Monday, August 20, 2007

EL COMELIBROS
Releer
Alvaro Bisama

Le escuché decir a Patricio Jara hace unos días: "El verdadero acto literario es la relectura". Completamente de acuerdo. A veces, cuando uno mira hacia atrás, los libros son lo más vívido de ese territorio inquieto que es el pasado. Leer, recordar fragmentos, escenas, imágenes de portadas o citas citables puede ser el camino ideal para recomponer lo olvidado. Pero lo anterior, que suena a epifanía también luce como las notas de un hipotético y nervioso escenario de guerra, de aquel lugar extraño e irreconocible que fue uno mismo.Pensé en esa clase de confusión -la de recordar nuestras acciones como si las hubiera realizado otra persona- la semana pasada, cuando terminé de releer La dalia negra de James Ellroy, en la nueva y flamante versión que ha publicado Ediciones B. Me la devoré en tres días. No ha envejecido nada. Está ahí la misma sensación térmica de ese horror frío -que sólo ciertas ciudades falsas pueden proyectar- que sentí hace más de diez años, cuando me enfrenté a esa historia de crímenes por primera vez, en una impresentable edición pocket con cubierta metalizada que se destruyó casi sola con el tiempo. Lo extraño es que ese mismo día -o más bien esa misma noche- vi de nuevo en la televisión "La ley de la calle" de Coppola, basada en una perfecta novela breve de S.E. Hinton. Idéntico efecto: tanto la novela de Hinton como el filme los disfruté originalmente en los mismos días en que descubría a Ellroy, que se me volvió en aquel tiempo un autor y una consigna secreta.De vuelta a la cinta, vi detalles en los que no había reparado: el humo circulando entre los personajes; el aura que prefigura una tragedia ya anunciada distraídamente en la banda sonora de la película; en esos acordes que no llegan a desarrollarse, reggaes etéreos, frases sueltas que suenan a canciones perdidas que conocemos pero no podemos identificar.Pero me desvío. Hasta hace unos días yo recordaba a Coppola/Hinton y a Ellroy y nunca me había dado cuenta de que pertenecían a un mismo club. En esas obras, la épica había sido destruida para convertirse en melodramas protagonizados por almas perdidas, deambulando en un purgatorio -aquella ciudad sin mar de "La ley de la calle" y Los Angeles en La dalia negra- esperando por un cielo imposible, una especie de redención que sólo llegaba en los minutos o páginas finales. Ambos objetos, por cierto, no se parecían en nada pero sí convivían en mi memoria como obras hermanas: los pedazos de una década desaparecida y aparecida de nuevo.Por ahora, encuentro, sin querer, una moraleja ahí: releer es útil pero también puede ser peligroso. Porque los libros, sin querer queriendo, son los mejores espejos que hemos creado. Nos vemos de cuerpo entero -un cuerpo algo falso e ideal, parecido a un ectoplasma- y a veces no nos reconocemos. Y esa sensación a veces dura días o segundos pero está ahí. Porque a ratos, como lectores, nosotros mismos nos convertimos en fantasmas. Volvemos a contemplar lo perdido. A veces, eso puede tener que ver con nuestra biografía. A veces, simplemente con habitar casas o pueblos ajenos construidos con la palabra. Ahí, sonreímos para apoyarnos en muros que no existen mientras miramos historias que ya conocemos de memoria. Aún así, cerramos los ojos instintivamente cuando debemos hacerlo. Y los abrimos de nuevo. Ahí, releemos, mientras contemplamos en esos pueblos imaginarios los cadáveres de divas muertas que creímos conocer o miramos, sobre elegías dibujadas como grafitis, la sombra de un motociclista escapar feliz y desesperado hacia el futuro, que debiera parecerse a la nada o a un mar de destellos cromados.
Guillermo Arriaga: "No me gusta la palabra guionista"
Con motivo de la presentación de su nuevo libro Retorno 201, colección de cuentos que nada tienen de infantiles, el reputado escritor de cine y literatura Guillermo Arriaga nos concede una entrevista en el corazón de Malasaña (Madrid). Asiste a nuestras preguntas, de la misma manera en la que desenvuelve su narrativa: puntual, estratégico, punzante.
Sergio Fernández Pinilla. Fotografía: W. Ringer
—¿Qué le resulta más sencillo desfragmentar, el cine o la literatura?
—Yo creo que lo que es importante es que la estructura que escojas para narrar sea la adecuada para la historia. La memoria no funciona de forma lineal, y el arte tiene que reflejar eso. El cine es un arte nuevo y está empezando a encontrar sus voces narrativas, sus formas de narrar. Por contra, la literatura es un arte viejo, y ha explorado mejor cómo contar historias. Yo procuro llevar ese arte de contar historias de la literatura al cine.
—¿Traspasaría la política de los autores a los guionistas?
—Es tan nuevo el cine que aún no queda claro quién es el autor de una película: se dice que el director, pero eso aún está en debate en varios países. Cuanto más se respete al escritor de cine como autor de la película, mejores escritores de cine van a aparecer.
—Como su última película, sobre la emigración clandestina a EE.UU., su literatura es fronteriza: Rulfo, Cortázar, Bolaño; Hemingway, Faulkner, Carver. ¿En qué tradición se siente más cómodo?
—Roberto Bolaño no es un autor que me haya sido cercano. ¿Lo escabroso dentro de la normalidad? Lo que yo pretendo es explorar las contradicciones de la experiencia humana.
—Y de los escritores españoles, ¿a quién admira más?
—Benjamín Prado y Ray Loriga. Como autor español clásico mi maestro es Pío Baroja.
—Su película con Tommy Lee es parte de una trilogía, ¿nos puede contar algo más sobre este ambicioso proyecto?
—A mí me gusta escribir por trilogías. Empecé una manera de escribir sobre la frontera, primero viene Los tres entierros de Melquíades Estrada, que hablan no sólo de la frontera, sino del desierto. Y ahorita estoy escribiendo la segunda parte de esta trilogía.
—¿Volverá a trabajar con Alejandro (González Iñárritu)?
—No, no creo. Pues ya hicimos tres películas juntos (Amores perros, 21 gramos, y Babel, que ahora se encuentra en fase de rodaje) y también me gustaría conocer a otros directores. No obstante, estoy muy agradecido de la experiencia que significó trabajar con él.
—¿Con qué cineastas de su país siente una mayor afinidad?
—No he podido ver Sangre, de Amat Scalante, pero me parece que lo que hace Reygadas es un cine muy importante. Recomiendo Japón, sobre todo.
—¿Por qué son sus relatos tan poderosos desde el punto de vista visual?
—Yo procuro que la estructura se someta a lo que quiero contar, y me interesa ir condensando cada vez más; total: ser lo más expresivo posible con la menor cantidad de recursos narrativos. Ahorita estoy tratando de llevar los diálogos a la máxima síntesis posible y las escenas a la máxima compresión. Es más, mis nuevos guiones son de media página cada escena, con dos o tres diálogos y ¡vámonos!
—¿Por qué re-escribe tantas veces sus guiones?
—Porque así aprendí a trabajar con las novelas. Es una formación literaria, de la perfección del lenguaje, de la belleza del trabajo literario…
—¿Entonces te consideras más escritor que guionista?
—Absolutamente. No me gusta la palabra guionista, porque los guionistas hacen como guía para, y a mi me gusta crear, como dirían los americanos, plays, dramas, obra, por eso "le llamo" que yo escribo novela para cine.
—¿Cuántos años crees que necesita un escritor/ guionista para llegar a la madurez?
—Depende, Rimbaud era un poeta maduro a los 16 años, ¿no?
—¿Cómo negocia los derechos audiovisuales de sus novelas?
—Yo vendo los derechos para una película. Procuro quedarme el resto de derechos: los literarios, los teatrales, etc. Eso es lo que hago en el guión. Y en la novela la vendo para que se publique, y para que se publique con un límite de tiempo. Y todos los demás derechos me pertenecen. Jamás ha vendido los derechos audiovisuales antes de escribir una novela.
—¿Cómo se plantea el tema de las adaptaciones de la literatura al cine?
—La única forma en la que acepto colaborar en la escritura de un guión es en la adaptación de una novela mía.
—Cuéntenos algo sobre la película que está produciendo. Y sobre su ansiado debut en la realización cinematográfica.
—Estoy produciendo El búfalo de la noche, luego tengo que escribir un par de guiones, y terminado ese par de guiones empezaré la escritura del guión que quiero dirigir.
—¿De quién son los guiones?
—Es un secreto.
—En defensa propia parece un episodio de una película de Tarantino...
—Tarantino no es una influencia para mí. Este es un cuento en parte autobiográfico, yo soy cazador, y escuché a alguien merodeando por la cocina, entonces cargué mi Winchester con una bala expansiva y sorprendí al ladrón. Coloqué el cañón del rifle sobre su cabeza. No disparé, pero la historia estuvo a punto de suceder en la vida real.
—¿Cuándo fue escrita Nueva Orleans?, ¿adaptaría para el cine esta tragedia?
—Fíjate, es algo sorprendente: este cuento lo han estado dejando leer en las Universidades americanas como muestra de lo que pasó allí, y fue escrito en el 83.
“En este mundo no hay Dios. Aquí las cosas, los hombres, los animales se mueven solos. Este caos es lo que llamamos vida… una pérdida de tiempo.” (fragmento).
En defensa propia y Nueva Orleáns forman parte de Retorno 201, publicada en España por la Editorial Páginas de Espuma.
Entrevista publicada en el número 4 de KANE 3.es (enero 2006)

Preguntas al azar de La Nación a Jorge González

–“Comprado en Europa” habla del joven futbolista latinoamericano vendido como promesa a un club del viejo continente, pero que al final no debuta nunca, porque o lo mandan a préstamo o lo dejan siempre en la banca. ¿Es sólo fútbol o también trata de la industria musical que, a veces, promete grandes conciertos y promoción y al final no pasa nada?
–No pensé para nada en lo de la industria de la música en esta letra. La verdad, sólo en la imagen del futbolista que pierde sus mejores años en la banca, aunque “asegurándose el futuro”, cómo si tal cosa se pudiera lograr de alguna manera.

–¿Y qué te pasa cuando te nombran como el padre del rock chileno?
–Mirá, me parece exagerado. Es lindo que los pibes se copen y digan eso, pero… Qué sé yo…

–Hoy existe un debate respecto a mejorar aspectos de los derechos de autor, en cuanto a piratería, copias caseras e Internet. En este contexto, tú lanzas un EP y publicas de inmediato los temas en Myspace. ¿Cuál es tu idea, mientras muchos cuidan que sus temas no lleguen a Internet? ¿La industria cambió y sólo vale tocar en vivo?
–El problema de la piratería de CD es uno: es barato y sencillo hacer copias. Contra eso no hay mucho que hacer, excepto cambiar el soporte fonográfico, lo que estaría muy bueno, ya que el compact disc tiene una calidad muy limitada, más aún que la del viejo y querido vinilo. Incluso, por duración, tiene cosas que enseñar. He encontrado vinilos de, por ejemplo, Mario Lanza, que son de comienzos de los ’50 y suenan perfecto, además de tener un bello diseño. Los CD se rayan y mueren, no duran más de 10 años.
Cuando a fines de los ’80 el compact prendió, la industria de la música ya estaba en declive y los nuevos artistas no prendían en el público como los discos de los ’70, cuando Peter Frampton, Kiss, Bee Gees o Julio Iglesias vendían discos por camionadas, pero el CD engañó esa realidad, haciendo que todo el mundo reemplazara la colección de Los Beatles o de Sui Generis por estos disquitos chicos con carátulas enanas. Y, lo de tocar en vivo, nunca dejó de ser la manera verdadera de popularizar la música. En todo caso, la piratería es un asunto que ha beneficiado a algunos. Mira a Johnny Depp, de “Los piratas del Caribe”, ya van en la tres.
“LA MUERTE DE PINOCHET NO ME CAMBIÓ EL DÍA”
–Cuando se habla de los ’80, muchas veces se explica la falta de conocimientos de la prensa como producto del apagón cultural bajo dictadura. Sin embargo, hoy, cuando el periodista Rodrigo Guendelman escribe un comentario sobre tu nuevo EP y nombra a tu esposa y acompañante de Los Updates, Loreto Otero, como Teresita Cabeza, uno puede sumar una descarada falta de rigurosidad. Este ejemplo de cómo trabaja alguna prensa amarilla, ¿te hace reflexionar sobre los tiempos que corren en Chile a nivel mediático, que todo se mezcla con farándula y se ensucia?
–Tengo la impresión que Copesa y Edwards buscan gente que no se les escape de la línea editorial, que a grosso modo es estupidizar y asustar, para preparar el camino al esquivo presidente de derecha que esos importantes consorcios anhelan, aunque no lo necesitan, ya que con los DC están mejor que nunca. Parecen tener una política de no contratar a gente muy despierta. Ahora, igual me parece que ha sido saludable el chacreamiento tan obvio de la televisión, por ejemplo, porque la revela como lo que siempre ha sido, un invento alucinante mal aprovechado.
–Falleció Gladys Marín, a quien acompañaste en su campaña presidencial en 1999, y Augusto Pinochet, líder de la derecha los últimos 30 años. En Cuba, donde estuviste un tiempo, ha tenido graves problemas de salud Fidel Castro. ¿Qué te pasa con estos hechos?
–Lo de Gladys Marín fue triste. Queda la sensación que era la única capaz de levantar y mantener los ideales más bellos de la izquierda chilena. Lo de Castro y Pinochet, me avergüenza reconocer que me dieron lo mismo, no me cambiaron el día.
–En el libro “Maldito sudaca” (Ril, 2005) dices que nos haría bien una mujer en el poder. Hoy, el Gobierno de Michelle Bachelet no ha estado exento de problemas, como el Transantiago, lo que redunda en que ha bajado su popularidad. ¿Cuál es tu opinión de su Gobierno? ¿Las críticas a su gestión son sólo producto de una sociedad machista?
–Llevo más de dos años en México, así que, por supuesto, dar una opinión es irresponsable, además de irrelevante, pero no es difícil imaginar que para los lores y zares de la ultraderecha chilena debe ser una pastilla difícil de tragar tener una mujer al volante.
–¿Por quién votarías en la próxima elección?
–Chile casi se convirtió en Estados Unidos: da como lata votar y uno vota por el proyecto menos dañino. O sea, por la Concertación, para que no salga la derecha, pero sabiendo que sus políticas también son de derecha. ¿Por quién votaré en las próximas elecciones? Por el menos malo, de nuevo.

“A VECES ME PEGO GUATAZOS, COMO LEER A PAUL AUSTER”
–Hace un tiempo leías al francés Michel Houellebecq y lo recomendabas para entender más sobre lo que nos sucede como sociedad. “Irreverente, formal y obsceno a la vez”, dice de él la crítica internacional. ¿Lo sigues leyendo? ¿Qué lees hoy?
–Ya se me acabaron sus libros. No son tantos como hacen falta. Hoy lo que estoy leyendo, que está muy bueno, se llama “No country for old man” (No es un pueblo para viejos), de Cormack McCarthy. La semana pasada leí ”El quinto en discordia”, de Robertson Davies, muy clásico, como las cosas que uno leía de niño y releí el ochentero “Cabeza de turco”, de Günter Wallraff. Eso sí, a veces, me cuesta datearme bien y me pego guatazos, como leer a Paul Auster.

Reedición en DVD celebra los 25 años de “Blade Runner”Recuerdos del futuro

"Blade Runner” no se trata de replicantes, se trata de la memoria. Nos recuerda que somos lo que recordamos. Eso era lo que Roy Batty, Leon, Zhora y Prissy sabían. Y eso era lo que buscaban al escapar a la Tierra, sostener la memoria. Por Jorge Baradit
¿Existe alguna película que haya sido capaz de superar al libro en que se basa? ¿Pueden?, quizá “Spartacus”, quizá “Gone With the Wind”, quizá “2001, A Space Oddisey”. Definitivamente no “El Perfume”... no la penosa adaptación de la increíble novela de Patrick Süskind (cuando una película como la de Tom Twyker, de reciente estreno, debe recurrir a 15 minutos de voz en off iniciales para explicar su contenido, hay algo que funciona mal).
En fin, el punto es que siempre usamos la palabra quizás buscando una novela superada por su versión cinematográfica, sin embargo no es éste el caso. La obra en que se basa la maravillosa “Blade Runner”, “Do the androids dream with electric sheep?”, del recurrente Philip K. Dick, es una soberana lata que me ha resultado imposible atacar jamás. Siempre me he preguntado de dónde sacó Ridley Scott la genialidad para producir una metamorfosis semejante desde un texto laxo, aburrido y carente de todo brillo. De dónde obtuvo esos Recuerdos del futuro, esa sensación de estar asistiendo a un mundo real lleno de información irrelevante (como es la realidad) y no a una maqueta pobre, diseñada y perfecta salida de la mente de un tipo al que le puedes reconocer perfectamente el estilo. ¿De dónde sacó en 1982 esa certeza que entonces no era más que una locura?: el futuro estaba a la vuelta de la esquina e iba a consistir en la acumulación de culturas, en la estratificación de tecnologías, en la convivencia de lo obsoleto con lo ultramoderno. En la convivencia de dios y la computadora, con dios en la computadora cuestionando al universo. La corbata y el auto volador, el híbrido y la comida china, la suciedad y la ingeniería genética. El futuro y la desesperanza. Por primera vez el futuro y la desesperanza. El futuro y el alcoholismo, el futuro y la soledad en medio de las multitudes.
CELEBRAR LA NADA
“Blade Runner” cumple 25 años y toda la maquinaria Hollywoodense se prepara para estrujar una vez más a este hijo pródigo, rechazado al nacer (obviamente por no producir de inmediato los dólares necesarios) y celebrado con posterioridad como uno de los hitos cinematográficos más importantes de la década de los 80.
Pero “Blade Runner” ya es presente y no entiendo muy bien qué es lo que hay que celebrar. La cinta de Ridley Scott nos recuerda que el futuro llegó y que no fue distribuido, que el hacinamiento, la falta de energía, el tráfico de órganos, la manipulación tecnológica encubierta y la desesperanza son la verdadera promesa detrás del progreso ilustrado. Basta con ir este domingo al Persa Bío-bío y verán hacinamiento, pequeños puestos envueltos en humo de aceite de empanadas y olor a incienso, motherboards y chips junto a imágenes de Buda y atún chino, teclados Apple de última generación junto a hierbas para sahumerios y brujería. Y sabrán con certeza que “Blade Runner” está aquí. Y que en realidad no hay mucho que celebrar.
MALDITA MEMORIA
Desde la primera vez que la vi, a los 14 años, ha ido creciendo en mi interior. Desde un primer acercamiento frustrante (¿disparos de revólver en el futuro?...dónde estaban los lasers y los alienígenas, por dios!!) hasta una extraña simbiosis en que los diálogos y sus imágenes se han ido convirtiendo en parte de mis diálogos y mis imágenes, ocupando un gran porcentaje de esos recuerdos fabricados con cine que anidan en nuestros corazones. Porque “Blade Runner” no se trata de replicantes, se trata de la memoria, se trata de aquello que nos hace humanos, de aquello que nos hace ser. Nos recuerda que lo que nos define no es una fecha de nacimiento, unos padres definidos o un lugar de origen, ni siquiera la materia de la que estamos hechos, sino aquello que recordamos. La particular estructura de recuerdos que generan una luminosa red de temores, amores, dolores, colores y olores asociados a números, letras, encuadres y puntos de vista; que consiguen armar ese discurso único, esa dirección de cámara en tiempo real nebulosa y difusa que es la memoria de cada uno. Somos lo que recordamos, y los recuerdos se mezclan, hacen el amor entre personas, tienen hijos y se reproducen hasta que ya no sabemos bien a quién pertenecía que en ese punto lejano en el pasado en que los hechos dieron a luz un momento, que lentamente se irá convirtiendo en recuerdo. Pueden ser un atado de fotografías en el cajón de un mueble, pueden ser las improbables historias de cualquiera que terminamos haciendo nuestras. Eso nos hace humanos. Eso era lo que Roy Batty, Leon, Zhora y Prissy sabían. Y eso era lo que buscaban al escapar a la Tierra, sostener la memoria. La sobrevida pero como sostén de la memoria, no sus cuerpos de tejido sintético próximo a caducar.
Ellos no querían olvidar, hundirse en la noche sin fondo del olvido, como cualquier ser humano ¿No es eso acaso lo que también persigue Ridley Scott al retocar una y otra vez esta gran fotografía de 117 minutos que parece no dejarlo tranquilo, aún después de 25 años? Todavía hoy busca pulir su obra para dejarla prístina como un recuerdo grabado en DVD. Ridley lucha contra la naturaleza misma de los recuerdos que es avanzar, mezclarse y morir. Todavía no encuentra la paz que si halló Roy Batty segundos antes de morir, cuando comprendió que no se puede luchar contra el olvido de otra manera que no sea la más antigua y humana de todas, entregarle sus propios recuerdos a otro ser humano, sentado en el suelo como frente a una fogata para que tome la posta y su vida haya valido en algo la pena. Hay un dicho normando antiquísimo que reza así: “Todos los hombres son mortales. Pero existe algo eterno: la gloria en el recuerdo de un hecho grandioso”. Finalmente eso era lo que buscaba Roy Batty, permanecer en el recuerdo ya que no en la carne y quiero creer que lo consiguió cuando nos regala su maravillosa letanía final:
“He visto cosas que ustedes no creerían. Naves de ataque envueltas en llamas, fuera del hombro de Orión.
Vi rayos-C brillando en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhauser.
Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Ahora es tiempo de morir”. LCD

Thursday, August 16, 2007

Astronautas

Lo que faltaba, la guinda del postre: un informe sobre el estado de salud de los astronautas de la Nasa comprobó que, a lo menos en un par de ocasiones en el último tiempo, hubo algunos de ellos que se embarcaron al espacio curados como tagua. No es chiste. Los astronautas investigados, que tienen que encerrarse por reglamento tres días antes de volar en el Centro Espacial Kennedy, aprovechaban el retiro para bajarse sin piedad unas cuantas botellas, quedando en evidente estado de ebriedad, como habría rezado el parte policial si los hubieran detenido manejando en la vía pública. La norma dice que los astronautas no pueden beber alcohol durante las doce horas previas a cualquier viaje, pero en ambos casos los muñecos fueron descubiertos con la lengua traposa, bastante borrachos, y en esa condición igual se los autorizó finalmente a volar.Uno sabía de estos comportamientos en personas que les tienen miedo a los aviones, hombres y mujeres angustiados que antes de embarcarse se anestesian con sendas dosis de whisky, ron, vodka o gin para pasar las horas de vuelo del modo más inconsciente posible, ojalá durmiendo y si se puede con pastillas, mejor aún. ¡Pero astronautas de la Nasa!No se sabe qué tomaron, y si lo hicieron de aburridos o porque a ellos también los ataca el miedo antes de viajar al espacio. Sería extraño, pero no imposible. No hay que descartar que el estrambótico oficio de salir a sondear el espacio te convierta en un bicho raro, en algún sentido irresponsable o simplemente en un sujeto que está todo el rato jugando en el límite.A veces me acuerdo de un amigo de mi papá que viajaba con frecuencia a congresos internacionales y le tenía pánico a subirse a cualquier avión. Su estrategia era conocida por todos sus compañeros de viaje: llegar puesto al aeropuerto, chequearse, ir por un nuevo whisky al bar y después embarcar. Yo era chico y cuando iba a dejar a mi papá a Pudahuel, me cruzaba con este señor simpático, chispeante, risueño, hablantín. Sumergirse en alcohol era su manera de esquivar al abismo.A veces la ingesta alcohólica se produce por razones menos precisas, más existenciales. Siempre me impresionó la manera cómo se relacionaba Jorge Teillier con el trago. "Prefiero no estar lúcido", dijo una vez. Le daba miedo el miedo de la gente. No le interesaban los viajes espaciales. Prefería soñar y anotar algunos de sus sueños. Lo vi muy pocas veces en mi vida. Una vez llegó tarde a una conferencia que debía dar en la universidad. Venía con trago. Igual se dio maña para encantar a la audiencia con su voz suave, apenas audible. El otro día leí un texto de Rafael Gumucio en donde decía algo parecido de Teillier. Lo había visto una sola vez. Teillier estaba bastante curado, pero se las arreglaba para hablarle al oído a los que habían ido a escucharlo, y en su intemperancia no perdía un gramo de simpatía y lucidez. Al contrario: parecía navegar como pez en el agua, siguiendo eso sí siempre su propio ritmo, no el que quisieran imponerle los demás.Poco después de que saliera elegido Allende, en septiembre de 1970, Teillier escribió una crónica en el diario Puro Chile en donde fijaba su posición: "No soy ningún moralista, y mi tejado en el aspecto alcohol es de vidrio puro. Si le hago caso al Servicio Nacional de Salud, estaría por lo menos dentro del millón de chilenos bebedores excesivos". No había caso con Teillier: buscaba al vino como una necesidad vital, aunque al final ese vino terminara anticipando su muerte. No era una maniobra calculada, ni siquiera respetada por él. Simplemente no podía, no sabía vivir de otro modo: "Es mejor morir de vino que de tedio/ sin pensar que pueda haber nuevas cosechas./ Da lo mismo que las amadas vayan de mano en mano/ cuando se gastan los codos en todos los mesones".
Francisco Mouat.

Relecturas Por Alvaro Bisama

Volví a leer “La dalia negra” de Ellroy. Me la devoré en tres días. No ha envejecido nada. Está ahí la misma sensación térmica de un horror frío (que sólo ciertas ciudades pueden proyectar) que sentí hace casi quince años, cuando me enfrenté con esa historia de crímenes la primera vez, en una impresentable edición pocket con cubierta metalizada que se me destruyó con los años. La terminé ayer en la mañana. En la noche, vi la segunda mitad de “La ley de la calle”. Misma sensación. Me llamó la atención el humo que siempre circula entre los personajes y que vuelve todo una tragedia insoportable. También recordé la banda sonora. Siempre he odiado a The Police, pero el trabajo de Copeland en la cinta es inquietante: acordes que no llegan a desarrollarse, reggaes etéreos, frases sueltas que suenan a canciones perdidas. Pero me llamó la atención otra cosa: la idea de que en la cinta de Coppola (con en la novela de Hinton) Rusty James se la pasa extrañando un tiempo irrecuperable: la sensación de que la cinta es sobre la resaca de la violencia, el día después de la destrucción de toda épica para su conversión en un melodrama sobre almas perdidas en el Purgatorio esperando –como el Chico de la Moto- acceder a algo parecido al cielo.

Tony Wilson

*Sobretodo, amo Manchester. Adoro los boliches hechos mierda, los arcos ferroviarios, las drogas abundantes y baratas. Eso es que le hace, al final, ser lo que es. No el dinero, ni la música, ni siquiera las armas. Tal vez ese sea mi único y heroico defecto: un exceso de orgullo cívico.

*Soy actor de reparto en el medio de mi propia historia.

*El jazz es el último refugio de los músicos sin talento.
Leer es una de las pocas formas de la soledad socialmente aceptadas por un mundo que tiende a sospechas de las actividades en singular. Decir “ahora no, estoy leyendo” es un escudo y decir “lo leí en un libro” es una lanza. Así, un libro es un arma de construcción masiva. Leo, luego existo.

Rodrigo Fresán
Domingo 5 de agosto de 2007

LEER en tiempo real ALBERTO FUGUET

Señales captadas al azar circulando por diversos mundos no literarios. Comentando un libro del cual soy fan con un desconocido que conoce al autor, este ejecutivo que está frente a mí me dice que empezó a leerlo pero que no pudo terminarlo.-Ah, ¿te pareció malo? Fome.-No, es que tengo tres hijos.Ehhh...Rara respuesta pero, sin duda, es la respuesta más típica que uno escucha. ¿Leer frente a los niños equivale a, no sé, ver porno? Supongo que lo que quiso decir es que le falta tiempo. No le alcanza. La vida es muy rápida y leer es demasiado lento.¿O quiere decir que es difícil? ¿O que leer es demasiado complicado? Leer toma tiempo, leer quita tiempo, por qué leer no es como ver tele.Dato para la causa: el libro que discutíamos tenía 180 páginas con letra grande.¿No lo terminó por sus hijos (lectores de Harry Potter, me enteré después) o por tiempo (¿se quedará dormido a las 21:30?) o porque no enganchó y no quiere admitirlo porque siente una suerte de temor a quedar como inculto? ¿A lo mejor simplemente sufre de problemas de concentración? ¿O, como gran parte del país, no entiende lo que lee?¿Serán todas las anteriores?Quizás la respuesta real es que SÍ tiene tiempo, pero que leer NO le interesa, no le provoca, le parece un trabajo.Ahora que todos cranean campañas de fomento de la lectura, quizás lo más importante es, primero, separar la paja del trigo: el que no quiere leer, que no lea. Tratemos de salvar a los inocentes y que se hundan los que no quieren. ¿Son tarados? No. Incultos, tampoco. Simplemente se están perdiendo algo y, lo que es un poco triste, la vida se les acorta. Personalmente, prefiero que no me lean a que me lean a la fuerza, mal o que lleguen a la conclusión de que, como un autor de un par de libros, soy denso, latero o, esa palabra tan usada por los chilenos, enredado.Tantas, tantas razones que se inventa la gente para no leer cuando sería tan simple decir:-Disculpa, no leo. NO ME INTERESA. DESPRECIO A LOS QUE LEEN. Jamás me juntaría o contrataría a alguien que lee.Qué agradable sería toparse con gente que te dijera:-No, no leo. Paso.Algo así como no fumo, no bebo, no uso crack.Un secreto para los que tienen días de 16 horas: cuando no tienes tiempo, la única manera de recuperarlo, de alargar el día, es justamente leyendo. Cuando yo no leo, y a veces me sucede, a veces la máquina te la gana, la vida, en efecto, se daña, se reduce, se envilece.Todo esto me ha hecho pensar en que quizás por eso, de un tiempo a esta parte, el factor tiempo/páginas no sólo está invadiendo la industria literaria (editar libros más cortos para asustar menos, algo que se podría entender desde el punto de vista de un editor, por ejemplo), sino, y esto me parece francamente fascinante, también está alterando la forma de leer y de escribir.Lo admito: no he leído o comprado ciertos libros por su grosor. He pensado para mí mismo: ¿no será como mucho? ¿Es necesario escribir tanto, no podría haberlo dicho en menos páginas? Esto me pasa sobre todo con la ficción. Una novela de 400 páginas, ¿no pudo tener 200 menos? ¿Una novela de 800 no es una soberana exageración? Es verdad: uno se hace el tiempo para leer si quiere, pero también es cierto, es innegable, que hay niños, hay colegios, hay trabajo, hay competencia. Un escritor también tiene que hacer lo suyo, seducir, entender los tiempos, y los tiempos no están para 800 páginas. Están para 180 o si no para cinco mil (las sagas que se leen a lo largo de meses o décadas).

Las novelas y el amor Rafael Gumucio

Como muchos lectores de más de treinta años, prefiero una y otra vez leer libros de ensayos, biografías, entrevistas o reportajes a leer novelas. Disfruto aún de ellas intensa y totalmente, cuando me aventuro, en contra de mis propios resquemores, en una ficción inesperada que se cuela entre los libros de mi velador. Si aguanto con felicidad los primeros párrafos, en que alguien que no conozco se despierta en una cama que no conozco, las novelas me cambian la vida y me alucinan como pocos libros de ensayos pueden hacerlo. Leer un volumen de cuento, en cambio, me es cada vez menos placentero.En esta misma página defendí con ardor la ficción, y volvería a hacerlo sin dudarlo, aunque no puedo tampoco dejar de confesar que hay algo ligeramente indecente en alguien de más de treinta años que lee solamente novelas. El lector de cuentos y narraciones es generalmente pasada una cierta edad un ser con el que es difícil conversar sin sentirse un poco abismado, sin dejar de compadecer a este pobre señor que tiene que aprenderse tantos nombres ficticios y tragar tanta información innecesaria. La lectura rabiosa de ficciones e historias es un vicio, como la cinefilia (o conocer los nombres de todos los músicos que pasaron por el mismo grupo de rock), condenadamente juvenil, que cuando se prolonga demasiado tiempo es el síntoma de algún eslabón perdido en alguna parte. Sobre ese eslabón perdido escribió Cervantes alguna vez: El retrato de un vejete que comete la indecencia de leer novelas a una edad en que se debe leer ensayos o no leer nada y acordarse de lo vivido y leído; o a lo más escribir en sus tiempos libres la historia de un viejo tan lateado, tan poco interesante, que pasaba lo mejor de su tiempo leyendo novelas de caballería que terminó por confundir con la realidad.El Quijote, nos cuenta Cervantes, no es un buen lector, no sólo porque confunde la realidad y la ficción, sino porque al leer tanta ficción, tan voraz y desordenadamente, prueba ser incapaz de disfrutar en su verdadero misterio los secretos de la ficción misma. El que ama las novelas, y las películas, aprende con los años que es imposible vivir realmente, intensamente, más de tres o cuatro de ellas al año. Sucede como en el amor, es normal, es hasta sano, enamorarse a los quince años todos los días de distintas mujeres. Así también es normal leer todo Dostoievski, y todo Celine, y todo Proust a los diecisiete, pensando que en cada nuevo libro está la verdad, que cada beso es el definitivo, que cada romance te va a llevar fatalmente al altar y a la felicidad perpetua. Con los años algunos, decepcionados por las infidelidades y las miserias de la pasión, se vuelven cínicos, otros simplemente aprendemos en qué consiste el amor, y de qué están hechas las mujeres. Saber eso, disfrutarlo, temerlo, no nos permite ya la magia de enamorarnos cada semana, como no nos permite creer que en cualquier tomo está encerrada toda la verdad que nos salvará del aburrimiento. Aleccionados por la vida, y la experiencia, nos enamoramos cada vez menos, una vez cada década, o una vez para toda la vida, pero disfrutamos de ese amor prolongadamente, aligerando la carga de la fidelidad conyugal con breves escarceos en el mundo de los ensayos, la biografía, los epistolarios, y los reportajes, libros amigos, no amantes, que no nos piden lo que nos pide nuestra esposa; la fe que suspende la incredulidad. Libros que no nos obligan, como nos obligan las novelas y el amor, a completarlos con nuestros propios recuerdos y vivencias.La ficción novelesca nos pide lo mismo que el amor. Los franceses llaman Roman a las novelas, palabra de la que viene nuestra castiza palabra romance. Las novelas pueden hablar de los más diversos temas, sobre los más diversos mundos, son siempre finalmente novelas sobre el amor. No porque nos hablen de besos, de abrazos o de divorcios, sino porque el mismo acto de leerlas, de seguirlas, nos enseña los limites y las reglas del amor. Nos ahorra también el esfuerzo de amar innecesariamente, nos entrega un manual de uso para esta metamorfosis que se llama el amor, nos muestra los pasos y los impasses de este extraño tipo de fe que se supone cree en cosas eternas e infinitas y al mismo tiempo nos enseña, como nadie en el mundo, lo finito, lo perecedero, lo temporal que es todo lo eterno en este mundo.Elías Canetti dice que todas las novelas hablan de una sola cosa: la metamorfosis por la que todos los seres humanos somos llamados fatalmente a atravesar. La lectura de una novela implica en sí una metamorfosis, no somos nunca los mismos al terminarlas. ¿A qué otra metamorfosis, a qué otra transformación total y completa tenemos derecho si no es al amor? Ese enemigo, esa salvación, esa especie de muerte y esa especie de resurrección, que necesita para entrar en nuestras carnes y transformarlas, de adormecernos contándonos un cuento, de anestesiarnos a punta de historias.

Saturday, August 04, 2007

Alberto Fuguet

Mientras prepara su segunda película, "Perdido", recomienda cintas "levemente perdidas" o "entrañablemente pequeñas".
"HISTORIAS DE FAMILIA" (2005) de Noah Bambach: "La debacle de una familia liberal, culta y sicoanalizada, muestra el lado B de los círculos descritos por Woody Allen".

"HALF NELSON" (2006) de Ryan Fleck: "Cine independiente que no cae en la onda `indie' y que apuesta por loinalcanzable: filmar el alma de un personaje. En este caso, Ryan Gosling, que fue nominado al Oscar".

"EL LATIDO DE MI CORAZÓN" (2006) de Jacques Audiard: "La mejor cinta estrenada el año pasado fue, curiosamente, francesa. Este relato sobre un pianista matón no se la juega por su protagonista; ES su protagonista".

"FILM GEEK" (2005) de James Westby: " Es uno de los grandes retratos acerca de la alienación, lo enfermizo que puede ser `ver' en vez de `vivir'. Una sorprendent mirada la felicidad".
"Cuentos completos"

Un autor rescatado de las penumbras Rodrigo PintoLos mapas literarios son flexibles y a veces demoran más de la cuenta en fijar sus bordes; y a veces, sobre todo cuando se trata de mapas referidos a territorios recientes, hay varios contradictorios entre sí. Hay autores que emergen del pasado y se consagran como clásicos, ya sea gracias a la labor denodada de editores independientes o simplemente al efecto de la silenciosa lectura y la recomendación boca a boca que cristaliza en una nueva valoración crítica. Hay dos casos recientes: casi desconocido incluso en su país, el uruguayo Mario Levrero asoma como el gran heredero de Felisberto Hernández y Juan Carlos Onetti; cuando ya casi han transcurrido dos décadas desde su muerte, Antonio di Benedetto, con padrinos como Juan José Saer y Roberto Bolaño, quien lo retrató en su cuento Sensini, se instala en el canon argentino (aunque hay quienes lo definen como el escritor anti canónico por excelencia, lo que no es otra cosa, si se piensa bien, que completar el mapa).No es que Di Benedetto fuera un total desconocido; Zama, su principal novela, publicada en 1956, hace tiempo que forma parte de la lista de grandes novelas argentinas, pero la mayor parte de su obra estaba sumergida en la penumbra. La editora Adriana Hidalgo emprendió el rescate a comienzos de esta década, trabajo que ya está cerca de su culminación. El grueso volumen de los Cuentos completos de Di Benedetto cubre casi cuatro décadas de trabajo literario. La disposición cronológica muestra cómo se va asentando una poética marcada por el fragmento, la experimentación y el sello de un estilo único e irrepetible que fluye lejos de la tradición y el hábito, aunque en otro sentido se ancle en ellos; el lector reconocerá antiguos tópicos de la narrativa argentina y probablemente la memoria sugerirá diversos autores y libros ejemplares, pero también podrá percibir cómo esos tópicos son trabajados de una manera profundamente original. El gaucho y el facón, el valor y la culpa, reciben nuevas luces que en nada desmerecen a Borges o Bioy Casares. "El arte del relato nace siempre de una conjunción de rigor, de inteligencia y de gracia", escribió Juan José Saer a propósito de Di Benedetto, feliz frase que define muy bien un proyecto de escritura bien rescatado y plenamente vigente.CUENTOS COMPLETOS.Antonio Di Benedetto. Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2006. 704 páginas.
Longevos
Por Francisco Mouat /


franciscomouat@gmail.com

Colecciono hace tiempo noticias de periódicos sobre los viejos más viejos del mundo. Me divierto leyéndolas. Se trata de viejos que aparecen con su nombre completo cuando se mueren y son desplazados del Libro de los Récord Guinness por el anciano o anciana que les sigue en edad. Las clásicas curiosidades o rarezas que tanto gustan al periodismo.La semana pasada se murió uno de 141 años. Al menos eso es lo que dice la agencia Efe. Se supone que era el más viejo de todos, pero no hay registro fiable de esos tiempos remotos. Abdel Wali Numan, de Yemen, nació en 1860. Su apodo era extraordinario: lo llamaban "El Historiador", porque había sido testigo directo de la ocupación turca, la monarquía, la revolución de 1962. Imagino al cronista de la agencia local haciéndose un festín con la historia después de escuchar las indicaciones de su editor: "Se murió un viejo de casi 150 años. Ponle color. Que no falte la receta para vivir tanto".Las muertes de estos viejos son curiosidades exentas de tragedia, fenómenos sorprendentes de la naturaleza, récords mundiales. En el caso de Abdel, uno de sus sobrinos, que debe tener ochenta o noventa años por lo bajo, aseguró que su tío caminaba uno o dos kilómetros al día, comía bastante miel y carne, y su bebida predilecta era la leche de camello.Casi siempre es así: estos longevos extremos cultivan hábitos curiosos, que uno no saca nada con imitar si quiere prolongar sus años de vida, porque se trata casi siempre de fórmulas bastante contradictorias entre sí. Si uno come carne, el otro es vegetariano. Si uno toma leche de camello, el de más allá le hace a la cerveza o al vino o a los puros. Compay Segundo, el cubano de voz ronca del Buena Vista Club Social, fumó habanos hasta pocos días antes de morir, a los 95 años, cuando una insuficiencia renal –y no respiratoria– lo mandó a la tumba.En el caso del alemán Hermann Dornemann, que figura ahora con 114 años y se supone es el hombre más viejo del planeta, las crónicas dicen que toma una cerveza diaria y que la receta de su éxito (¿puede llamarse éxito vivir 114 años?) es no hacer absolutamente nada fuera de comer y tomar lo mínimo. No gastar un músculo, no hacer trabajar las neuronas que le queden, no darle una orden al cerebro. Simplemente vegetar. Su vida no es precisamente entretenida y dinámica, aunque debe ser gracioso estar al lado suyo investigando su rutina, si es que aún conserva una rutina. ¿Pensará, o su mente ya está vacía como una pelota de tenis?Una de las crónicas más jugosas que leí sobre viejos célebres hablaba del norteamericano Fred Hale, que vivió hasta los 113 años en New Sharon. El hombre esperó 86 años a que su equipo de béisbol, los Red Sox de Boston, ganaran un título, y lo consiguió poco antes de morir. Manejó su auto hasta los 107 años, y según el cronista que contó su historia, tocaba la bocina cuando los autos que iban delante suyo no apretaban lo suficiente el acelerador. A esa misma edad, 107, una vez un equipo de televisión lo sorprendió quitando con una pala la nieve de la puerta de su casa. A Hale le gustaban las manzanas cocidas, comer langostas, salir de pesca y ver todos los partidos de los Red Sox. Mientras la salud lo acompañó, cada vez que alguien le recordaba que su nombre figuraba en el Libro Guinness, él se indignaba y él le arrojaba lo que tuviera por delante al insolente: "Si creen que me van a enterrar pronto, están jodidos".Más que fijar una cantidad de años, lo que me interesa de la vejez, si llego a ella, es que sea decorosa, como la de Hale, y ojalá con un título de la U en la despedida. Digna, hasta donde se pueda. Con la vista fija y no perdida, con manos que escriban, pies que caminen y un espíritu dispuesto aún a leer y escuchar en vez de dar la lata.
Francisco Mouat.

Wednesday, August 01, 2007

"LOS SIMPSON, LA PELÍCULA": Por el ojo del huracán
Juan Pablo Vilches

Desde hace tiempo que el eje de la serie se desplazó desde las travesuras de Bart hacia el nihilismo idiota de Homero Simpson, una versión grotesca del hombre unidimensional de Marcuse.
JUAN PABLO VILCHES

Con más de 400 capítulos y 18 temporadas, la serie Los Simpson hace un tiempo venía perdiendo la coherencia y el filo en sus tramas, contentándose con presentar una seguidilla de chistes que van desde el escarnio político hasta el pastiche a la cultura pop. Las muchísimas voces de gente "importante" que han dado vida a sus episodios revelan que el programa es una especie de "poder fáctico", que otorga a quien aparece en él el estatus de "ser alguien". Como Saturday night live, más o menos, con la irregularidad propia de lo que dura demasiado.Como otras tantas veces, el éxito lima las garras y los colmillos, pues es una ingratitud seguir mostrándose tan feroz con una sociedad que ha sido tan generosa con uno y que a su vez ha entendido el mensaje. Los diversos elementos de la ética Simpsons se han infiltrado en la cultura popular, ya sea por la influencia en otros programas y películas que acentúan la disfuncionalidad de las familias de clase media en EE.UU. y la progresiva estupidización y banalización de la esfera pública y mediática de ese país, como en Los reyes de la colina o Idiocracy, por ejemplo.En pleno proceso de ser superados por algunos de sus discípulos, los creadores de Los Simpsons se lanzaron a hacer una película no sólo por el enorme negocio que podría significar, sino que también por hacer algo más afín con el origen evidentemente subversivo de esta serie. Y con una muy buena excusa para ello.Visiones de KatrinaDesde hace tiempo que el eje de la serie se desplazó desde las travesuras de Bart hacia el nihilismo idiota de Homero Simpson, una versión grotesca del hombre unidimensional de Marcuse, capaz de dar risa y asco al mismo tiempo. En esta película, su irresponsabilidad como padre y como ciudadano llega a lo inaudito, al punto que Bart prefiere ser hijo del bueno de Flanders y la ciudad está al borde del colapso por causa de una de sus típicas e injustificables negligencias.Si bien la figura de Homero es criticable desde la teoría progresista de la enajenación y desde la teoría conservadora de las virtudes, la reacción del gobierno estadounidense ante la catástrofe producida por el patriarca de la familia es un eco muy potente del actual estado de las cosas en EE.UU., pero desde el lado demócrata, por cierto. La hilarante y veloz comedia llega súbitamente a un nivel de patetismo inusual para la serie cuando Springfield es abandonada por el gobierno (y encerrada por una cúpula fabricada casualmente por la empresa de un asesor estrella del presidente, ¿suena conocido?) para convertirse en una Nueva Orleans después del huracán Katrina, donde reina el estado de naturaleza porque el Estado es incapaz de hacer su trabajo.Como en muchos capítulos de la serie, la trama se trata del tardío arrepentimiento de Homero y su intento de comportarse alguna vez como buen padre y ciudadano, aun cuando en su ciudad hay muy pocos buenos padres y casi ningún buen ciudadano. Aunque, claro, la película no tiene dudas en afirmar que los peores ciudadanos de todos son los inquilinos republicanos de la Casa Blanca.Expandir el mitoAun cuando la estética de la serie fue absolutamente respetada, los realizadores (su creador Matt Groenning, James L. Brooks y el ejército de guionistas que escribió sus chistes) decidieron que la película tuviera una pantalla más ancha que favoreciera una exposición más completa del entorno, así como un formato más afín con las escenas de aventuras. Que no son pocas. También se permitieron mostrar lo que no se puede mostrar en televisión y, por supuesto, abrir la historia para que sus dimensiones pública y privada quedaran cabalmente expuestas y en equilibrio.Para personas acostumbradas a contar una buena historia en 30 minutos, el riesgo de que un relato más largo perdiera organicidad y ritmo era evidente. Nada de esto ocurre, y esto se debe precisamente a que la expansión de la historia en tiempo fue acompañada de una expansión en imágenes, temática y osadía, la que permite que la trama se sostenga en términos de interés y permita transiciones fluidas desde la comicidad casi omnipresente hacia los otros registros por los que la historia necesita transitar. El resultado es un episodio largo y expandido, a la altura de su mito como programa de TV, que extrema lo que la ha hecho tan particular e inimitable: la proverbial estupidez de Homero y lo que éste representa, y las catástrofes cívicas y ambientales -en curso y por venir- resultantes de su expresión política.Tal vez Marx exageraba cuando decía que "el último capitalista que ahorquemos será el que nos venda las sogas"; sin embargo, no deja de ser llamativo que la ultraconservadora cadena Fox provea los lápices con que su forma de pensar y de actuar son sistemáticamente ridiculizadas ante todo el mundo con tal de seguir ganando dinero. De seguro, saben lo que hacen.EN SÍNTESISUn largometraje de Los Simpson es como un capítulo largo, pero expandido en términos del ancho de la imagen (2:35 a 1 versus el 4 a 3 de la TV), de "licencias" cómicas y de alcance político. El resultado es una comedia muy eficaz y una dignísima extensión de la serie.

Tuesday, July 31, 2007

Oh my god

Desconozco si Dios existe, pero sería mejor para su reputación que no existiera.

Jules Renard (1864-1910) Escritor y dramaturgo francés.

Dios me perdonará: es su oficio.

Heinrich Heine (1797-1856) Poeta alemán.


Para ti soy ateo. Para Dios, la oposición.

Woody Allen (1935-?) Actor, director y escritor estadounidense.


Temo a Dios, y después de Dios temo principalmente al que no le teme.

Muslih-Ud-Din Saadi (1184-1291) Poeta persa.

Dios es el único ser que para reinar no tuvo ni siquiera necesidad de existir.

Charles Baudelaire (1821-1867) Escritor, poeta y crítico francés.

Lo único que impide a Dios mandar un segundo diluvio, es que el primero fue inútil.

Chamfort (1741-1794) Académico francés.


No podría creer en un Dios al cual comprendiera.

Graham Greene (1904-1991) Novelista británico.


Dios existe, pero a veces duerme: sus pesadillas son nuestra existencia.

Ernesto Sábato (1911-?) Escritor argentino.

"Somos pensamientos nihilistas de Dios". Kafka a Max Brod
Yo no sé si Dios existe, pero si existe, sé que no le va a molestar mi duda.

Mario Benedetti (1920-?) Escritor y poeta uruguayo.

Si Dios no existiera, sería necesario inventarlo.

Voltaire (1694-1778) Filósofo y escritor francés.

A veces pienso que Dios creando al hombre sobreestimó un poco su habilidad.

Oscar Wilde (1854-1900) Dramaturgo y novelista irlandés.
No eres más porque te alaben, ni menos porque te critiquen; lo que eres delante de Dios, eso eres y nada más.

Thomas De Kempis (1380-1471) Teólogo alemán.


El hombre, en su orgullo, creó a Dios a su imagen y semejanza.

Friedrich Nietzsche (1844-1900) Filosofo alemán.

Qué onda

No creo que Dios quiera exactamente que seamos felices, quiere que seamos capaces de amar y de ser amados, quiere que maduremos, y yo sugiero que precisamente porque Dios nos ama nos concedió el don de sufrir; o por decirlo de otro modo: el dolor es el megáfono que Dios utiliza para despertar a un mundo de sordos; porque somos como bloques de piedra, a partir de los cuales el escultor poco a poco va formando la figura de un hombre, los golpes de su cincel que tanto daño nos hacen también nos hacen más perfectos.

Clive Staples Lewis (1898-1963) Escritor británico.

South Park


Pendejos

Matt Stone y Trey Parker crearon en 1997 a South Park.

South Park tiene su origen en el año 1991, cuando Trey y Matt, en aquel entonces estudiantes de cine en la Universidad de Colorado, crearon un corto animado llamado Jesus vs. Frosty (también conocido como The Spirit of Christmas o "el espíritu de la navidad"). La película, realizada con técnicas rudimentarias, presenta los prototipos de los niños de South Park, incluyendo un personaje similar a Cartman pero llamado "Kenny", quien trae un hombre de nieve asesino a la vida usando un sombrero mágico. El niño Jesús entonces salva el día decapitando al monstruo con su aureola.

Personajes principales [editar]
Los personajes principales son cuatro niños estudiantes de primaria:
Eric Cartman es un niño gordo, malcriado, agresivo, racista y sin escrúpulos. Margarita Ponce lo dobla en España y Patricia Azan para Latinoamerica.
Stan Marsh es amable y nervioso, con un gran sentido sobre lo que es bueno y lo que no lo es. Chelo Vivares lo dobla en España.
Kyle Broflovski es el más listo, crítico de la autoridad y judío. Sara Vivas lo dobla en España y Patricia Azan para Latinoamerica.
Kenny McCormick es un niño de clase económica baja, que nunca se le ve la cara debido a la capucha de su chaqueta (excepto en la película de South Park: Más grande, más largo y sin cortes y en el episodio que sale Michael Jackson en el cual suplanta a Blanket para que los chicos se lo lleven) que casi en todos los capítulos muere por diferentes razones,
Leopold "Butters" Stotch, nervioso, ingenuo, tonto y fácilmente manipulable por los demás niños. Reemplazó a Kenny durante la primera mitad de la sexta temporada. Siempre es molestado por Eric Cartman. Nota: Antes de la cuarta temporada Butters era uno de los personajes extra.
Tweek, adicto a la cafeína. Reemplazó a Kenny durante la segunda mitad de la sexta temporada.
Timmy, un niño retrasado mental invalido que no sabe decir mas que su nombre "Timmyyyyyyyyyy" eso viene de familia, ya que sus padres tienen los mismos defectos que su hijo.
Matt y Trey decidieron, al iniciar la serie, que Kenny debería morir en cada episodio de cualquier manera, lo que serviría como gancho ya que el espectador se podría confundir al no saber si estaban viendo un episodio anterior a la muerte de Kenny y al no esperar que muriera otra vez, por ejemplo. Después de la muerte de Kenny en cada episodio Stan diría ("Oh My God, They Killed Kenny!") o para Latinoamerica ("¡Dios mío, mataron a Kenny!") o para España ("Han matado a Kenny") y Kyle añadiría ("You bastard(s)!") (literalmente "¡Bastardos!" ¡Hijos de puta!. Kenny aparecería de nuevo en cada episodio.