Saturday, March 31, 2007

Thomas Bernhard

Thomas Bernhard (1931 - 1989) es considerado como uno de los escritores más importantes del siglo XX. Bernhard pasó mucho tiempo en Austria con sus abuelos maternos, donde luego se radicó. Su prosa iconoclasta y reiterativa le ganó tanto admiradores incondicionales, así como acérrimos críticos. Esta entrevista, realizada en el año 1986, es publicada en español por primera vez.
Vienna, Café Bräunerhof. 15 de julio de 1986. La cita con Thomas Bernhard es algo vaga para una entrevista. En ese entonces, su departamento estaba siendo redecorado, “en blanco, naturalmente”, señala. Él no soporta la presencia de obreros en su casa, lo que lo hace huir al café temprano cada mañana. Cuando llego, él ya está instalado, cerca de la puerta, “donde está mejor el aire”. Cerros de diarios lo amurallan, cuyas páginas casi parece romper por lo rápido que las revisa. Una entrevista? Sí, dice, hoy está de humor, “pero que sea corto y al grano”.

Entonces, voy a seguir leyendo el diario, no te molesta, ¿no?
No, para nada
Me vas a tener que preguntar algo para que te responda.
¿Le interesa el destino de sus libros?
No realmente.
¿Y las traducciones, por ejemplo?
Apenas estoy interesado en mi propio destino, por lo que ciertamente no me interesa el destino de mis libros. ¿Traducciones? ¿A qué te refieres?
A lo que pasa con sus obras en el extranjero…
No me interesa en lo absoluto, porque las traducciones son libros completamente distintos. No tienen nada que ver con el original. Es un libro hecho por quien lo tradujo. Yo escribo en lengua alemana. Si obtienes una copia de estos libros, pueden gustarte o no. Si tienen una cubierta horrible, solamente son molestos, pero solamente basta con dar vuelta la página. Pero las traducciones no tienen nada en común con el original, además del título extrañamente distinto, no es verdad? La traducción es imposible. Una pieza musical suena igual en todo el mundo, usando las notas en la pauta, pero un libro mío siempre tiene que ser “interpretado” en alemán, ¡con mi orquesta!
Pero cuando usted prohíbe futuras representaciones de su obra “El hombre que quiere mejorar el mundo” (Der Weltverbesserer) entonces eso es estar preocupado por el destino de sus textos…
No, porque esa obra fue escrita para un actor específico porque yo sabía que él era el único que podría desarrollar ese papel en ese momento, porque no había otro actor similar, por lo que fue algo que se dio naturalmente. No tiene sentido que el papel sea interpretado por algún imbécil de Hanover, no se sacaría ningún provecho de él. Si no va a haber más que problemas, mejor no hacer nada.
¿Cómo explica el hecho de que usted es tomado mucho más en serio en el extranjero que en su propio país, Austria, que usted sea “leído”, mientras que en su tierra natal es considerado como alguien que solamente hace escándalos?
Eso pasa porque fuera de Austria, en los llamados mundos eslavos y romances hay un gran interés en la literatura en general. La literatura tiene un estatus completamente distinto, que en Austria no existe, no se valora la literatura en lo absoluto. Acá se valora la música, el teatro, todo lo que en realidad no tiene ningún valor. Así ha sido siempre.Apenas tu eres amistoso con alguien en la calle, la gente deja de tomarte en serio, eso basta para que te consideren un payaso. Lo que le gusta a uno no tiene valor, es como la vida en familia, si tú creces en una familia perfectamente normal, con toda la diversión infantil, entonces la gente te dirá que eres un charlatán por el resto de tu vida, eso no es bueno, que el niño que le gusta hacer bromas se queje por la asquerosa comida de su abuela, de eso no puede resultar nada bueno, y eso te persigue por el resto de tu vida hasta la tumba. Pasa lo mismo con el país y el estado como un todo. Si vas de amigable por la vida, es tu fin, la gente te trata como un artista de cabaret, y en Austria todo lo que es serio se transforma en cabaret, lo que le quita la agudeza. Cualquier rasgo de honestidad es transformado en broma, los austriacos solamente toleran la seriedad cuando es un chiste. En otros países aún hay cierto sentido de seriedad. Yo soy una persona seria también, pero no todo el tiempo, eso volvería loco a cualquiera, y sería una estupidez. Así es la cosa.
Sus personajes y usted mismo dicen que nada les importa, lo que suena como una entropía, una indiferencia total hacia todo…
Para nada, la idea es hacer algo bien, sentir placer con lo que se hace, como un pianista, que tiene que empezar en algún lado, intenta tocar tres notas, luego domina veinte, y luego las domina todas, y luego pasa el resto de su vida perfeccionando lo que aprendió, y ese es su gran placer, es a lo que consagra su vida, y lo que algunos hacen con notas, yo lo hago con palabras, así de simple, nada más me interesa. Porque el conocimiento del mundo sucede igualmente, pero vivir en él… apenas cruzas la puerta de tu casa te enfrentas al mundo cara a cara, con el mundo entero, con los altos y bajos, lo bello y lo feo. No necesitamos querer esto, sucede de todas maneras. Y si nunca sales de tu casa, el proceso es el mismo.
No hay que esforzarse por alcanzar la perfección, usted siempre quiere ser mejor…
No hace falta luchar por nada, porque igualmente te empujan a la lucha. Esas luchas no tienen sentido. El mundo te arrastra a la lucha, lo quieras o no, no hay necesidad de lanzarse a la lucha.
Esta lucha por obtener la perfección juega un rol importante en su obra…
Eso es lo atractivo del arte, ese es el placer que reside en el arte, el mejorar a medida que practicas el uso del instrumento que has escogido, y nadie puede quitarte ese placer. Si alguien es un gran pianista, puedes vaciar la habitación en que está tocando, llenarlo de tierra y polvo, y tirarle baldazos de agua, pero él se quedará quieto y seguirá tocando. Aunque las paredes se derrumben a su alrededor, el continuará tocando. Pasa lo mismo con la escritura.
Entonces también tiene que ver con el fracaso…
¿Qué tiene que ver con el fracaso?
La búsqueda de la perfección…
Todo fracasa finalmente, todo termina en el cementerio. No se puede hacer nada contra eso. Cuando la muerte te reclama, es el fin. Mucha gente se rinde a la muerte a los 17 o 18 años, los jóvenes de hoy se lanzan a los brazos de la muerte a los 12 años, y mueren a los 14. Después de eso quedan solamente solitarios que luchan hasta los 80 o 90 años, luego mueren también, pero por lo menos tuvieron una vida más larga, y porque la vida es placentera y divertida, la diversión dura más. Los que mueren temprano se divierten menos, y te puedes compadecer de ellos, porque no llegaron a conocer la vida, porque vivir significa también vivir por mucho tiempo, con todo lo atroz de la vida.
Desde su punto de vista, ¿lo atroz incluye el erotismo y el amor?
Todo el mundo sabe lo que es el erotismo, no hay necesidad de ahondar en ello. Todos tienen su propia noción de lo que es erótico.
Leyendo sus libros da la impresión de que usted no ve esperanza alguna en este mundo…
Esa es una pregunta estúpida porque nada puede vivir sin erotismo, ni siquiera los insectos, ellos también lo necesitan. Solamente si tú tienes una visión primitiva del erotismo, eso es malo, porque yo siempre lucho para ir más allá de lo primitivo.
¿Es posible decir que usted intenta ir más allá de lo primitivo en lo que se refiere al amor fraternal?
Yo no intento nada, es una tontería. No necesito ni una hermana ni una amante. Todo eso lo tienes incorporado dentro de tu, a veces lo usas si te da la gana. La gente siempre cree que si algo no se menciona directamente no está allí, pero eso es una tontería. Un hombre de 80 años y que no ha experimentado esta clase de amor que mencionas por más de 50 años, igualmente tiene una vida sexual. De hecho tiene un tipo de existencia sexual mucho más asombrosa que la primitiva. Pero ver a un perro fornicando, pues puedo verlo y mantenerme fuerte.
¿Qué tipo de metas intelectuales tiene…
Esas son preguntas que no se pueden responder porque nadie se pregunta a sí mismo ese tipo de cosas. La gente no tiene metas. Los jóvenes de hasta 23 años aún se creen ese cuento. Una persona que ha vivido cinco décadas no tiene metas, porque no hay un objetivo.
Usted es visto usualmente como un ermitaño en las montañas, como un hombre del campo…
Qué se le va hacer, tienes un nombre, te llamas “Thomas Bernhard”, y eso permanece así por el resto de tu vida. Alguien te saca una foto, y durante los siguientes ochenta años vas a estar siempre caminando por el bosque. No se puede hacer nada al respecto.
…y repentinamente se encuentra en un contexto urbano como este café vienés.
La urbanidad no es algo que se posea por dentro. No tiene nada que ver con el exterior, no es nada más que nociones estúpidas, pero la humanidad siempre ha existido en nociones estúpidas, no tiene caso. No hay cura para la estupidez, es un hecho.
Muchos de sus lectores, incluidos los más cultos, han sometido sus obras a lecturas negativas…
Realmente me importa un carajo como la gente lea mi obra…
¿La gente lo llama por teléfono para decirle que se quiere suicidar con usted?
Gracias a Dios, la gente ya casi no me llama por teléfono.
¿Pero se iría usted por la tangente y se consideraría un escritor humorístico?
¿Qué se supone que significa eso? La gente es todo, cada individuo es una totalidad en gran medida, a veces ríe y otras no. La gente dice que todo es trágico, lo que también es estúpido, porque yo…
Paralelamente a sus escritos, ¿su obra reflexiona sobre la escritura misma, como pasa por ejemplo con Thomas Mann?
No, eso no es necesario. Si tú eres un maestro en tu disciplina no necesitas reflexionar sobre ella. Cuando sales a la calle y todo te sale bien, no necesitas hacer nada, sólo tienes que mantener los ojos abiertos y caminar. No necesitas pensar, no si eres independiente, o te haces independiente. Si eres gruñón y estúpido o si luchas por algo, no vas a obtener nada. Si vives la vida, entonces no tienes que hacer ningún esfuerzo especial, todo viene en su debido momento, y dejará su marca en todo lo que hagas, no es algo que puedas aprender. Puedes aprender a cantar si tienes buena voz, es tu condición; alguien que es ronco difícilmente se convertirá en cantante de ópera. Pasa lo mismo en otros ámbitos, no puedes tocar el piano si no tienes piano, o si quieres tocar el piano, pero todo lo que tienes es un violín, tampoco resultará. Y si no quieres tocar el violín, entonces no tocarás nada.
¿La respiración juega un rol en sus textos, en el sentido del ritmo de la respiración?
Yo soy una persona musical, y escribir en prosa siempre tiene que ver con la musicalidad.
Usted empezó escribiendo poesía…
Oh, ¡por favor!
¿Qué significa la poesía para usted hoy?
Nada, no pienso en ella en lo absoluto. Tú no reflexionas sobre cada paso que das, ¿no? Tendrías que poner billones de pensamientos en movimiento, no puedes estar constantemente retrotrayendo tus pasos a donde ha estado tu mente, o si no, no llegarás a ningún lugar interesante.
Usted se distancia deliberadamente de otros escritores de su tiempo…
No, para nada deliberadamente, es algo natural, cuando no hay interés, no hay inclinación.
A veces los trata mal, como a Canetti o Handke, por ejemplo…
Yo no trato mal a nadie, eso es una sandez. Casi todos los escritores son oportunistas, o se afilian con la derecha o la izquierda, se unen a este bando o al otro, y así se ganan la vida. Y eso es lamentable, por qué no decirlo. Uno trabaja con su enfermedad y su muerte y gana premios, y otros estúpidos hablan en nombre de la paz, entonces ¿cuál es el alboroto?
También usted a veces da la impresión de que muerde la mano que le da de comer, como por ejemplo cuando describe a Heidegger como un “un pensador alpino débil de mente”…
Él no me dio de comer, ¿por qué habría de darme de comer? Pero es un personaje imposible, no tiene ritmo ni nada. Canibalizó a algunos escritores, ¿qué habría sido de él son ellos?
Entre otras cosas, su nuevo libro “Extinción” (Auslöschung) se trata de…
Una extinción.
…el problema de los viejos Nazis en Austria. ¿Para usted el Nacionalsocialismo es un término histórico o un concepto personal?
Eso está claro en la historia. Todo el mundo sabe lo que es lo Nazi, como todo el mundo sabe quién es Jesús, cristiano. Ya sea que digas nazi o cristiano, suenan casi igual, y ambos son abominables.
Algunos críticos lo han descrito como un escritor oscurantista que desprecia la humanidad…
Basta ver quién escribió eso, gente vulgar, tontos sin gusto, que no saben nada de lo que leen y describen. Cuando hace calor se sientan sudando, con sus gordas panzas al aire, empinando botella tras botella, fraternizando entre ellos. Son una vil mafia.
¿Ha sido la enfermedad una fuerza propulsora de su escritura?
Sí, posiblemente. Dado que lidiado con ello durante toda mi existencia, y como puedes ver, cierta gente está críticamente enferma, pero viven por muchos años. Para este tipo de gente, la enfermedad es como un capital, cada enfermedad que sobrevives es una gran historia, que nadie te puede robar, pero no te puedes confiar en eso, pues a veces te puede salir mal, pero no hay que preocuparse, porque si te mueres no te das ni cuenta. Es plata en el banco.
Usted ha dicho que le gusta conversar con la gente común y corriente…
Es siempre un placer.
¿Y encuentra ese tipo de personas en Viena?
De hecho hay gente de ese tipo en mi casa ahora (los obreros), eso es muy agradable, porque es gente cuyas mentes no han sido arruinadas por la educación.
Esta entrevista realizada orginalmente en 1986, se publicó en el otoño alemán del 2006, en la revista Kultur & Gespenster, y una versión resumida fue publicada en octubre de 2006 en el diario Frankfurter Allgemeine Sonntagszeitung. La versión en inglés traducida al español fue publicada en el sitio web Sign and Sight
La farsa de la desolación
Hay escritores horribles, malos, pasables, buenos y excelentes. Los hay incluso, geniales. Pero también hay otros en los que su calidad es un asunto secundario, aunque sin duda se les reconozca. Son los escritores que crean adicción, o dicho de otra forma, con los que el lector establece una relación más parecida a la del hincha de fútbol con su equipo o a la de la quinceañera con su ídolo musical. De esos autores se lee todo y se quiere siempre más; se atiende y hasta se recorta cuanto se publica sobre ellos, se guardan las entrevistas y las reseñas de sus obras; se compran grabaciones o vídeos si los hay: fácilmente se convierte uno en coleccionista. Estos escritores son rarísimos, más infrecuentes incluso que los geniales, y ya es decir. Y la falta de textos suyos se vive como una privación. Así, cuando mueren -si estaban vivos-, el lector adicto puede sentir algo muy próximo a la desgracia personal, aunque jamás haya visto en persona al difunto. Para mi, como para mucha otra gente de toda Europa, Thomas Bernhard ha sido el penúltimo escritor de esta índole, muy peligrosa, por cierto, para el lector que a su vez es escritor, pues puede verse irremisiblemente contagiado en su escritura por un influjo tan poderoso como buscado. Más aún en el caso de Bernhard, cuyo estilo es enormemente pegadizo, como una inoculación. Buena prueba de ello es la extraña y lamentable escuela que ha creado en nuestro país, donde desde hace algún tiempo abundan las novelas contaminadas por Bernhard y los novelistas que creen que basta con despotricar de todo y mostrarse coléricos, resentidos y negativistas para hacer buena literatura. Como sucede con Kafka, Joyce o Beckett, lo peor de ellos son los kafkianos, los joyceanos y los beckettianos, su verdadero azote. Sólo señalaré un rasgo de Bernhard que cada vez he visto más en sus escritos y que precisamente parece pasar inadvertido para la mayoría de los bernhardianos, quienes se lo toman con una solemnidad de espanto y una literalidad propia de párvulos: su sentido del humor. Es más, hoy lo veo como un escritor esencialmente cómico, y que por eso, con ser desolador, no resulta casi nunca deprimente ni sórdido, cosas bien distintas. Basta con saber que gran parte de su autobiografía era falsa -y por tanto dickensiana-, o con leer Trastorno o Maestros antiguos o El malogrado, para sospechar que el ceño de Bernhard no se diferenciaba mucho del que solía fruncir aquel "malo" alto y grandón de las películas de Charlot, aprovechándose de sus disparatadas cejas. Lo que hay en él es sobre todo la desolación de la farsa, o si se prefiere, la farsa de la desolación. Y como buen adicto, y para no saberme definitivamente privado de Bernhard, aún tengo sin leer su última novela, Extinción, para cuando se me haga en verdad insoportable la necesidad de una generosa dosis.© Javier MaríasEl País/Babelia, 1996
ENTREVISTA
De una catástrofe a otra-Uno nunca sabe quién es. Son los demás los que le dicen a uno quién y qué es ¿no? Y como esto uno lo oye millones de veces en su vida, por poco que ésta sea larga, acaba por no saber en absoluto quién es. Todos dicen algo distinto. Incluso uno mismo está siempre cambiando de parecer.-¿Hay seres de los que usted dependa, que tengan una influencia decisiva en su vida?-Uno siempre es dependiente de las personas. No hay nadie que no dependa de algún ser. El hombre que estuviera siempre a solas consigo mismo acabaría hundiéndose al cabo de muy poco tiempo, se moriría. Yo soy de la creencia que para cada uno de nosotros existen seres decisivos. Yo he conocido a dos en mi vida; mi abuelo paterno y una persona a la que conocí un año antes de la muerte de mi madre. Fue una relación que duró más de treinta y cinco años. Todo lo que a mí se refería provenía de esta persona, de ella lo he aprendido todo. Y con su muerte también desapareció todo. Entonces uno se encuentra solo. Al principio a uno le gustaría morirse también; después se pone a buscar. A todas las personas que todavía se tienen, a las que se ha dejado olvidadas en el transcurso de la vida. Entonces se encuentra uno muy solo. Hay que aprender a vivir con ello.Cuando me encontraba solo, fuese donde fuese, siempre he sabido que esta persona me protegía, me mantenía, y también que me dominaba. Después, todo desapareció. Uno está en el cementerio. Están cerrando la tumba. Todo lo que tuvo algún significado se ha ido. Entonces se despierta cada día por la mañana con una pesadilla. No se trata forzosamente de que se quiera seguir viviendo. Pero uno tampoco quiere pegarse un tiro, o colgarse. A uno eso le parece feo, y desagradable. Entonces sólo quedan los libros. Se precipitan sobre uno con todos los horrores que en ellos se pueden escribir. Pero de puertas afuera se sigue viviendo como si nada, para evitar que el entorno, que siempre está al acecho de nuestras debilidades, nos devore. Por poco que uno las deje aflorar, abusará de nosotros y nos sumergirá en un mar de hipocresía. Entonces la hipocresía se llama compasión. Es la definición más bella de la hipocresía.Tal como he dicho antes, es difícil, tras treinta y cinco años de convivencia con una persona, encontrarse de repente solo. Esto sólo lo entienden las personas que han vivido una experiencia parecida. Uno se vuelve de repente cien veces más desconfiado que antes. Uno se vuelve más frío de lo que antes ya se le catalogaba. Aún más reservado. Lo único que le salva a uno es que no hay que morirse de hambre.En realidad, lo que se dice agradable, esta vida no lo es. Sin contar con la propia decrepitud. Un derrumbe total. Uno sólo se mete en casas con ascensor. Ingiere un cuarto de litro de vino para comer, otro cuarto para cenar. Más o menos se hace soportable. Pero cuando para comer se bebe ya medio litro, entonces, se pasa muy mala noche. La vida se reduce a este tipo de problemas. Tomar pastillas, no tomarlas, cuándo tomarlas, para qué tomarlas. Uno va enloqueciendo de mes en mes, porque las cosas se van embrollando.-¿Cuándo tuvo usted alguna alegría por última vez?-Uno se alegra cada día de seguir viviendo y de no estar todavía muerto. Esto constituye un capital inapreciable.Aprendí, del ser que se me ha ido, que uno se agarra a la vida hasta el final. En el fondo, todos estamos contentos de vivir. La vida no puede ser tan mala hasta el puntode no aferrarse a ella. La curiosidad es el estímulo. Uno desea saber: ¿qué más falta aún? Es más interesante saber lo que ocurrirá mañana, que lo que está pasando hoy. Cuanto mayor se hace uno, más interesante se vuelve la vida. Tras la destrucción del cuerpo, la mente se desarrolla sorprendentemente bien.Lo que más me gustaría es saberlo todo. Siempre trato de robar a la gente, de sacarle todo lo que lleva dentro. En la medida en que esto se puede practicar a escondidas. Cuando la gente se da cuenta de que la estás robando, entonces se cierra. Como cuando se ve a un sospechoso acercarse a la casa, se atranca la puerta. Aunque también se puede forzar la puerta, cuando no queda más remedio. Todo el mundo puede dejarse una ventana abierta en el desván. Esto puede ser muy estimulante.-¿Ha deseado usted alguna vez fundar una familia?-Sencillamente me he limitado a sentirme feliz de sobrevivir. Fundar una familia, ni se me podía pasar por la cabeza. No tenía salud, y por lo tanto, tampoco ganas de pensar en estas cosas. No me quedó más alternativa que refugiarme en mi capacidad de raciocinio, y tratar de sacarle algún provecho ya que mi cuerpo estaba agotado. Estaba vacío. Y así ha seguido, durante años y años. ¿Es eso bueno, o malo? ¿Quién lo sabe? Pero es una forma de vivir, La vida puede asumir infinitas formas.Mi madre murió a los cuarenta y seis años. Fue en 1950. Conocí a mi compañera un año antes. Al principio sólo fue una amistad y una relación muy fuerte con una persona mucho mayor que yo. En cualquier lugar del mundo donde me encontrase, ella era el punto central del cual yo lo extraía todo. Yo siempre sabía que esta persona era totalmente mía en los momentos difíciles. No tenía más que pensar en ella, sin siquiera buscarla, y todo se arreglaba. Incluso ahora, sigo viviendo con esta persona. Cuando estoy preocupado pregunto: ¿Qué harías tú? Así he conseguido apartarme de algunas atrocidades integrales, que no se pueden excluir con la edad, ya que todo está dentro de uno. Para mí, ella fue el elemento de moderación y de disciplina. Y por otra parte también el elemento de apertura al mundo.-En algún momento de su vida ¿se ha sentido usted satisfecho?-Nunca me he sentido satisfecho de mi vida. Siempre me he sentido muy necesitado de protección. Con mi amiga encontré protección, y siempre me impulsó a trabajar. Ella se sentía feliz de verme hacer algo. Por eso fue maravilloso. Viajábamos. Yo le llevaba sus pesadas maletas, pero aprendí muchas cosas, por poco que se pueda decir esto refiriéndose a uno mismo, pues de todas maneras siempre es poco, o casi nada. Pero para mí lo fue todo.Cuando yo tenía diecinueve años, en Sicilia, me enseñó donde vivía Pirandello, pero sin la pedantería empalagoso de la persona muy culta. Como de pasada. Fuimos a Roma, a Split, pero lo importante entonces eran sobre todo los viajes interiores que hicimos. Vivíamos en un sitio perdido en el campo, con mucha sencillez. Por las noches la nieve caía encima de nuestra cama. Sentíamos esta predilección por la sencillez. Las vacas pastaban junto al dormitorio, tocando a donde vivíamos, donde tomábamos la sopa rodeados de libros.-¿Usted está conforme con su vida de escritor?-Bueno, uno siempre anhela mejorar escribiendo, sino sería para volverse loco. Es un fenómeno que aparece con la edad. Las composiciones deberían irse volviendo más rigurosas. Yo siempre he tratado de mejorar progresando. Partir del último paso para dar el siguiente. Evidentemente, los temas son siempre los mismos, claro está. Cada uno sólo tiene su propio tema, y se mueve dentro de él. Y entonces se hacen las cosas bien. Siempre se tienen muchas ideas: hacerse monje, ferroviario, o leñador, quizá. Pertenecer a la gente muy sencilla. Lo que evidentemente es un error, porque uno no pertenece a ella. Cuando uno es como yo, no puede convertirse en monje o en ferroviario, claro está. Siempre he sido un solitario. A pesar de este fuertísimo lazo siempre he estado solo. Al principio, claro, aún creía que tenía que ir a los sitios y participar. Pero por lo menos desde hace un cuarto de siglo apenas me relaciono con otros escritores.-Uno de sus temas principales es la música. ¿-Qué significa para usted?-Estudié música cuando era joven. Me ha perseguido desde la infancia. Aunque siempre me ha gustado, la música ha sido como una caza y un acoso para mí. Sólo estudiaba para poder estar con gente de mi edad. Probablemente esta necesidad era la consecuencia de mi relación con esta persona mucho mayor que yo. He jugado, cantado, hecho teatro con mis colegas del Mozarteum. Después la música se volvió imposible debido a motivos puramente físicos. Sólo se puede hacer música cuando se está permanentemente con más gente. Como precisamente era esto lo que yo no quería, el problema se resolvió por sí solo.-Sus ataques, principalmente contra el Estado y contra la Iglesia, son a menudo muy fuertes. En Extinción (Auslóschung) describe usted el catolicismo como «lo que destruye el alma del niño, lo que le asusta, lo que anega su carácter». Para usted, su país, Austria se ha convertido en «un negocio sin escrúpulos donde sólo se comercia con todo y donde todos estafan a todos por todo». ¿ Escribe usted desde una posición de odio universal?-Yo amo a Austria. Esto no se puede negar. Pero la estructura del Estado y de la Iglesia es tan horrible que sólo se puede odiarla.Soy de la opinión que todos los países y todas las religiones, a la que se los conoce de cerca, son igual de horribles. Con el tiempo se descubre que la estructura es en todas partes la misma, tanto en las dictaduras como en las democracias; en el fondo, para el individuo son igual de horribles. Por lo menos vistas de cerca. Pero más vale no dejarse llevar y no proclamar este tipo de cosas, para que no me echen los perros.-¿Para usted no es importante el reconocimiento, como escritor y como ser humano en su propia patria?-El hombre, desde el principio, está sediento de amor por naturaleza. Sediento del cariño, del don que el mundo tiene por ofrecer. Cuando a uno le privan de esto, por mucho que repita mil veces que es un ser frío, que nada ve ni nada oye, le golpea con toda dureza. Pero esto es así, es inevitable. Cuando se dan voces en el bosque, el eco las devuelve. Cuando se conoce el bosque, también se conoce el eco. En el fondo, tambie@n se está enamorado del odio y del desdén.-¿Es quizá por esta razón que de entrada, en sus libros, empieza usted por hacer tabla rasa? Da la impresión de un ajuste de cuentas algo brutal con determinadas personas. ¿Recibe usted las reacciones consecuentes ?-Sí. A veces se vuelve casi insoportable. Ayer, cuando estaba en la ciudad, una mujer se me echó literalmente encima. Se puso a gritar: «Si sigue usted por este camino reventará». Se está indefenso ante este tipo de cosas. O, por ejemplo, está uno tranquilamente sentado en un banco en el parque, y recibe de repente un golpe por la espalda. Aún no has tenido tiempo de reaccionar y apenas alcanzas a oír cómo alguien grita: «Muy bien, siga por este camino.» Uno mismo provoca estos incidentes. Lo que pasa, es que no se contaba con ello. Apenas puedo seguir viviendo en Ohlsdorf, mi lugar de residencia. Los atropellos por todas partes se me hacen insoportables. Por lo demás, las alabanzas son tan siniestras, falsas, hipócritas y egoistas como los insultos. Se da el caso, que la gente, si no abro en seguida la puerta, se enfada y me rompe los cristales. Primero llaman, después pican, después gritan, y acaban rompiéndome las ventanas. Después se oye el rugido de un motor que se aleja. Porque fui lo suficientemente estúpido, hace veintidós años, de dar mi dirección, ahora ya no puedo seguir viviendo en Ohlsdorf. La gente se sube al muro que rodea mi casa. Cuando por la mañana bajo hasta el portal, ya hay gente encaramada. Dicen que quiere hablar conmigo. O, los fines de semana, la gente va a ver al escritor, como antes iban al parque a ver los monos. Esto es más divertido. Se acercan hasta Ohlsdorf y asedian mi casa. Yo los observo escondido detrás de las cortinas como un preso o como un loco. Insoportable. Desde hace doce años ya no doy más,conferencias. Ya no me siento capaz de sentarme y ponerme a leer mis cosas. Tampoco soporto a la gente que aplaude. El aplauso es la recompensa del actor. Vive de ello. Yo, por mi parte, prefiero las transferencias de mi editorial. Pero las marchas, los desfiles y la gente que aplaude en los teatros o en los conciertos me son insoportables. Las calamidades siempre las provoca la masa enfervorizado que aplaude. Todos los horrores provienen de los aplausos.-Usted ha dicho, en Extinción que uno debería dejarse erigir en viejo bufón a los cuarenta. ¿Por qué?-Este método es el único que permite soportarlo todo. Usted me ha preguntado por la imagen que tengo de mí. Sólo puedo decir lo siguiente: la del bufón. Entonces funciona. La imagen del bufón, del viejo bufón. Un bufón joven carece de interés, ni siquiera se le reconoce como bufón.-¿Fue para usted la escritura, sobre todo en sus libros primerizos como El Aliento o El Frío , también un medio de superar su enfermedad?-Mi abuelo era escritor. Hasta después de su muerte no me atreví a ponerme a escribir. Cuando yo tenía dieciocho años, se descubrió en el ,pueblo donde había nacido mi abuelo una placa en recuerdo suyo. Después de la ceremonia todos fueron al albergue de mi tía. Yo también estaba allí, y mi tía, dirigiéndose a unos periodistas que cubrían la información, dijo: «Allí está el nieto, que nunca será nada, aunque a lo mejor también sabe escribir». Entonces uno dijo: «Mándemelo el lunes». Así recibí el encargo de escribir sobre un campo de refugiados. Al día siguiente mi reportaje ya figuraba en el diario. No he vuelto a sentirme tan entusiasmado en mi vida. Es una sensación maravillosa: escribir algo que se imprime durante la noche, aunque sea mutilado y recortado. Pero en fin, ahí estaba. De Thomas Bernhard. ¡Sangre había sudado para escribirlo! Durante dos años escribí la crónica judicial, que me volvió a la memoria cuando me puse a escribir prosa. Un tesoro inestimable. Creo que de ahí surgen mis raíces.-¿Qué siente ahora, cuando críticos como Reich-Ranicki o Benjamín Henrichs escriben sobre usted con admiración? ¿También se siente entusiasmado?-Con las críticas no me he vuelto a entusiasmar más. Al principio, sí, porque me las creía; pero cuando se llevan treinta años viendo estos cambios de valoración, estas devoluciones de favores con intereses, uno acaba descubriendo los mecanismos. Uno manda a su criado y le dice: «Ahora quiero que me hagas una crítica negativa». Así funciona.-¿Le molestan las críticas feroces?-Sí, hoy en día todavía sigo cayendo en todas las trampas. Los periódicos siempre me han fascinado, desde mi juventud hasta hoy. Apenas puedo soportar un día sin periódicos. Al cabo del tiempo se acaba conociendo a la gente en las redacciones. A lo mejor no los he visto en mi vida, pero sé cuáles son los entresijos de un teatro, el trasfondo de una redacción, conozco a los editores, a los lectores, los negocios. El espíritu siempre se pierde por el camino, el sabor también se queda en el camino, y la poesía. Por encima pasan los ejércitos de redactores y críticos. Pasan por encima de los cadáveres de todos los que hacen algo creativo. Volvemos a topar con algo fascinante: me hiere, pero ya no me molesta en mi trabajo.-En una conferencia usted dijo: «Nada tenemos que decir, excepto que somos miserables». ¿Escribe usted para dejar constancia de sus derrotas?-No. Todo lo que hago, lo hago sólo para mí. Todo el mundo lo hace todo sólo para sí, tanto el funámbulo, como el panadero, o el revisor de tren, o el acróbata del aire. Con la salvedad de que en las acrobacias aéreas, durante el espectáculo, el público mira al cielo, y, mientras el aeroplano está volando la gente ya espera que se estrelle. Con los escritores pasa lo mismo, con una diferencia importante: mientras el aviador sólo se estrella una vez, en cuyo caso suele matarse o quedar muy mal parado, el escritor también suele salir muerto o mal parado-, pero siempre resucita. Siempr e vuelve a dar el espectáculo. Y cuando más viejo se hace, más alto vuelta, hasta que un día se le pierde de vista. Entonces la gente se pregunta: ¡Qué raro! ¿Cómo es que no se ha vuelto a estrellar?Yo gozo escribiendo, lo que no es nada nuevo. Escribir es el único lazo que todavía me ata. Claro que la cuerda está algo deshilachado. Pero en fin, así es. Nadie es eterno. Pero mientras dure mi vida, viviré escribiendo. La escritura es mi existencia. Hay meses, o años, en los que no puedo escribir. Es horrible. Pero en algún momento siempre vuelve, y entonces algo se fragua. Este ritmo es terrorífico y extraordinario a la vez: es algo que los demás probablemente no conocen.-En sus libros, salvo contadas excepciones, no da usted una imagen muy favorable de la mujer. ¿Es un fiel reflejo de su experiencia personal?-Sólo puede decir que, desde hace un cuarto de siglo, me relaciono exclusivamente con mujeres. No soporto a los hombres, ni las conversaciones de hombres. Me vuelven loco. Los hombres siempre hablan de lo mismo: de su profesión o de mujeres. Es imposible escuchar algo original en boca de los hombres. Las reuniones de hombres me son insoportables. Prefiero la cháchara de las mujeres. Para mí, las únicas relaciones provechosas han sido con mujeres. Después de mi abuelo, lo he aprendido todo con las mujeres. No creo haber aprendido nada de los hombres. Los hombres siempre me han puesto de mal humor. Curioso. Después de mi abuelo, se acabó, ni un hombre más. Siempre he buscado protección y salvación entre las mujeres, que también se han mostrado superiores a mí en muchas cosas. Y además saben dejarme en paz. Yo puedo trabajar rodeado de mujeres. En cambio, sería totalmente incapaz de producir nada en un entorno de hombres.-Tras la muerte de la compañera de su vida, ¿existe alguien de quien usted no puede prescindir?-No, podría rodearme de cientos de personas, bailar en mil bodas, pero no imagino nada peor. Hace poco soñé que el ser que perdí, volvía. Yo le dije: «el tiempo que no has estado aquí ha sido el más horríble». Como si sólo hubiese sido un intermedio y los muertos ahora siguieran viviendo conmigo. Fue algo tan fuerte, irrepetible. Ya no es posible. Ahora me sitúo en el punto de vista del espectador, en un ángulo muy cerrado desde donde observo el mundo. Punto.-¿Cree usted en la posibilidad de otra forma de existencia tras la muerte?
-No. Gracias a Dios no. La vida es maravillosa, pero lo más maravilloso es pensar que tiene fin. Este es el mejor consuelo que me guardo en la manga. Pero tengo muchas ganas de vivir. Siempre las he tenido, salvo en los momentos en que he acariciado la idea del suicidio. Me ocurrió a los diecinueve años, otra vez a los veintiséis con muchas fuerza, y otra más a los cuarenta. Ahora, sin-,embargo, tengo ganas de vivir. Cuando se ha visto a alguien que se está muriendo, agarrarse con todas sus fuerzas a la vida, se comprende esto.Lo más extraordinario que me ha ocurrido en mi vida es sostener la mano de este ser en mi mano, notar su pulso, notar que late más despacio, notar otro latido más lento aún, y se acabó. Es tan increíble. Cuando todavía retienes su mano entre las tuyas, entra el enfermero con la etiqueta numerada para el cadáver. La enfermera le vuelve a echar, diciendo: «Vuelva un poco más tarde». En seguida te vuelves a enfrentar a la vida. Uno se levanta sin hacer ruido, recoge las cosas; entre tanto vuelve ya el enfermero y pone la etiqueta numerada en el dedo gordo del pie del cadáver. Acabas de vaciar el cajoncito de la mesita de noche, y la enfermera dice: «También tiene que llevarse el yogurt». Fuera croan los cuervos. Como en una obra de teatro.Entonces aparece la mala conciencia. Los muertos le dejan a uno con un inmenso sentimiento de culpa.Me siento incapaz de volver a los sitios donde estuve con ella, donde escribí mis libros. Yo he escrito todos mis libros en lugares diferentes: en Viena, en Bruselas, en cualquier lugar de Yugoslavia, en Polonia. En sentido estricto, tampoco he tenido nunca mesa de escribir. Si se me daba escribir, me daba lo mismo donde lo hacía. Incluso he escrito sumido en el máximo ruido ' Nada me molestaba. Ni el ruido de una grúa, ni los gritos de la multitud, ni los chirridos de un tranvía, ni una lavandería o un matadero debajo de mi piso. Siempre me ha gustado trabajar en países donde no entiendo el idioma. Es un estímulo increíble.Sentirme perfectamente en mi casa en medio de la extrañeza más absoluta. Para mí lo ideal era alojarnos en un hotel; y mientras mi amiga paseaba durante horas, yo podía trabajar. A menudo, sólo nos veíamos durante las comidas. Verme dispuesto a trabajar la llenaba de felicidad. Nos quedábamos con frecuencia cinco meses, o más, en un país. Eran los momentos culminantes. Muchas veces, cuando se escribe, se tiene una sensación maravillosamente bella. Si además se puede compartir con alguien que sabe apreciarla y que sabe dejarle a uno en paz, es perfecto. Nunca he tenido mejor crítico que ella. Nada que ver con las tonterías de la crítica oficial que no profundiza. Esta mujer sacaba siempre una crítica fuerte, positiva, que me era útil. Ella me conocía a fondo. Con todos mis errores. Lo echo de menos.Me sigue gustando estar en nuestra vivienda de Viena. Allí me encuentro protegido, probablemente porque vivimos allí muchos años juntos. Es el único nido que queda de toda nuestra vida en común. El cementerio tampoco está lejos.Es una gran ventaja haber vivido esto una vez en la vida. Las cosas después ya no te afectan. Dejas de interesarse por el éxito o por el fracaso, por el teatro o por los directores, por los redactores o por los críticos. En realidad a uno ya no le importa nada. Lo único, es tener todavía dinero en el banco para poder seguir viviendo. Por lo demás mi ambición ya no era lo que había sido, pero con su muerte también se acabó. Nada te conmueve. Sigues disfrutando con los filósofos antiguos, con algunos aforismos. Es parecido a refugiarse en la música: durante unas pocas horas se puede llegar a tener un excelente humor. Todavía tengo algunos planes: antes tenía cuatro o cinco, ahora sólo me quedan dos o tres. Pero no son imprescindibles. Ni yo, ni el mundo los estamos reclamando. Si tengo ganas todavía haré algo, si no las tengo, o me faltan las fuerzas, pues se acabó. Qué más da lo que yo escriba; en resumidas cuentas siempre son catástrofes. Esto es lo deprimente del destino del escritor: nunca consigues trasladar al folio lo que has pensado o imaginado; la mayoría se pierde durante el traslado. Lo que llegas a plasmar no es más que un pálido y ridículo reflejo de lo que habías imaginado. Esto es lo que más deprime a un autor como yo. En el fondo no puedes comunicarte. Todavía no lo ha conseguido nadie. En alemán mucho menos; es una lengua envarada y torpe, en el fondo horrible. Es una lengua espantosa que mata todo lo que es ligero y maravilloso. Lo único que se puede hacer, es sublimarla con el ritmo, confiriéndole musicalidad. Lo que escribo nunca corresponde a lo que he imaginado. Los libros deprimen menos, porque uno se imagina que el lector pone más fantasía y a lo mejor consigue que el texto cobre vida. En cambio en el escenario, en el teatro, lo único que se levanta es el telón. Sólo quedan los actores que, durante meses y meses, han sufrido hasta la noche del estreno. Ellos deberían representar a los personajes que uno ha imaginado. Pero no lo consiguen. Estos personajes que en mi mente todo lo podían, de repente se componen de carne, huesos y agua. Son torpes. Yo había concebido la obra como algo grandioso, poético; pero los actores no son más que unos intérpretes profesionales, unos traductores. Una traducción poco tiene que ver con el original. Por la misma regla de tres, la representación de una obra en el escenario, poco tiene que ver con lo que pasó por la cabeza del autor. Las tablas, que, dicen, son una representación del mundo, para mí, sólo han sido eso, tablas; unas tablas que me lo han detrozado todo. El teatro todo lo pisotea. Siempre es una catástrofe.-Sin embargo usted sigue escribiendo, tanto libros como obras dramáticas. ¿De catástrofe en catástrofe?-Sí.
(.../...)Sin embargo, el humor de Bernhard -hay que repetirlo - era peculiar. Hacer subir a un escenario a catorce inválidos Una fiesta para Boris puede no ser la idea que todo el mundo tenga de una comedia divertida. Y el propio Bernhard, en sus declaraciones, parecía complacerse en hechos y sucesos que el común de los mortales no suele considerar tan cómicos. «Se ríe con frecuencia, sobre todo cuando cuenta anécdotas macabras», escribe la periodista Rita Cirio, y, hablando con ella, Bernhard, después de narrar el grotesco suicidio de su amigo el escritor Gerhard Fritsch, «recuerda con mucho gusto las catástrofes y desgracias de sus actrices durante la representación de su primera obra; una tuvo un infarto antes del estreno y su sustituta se rompió una pierna y tuvo que interpretar el papel con muletas». Otra de las cosas que, al parecer, divertían mucho a Bernhard era que todos sus traductores se le morían...« Para él, lo más cómico parecía ser la certidumbre de la muerte, lo que -según Dowden- «no es cómico porque sea divertido... sino porque la vida se convierte en una broma siniestra. La broma consiste en que no es posible que tenga otro significado más importante, trágico o de cualquier otra clase. La comedia surge cuando la gente trata de darle un significado o llega a convencerse de que el mundo le reserva algo».El de Bernhard es un humor negro, cruel, a veces buñuelesco; si se quiere, bastante español. (Ello podría explicar en parte el éxito de Bernhard en España, si no fuera porque sus obras teatrales, que es en donde mejor se aprecia, no lo han tenido.) Un humor que participa de la muy alemana schadenfreude (alegría por el mal ajeno) y del no menos alemán galgenhumor (humor amargo en una situación desesperada). Bernhard cree que el hombre no se ríe más que del prójimo, de su desgracia. En su Monólogo en Mallorca dice: «El material jocoso está siempre ahí cuando hace falta, donde hay un defecto, alguna deformidad física o mental... Cuando mi abuela se quemaba con la placa de la cocina, yo me reía como un loco». Y de niño, al parecer, dar sustos de muerte a su abuela era una de sus diversiones favoritas. A Krista Fleischmann le dice también: «Cuando me aburro o cuando, por alguna razón, atravieso un período trágico, abro un libro mío y eso es lo que más me hace reír... se trata de un programa cómico filosófico que de algún modo inauguré hace veinte años, cuando empecé a escribir». Para él, Schopenhauer y Kant son los grandes payasos de la historia. «Es decir, en el fondo los más serios. También Pascal... demencialmente cómicos.»De sus novelas, la más divertida es probablemente Maestros antiguos, que lleva el subtítulo de «Comedia» y es también - característicamente- la última que escribió. La decena de páginas que en ella dedica a Adalbert Stifter y la media docena en que arremete contra Heidegger figuran entre las más abiertamente satíricas de Bernhard. Y si la invectiva contra Stifter -«Lo más incomprensible en Stifter es su fama... porque su literatura es cualquier cosa menos incomprensible» - puede no funcionar muy bien fuera del ámbito germánico, al ser Adalbert Stifter prácticamente desconocido, la ridiculez de Heidegger resulta universalmente comprensible y es, posiblemente, lo más destructivo que se haya escrito nunca contra él: «Heidegger era un charlatán del mercado filosófico, que sólo llevaba al mercado género robado, era y es el prototipo del repensador, al que le faltaba todo, pero realmente todo, para pensar por sí mismo. El método heideggeriano consistía en hacer de grandes pensamientos ajenos, con la mayor falta de escrúpulos, pequeños pensamientos propios Heidegger es el filósofo en zapatillas y gorro de dormir de los alemanes, nada más».Maestros antiguos es también interesante porque en ella se ve claramente que Bernhard no se contentaba sólo con «dejar caer» en sus obras nombres famosos (aunque fuera para destrozarlos), sino que utilizaba con frecuencia lo que en novela policíaca se llama un «arenque rojo» o, en las películas de Hitchcock, un MacGuffin: algo que se hace creer al lector/espectador que es importante para la historia.... aunque realmente no lo es. En Maestros antiguos ese MacGuffin es El hombre de la barba blanca, de Tintoretto.El Retrato de un hombre de barba blanca (que es como en realidad se llama) del Kunsthistorisches Museum de Viena, pintado hacia 1570, representa a un veneciano importante de aspecto rústico y nariz de payaso. Desproporcionado y con la barba resuelta a base de frotados y voladuras convencionales, nada parece justificar la fijación de Reger/Bernhard, porque en la misma sala hay otros tintorettos infinitamente superiores: el de un hombre de barba blanca en una silla de brazos (que no es el mismo), el del hombre de la armadura dorada, el de Sebastiano Venier (que mandó la flota veneciana en Lepanto) o -sobre todo- el de Lorenzo Soranzo. (Lo más curioso es que ese MacGuffin ha funcionado de formas que Bernhard no podía sospechar siquiera: en 1985, Jean-Louis de Rambures, en las página s de Le Monde, parecía creer que el retrato era una invención de Thomas Bernhard, y en España, la ilustración que publicó El Mundo de la crítica del libro no correspondía al verdadero cuadro.)Los MacGuffin de Bernhard, mezcla de esnobismo cultural e ironía, son frecuentes en sus libros: aloploides, anticuerpos, datura stramonium... A veces se justifican por la «historia», como el método de Urbantschtisch (uno de los fundadores de la otología moderna), en La Calera, o son visibles sólo para los iniciados (la figura ausente de Ludwig Wittgenstein en Corrección); pero otras veces forman una auténtica bandada de arenques rojos: en la primera página de Extinción Bernhard sitúa su relato «Amras» (que prefería a cualquier otro) a la altura de El proceso de Kafka, el Siebenkäs de Jean Paul, La portuguesa de Musil y Esch o la anarquía de Broch...© Miguel SáenzThomas Bernhard, Una biografía, 1996 (Ediciones Siruela

Maestros antiguos (.../...)Durante esas seis semanas de encierro sólo sostuve algunas conversaciones telefónicas con el administrador de mis bienes y leí a Schopenhauer, eso me salvó probablemente, así Reger, aunque no estoy seguro de si es acertado haberme salvado, probablemente, así Reger, hubiera sido mejor no haberme salvado, haberme matado. Pero la verdad es que sólo el hecho de que, en relación con el entierro, hubiera tenido que hacer tantas gestiones, no me dejó tiempo para matarme. Si no nos matamos enseguida, la verdad es que no nos matamos ya, eso es lo espantoso. Tenemos el deseo de estar muertos exactamente como nuestro ser querido, pero sin embargo no nos matamos, pensamos en ello, pero no lo hacemos, dijo Reger. Curiosamente, en esas seis semanas no soportaba ninguna clase de música, ni una sola vez me senté al piano, una vez, con el pensamiento, hice un intento con un pasaje de El clave bien temperado, pero renuncié inmediatamente a ese intento, no fue la música lo que me salvó en esas seis semanas, fue Schopenhauer, una y otra vez unas líneas de Schopenhauer, así Reger. Tampoco fue Nietzsche, sólo Schopenhauer. Me sentaba en la cama y leía unas líneas de Schopenhauer y reflexionaba sobre ellas y volvía a leer unas frases de Schopenhauer y reflexionaba sobre ellas, así Reger. Después de cuatro días de sólo beber agua y leer a Schopenhauer, comí por primera vez un pedazo de pan, que estaba tan duro que tuve que cortarlo de la hogaza con un hacha de cortar carne. Me senté en el taburete de la ventana del lado de la Singerstrasse, ese espantoso asiento de Loos, y miré abajo a la Singerstrasse. Figúrese, finales de mayo y había una ventisca de nieve, dijo. Me espantaban los hombres. Los contemplaba desde el piso, allí abajo en la Singerstrasse, yendo de un lado a otro, bien forrados de prendas de vestir y de comestibles, y me daban asco. Pensé, no quiero volver con esos hombres, no con esos hombres y al fin y al cabo no hay otros, así Reger. Mientras miraba abajo a la Singerstrasse tuve conciencia de que no había otros hombres que los que iban de un lado a otro allí abajo en la Singerstrasse. Miraba abajo a la Singerstrasse y aborrecía a aquellos hombres y pensaba, no quiero volver con esos hombres, así Reger. A esa bajeza y esa mezquindad no quiero volver, me dije, así Reger. Saqué varios cajones de varias cómodas y miré en ellos y cogí una y otra vez fotografías y escritos y correspondencia de mi mujer y los fui poniendo sobre la mesa y lo fui mirando poco a poco todo, mi querido Atzbacher, como soy sincero, tengo que decir que mientras tanto lloraba. De pronto dejé libre curso a mis lágrimas, hacía decenios que no lloraba y de repente dejé libre curso a mis lágrimas, así Reger. Estaba allí sentado y daba curso libre a mis lágrimas y lloraba y lloraba y lloraba, así Reger. Durante años no había llorado, no desde mi infancia, y de repente dejé libre curso a mis lágrimas, me dijo Reger en el Ambassador. Al fin y al cabo no tengo nada que esconder ni nada que callar, dijo, a mis ochenta y dos años no tengo lo más mínimo que esconder ni que callar, dijo Reger, y por lo tanto tampoco tengo que callar que, de repente, lloré a lágrima viva y una y otra vez lloré a lágrima viva, durante días enteros lloré a lágrima viva, así Reger. Estaba allí sentado y miraba las cartas que había escrito mi mujer en el transcurso del tiempo y leía las notas que había tomado en el transcurso del tiempo y lloraba a lágrima viva. Nos acostumbramos naturalmente durante decenios a un ser humano y lo amamos durante decenios y lo amamos en definitiva más que a cualquier otro y nos encadenamos a él y, cuando lo perdemos, es realmente como si lo hubiéramos perdido todo. Siempre había creído que era la música la que lo significaba todo para mí, a veces al fin y al cabo también que era la filosofía, la literatura elevada y más elevada y elevadísimo, lo mismo que, en general, que era sencillamente el arte, pero todo eso, todo el arte, el que sea, no es nada en comparación con ese único ser querido. Cuántas cosas hemos hecho a ese único ser querido, dijo Reger, en cuántos miles y cientos de miles de sufrimientos hemos precipitado a ese ser al que, más que a cualquier otro, hemos querido, cómo hemos atormentado a ese ser y, sin embargo, lo hemos querido más que a cualquier otro, dijo Reger. Cuando el ser querido por nosotros más que cualquier otro del mundo ha muerto, nos deja con horribles remordimientos, dijo Reger, con espantosos remordimientos, con los que tenemos que existir después de su muerte y en los que un día nos asfixiaremos, dijo Reger. Todos esos libros y escritos que he reunido durante mi vida y que he llevado a mi piso de la Singerstrasse, para abarrotar todas esas estanterías, no me habían servido al final de nada, mi mujer me había dejado solo y todos esos libros y escritos eran ridículos. Creemos que podemos aferrarnos entonces a Shakespeare o a Kant, pero es un error. Shakespeare y Kant y todos los demás que hemos levantado en el curso de nuestra vida como lo que llamamos Grandes nos dejan en la estacada precisamente en el momento en que los hubiéramos necesitado tanto, así Reger, no son ninguna solución para nosotros ni son para nosotros ningún consuelo, de repente sólo nos resultan repugnantes y extraños, todo lo que esos, así llamados, Grandes e Importantes, pensaron y por añadidura escribieron nos deja fríos, así Reger. Creemos siempre que podemos confiar en esos, así llamados, Importantes y Grandes, lo que sean, en el momento decisivo, es decir, en el momento decisivo para nuestras vidas, pero es un error, precisamente en el momento decisivo para nuestras vidas todos esos Importantes y Grandes y, como suele decirse, Inmortales, nos dejan solos, no nos dan más que el hecho de que también entre ellos estamos solos, abandonados a nosotros mismos en un sentido totalmente horrible, así Reger. única y exclusivamente Schopenhauer me ayudó, porque sencillamente abusé de él para mi objetivo de sobrevivir, así Reger a mí en el Ambassador. Si todos los otros, incluidos por ejemplo Goethe, Shakespeare, Kant, me repugnaban, me precipité sencillamente sobre Schopenhauer en mi desesperación y me senté con Schopenhauer en el taburete del lado de la Singerstrasse para poder sobrevivir, porque la verdad es que de repente quería sobrevivir y no morir, no seguir a mi mujer en la muerte sino quedarme ahí, permanecer en el mundo, me oye, Atzbacher, así Reger en el Ambassador. Pero naturalmente sólo tuve con Schopenhauer una oportunidad de sobrevivir porque abusé de él para mi objetivos y lo falsifiqué realmente de la forma más innoble, así Reger, al convertirlo sencillamente en un medicamento de supervivencia, lo que en realidad no es en absoluto, lo mismo que tampoco los otros que ya he nombrado. Nos confiamos durante toda la vida a los Grandes Ingenios y a los, así llamados, Maestros Antiguos, así Reger, y nos vemos luego mortalmente decepcionados por ellos, porque no cumplen su finalidad en el momento decisivo. Atesoramos los Grandes Ingenios y los Maestros Antiguos y creemos que podremos luego, en el momento decisivo de supervivencia, usarlos para nuestros fines, lo que no quiere decir otra cosa que abusar de ellos para nuestros fines, lo que resulta ser un error mortal. Llenamos nuestra caja fuerte espiritual de esos Grandes Ingenios y Maestros Antiguos y recurrimos a ellos en el momento decisivo para nuestras vidas; pero cuando abrimos esa caja fuerte espiritual, está vacía, ésa es la verdad, nos quedamos ante esa caja fuerte espiritual vacía y vemos que estamos solos y realmente por completo sin recursos, así Reger. El hombre atesora en todos los campos durante toda la vida y al final se encuentra vacío, así Reger, también en lo que se refiere a su patrimonio espiritual. Qué monstruoso patrimonio espiritual he atesorado, así Reger en el Ambassador, y al final me encuentro totalmente vacío.(.../...)Thomas BernhardMaestros antiguos, 1985 (Alianza Tres 253)
" Estaba allí sentado y miraba las cartas que había escrito mi mujer en el transcurso del tiempo y leía las notas que había tomado en el transcurso del tiempo y lloraba a lágrima viva. Nos acostumbramos naturalmente durante decenios a un ser humano y lo amamos durante decenios y lo amamos en definitiva más que a cualquier otro y nos encadenamos a él y, cuando lo perdemos, es realmente como si lo hubiéramos perdido todo. Siempre había creído que era la música la que lo significaba todo para mí, a veces al fin y al cabo también que era la filosofía, la literatura elevada, la más enaltecida y exaltada, lo mismo que, en general, que era sencillamente el arte, pero todo eso, todo el arte, el que sea, no es nada en comparación con ese único ser querido. Cuando el ser querido por nosotros más que cualquier otro del mundo ha muerto, nos deja con horribles remordimientos, dijo Reger, con espantosos remordimientos, con los que tenemos que existir después de su muerte y en los que un día nos asfixiaremos. (…)

Marisol

Siempre un buen silencio vale más que mil palabras vacías, así que seré breve. Marisol García, eres bella... en el más amplio sentido de la palabra, no bella en términos faranduleros, bueno... tú sabes a que me refiero.

Saldos del año 2006

Álvaro Bisama

1) Una imagen de la feria de la Estación Mapocho: alguien que me trae una copia de Caja negra y me dice que la ha robado y me pide que la firme y yo me quedo sorprendido y, por supuesto, se la firmo de inmediato. 2) Un texto en la página de Ucroniachile, donde Last Citizen lograba combinar el Tractatus Logicus de Wittgenstein con la "Dimensión desconocida" de Rod Serling. 3) La frase que le escuché a Marcelo Mellado en Valparaíso: "Hay que ser honestos, la poesía es como medio picante, ¿no?". 4) La tira de Rodrigo Salinas de "Carlitos Marx" en La calma después de la tormenta: la parodia dibujada sobre la parodia que deviene en momentos de perfecta tristeza. 5) Versos del fallecido Gonzalo Millán: "el resto del cuerpo que rodea mi corazón/ está cubierto de plumas de paloma, pegadas". 6) Aquel ensayo ficcional que Julio Ortega llevó al Foro de Escritores sobre un tal Eduardo Garatea, "el desaparecido poeta chileno cuya obra inédita, aunque en rigor nunca escribió nada, fascinó a Cortázar". 7) Nathan Zuckerman perdido en la Praga antes de la caída del muro de Berlín, intentando recuperar un manuscrito, a la deriva en medio de una fiesta llena de intelectuales o espías, empañado por la bruma alcohólica, intentando conectar con una Mitteleuropa imposible al cierre de Zuckerman encadenado de Philip Roth. 8) Todos los personajes de Oesterheld retratados como viudas de la Plaza de Mayo, preguntando por su autor detenido y desaparecido. No sé si es de este año pero no importa: me gustaría que alguien hiciera un gesto de ese tipo acá, la colección de héroes muertos o huérfanos en nuestro imaginario. 9) Las polaroids de aquel Ted Hughes espectral que captura Janet Malcolm en La mujer en silencio: la pieza rota de un puzzle, el deudo doliente que no puede olvidar, el villano en las sombras condenado en vida a ser visitado una y otra vez por el fantasma de sus mujeres muertas. 10) El momento pesadillesco en que quiero apagar la tele y leer cualquier mala novela de Stephen King: cuando Julio César Rodríguez se lanza a los brazos de Raúl Zurita para que éste lo sane, lo salve y lo bendiga. 11) Aquellas extrañas carreteras de neblina y llenas de muertos, repletas de señales ominosas que pueblan La séptima M de Francisca Solar. 12) Los libros de los amigos, verdaderas señales de ruta de un país imposible: Diecinueve de Francisca Lange, La cosa de Leo Marcazzolo, Bonsái de Zambra, Muchos huevos de Willoughby, El número Kaifman de Ortega y El exceso de Pato Jara. 13) Haruki Murakami y su pozo oscuro y el héroe armado con un bate y su disfuncional colección de videntes y la sensación de que una novela fantástica sin destino claro - donde se avanza de la oscuridad a la luz- puede ser, debe ser, una novela política. 14) Parra, que no sólo llegó una hora y media más tarde a la FILSA - casi dejando plantado al ex Presidente Lagos- , sino que también casi provocó una ola de histeria cuando se puso a firmar el volumen ante una horda interminable de lectores o fans o groupies o lo que sea, que son sus seguidores más acérrimos. 15) La bronca de los viejos estandartes de la Nueva Narrativa contra cualquiera que pusiera en duda su esforzado prestigio canónico: divertidos arañazos de gato en el cómodo sillón de nuestra literatura. 16) Una inquietante postulación de Miguel Serrano al Nacional. 17) Los versos iniciales de Banda sonora de Andrés Anwandter, verdadera estática como estética: "las/ líneas/ del tendido/ telefónico/ recortan/ el cielo/ poblado/ de imágenes/ diáfanas/ pieles/ de luz/ que los cuerpos/ rezuman".

çLa columna de Alejandro Zambra
LA MEMORIA DE BORGES
Dos amigos incansables pasan la última noche de 1970 traduciendo a Shakespeare. Los amigos se llaman Borges y Bioy Casares: han escrito, por separado, libros perdurables, y también han escrito, juntos, libros menos perdurables. No son maestro y discípulo, al menos no exactamente: son autor y personaje, aunque Borges, el autor, es también un personaje de Borges (y de Bioy). El viejo Borges ha inventado a Bioy, y Bioy, con suma cortesía, se ha dejado inventar, con la sola condición de conservar algunas favorables señas distintivas: al lado de Borges siempre será joven; al lado de Borges será siempre largo, porque escribe novelas, las novelas que Borges ha aceptado no escribir para que las escriba Bioy.
Esa noche, la del 31 de diciembre de 1970, después de cenar pavo con puré, los amigos incansables se encierran a traducir a Shakespeare. "Con Borges dormimos un rato, versificando en español las brujas de Macbeth", escribe Bioy, en su diario, y la imagen reaparece de forma invariable: el 10 de enero dice que trabajaron "cabeceando entre endecasílabo y endecasílabo", y el 13 que tradujeron "entre cabeceos", y el 18 es Borges quien acepta que trabajan "a fuerza de resignación". Un poco para darse ánimo comentan, con inflexible desdén, otras traducciones (sobre la versión de Guillermo Whitelow: "Si los actores representaran Macbeth con el texto de Whitelow, morirían ahogados, sofocados. La ha de haber hecho para ganarse unos pesos"). Pero se aburren, cabecean al compás de las sílabas, se distraen: mucho más que Macbeth les interesa Shakespeare. Es como si tradujeran Macbeth para escapar de Macbeth, para olvidar un argumento de traición en el continuo recuerdo de ese rostro que "aun a través de las malas pinturas de la época no se parece a ningún otro": la cara de Shakespeare, la cara de un hombre que después de ser muchos quiso ser alguien y no lo consiguió.
El trabajo se interrumpe por un viaje de Borges; a su regreso la traducción se vuelve ardua e innecesaria: "¿Shakespeare es la cumbre del espíritu humano? Mejor no traducirlo; mejor no mirarlo de tan cerca; acabaremos por despreciarlo. ¡Qué dificultad tiene para contar las cosas más simples! ¿O estaba tan acostumbrado al estilo grandilocuente que no podía decir nada con sencillez?". Mirar de cerca es peligroso, piensa Borges, y Bioy lo mira de cerca y luego transcribe, en su diario, cada frase de Borges, con cariño y con una cierta prudencia o lealtad que le impide denostarlo o mitificarlo: "En general, no le parecen buenas las ideas que no son suyas; digo esto sin amargura, como una simple constatación". Bioy necesita a Borges, Borges necesita a Bioy. El inventor necesita a su invención, el inventado necesita que su inventor lo siga soñando. Por eso transcribe cada palabra que el inventor dice. Por eso inventa a su inventor, se da ese lujo. Y es que a Bioy le gustan los lujos.
Traducir Macbeth no es un lujo ni una necesidad. Es una broma: "Mañana, tal vez, trabajemos... en algo que no sea Macbeth", dice Borges. El proyecto queda inconcluso durante años, para siempre. Una noche de 1985, en uno de sus últimos encuentros, Bioy le propone a Borges terminar la traducción y Borges responde que sí, que por muy mala que quede de seguro será mejor que el Hamlet de Gide. Tal vez por entonces Borges ya había decido dejar a medias esa versión de Macbeth. En 1980 había publicado "La memoria de Shakespeare", su último cuento - "el que imaginamos (sorprendidos por la perfección de ese fin) como el último cuento de Borges", dice Ricardo Piglia, en Formas breves- , cuyo protagonista, Hermann Soergel, también es autor de una versión inconclusa de Macbeth.
Cuando a Soergel le ofrecen la memoria de Shakespeare ("desde los días más pueriles y antiguos hasta los del principio de abril de 1616"), de inmediato piensa en escribir la biografía definitiva sobre Shakespeare, pero luego comprende, con desazón, que la memoria "no es una suma; es un desorden de posibilidades indefinidas". Soergel posee sólo las circunstancias, el "material deleznable" que Shakespeare convirtió en poesía: "El azar o el destino dieron a Shakespeare las triviales cosas terribles que todo hombre conoce; él supo transmutarlas en fábulas, en personajes mucho más vívidos que el hombre gris que los soñó, en versos que no dejarán caer las generaciones, en música verbal. ¿A qué destejer esa red, a qué minar la torre, a qué reducir a las módicas proporciones de una biografía documental o de una novela realista el sonido y la furia de Macbeth?".
¿Y Bioy? ¿Qué hizo Bioy con la memoria de Borges? No intentó una biografía o una novela. Tampoco escribió, en rigor, un diario de su amistad con Borges, quiero decir: escribió un diario de veinte mil páginas y tuvo la delicadeza de separarnos las mil seiscientas que se referían a Borges; escribió mil seiscientas páginas sobre Borges y destinó las restantes dieciocho mil cuatrocientas a no escribir sobre Borges.
Un diario debe ser indiscreto, pensaba Borges, y el de Bioy cumple maravillosamente bien esa regla. Pero Bioy no quiere, no puede escribir la verdad sobre Borges. Nadie puede. Bioy oficia de memorioso, de anecdotista; desea capturar el material deleznable, la vida gris, las triviales cosas terribles que todo hombre conoce. Crea, entonces, a un Borges que crea a un Bioy que crea a un Borges real. Prefiere darle vida a Borges, convertirlo en un imprescindible personaje secundario. Prefiere que Borges sea, al fin, alguien.

Entrevista a Rodrigo Fresán
"No pierdo la esperanza de que le den el Nobel a Bob Dylan"
Álvaro Matus
Con el correr del tiempo - y los artículos, prólogos y traducciones- , el autor de "Mantra" y "Jardines de Kensington" se ha convertido en una de las voces más autorizadas para hablar de literatura estadounidense. Aquí se detiene en los favoritos de siempre (Roth, Cheever, Philip K. Dick) y entrega luces para no perderse en el mar de publicaciones.
La literatura norteamericana es una suerte de Moby Dick, una ballena blanca, inmensa y en permanente movimiento, donde caben los libros de Hawthorne, Twain, Poe, Fitzgerald, Faulkner, Capote, Carver, Roth... y así, suma y sigue... hasta llegar a nuestros días, a la tan promocionada Next Generation y a muchos otros nombres de los que ni siquiera sospechamos su existencia, hasta que llega, claro, alguien como Rodrigo Fresán, nuestro Capitán Ahab o nuestro Lector Ahab, siempre obsesionado con la belleza monumental de Moby Dick. Porque el autor de La velocidad de las cosas es, además, sobre todo, el lector más atento, entusiasta y mejor informado en todo lo que se refiere a los autores estadounidenses. Así lo demuestran las entrevistas, perfiles, columnas y críticas que publica en El País de España, Página 12 de Argentina o Letras Libres de México.
"Lo bueno de la literatura estadounidense es que nunca deja de crecer; lo malo de la literatura estadounidense es, también, que nunca deja de crecer", diagnostica el escritor argentino en un artículo sobre las 25 mejores novelas del presente siglo, una efervescente invitación a ingresar al mundo de Charles Baxter, Dave Eggers, Adam Haslett, Rick Moody y Richard Powers, entre otros. Y si se trata de sus aficiones históricas, una buena muestra es la vivisección de Saul Bellow, donde concluye que su gloria se debe al "modo en que combina inteligencia e ingenuidad, las inserta dentro de un hombre de papel, el hombre de ciudad que siente que el cielo se le viene encima, como definió alguien, y lo deja suelto y se mueve mucho y no deja de moverse y no se queda quieto y corre y cae y vuelve a levantarse y sigue corriendo".
Este año, Fresán escribió un epílogo para los Cuentos Completos de John Cheever, y ahora se encuentra trabajando en el prólogo y las notas para dos libros de Carson McCullers: una recopilación de relatos y otro, más pequeño, que contiene las reflexiones literarias de la autora de El corazón es un cazador solitario. También le da los toques finales a su próxima novela y se repone de lo que denomina "el posparto" de Jardines de Kensington, la novela inspirada en la vida del creador de Peter Pan: "Salió en Alemania, Estados Unidos, Francia, Italia y Reino Unido, lo que me obligó a atender traductores, viajar a promocionar el libro y, de algún modo, seguir escribiéndolo. Así, la edición de bolsillo española del año pasado tiene 80 páginas más que la primera, que apareció en el 2003".
Cuando Fresán escribe en la prensa siempre inclina la balanza a los aspectos positivos del escritor comentado. Por lo mismo, dice él, siente que lo suyo no es crítica: "Es decir, no me siento un crítico literario. Me siento más bien como un predicador de la Buena Nueva. Un evangelizador. Y hay muy poco espacio en los suplementos. Por lo que he robado para mi escudo de armas una frase de François Truffaut que es la que me mueve y me conmueve: Hablemos solamente de las cosas que nos gustan" . Otro de sus motores surge como respuesta a la teoría del iceberg de Hemingway. La suya es la "teoría glaciar", que puede sintetizarse así: hay mucho escondido bajo el gran trozo de hielo, pero también hay mucho arriba, sobre la superficie de las aguas, publicándose día a día a una velocidad casi imposible de seguir. Es en ese casi donde interviene Fresán para contarnos lo mucho que le gustan los libros nuevos y los no tan nuevos, como lo explicita en esta conversación que guarda más de una relación con la incansable búsqueda de la ballena blanca.
- A pesar del marketing que promueve la novedad del año, en Estados Unidos los autores mayores siguen plenamente vigentes. Así, la Next Generation convive con Updike, Roth, Pynchon. ¿Dirías que no está tan arraigada la idea de "matar" al padre?
- Me temo que la respuesta es de una sencillez que bordea lo idiota: son muchos y, por lo general, son buenos. Afortunadamente, por ahora, hay espacio para todos. En cuanto a la supuesta obligación o necesidad de tener que matar a los padres, me parece que es un problema que trasciende a lo estrictamente literario y que suele ser la mejor forma de identificar a sociedades con profundos problemas emocionales. En lo personal, nunca he sentido la necesidad de matar a nadie. Jonathan Lethem acaba de contarme en la Feria de Guadalajara que se hará cargo de las notas que acompañarán a un volumen de la consagratoria The Library of America conteniendo cuatro novelas de los 60 de Philip K. Dick. Así es: Dick en The Library of America. Y creo que está todo dicho.
- Ésa es una señal de apertura, pues se trata del típico autor de género, de algún modo menor.
- Yo lo veo como una gran noticia. Y, también, como prueba irrefutable de lo que es una literatura viva y que no se queda quieta y en la que un outsider puede, de golpe y con justicia, codearse con los clásicos porque también se puede ser clásico y outsider.
- Un aspecto positivo son las visitas de los fantasmas: reediciones permanentes de Capote, Cheever, Bellow y otros menos conocidos, como Richard Yates.
- Yates es el gran escritor de la tristeza norteamericana. No hay nadie más triste que él. Ni siquiera Fitzgerald es tan triste como Yates. Hay en sus libros una inconfundible calidad - una de las muchas y tan ambiguas formas de la felicidad- a la hora de retratar la tristeza. Vía revolucionaria no es mi favorito entre sus libros. Prefiero Desfile de Pascua - que editó Emecé hace tantos años y que alguien debería reeditar YA- o Disturbing the Peace, tal vez la novela definitiva - junto a El día de la langosta de Nathanael West- sobre el fino arte de enloquecer en Hollywood. Hay una muy buena biografía de Yates - A Tragic Honesty, de Blake Bailey- cuya lectura resulta tan apasionante como intolerable: la vida más triste del mundo. Tal vez por eso - a diferencia de lo que ocurre con Cheever, un triste epifánico- a Yates no le han salido muchos discípulos. El único, el mejor de ellos, sin duda, es Charles D'Ambrosio en sus libros The Point y The Dead Fish Museum.
- ¿De quién anhelas una reedición o te gustaría una colección?
- Tal vez, hoy, Bernard Malamud sea el más necesitado de una operación rescate. Pero puestos a elegir, optaría por señalar un puñado de impostergables escritores que se encuentran en actividad y que aún no han sido traducidos al castellano. Gente como Ben Marcus, Ann Beattie (autora de Chilly Scenes of Winter, para mí, una de las novelas fundamentales de la narrativa contemporánea norteamericana), Bruce Wagner, Stephen Dixon (Interstate es otra de las grandes Great American Novels secretas de los últimos tiempos) o el gran cuentista Lee K. Abbott, quien probablemente sea el verdadero y más legítimo heredero de Cheever y quien acaba de editar en Estados Unidos una antología indispensable: All Things, All at Once. Y, ahora que lo pienso, no estará mal una revisión de Bruce Jay Friedman, cuentista genial, paradigma del humor negro judeo-neoyorquino y autor de un pequeño gran libro: About Harry Towns.
- La novela total, a la manera del siglo XIX, sigue cautivando a los autores jóvenes, como Franzen, Foster Wallace, Moody. ¿Qué relación tendría esta "idea fija" con la tradición misma de la novela en ese país?
- Los tres autores fundacionales, los padres de los tres Grandes Temas de la literatura norteamericana son, para mí, Herman Melville con Moby Dick (la meta-ficción alegórica), Nathaniel Hawthorne con La letra escarlata (los peligros del puritanismo y los fuegos de las pasiones prohibidas) y Mark Twain con Huckleberry Finn (la road-novel iniciática). A este trío se podría agregar Henry James, quien pone en juego la literatura del norteamericano como extranjero profesional enfrentándose al sólido fantasma de Europa. Hemingway y Faulkner y Fitzgerald constituyen un segundo Big-Bang. Y hoy todos están más vivos que nunca. Yo creo que no tiene sentido resistirse a las influencias benéficas siempre y cuando se las pueda procesar con gracia. Por otra parte, la novela decimonónica siempre será LA NOVELA. El espécimen rey, el momento en que el género reinaba triunfal por encima de todas las demás expresiones artísticas. Tal vez, lo que se intenta emular no sea el formato (las particularidades técnicas, las estrategias narrativas), sino esa época en que un libro tenía la obligación implícita de ser todo un mundo porque, para un ciudadano/lector medio, resultaba imposible conocer el mundo entero. La solución, entonces, pasaba por tener al mundo en las manos y en las manos a un libro.
- ¿Quiénes revitalizan esta tradición de La Gran Novela Norteamericana?
- Denis Johnson, Bruce Wagner, Rick Moody, William T. Vollmann, De Lillo, Thomas Pynchon, Richard Powers... Hay muchos, demasiados, por suerte.
- Dijiste que "Las correcciones" de Franzen es como estar leyendo "una suerte de resumen de lo publicado". ¿Es el libro más sobrevalorado del último tiempo?
- No puedo hablar por los demás. Hablo nada más que por mí. Así que diré que pocas veces sentí tantas veces ese curioso síntoma del déjà vu que leyendo Las correcciones. Una novela que, a mi juicio, es mucho más astuta que inteligente.
- ¿A qué te refieres?
- A que me parece más un libro calculado que sentido. Pero es una apreciación muy personal, se entiende.
- ¿Qué te llevó a traducir a Denis Johnson, un autor poco conocido todavía?
- Johnson me parece uno de los más grandes. Alguien a la altura de los titanes. El descendiente directo de Melville. Mondadori compró los derechos de traducción de un par de sus libros y no dudé en ofrecerme. Hay ciertos escritores que, al traducirlos, enseñan. Y yo creo haber aprendido mucho como escritor con Johnson. Como lector, cuento los segundos para la aparición de Tree of Smoke, su largamente anunciada novela sobre Vietnam. Y para internarse en su obra recomendaría, creo, Hijo de Jesús.
- Dijiste que Paul Auster es "como la Coca Cola". ¿Cuánto hay de elogio y cuánto de ironía en eso?
- Mitad y mitad. Auster me parece un gran narrador, pero no es un gran escritor. Es decir: maneja los resortes de tramas imposibles - a menudo inverosímiles fuera de sus libros- con mano experta. Difícil dejar de leer cualquiera de sus novelas. Pero, al mismo tiempo, mientras las lees, por lo menos en mi caso, siento que me están vendiendo, no diría gato por liebre, pero sí conejo por liebre. He sentido esto más que nunca en su reciente y autohomenajeante Travels in the Scriptorium. Para mí, lo mejor de Auster no está en sus libros (aunque siento admiración por La invención de la soledad y Leviatán), sino en su guión para el film "Smoke".
- ¿Es la Next Generation comparable al Dream Team británico de comienzos de los 80 o se trata de una movida publicitaria?
- No lo sé. Y voy a explicar por qué: los escritores - y aquí pluralizo porque he hablado sobre la cuestión con muchos y de muchas nacionalidades- somos los menos conscientes de este tipo de etiquetas que, sí, resultan extremadamente útiles a periodistas, académicos, críticos, editores y, tal vez, lectores. Meses atrás, de paso por España, McEwan se declaraba completamente fastidiado por eso del Dream Team. Lo mismo me confesaron algunos norteamericanos que, supuestamente, integran la Next Generation. A la hora de la verdad, los escritores escribimos porque primero leímos. Y leímos en esa perfecta y multitudinaria soledad que se experimenta cada vez que uno se encierra en un libro. Yo creo - estoy seguro, al menos en mi caso- que todo escritor escribe porque sólo quiere recuperar aquella soledad perfecta que alguna vez sintió como lector puro.
- ¿Crees que a Philip Roth no le dan el Premio Nobel porque ya premiaron a Bellow, un autor muy similar?
- Yo estoy seguro de que Roth ha superado a Bellow. Además, son pocos los escritores de su edad que, en el otoño/invierno de su carrera, experimentan y ofrecen tanto y tan bueno. Tal vez el año que viene le toque coincidiendo con la publicación de Exit Ghost, su ya anunciada última novela del Ciclo Zuckerman. En ella, parece, su alter-ego retorna a Nueva York luego de un largo autoexilio en el campo y descubre a toda una nueva generación de escritores. Va a ser interesante. Pero volviendo a lo del Nobel, las motivaciones detrás del jurado son tan misteriosas que no tiene demasiado sentido perder el tiempo intentando un análisis seguramente impreciso y, desde ya, imposible de verificar. Eso sí: no pierdo la esperanza de que alguna vez le den el Nobel a Bob Dylan.
- Rara vez haces críticas negativas y tus comentarios derrochan un entusiasmo contagioso. Sin embargo, es inevitable preguntarse ¿cuáles son los autores que Fresán tiene en el velador? ¿Son Bellow y Cheever los predilectos?
- Si tengo que elegir entre Bellow y Cheever, sin lugar a dudas Cheever. Y ahora mismo, junto a mi velador, están los siguientes libros: Against the Day, de Thomas Pynchon; Lisey's Story, de Stephen King; una biografía de Ray Bradbury, un trash-thriller muy divertido de Robert Ferrigno que transcurre en unos Estados Unidos futuros y convertidos al Islam; los relatos de Dino Buzzati; The Echo Maker, de Richard Powers; el segundo volumen de las memorias de Gore Vidal; una recopilación de las novelas "escocesas" de Robert Louis Stevenson, el Borges de Bioy Casares (que voy degustando en dosis homeopáticas antes de dormirme) y una guía para padres recientes y primerizos.

La música en 2006De las caderas de Shakira a los nuevos tiempos de Dylan

30/12/2006 El borde del fin de año es el momento adecuado para un resumen de temporada. Aquí, a grandes trazos, lo mejor y lo más grande de 2006, desde The Strokes en enero a Perrosky en diciembre, desde Shakira a Bob Dylan y desde dos grupos llamados Inti-Illimani a uno llamado The Beatles.
Grabó en inglés este año, pero su negocio sigue siendo exportar sabor latino: con su reciente Oral fixation vol. 2 como segunda parte del disco en español que lanzó en 2005, la colombiana Shakira se impuso en los premios Grammy, consiguió un nuevo éxito con "Hips don’t lie" y dio dos conciertos de masas en Chile.
También llegó alto la mexicana Julieta Venegas, que con Limón y sal reanudó la saga de éxitos pop gracias a canciones como "Me voy" y "Limón y sal". El rockero argentino Gustavo Cerati protagonizó también un premiado regreso con su álbum Ahí vamos, que vino a presentar en vivo a Santiago. Compatriotas suyos como Fito Páez y Vicentico también estuvieron de estreno, y los españoles de La Oreja de Van Gogh, además de pisar fuerte con su disco Guapa, señalaron la ruta para una serie de grupos afines como La Quinta Estación o El sueño de Morfeo.
Los mexicanos Maná, con Amar es combatir, y el español Alejandro Sanz, con El tren de los momentos, fueron otros estrenos de este año, en el que también volvió Gloria Trevi y sonaron los baladistas Christian Castro y Axel. Y en las raíces más tradicionales, tres novedades destacadas fueron el retorno de la cantante mexicano-estadounidense Lila Downs con La cantina y los dos entrañables discos simultáneos de la brasileña Marisa Monte entre el samba tradicional de Universo a meu redor y las composiciones nuevas de Infinito particular. Siempre majestuoso, su compatriota Caetano Veloso también vino a enriquecer este año con Cê, su nuevo disco.
Dylan y las futuras generaciones
Esta fue también una temporada de estreno para nuevas figuras como la cantante soul inglesa Corinne Bailey Rae, la pianista y compositora rusa Regina Spektor y la cantante pop inglesa Lily Allen, en un campo en que la canadiense Nelly Furtado hizo valer con el disco Loose su mayor experiencia.
En cuanto a estrenos, uno de los más valorados del año fue el del dueto Gnarls Barkley, entre el cantante Cee-Lo Green y el genio de la producción Danger Mouse, quienes con el disco St. Elsewhere marcaron el rhythm & blues de la temporada. En ese mismo campo, Beyoncé, Justin Timberlake y hasta Paris Hilton reaparecieron en 2006, y un aspiracional Robbie Williams, con Rudebox, hizo el disco más hip-hopero de su vida y de paso vino a dar otro de los megaconciertos del año.
Solistas con más carrera también hubo en este ciclo. Alguna vez cantantes de The Verve, The Smiths, Radiohead y Pulp, en 2006 Richard Ashcroft, Morrissey, Thom Yorke y Jarvis Cocker lanzaron respectivamente sus discos Keys to the world, Ringleader of the tormentors, The eraser y Jarvis, mientras el estadounidense Beck volvió con The information y también Graham Coxon, ex guitarrista de Blur, regresó en plan solista. Una tríada de grupos pop ingleses también se hizo presente entre Placebo, Muse y Keane, mientras los islandeses Sigur Rós, por lo general misteriosos, volvieron con un disco más accesible, fechado en 2005 pero difundido también este año.
Ese supergrupo que es Audioslave fue uno de los destacados rockeros de la temporada, tal como ese supercerebro que es Mike Patton lo fue al escapar de sus habituales parajes más fuertes para acercarse al pop como Peeping Tom. Evanescence también volvió para cosechar la fidelidad de sus fans, en un año marcado además por la nueva vida de Red Hot Chili Peppers y Pearl Jam, héroes noventeros del rock estadounidense. Primal Scream, más rockeros que de costumbre, y Pet Shop Boys, elegantes como siempre, fueron otras voces de la experiencia, y los decanos del género fueron Bob Dylan con Modern times, uno de los discos del año, Tom Waits con su trilogía Orphans: brawlers, bawlers & bastards y The Beatles, incombustibles: primero editaron la recopilación The Capitol albums vol. 2 y cerraron 2006 con su exitoso Love.
Parte de lo más interesante del año se concentró en los regresos de grupos que hace cuatro años cambiaron el curso del rock hacia la energía de las guitarras. 2006 comenzó con el nuevo disco de The Strokes y de ahí en más aparecieron los nuevos álbumes de Yeah Yeah Yeahs, The Rapture, Liars, The Raconteurs, que este año tomaron el espacio de los White Stripes, o The Vines, junto a nombres más melódicos, brillantes o disparados como Death Cab for Cutie y The Killers o TV on the Radio. En Inglaterra el estreno del año fueron los Arctic Monkeys, flanqueados también por Hard-fi, The Magic Numbers y el nuevo disco de Kasabian, Empire. Una estatura especial tiene el regreso de The Flaming Lips y Yo La Tengo, y una combinación de dos mujeres indispensables, Cat Power con The greatest y Peaches, con Impeach my bush: canciones acústicas versus agresividad sexual explícita.
Chilenos, la autogestión y la exportación
Un DVD nuevo, una relación cada vez más entusiasta con el público mexicano, ediciones de sus discos en México y EE.UU. y una consolidación en Chile son los rasgos que hicieron de 2006 el mejor año para Los Bunkers, el nuevo grupo exportable chileno sobre la base de seis años de carrera y de su más reciente disco, Vida de perros (2005). Y no fue el único caso local de ambición internacional de la temporada, en la que varios rockeros apuntaron a otras fronteras.
El nuevo disco de Lucybell (Comiendo fuego), también radicado en México, fue uno de los primeros hitos del año, tal como meses más tarde lo fue la reunión de Los Tres, quienes lanzaron el álbum Hágalo usted mismo, volvieron a girar en vivo y también actuaron en México y EE.UU. En el año histórico en que también se separaron Los Prisioneros, Claudio Narea se emancipó como definitivo solista con El largo camino al éxito, y la banda de reggae Gondwana reanudó con el disco Resiliente una carrera de alcance internacional en aumento.
Tres nombres de distinta naturaleza marcaron la temporada musical pop en Chile. Nicole volvió desde Miami para estrenar su disco Apt. y resituarse en nuestro país. Javiera Mena apareció en la superficie luego de años en el circuito independiente para editar con el sello argentino Índice Virgen su debut Esquemas juveniles, y Daniela Castillo provino desde la trinchera opuesta –el programa de TV "Rojo"– para lanzar Obsesión, un disco producido en Miami. Kudai atravesó su propio trance entre el lanzamiento de su disco Sobrevive y la llegada de la cantante Gabriela Villalba en reemplazo de Nicole Natalino. Y el pop rock hecho en casa también fue prolífico entre los nuevos discos de Daniela Aleuy, Rodrigo Jarque, Casanova, Difuntos Correa, Prieto, Bellyco, Alamedas y De Saloon.
Uno de los hitos locales fue el hecho de que la pugna de Inti-Illimani derivara al plano musical y, pese al conflicto, con grandes resultados. Ambas formaciones del conjunto editaron en 2006 sus respectivos discos: Pequeño mundo por cuenta de la que lideran los hermanos Coulon, y Esencial, de parte de Inti-Illimani Histórico. Uno de los discos esenciales del año fue el que Francesca Ancarola dedicó a la obra de Víctor Jara, Lonquén, y en la misma línea de música acústica o de raíz en el folclor aparecieron nuevos trabajos de Daniela Conejero, Quelentaro, Illapu, Eduardo Gatti, Julio Zegers, Cecilia Echenique, Chamal, Cuncumén, los cuequeros Pepe Fuentes y María Esther Zamora, Las Torcazas, Las Capitalinas, Los Tricolores y Los Santiaguinos, y dos discos de tributo: Homenaje a Los Jaivas y Mil voces Gladys.
Variantes electrónicas desde el pop de Compiuters hasta el sonido instrumental de los Mismos, pasando por Rock Hudson, fueron parte del año. El circuito de músicos de rock y otras experiencias también fue productivo en 2006 en Chile, con nuevos atrevimientos de parte de la Productora Mutante, Mostro, Griz, Las Jonathan o Familea Miranda y abundantes discos rockeros de Perrosky, Camión, Weichafe, Ramires!, Tío Lucho, Jiminelson o Tsunamis Un hito particular fue el logro de Fahrenheit, cuyo disco Nuevos tiempos fue producido por el músico estadounidense David Prater, ex productor de la banda Dream Theater.
Muestras sonoras de hedonismo nacional imperdibles quedaron en la cumbia a la chilena de Chico Trujillo, la sonora paralela del cantante de LaFLoripondio (Aldo Macha Asenjo) y en el sudoroso cahuín nortino que arma Cutus-Clan, grupo integrado por los hermanos Rodrigo, Cristián y Marcelo Cuturrufo. Uno de ellos, el trompetista Cristián Cuturrufo, estrenó además su combo de funk y jazz en otro disco nuevo, Cristián Cuturrufo y la Latin Funk.
Como solistas, el cantante, guitarrista y productor C-Funk, el rapero de estilo dance-hall Boomer, el siempre inquieto músico y productor Cenzi, hoy radicado en Canadá, y el fogueado DJ y productor DJ Raff coincidieron este año en una saludable parada de experiencia funk y hip-hop chilena.
Entre los debutantes de la temporada se contaron el trío rockero que Colombina Parra, Juanita Parra y Ximena Cubillos estrenaron en enero como Besos con Lengua, el promisorio grupo de rock Teleradio Donoso que se dispone a editar su primer disco oficial el año entrante, el debut en vivo del cuarteto Espía, que había lanzado su álbum en 2005; los estenos de las cantantes y autoras María Perlita, Francisca Valenzuela, la aparición del trío noise The Cindy Sisters y el definitivo debut como solista de Anita Tijoux, la cantante de Makiza y Pulentos, que a fin de año debutó con su propia banda, integrada por músicos de Inti-Illimani Histórico. Así quedan planteadas algunas de las noticias listas para sonar en 2007.
Los que partieron
El Padrino del Soul: James Brown, con máximo estilo hasta la tumba.En el día de Navidad vino James Brown a poner el último nombre a la lista de muertes de figuras de la música registradas durante el año.
Lou Rawls, a los 72 años, el 6 de enero. Cantante estadounidense de jazz y blues.
Wilson Pickett a los 64 años, el 19 de enero. Cantante estadounidense, una de las máximas figuras de la música soul.
Ali Ibrahim Farka Touré, a los 66 años, el 6 de marzo. Músico, cantante y compositor maliano, una de las figuras internacionales de la música tradicional africana.
Rocío Durcal, a los 61 años, el 25 de marzo. Actriz y cantante popular española.
Soraya, a los 37 años, el 10 de mayo. Cantante pop y compositora colombiana.
Rocío Jurado, a los 61 años, el 1 de junio. Actriz y cantante popular española.
Billy Preston, a los 59 años, el 6 de junio. Pianista estadounidense, colaborador de músicos como los Beatles y los Rolling Stones.
Syd Barrett, a los 60 años, el 7 de julio. Legendario rockero inglés, primer cantante de Pink Floyd y símbolo de la psicodelia.
Maynard Ferguson, a los 78 años, el 23 de agosto. Trompetista y jazzista canadiense.
Fernando González Marabolí, a los 79 años, el 23 de septiembre. Cultor e investigador chileno de la cueca brava.
Humberto Lozán, a los 81 años, el 31 de octubre. Cantante chileno, voz de la célebre Orquesta Huambaly.
Miguel Aceves Mejía, a los 90 años, el 6 de noviembre. Actor, cantante y compositor mexicano.
Jay McShann, a los 90 años, el 7 de diciembre. Pianista, cantante y jazzista estadounidense.
Juan Azúa, a los 67 años, el 14 de diciembre. Director de orquesta chileno.
Myriam Von Schrebler, a los 76 años, el 23 de diciembre. Cantante y productora chilena, integrante del dúo Sonia y Miriam.
James Brown, a los 73 años, el 25 de diciembre (en la foto). El Padrino del Soul, El Hermano Número Uno del Soul, El Más Duro Trabajador del Negocio Musical, El Ministro del Super Heavy Funk, James Brown merece esos títulos como la eminencia mundial del funk y el soul que es, y que le permitió componer éxitos como "I feel good" y "Sex machine".


Yi yi
Por Francisco Mouat
fmouat@mercurio.cl
Me sucede con relativa frecuencia: veo fragmentos de una película que me gusta, leo páginas de un libro que me mueve, y más ganas me dan de vivir todo el tiempo que se pueda dentro de ese mundo virtual, con leyes que parecen desafiar a esta otra realidad preestablecida que aparece cada mañana en los diarios. Es un escape. Lo sé. Para vivir, prefiero una película que narre la tristeza y la felicidad al titular de prensa del ministro de Hacienda de turno. Cada uno es dueño de elegir los materiales con los cuales acompañar sus días.
Anoche vi en el cable, entre la una y las dos de la mañana, la última parte de una larga película llamada Yi yi. El director, un taiwanés llamado Edward Yang, ha dicho en una entrevista que el tema de su película exige paz. Tiene razón: a la una de la mañana de un miércoles cualquiera, después de hacer dormir a los niños de la casa pasada la medianoche, finalmente en paz, consigo conectarme gracias a un control remoto con Yi yi mientras buena parte del resto de la ciudad duerme. Las imágenes narradas por Yang, el discurso final del niño de ocho años que escribe en su cuaderno una carta a su abuela muerta, diciéndole que quiere llegar a contarle a la gente las cosas que los demás no ven, se quedan conmigo, no se evaporan con el sueño, y reviven esta mañana junto a la ducha. "Mirar la vida en su conjunto", dice Yang, "así como la exploración del día a día, exige paz".
Me dejo atrapar por las obsesiones de Yang: la vida no es lo que nosotros pensamos que es, porque cada uno la cuenta de manera distinta. Lo que dice Yang no tiene nada de especial, pero rara vez nos detenemos a pensar en la dosis de verdad que esconde su sentencia. Hay tantas vidas posibles como narradores dando vueltas.
Leo en el diario que un niño de un año y medio de edad llamado Igor fue encontrado muerto en su casa de Iquique, debajo de una cama, sosteniendo un pedazo de pan en una de sus manos. Llevaba muerto una semana, absolutamente solo, descomponiéndose, sin que nadie se enterara de su suerte. Vivía con su madre, pero ella había muerto en la calle hacía dos semanas y entró a la morgue como NN, sin identificarse, y en todo ese tiempo nadie se enteró de cómo se llamaba ni supo que un niño la había estado esperando en casa para sobrevivir.
Un amigo cronista escribe el domingo pasado en el diario un texto revelador: dice que vivimos haciendo equilibrio en líneas imaginarias. Que la vida consiste en pasar a otra cosa permanentemente. Que todo lo que se dijo sobre Pinochet después de su muerte ya se fue por el desagüe.
Qué cierto. Avanzamos anestesiados por un camino que cada día se nos presenta con mayor o menor dificultad, sin entender demasiado si hay un libreto que dirige nuestros movimientos. La historia del niño muerto en Iquique constituye una imagen horrorosa de soledad y abandono, pero esa imagen es apenas el fragmento de una película mayor donde también existen Yi yi y tantas otras historias que conviven en nuestro imaginario representando las dos caras de una misma moneda, el anverso y el reverso del cine de Edward Yang y de nuestras propias vidas: la tristeza y la felicidad, el amor y el desamor, la risa y el llanto, la esperanza y la desesperación, la música y el silencio, la distancia entre la vida y la muerte, la frase a tientas o la última palabra. Francisco Mouat.

LECTURAS DE VERANO
Dr. Van der Weintraube
Por Dr. Van der Weintraube
Fin de año: elegir las lecturas del verano. Aposté por Orhan Pamuk y el Nobel ganó este genial turco y tenemos un escritor absolutamente legible y original. Confiesa su deuda con escritores contemporáneos desde Javier Marías, el notable autor español, hasta el complejo Thomas Pynchon. La obra de Pamuk va desde el tierno y evocador Estambul, la línea policial negra de El libro negro y el juego de espejos y voces de Me llamo Rojo, su obra maestra, así como la línea política con Nieve. Atentos a otro que va directo al Nobel: Haruki Murakami. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo es sencillamente documental. Kafka en la orilla es lo último publicado en español, pero no se le conoce libro malo.
Oriente está marcando tendencias. El cine y la novela. Hay quienes dicen que si Dios fuera novelista escribiría como Yasunari Kawabata. Limpio, tenue, dulce, intenso, delicado. No hay que olvidar a la magnífica Irene Nemirovsky. Los nazis se encargaron de que no fuera el genio total del siglo XX. Suite francesa ganó todos los premios mundiales. David Golder es perfecta y El baile, una joyita, pero Suite francesa, encontrada, rescatada, inacabada, es extraordinaria. Un título equivocado: La historia del amor, de Nicole Krauss. No es cursi novelita del corazón. Es un texto experimental de literatura sobre la literatura, pero de esas que se entienden. El título pertenece a una novela rara, escrita en yidish, publicada en español y comprada por el padre de la narradora en Buenos Aires. Jóvenes que dejaron de creer para siempre en lo literario: cualquier cosa de Philip K. Dick (ícono de la relectura de la ciencia ficción, con una novela suya hicieron "Blade Runner") o Chuck Palahniuk (El club de la pelea fue su primera novela). Latinoamericanos notables. Mario Bellatin, Alan Pauls, Rodrigo Fresán, Alonso Cueto, Arturo Arango, Leonardo Padura. Un libro totalmente indispensable: los Cuentos completos de la gran Flannery O'Connor, al fin traducidos en versión completa. Especial para lenguas bífidas, cuentos políticamente incorrectos, irónicos, insolentes.
Y la emoción de verdad del candidato permanente al Nobel, Amos Oz. Si encuentran Desde el mismo mar o Una historia de amor y oscuridad, preparen los kleenex. Para terminar, una de las mejores novelas del año: El mar, de John Banville. Fino, delicado, sutil, perfecto. Si les gustan más policiales, del mismo autor El intocable, El libro de las pruebas o Imposturas. Y completar el equipaje con Henning Mankell o James Ellroy, buenos y duros, como para el verano. Esas lecturas sin prisa pero sin pausa.

Los jueves
Por Francisco Mouat fmouat@mercurio.cl
De un tiempo a esta parte, siete, ocho semanas, me junto a almorzar religiosamente los jueves con el poeta Erich Pohlhammer en algún comedero de Santiago. Como pasaron muchos años sin vernos, la primera cita fue un vano intento por hacerle saber al otro qué se habían hecho nuestras vidas. Pero resumir el tiempo transcurrido es una tarea imposible, así que rápidamente abandonamos cualquier propósito en ese sentido y nos abocamos desde ese día a trabajar (es un decir) en un libro que le propuse que escribiéramos durante los próximos cinco años. Dije cinco años como pude haber dicho tres o diez: el tiempo necesario para que pase agua bajo el puente y las conversaciones cristalicen en recuerdos, historias, ideas, relatos inteligibles. Al almuerzo voy con algo más que lo puesto: una lapicera, una libreta de apuntes, algunos libros para citar.
La primera vez que nos vimos después de tanto tiempo le pregunté por la muerte de su padre, el escultor Roberto Pohlhammer, ocurrida un par de años atrás. Recordaba haber leído que él no estaba en Chile cuando sucedió. Así fue. Pohlhammer vivía de paso en Ecuador, no tengo muy claro haciendo qué, pero ese día en la tarde había mucho sol y Erich caminaba por una calle de un pueblo ecuatoriano cuando un señor lo abordó y le dijo que habían llamado de Chile para informar que su padre había muerto. Pohlhammer quedó algo aturdido, no preguntó detalles, siguió caminando y asegura no necesariamente haber sentido pena en ese momento.
Nuestros primeros almuerzos fueron en un local llamado La Panera, en General Holley con Nueva Los Leones, un sitio donde Pohlhammer se sentía a sus anchas por ser "asesor creativo y cultural" del restaurante. Fui testigo en esos días de cómo Pohlhammer se reunía con frecuencia con el dueño del local para, al calor de unas cervezas invitadas por la casa, insistirle en la necesidad de montar unos espectáculos los viernes y sábado en la noche titulados "¿Cuántos schops vale tu show?", siguiendo la lógica del mítico programa de televisión que hace que hasta hoy gente en la calle reconozca al poeta y le eche una talla.
El problema es que el local no prendía; a la hora de almuerzo se dejaban caer muy pocos parroquianos, y faltaba ambiente. La niña que atendía las mesas decía que en la noche penaban las ánimas. Cuento corto: la última vez que nos juntamos en este sitio, me encontré a la hora convenida con Pohlhammer sentado junto a la puerta y el boliche cerrado a machote. Un grueso candado en la reja, las mesas arrumbadas adentro, y nadie cerca para dar una explicación. El negocio había quebrado. Ver al poeta muerto de la risa, sentado en la misma terraza donde antes había un restaurante dibujado y ahora reinaba la desolación, era una imagen graciosa.
Ahora los jueves con Pohlhammer se desarrollan en un boliche oscuro de calle Irarrázaval, y cada vez concurren más y nuevos parroquianos. Yo por mi parte sigo tomando notas y pensando en el libro que podría estar fraguándose de aquí a cinco años más. El último jueves apareció supuestamente Platón en la mesa: "El tiempo es la imagen móvil de la eternidad". ¿Sería Platón el que dijo eso, o Pohlhammer se arrancó con los tarros? También leímos en voz alta un poema del mexicano José Emilio Pacheco que sacó aplausos: "No importa que la flecha no alcance el blanco/Mejor así/No capturar ninguna presa/No hacerle daño a nadie/pues lo importante/ es el vuelo la trayectoria el impulso/el tramo de aire recorrido en su ascenso/la oscuridad que desaloja al clavarse vibrante/en la extensión de la nada".
Para el almuerzo de esta semana tengo reservado a otro mexicano, Sergio Pitol. Uno es, decía Pitol, los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas.