Con Bush y los Simpson
-Usted hizo público su voto a George W. Bush en la última elección. ¿A quién votará esta vez?
"Los periodistas nunca deben revelar a quién han votado, fue un enorme error. Creo que hubo otros cuatro casos, entre escritores y periodistas, que votaron a George W. Bush. En mi defensa digo que ciento sesenta y dos millones de personas también lo votaron. Inmediatamente después de que salió la noticia de mi voto en el New York Times -en la página uno, artículo principal, como vivo entre periodistas y escritores- al entrar en algún restaurante o recinto para una cena la gente me miraba de una forma extraña. No expresaban ni desprecio ni ira. Me miraban como si acabara de levantar la mano y les hubiera dicho: "¡Ah! Me olvidé de contar que soy abusador de niños". A mí hasta se me tornó divertido. Mis queridos colegas tienen tal espíritu gregario que ojalá pudiera votarlo otra vez".
-¿Qué significado le da al hecho de haber aparecido en dos capítulos de Los Simpsons?
"Me sentí importante. Me hizo sentir que no me estoy construyendo solamente en mi propia mente. Cierta vez, encontré algo que me impactó aún más. Estaba en San Francisco y tenía que matar el tiempo; entonces, comencé a hojear unas revistas de historietas en un kiosko. Encontré una copia de Dr. Strange, no sé si existe esa publicación en la Argentina. Dr. Strange está generalmente vestido con un disfraz, pero en esta ocasión estaba de incógnito. Tenía una novia que era de otro planeta. De pronto, se veía a este tipo que le decía 'Doctor Strange' y ahí estaba yo, él respondía 'Tom Wolfe, no te veía desde que eras un tierno bebé'. Yo aparecía en tres de los cuadros de la historieta. Entonces pensé 'soy famoso'. No había nadie que quisiera quedar bien conmigo en esa revista. Me resultó muy halagador". ¿Muerte de la novela?
-¿Por qué afirma que la novela está muerta?
"Hay un solo tipo de novela que permanece viva. Me sonroja decir que son las del tipo que yo escribo. Sucedió algo extraño respecto a la novela norteamericana; es típico de la vida intelectual. Entre 1900 y 1939 fue la época de la novela realista. Por primera vez en doscientos años, en Estados Unidos, la literatura fue conocida. Comenzó con Theodor Dreiser, continuó con Ernest Hemingway, Sinclair Lewis, William Faulkner, Scott Fitzgerald y John Steinbeck. De pronto, en toda Europa la gente comenzó a leer la novela norteamericana. Jean Paul Sartre escribió tres novelas profundamente influenciado por John Dos Passos. Hubo, entonces, un triunfo cultural.
Sin embargo, luego de la Segunda Guerra mundial empezó a circular la noticia de que la novela realista había muerto. Siendo sujetos colonizados obedientes, solamente en este área, creímos que debíamos hacer lo mismo que los franceses, escribir novelas no realistas que entraran en categorías que terminan con "ismo" minimalismo, deconstructivismo, realismo mágico... Todas eran aplaudidas por lo que denomino la amable aristocracia que determina el gusto. Pero el público en general no se interesó demasiado. ¿Y qué somos nosotros, unos pocos, contra tantos?
-¿Y qué pasa hoy?
Hubo una época en que la poesía épica era el género literario dominante, probablemente hasta 1840; luego, se retiró a una cima helada en la montaña. Allí era mucho más fácil alabarla que visitarla. Creo que eso es lo que sucede ahora con la novela. Podemos alabarla sin siquiera tomarnos el trabajo de leerla. La no-ficción literaria y la no-ficción me parecen los géneros más interesantes. Las autobiografías y las memorias son increíblemente populares, pero hay que asumir que solamente partes de estos textos son ciertas. George Orwell dijo que la autobiografía era la forma de ficción más espeluznante. Tenía razón, incluyendo su propio trabajo. Su argumento era que en una autobiografía la gente está feliz de contar sus pecados, incluso homicidios o violación. De alguna manera eso hace que la persona sea apasionante. Pero nunca van a contar lo que compone el setenta y cinco por ciento de sus vidas; es decir, la humillación".
-¿Cómo ve la situación actual del periodismo? ¿Le parece que también puede quedar en un lugar de aislamiento?
"Honestamente, no creo que periodismo muera. A menos que por morir queramos decir que desaparezca la hoja impresa, lo cual podría ser. La semana pasada, el principal diario de Wisconsin, dejó de imprimir sus noticias en papel, se transformó en un diario puramente on-line. De todas formas, sigue siendo periodismo y requiere ser leído. El verdadero problema es cómo generar las noticias. No sé acá, pero en Estados Unidos en la televisión, el noventa y cinco por ciento de las noticias se toman de los diarios, que son quienes buscan la información. Entonces, a medida que se reduce la cantidad de diarios, como sucede actualmente, se cubre una menor cantidad de noticias. Como resultado, hoy en día, hay menos noticias que cuando empecé a trabajar como reportero local en 1956. Además, las noticias por televisión tienen una jerarquía de estatus invertido.
En los periódicos, se empieza como investigador, una criatura solitaria que ni siquiera se denomina cronista. Una vez que a alguien lo ascienden, su ambición es no tener que salir jamás del edificio donde se encuentra la redacción. Y, si es realmente bueno, llegará a un punto donde no tiene que investigar, ni escribir ni pensar. Los llamamos "persona ancla", reemplaza a una maquinaria que convertía a las palabras escritas por un periodista en palabra impresa, en una tipología que el público masivo pudiera leer. Lo que nos preguntamos es: ¿de dónde van a provenir las noticias? Ya hay cronistas que creen que cada conocimiento que vale la pena adquirir se lo puede encontrar en Internet".
El carnaval tribal de los blogs
-¿Qué piensa sobre el periodismo ciudadano y de la participación de la gente a través de los blogs?
"Me encanta. Marshall McLuhan, un filósofo canadiense, en la década del sesenta, hizo una serie de predicciones que parecían desopilantes. Una de ellas fue que la televisión estaba alterando los cerebros de la gente joven, afectando las fronteras sensoriales- independientemente de lo que esto quiera decir- que los estaba transformando en tribales.
"Si alguien es miembro de una tribu, desconfía de las noticias impresas, porque obviamente son un truco, es el gobierno el que está diciendo que creas en eso.
"En la tribu uno solamente cree en lo que alguien le ha dicho verbalmente. Esta es la definición de los rumores. En los blogs, la gente da sus versiones de las noticias, son miembros de una tribu y están operando a nivel de rumores. Muchos de los jóvenes confían más en los blogs que en cualquier organización de noticias. Al leer los blogs me río sin parar, se puede imprimir cualquier cosa sin ningún tipo de repercusión. Vivimos en un fantástico carnaval tribal".
-¿Qué le parece el hecho de que tan poca gente maneje la información? ¿Cómo cree que será el periodismo del Siglo XXI?
"En la medida en que se tenga verdaderamente una industria de periódicos pujante, los noticieros por televisión estarán bien. Pero esa industria se ha achicado. Lo primero que hacen es deshacerse de los reporteros, entonces quedan esos periodistas que están sentados pensando demasiado tiempo y que cobran sueldos.
"Creo que ya estamos viendo los efectos de este fenómeno, deberíamos asegurarnos de que los jefes de secciones salgan de sus oficinas a buscar información.
"Lo que quiero decir es que vayan y descubran qué pasa. Este mundo de hoy es bastante bizarro. Y hay mucho dinero por ahí dando vueltas. Esto hace, al menos para mí, que la actividad de cronista sea una de las más apasionantes que existen."
Rafael Gumucio
Viernes 25 de Abril de 2008
Tiempos interesantes
De tarde en tarde me da por envidiar a los escritores venezolanos, bolivianos, colombianos o haitianos que tienen una sobreabundancia de cosas esenciales y urgentes que contar. Y eso, sin pensar en los hindúes que ganan todos los años el Booker Prize con historias llenas de familias y coloridos, y muertes y conflictos reales que los lectores y críticos beben con verdadera pasión.
Yo vivo en un país aburrido. Mi vida es más bien calmada, mis amigos piden créditos hipotecarios a treinta años. Los corresponsales extranjeros que viven en Chile pasan su tiempo viajando a Argentina, a Brasil, a Bolivia o a Perú para tener algo que cubrir. Me consuela, sin embargo, pensar que en tiempos aparentemente calmos como éste en que vive Chile, Proust y Thomas Mann y Borges y Chejov y Tolstoi y la mayor parte de los escritores americanos (que solían buscar sensaciones fuertes lejos de casa) se formaron como escritores. Conocieron luego guerras mundiales, revoluciones, exilios, transformaciones políticas importantes, pero generalmente lo más renovador de su escritura, lo más novedoso de sus intentos, nació en el laboratorio de la calma, en la ilusión de continuidad, de la tranquilidad en que fueron formados. Escritores que nunca conocieron la guerra -como los franceses de hoy- suelen ser unos lateros, pero también lo son los que sólo conocieron la guerra y no pudieron nunca leer un libro con calma.
La alternancia entre tiempos turbulentos contados con calma, o tiempos calmos contados con turbulencia, es lo que quizás hace grande a un escritor. Los periodistas extranjeros se preguntan siempre cómo nadie ha sabido aún en Chile contar desde la literatura a Allende, a Pinochet, la revolución y el terror de la tortura y la muerte. Quizás no lo hemos hecho, o sólo lo hemos hecho en parte porque carecemos justamente los escritores chilenos de la calma para contar esa turbulencia, como carecemos de la turbulencia para contar la calma de hoy. Lo interesante de la historia chilena de los años 70 es tan visible, que no necesita de un escritor que lo descubra; la profundidad de los cambios que vive el Chile de hoy es tan recóndita, que necesita, en cambio, de todo el talento disponible.
No hay nada aparentemente más aburrido que una transición política, humana, o social, pero no hay nada más apasionante para un escritor, que es justamente eso, un hombre que habla de transiciones, de metamorfosis, de transmutaciones. Si el periodista busca muchas veces lo singular, lo extraño, lo sangrante de una situación banal, el escritor se ve obligado a hacer lo contrario, y buscar lo banal, lo normal en un campo de batalla o una ejecución en masa. Es lo que hizo Tolstoi en La guerra y la paz; contarnos en medio de la batalla la historia de un noviazgo que no pudo ser por exceso de paciencia de los dos amantes.
La tendencia de buscar y leer novelas de lugares interesantes que prevalece en la crítica mundial, la necesidad de los lectores de hacer turismo social a través de la lectura, encubre otras necesidades más inconfesables. Los tiempos interesantes piden, generalmente, ser escritos de manera lineal, clara, concisa y clásica. Es de alguna forma una inmoralidad hacer gorjeos vanguardistas en Ruanda. El testimonio tiene sus propias leyes y gana en ser directo, y sin adornos. Es esa vitalidad lo que los críticos y lectores modernos buscan en toda suerte de bengalíes, africanos e inmigrantes jamaicanos, pero es al mismo tiempo el retorno a unas formas clásicas y decimonónicas que, gracias a la buena conciencia tercermundista, se pueden leer sin pensar que se es estéticamente un reaccionario. Es lo que le sucedió a Isabel Allende, Laura Esquivel o Luis Sepúlveda. El interés por Sudamérica de la izquierda mundial encubría el placer de leer novelas rosa sin culpa.
Los testimonios de tiempos interesantes nos muestran un rostro a veces terrible de nosotros mismos, pero siempre apasionante, siempre transcendental. Las novelas de los tiempos fomes nos conectan con un horror más pertinaz, con un miedo más profundo, el rostro de nuestras dudas diarias, de nuestras pequeñeces ínfimas, de nuestras complejidades más recónditas. Reportear una guerra pide mucho menos valor que contar de verdad y sin mentiras un pololeo que terminó porque sí. Dudo que Kafka hubiese tenido el valor de escribir El proceso o El castillo de haber pasado o visto a su pueblo sufrir en los campos de concentración. El tiempo le hubiese dictado libros más urgentes, más vitales quizás, pero seguramente más simples.
Las sensaciones fuertes son una distracción como cualquier otra. El preocuparse de los grandes problemas del mundo de hoy es quizás la forma más pertinaz de frivolidad actual. El horror es fácil de contar, el mal es simple de relatar, nos dicta generalmente lo que quiere que escribamos de él. Es quizás la razón porque los flojos artistas contemporáneos centran sus obras en la violencia y el mal, evitando justamente preguntarse cómo contar lo que llamamos la normalidad, cómo relatar lo que yo mismo olvido, y no simplemente limitarme a volver a contar lo que todos recuerdan.
Viernes 25 de Abril de 2008
Tiempos interesantes
De tarde en tarde me da por envidiar a los escritores venezolanos, bolivianos, colombianos o haitianos que tienen una sobreabundancia de cosas esenciales y urgentes que contar. Y eso, sin pensar en los hindúes que ganan todos los años el Booker Prize con historias llenas de familias y coloridos, y muertes y conflictos reales que los lectores y críticos beben con verdadera pasión.
Yo vivo en un país aburrido. Mi vida es más bien calmada, mis amigos piden créditos hipotecarios a treinta años. Los corresponsales extranjeros que viven en Chile pasan su tiempo viajando a Argentina, a Brasil, a Bolivia o a Perú para tener algo que cubrir. Me consuela, sin embargo, pensar que en tiempos aparentemente calmos como éste en que vive Chile, Proust y Thomas Mann y Borges y Chejov y Tolstoi y la mayor parte de los escritores americanos (que solían buscar sensaciones fuertes lejos de casa) se formaron como escritores. Conocieron luego guerras mundiales, revoluciones, exilios, transformaciones políticas importantes, pero generalmente lo más renovador de su escritura, lo más novedoso de sus intentos, nació en el laboratorio de la calma, en la ilusión de continuidad, de la tranquilidad en que fueron formados. Escritores que nunca conocieron la guerra -como los franceses de hoy- suelen ser unos lateros, pero también lo son los que sólo conocieron la guerra y no pudieron nunca leer un libro con calma.
La alternancia entre tiempos turbulentos contados con calma, o tiempos calmos contados con turbulencia, es lo que quizás hace grande a un escritor. Los periodistas extranjeros se preguntan siempre cómo nadie ha sabido aún en Chile contar desde la literatura a Allende, a Pinochet, la revolución y el terror de la tortura y la muerte. Quizás no lo hemos hecho, o sólo lo hemos hecho en parte porque carecemos justamente los escritores chilenos de la calma para contar esa turbulencia, como carecemos de la turbulencia para contar la calma de hoy. Lo interesante de la historia chilena de los años 70 es tan visible, que no necesita de un escritor que lo descubra; la profundidad de los cambios que vive el Chile de hoy es tan recóndita, que necesita, en cambio, de todo el talento disponible.
No hay nada aparentemente más aburrido que una transición política, humana, o social, pero no hay nada más apasionante para un escritor, que es justamente eso, un hombre que habla de transiciones, de metamorfosis, de transmutaciones. Si el periodista busca muchas veces lo singular, lo extraño, lo sangrante de una situación banal, el escritor se ve obligado a hacer lo contrario, y buscar lo banal, lo normal en un campo de batalla o una ejecución en masa. Es lo que hizo Tolstoi en La guerra y la paz; contarnos en medio de la batalla la historia de un noviazgo que no pudo ser por exceso de paciencia de los dos amantes.
La tendencia de buscar y leer novelas de lugares interesantes que prevalece en la crítica mundial, la necesidad de los lectores de hacer turismo social a través de la lectura, encubre otras necesidades más inconfesables. Los tiempos interesantes piden, generalmente, ser escritos de manera lineal, clara, concisa y clásica. Es de alguna forma una inmoralidad hacer gorjeos vanguardistas en Ruanda. El testimonio tiene sus propias leyes y gana en ser directo, y sin adornos. Es esa vitalidad lo que los críticos y lectores modernos buscan en toda suerte de bengalíes, africanos e inmigrantes jamaicanos, pero es al mismo tiempo el retorno a unas formas clásicas y decimonónicas que, gracias a la buena conciencia tercermundista, se pueden leer sin pensar que se es estéticamente un reaccionario. Es lo que le sucedió a Isabel Allende, Laura Esquivel o Luis Sepúlveda. El interés por Sudamérica de la izquierda mundial encubría el placer de leer novelas rosa sin culpa.
Los testimonios de tiempos interesantes nos muestran un rostro a veces terrible de nosotros mismos, pero siempre apasionante, siempre transcendental. Las novelas de los tiempos fomes nos conectan con un horror más pertinaz, con un miedo más profundo, el rostro de nuestras dudas diarias, de nuestras pequeñeces ínfimas, de nuestras complejidades más recónditas. Reportear una guerra pide mucho menos valor que contar de verdad y sin mentiras un pololeo que terminó porque sí. Dudo que Kafka hubiese tenido el valor de escribir El proceso o El castillo de haber pasado o visto a su pueblo sufrir en los campos de concentración. El tiempo le hubiese dictado libros más urgentes, más vitales quizás, pero seguramente más simples.
Las sensaciones fuertes son una distracción como cualquier otra. El preocuparse de los grandes problemas del mundo de hoy es quizás la forma más pertinaz de frivolidad actual. El horror es fácil de contar, el mal es simple de relatar, nos dicta generalmente lo que quiere que escribamos de él. Es quizás la razón porque los flojos artistas contemporáneos centran sus obras en la violencia y el mal, evitando justamente preguntarse cómo contar lo que llamamos la normalidad, cómo relatar lo que yo mismo olvido, y no simplemente limitarme a volver a contar lo que todos recuerdan.
Domingo 04 de Mayo de 2008
La horrible cartelera
Ernesto Ayala
El problema de la cartelera de Santiago no es que cada vez estén más separadas la aguas entre las multisalas y los cine arte. No, porque cadenas como Hoyts han demostrado que a veces se puede tener una o dos salas mostrando películas con un lado más difícil. Y si miramos las salas de cine arte, su calidad de tal no asegura la calidad de las películas. El problema es, que no llegan suficientes películas interesantes. Las grandes distribuidoras nos hacen creer que la industria está convertida en una gran caja de bazofia. No debiera ser así. No necesariamente. La prueba está en que, pese a los síntomas de sequedad creativa de los grandes estudios, en márgenes de su producción —a la orilla, podríamos decir, porque tampoco se trata de películas marginales, de actores desconocidos o de cintas radicales en su propuesta— se siguen haciendo cintas que, aunque no cambien la historia, si podrían hacer la experiencia de ir al cine algo más enriquecedora. A modo de ejemplo, ésta es una pequeña lista —mínima la verdad— de películas que ya debiéramos haber visto en la carteleras de las multisalas, muchas de las cuales con el valor suficiente para comentarse a página entera (si, claro, se estrenaran):
–The Savages: Dos hermanos, Laura Linney y Philip Seymour Hoffman, maduros, perdidos y medio perdedores también, deben hacerse cargo de su padre enfermo. Película ruda, triste, emotiva y, gracias a Dios, muy lejos de cualquier kitsch enaltecedor del alma.
–Into the wild: Jugada, engrupida, la última película de Sean Penn puede ser candorosa, pero tiene un amor por el protagonista que uno termina por hacer propio.
–We own the nigth: Con Mark Wahlberg y Joaquin Phoenix, cuenta la historia de dos hermanos de Brooklyn. Uno es el rey de una disco y el otro es un policía que quiere usar a su hermano como informante.
–Cassandra’s dream: La penúltima cinta de Woody Allen sale del mundo rico para meterse en un Londres más clase media, donde dos hermanos (Colin Farrell e Ewan McGregor) deben probar hasta dónde quieren llevar su ambición.
–Dan in the real life, Strange wilderness: Dos comedias. La primera, más sensata, de enredos, tiene a dos hermanos enamorados de la misma mujer. Sin ser fundacional, ayuda a conservar un género viejo como el hilo negro. La segunda es bastarda, desquiciada, donde un inepto debe hacerse cargo del programa de televisión de su padre. Totalmente idiota, totalmente cómica.
–Death proof: La última de Tarantino, sexy, violenta, filmada con lujuria cinematográfica.
Y hay otras, que este comentarista, no ha visto, pero que tiene la ilusión de ver en pantalla grande:
–Control: el primer largo de Anton Corbijn, el veterano director de videoclips, que cuenta la vida de Ian Curtis, el vocalista de Joy Division, que se suicidó a los 23 años.
–Boarding gate: la última película en inglés de Olivier Assayas. Pudimos ver Clean (2004), ¿será mucho pedir ésta?
–Zwartboek (Black book): el regreso de Paul Verhoeven a filmar a Europa. Nazis, sexo, traición, Holanda. Promete.
–I’m not there: la cinta en torno a Bob Dylan, con Cate Blanchett como Bob Dylan, por la que fue postulada al Oscar.
La explicación para que estas cintas, y quizás cuantas más, tarden tanto en llegar que lo más probable es que vayan directo al DVD, está en el criterio de importación de los grandes distribuidores, que parece ser éste: películas con buena recaudación en Estados Unidos, o sea, si funcionó en Nebraska debería funcionar aquí.
Pero el público chileno no es equivalente al público estadounidense. Como promedio, tenemos gustos más sofisticados, más sensibles, más abiertos a los márgenes, porque justamente pertenecemos a ellos. El mismo hecho de que los estrenos de la semana ocupen sendos espacios en los suplementos culturales es síntoma. O que las buenas películas sean objeto de conversación entre adultos. Si, como público, nos parecemos, deberíamos acercarnos, intuyo, al público de la costa este de Estados Unidos. O de California. El problema de este estado de las cosas es que le está dando al público una razón sustantiva, valórica, más allá del simple precio, para ir al mercado pirata: tener acceso a las películas que no llegan. La industria protesta por la proliferación de esta práctica, pero con una cartelera como la actual, sostenidamente deficiente, no hace más incentivarla.
La horrible cartelera
Ernesto Ayala
El problema de la cartelera de Santiago no es que cada vez estén más separadas la aguas entre las multisalas y los cine arte. No, porque cadenas como Hoyts han demostrado que a veces se puede tener una o dos salas mostrando películas con un lado más difícil. Y si miramos las salas de cine arte, su calidad de tal no asegura la calidad de las películas. El problema es, que no llegan suficientes películas interesantes. Las grandes distribuidoras nos hacen creer que la industria está convertida en una gran caja de bazofia. No debiera ser así. No necesariamente. La prueba está en que, pese a los síntomas de sequedad creativa de los grandes estudios, en márgenes de su producción —a la orilla, podríamos decir, porque tampoco se trata de películas marginales, de actores desconocidos o de cintas radicales en su propuesta— se siguen haciendo cintas que, aunque no cambien la historia, si podrían hacer la experiencia de ir al cine algo más enriquecedora. A modo de ejemplo, ésta es una pequeña lista —mínima la verdad— de películas que ya debiéramos haber visto en la carteleras de las multisalas, muchas de las cuales con el valor suficiente para comentarse a página entera (si, claro, se estrenaran):
–The Savages: Dos hermanos, Laura Linney y Philip Seymour Hoffman, maduros, perdidos y medio perdedores también, deben hacerse cargo de su padre enfermo. Película ruda, triste, emotiva y, gracias a Dios, muy lejos de cualquier kitsch enaltecedor del alma.
–Into the wild: Jugada, engrupida, la última película de Sean Penn puede ser candorosa, pero tiene un amor por el protagonista que uno termina por hacer propio.
–We own the nigth: Con Mark Wahlberg y Joaquin Phoenix, cuenta la historia de dos hermanos de Brooklyn. Uno es el rey de una disco y el otro es un policía que quiere usar a su hermano como informante.
–Cassandra’s dream: La penúltima cinta de Woody Allen sale del mundo rico para meterse en un Londres más clase media, donde dos hermanos (Colin Farrell e Ewan McGregor) deben probar hasta dónde quieren llevar su ambición.
–Dan in the real life, Strange wilderness: Dos comedias. La primera, más sensata, de enredos, tiene a dos hermanos enamorados de la misma mujer. Sin ser fundacional, ayuda a conservar un género viejo como el hilo negro. La segunda es bastarda, desquiciada, donde un inepto debe hacerse cargo del programa de televisión de su padre. Totalmente idiota, totalmente cómica.
–Death proof: La última de Tarantino, sexy, violenta, filmada con lujuria cinematográfica.
Y hay otras, que este comentarista, no ha visto, pero que tiene la ilusión de ver en pantalla grande:
–Control: el primer largo de Anton Corbijn, el veterano director de videoclips, que cuenta la vida de Ian Curtis, el vocalista de Joy Division, que se suicidó a los 23 años.
–Boarding gate: la última película en inglés de Olivier Assayas. Pudimos ver Clean (2004), ¿será mucho pedir ésta?
–Zwartboek (Black book): el regreso de Paul Verhoeven a filmar a Europa. Nazis, sexo, traición, Holanda. Promete.
–I’m not there: la cinta en torno a Bob Dylan, con Cate Blanchett como Bob Dylan, por la que fue postulada al Oscar.
La explicación para que estas cintas, y quizás cuantas más, tarden tanto en llegar que lo más probable es que vayan directo al DVD, está en el criterio de importación de los grandes distribuidores, que parece ser éste: películas con buena recaudación en Estados Unidos, o sea, si funcionó en Nebraska debería funcionar aquí.
Pero el público chileno no es equivalente al público estadounidense. Como promedio, tenemos gustos más sofisticados, más sensibles, más abiertos a los márgenes, porque justamente pertenecemos a ellos. El mismo hecho de que los estrenos de la semana ocupen sendos espacios en los suplementos culturales es síntoma. O que las buenas películas sean objeto de conversación entre adultos. Si, como público, nos parecemos, deberíamos acercarnos, intuyo, al público de la costa este de Estados Unidos. O de California. El problema de este estado de las cosas es que le está dando al público una razón sustantiva, valórica, más allá del simple precio, para ir al mercado pirata: tener acceso a las películas que no llegan. La industria protesta por la proliferación de esta práctica, pero con una cartelera como la actual, sostenidamente deficiente, no hace más incentivarla.
Subscribe to:
Posts (Atom)
